documentos de pensamiento radical

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viernes, 6 de enero de 2017

Ay!, amor; si por fin llegara el último viernes del mundo



Ay!, amor; si por fin llegara el último viernes del mundo
y rebuscásemos entre los libros
para sólo llevarnos al bosque
unos pocos versos.

Ay!, amor, si se llenaran todos los estómagos,
todo corazón del perfume de la razón
y cancelásemos todas las deudas,
los polígonos tristes
y los tipos con gomina.

Ay!, amor; si se abrieran las calles al paso de la verdad

y se cayeran los muros
y se pararan los coches
y nadie viera en una vaca una hamburguesa.

Ay!, amor, si la gente se sentara a compartir en medio de la gente
y desaparecieran los verdugos y las guerras.


Ay!, amor; parecería entonces
que te estaría besando yo
y te estaría besando

la Anarquía.



Antonio Orihuela. Esperar Sentado. Antología poética. 1992-2012. Ed. La Baragaña, 2014
Fotografía de Guy Le Querrec





jueves, 5 de enero de 2017

ANTONIO ORIHUELA, TRAZANDO LA SENDA DE LA DESOBEDIENCIA por RAFAEL CALERO




No nos cabe ninguna duda de que en los últimos tiempos, el poeta y ensayista onubense Antonio Orihuela está en estado de gracia. En 2016, este año que se nos acaba, el autor de El amor en los tiempos del despido libre ha visto cómo varias obras suyas llegaban a las estanterías de las librerías de todo el país. A la publicación de su último poemario, Salirse de la fila (Amargord, 2016), hay que añadir los ensayos El ojo no visto del mundo (Amargord, 2016) una recopilación de textos en prosa y en verso de su paisano el Premio Nobel de Literatura, Juan Ramón Jiménez, de cuya selección y compilación se ha encargado el propio Orihuela y La caja verde de Duchamp y otras estampas cifradas (El Desvelo Ediciones, 2016), una colección de 21 ensayos, en la que este Doctor en Historia por la Universidad de Sevilla lleva a cabo un recorrido por la historia del arte, desde la Grecia clásica hasta la posmodernidad más reciente, estableciendo un diálogo, no exento de ironía — me atrevería a decir que incluso el humor está presente en muchas páginas de este libro—, y siempre rebosante de esa actitud crítica, anticapitalista y libertaria, tan certera e incisiva, que se ha convertido en marca de la casa.

Se publica estos días el Diario del cuidado de los enjambres (Enclave, 2016). Se trata de un libro en el que el autor mezcla la poesía, el ensayo político, artístico e histórico, la poesía visual, y otras mil historias que, a buen seguro, a nadie con un mínimo de sensibilidad, dejará indiferente. La prioridad de esta obra no es otra que ir dejándonos (a todos y todas los que quieran unirse al enjambre) miguitas de pan para poder elegir el camino correcto para escapar del absurdo, malévolo y fracasado sistema capitalista. Desde la primera página, Orihuela nos deja ver sus cartas, pues aquí no hay trampa ni cartón, y nos hace partícipes de sus intenciones:

Este libro no pretende convencer a nadie de nada, por eso se dirige a los amigos, a los que de alguna manera se comprometen, atienden a señales parecidas, nos complementan con su desear, su pensar y su hacer.

Así pues, Orihuela hace un llamamiento a todas esas personas que comparten un espacio ideológico, un espacio vital, un espacio de confrontación contra el capitalismo que, poco a poco, nos lleva a un precipicio del que cada vez resulta más complicado escapar:

Este libro se dirige a los compañeros que han dicho basta y andan reescribiendo la realidad, rompiendo con el capitalismo, haciendo emerger la vida como proceso y como potencia de la libertad, la dignidad, la belleza, la bondad y la comunidad.

Y un poco más adelante, añade:

Este libro quiere desafiar el estado de cosas, su indignidad y su orden policial, mostrar algunas señales para los que quieran seguir la senda de la desobediencia, para los que quieran vivir entrelazados, afectados, mancomunados, habitables, concretos.

Este Diario del cuidado de los enjambres está compuesto por 30 ensayos (y otros tantos poemas), cuya extensión varía desde las siete u ocho líneas de los titulados “Utopías” o “Descolonizar”, hasta las varias páginas de “El cemento de la ideología” o “La invención de la gitanería flamenca”. También hay en estos ensayos una gran variedad temática: en ellos se habla de poesía, de neoliberalismo, de internet y de la ciberrealidad en la que se halla inmersa media humanidad, de ecología, de la manera en que el fascismo se ha arraigado en la sociedad española actual, de los medios de comunicación/manipulación de masas, de la invivible ciudad moderna, y de otros muchos temas que, de una u otra manera, nos afectan, como seres humanos del aquí y el ahora.

Hay algunos momentos de gran interés en las páginas de esta nueva obra de Orihuela. En el ensayo titulado “La fiebre del enjambrazón” se puede leer: “(…) el tiempo del enjambre ha llegado, es necesario abandonar la colmena y, en compacto vuelo, extender sobre el horizonte un manto dorado en busca de la rama del árbol donde construiremos nuestro nuevo hogar a base de respeto y afectos, autogestión y asamblearismo, responsabilidad y esfuerzo compartidos, renuncia al egoísmo y alegría de estar juntos sirviéndonos unos a otros, por supuesto, sin líderes.”

En “El cemento de la ideología” (para mi gusto el capítulo más certero y clarividente de todo el libro), nos dice que en el neoliberalismo, “no hay más moral que el mal porque el mal es la única actividad que puede asegurar el bien propio.” Y unas páginas más adelante, en el mismo ensayo, su autor afirma con absoluta rotundidad algo que muchos ya sabíamos y llevamos mucho tiempo denunciando: “(…) hace mucho que vivimos en un Estado totalitario”, lo que ocurre es que “falta un dictador como personaje central del drama, tal vez por eso, están todo el día dando la matraca con Hitler, Stalin o Kim Jong-un”. Y casi al final del ensayo, nos exhorta a escapar: “(…) lo importante, lo absolutamente prioritario ahora mismo es salir de esa casa en llamas que es el neoliberalismo.”
Se cierran las páginas de este libro con el que, en mi opinión, es el mejor poema que Antonio Orihuela ha escrito hasta la fecha (y eso es decir mucho en un poeta con una obra como la suya): “Que el fuego recuerde sus nombres”. Una manera extraordinaria de ponerle el punto y final a un magnífico libro.

El Diario del cuidado de los enjambres es por momentos una reflexión sobre el estado de las cosas, pero también a ratos, se torna en grito de rabia, en exabrupto contra tanto bastardo que anda suelto en los consejos de administración de las grandes empresas, en los gobiernos de toda índole, en el mundo cultural, en las editoriales, en las direcciones de las televisiones y de los periódicos. Un libro que nos puede ayudar a pensar hacia dónde queremos ir y quiénes queremos que sean nuestros compañeros de viaje, siguiendo los postulados libertarios y ácratas de su autor. Un libro más que necesario, un libro imprescindible.




Rafael Calero
http://kaosenlared.net/antonio-orihuela-trazando-la-senda-de-la-desobediencia/
https://www.rebelion.org/noticia.php?id=221080

miércoles, 4 de enero de 2017

6 poemas de EL MARTES Y SUS HORAS de ANTONIO RAMÍREZ ALMANZA





Un placentero dolor en el pecho,
en el costado,
en las uñas y su fulgor de embestidas.
Sin verbos,
atados al vaho de los cristales,
pausados, inquietos en la penetración de la carne
y sus formas.

Un placentero dolor en el pecho.


***

La luz que entra de la buhardilla
se despliega por las paredes,
baja las escaleras,
me busca silenciosa en la cocina,
en las huellas frías del mármol,
bajo el torrente de la ducha.
Y me encuentra, talado de gestos,
quieto,
y se vuelve desalentada, oscura,
precipitando la noche.


***

Clavado a la luz de dentro
un surtidor
de lenguas
se introducen en los poros
del sueño.

Un abrazo
recoge al completo
la noche entera
y su silencio.

La respiración, quieta y dulce,
se detiene
en el umbral
de la laxitud y sus desvelos.

Todo es breve y lejos.


***


No calculé la distancia entre el color y el vacío,
ni sé las medidas de las formas,
el ruido de los comensales en su festín de mediodía.
No sé por dónde la corriente se pierde,
oculta quizás entre el tumulto de las gentes.
Supuse que la tarde era amanecida,
que confundía el esplendor del canto
con un pífano de tamboril lejano,
que lo lejano era cercanía arrastrada por la brisa.
No sé que hubo más allá de la torre,
de sus cúpulas recién enlucidas, blanqueadas,
del silente volar de las palomas y el zureo de las tórtolas.
No, no sé distinguir el horizonte azul
de la tierra calma en su choque contra el infinito.
La descarga del viento sobre las ramas,
ni el rumor de la noche cuando se aplacan los ruidos.
No sé donde estaban los surtidores de la fuente,
ni la plaza, sus bancos, el chillar de los niños,
las palmeras en huida al cielo imposible de los celestes.
Todo era cerca y lejos,
lo vago invadiendo las partes rígidas del cuerpo,
la escasa luz de la ventana entreabierta,
gorjeos de gorriones saltando en el pretil del sueño.
Todo estaba quieto y en movimiento,
surcando el abrazo único, el cuerpo tambaleante,
la cerviz caída, el cuello roto, los brazos en espiral
meciéndose sobre el pecho sin temblor.

No sé que hubo más arriba de los arboles…

No sé dónde estabas…


***

Presencia 7 

El arco de las horas transcurre 
con la lentitud precisa de un día sin sol. 
Impaciente se llenan de silencio 
las habitaciones, el rincón de los libros, 
los estantes, el velo transparente 
que arde tras las cortinas movidas 
por los resquicios de las puertas. 

No se mueve nada. 

Cubro los ojos contra la almohada 
y entre su embozo meto los brazos, 
toco el suelo, la pared, palpo la mesa, 
retiro las sábanas, las ropas que pesan 
como un paño de lana en inviernos fríos. 

No hay lugar para el sueño. 

La noche se alarga infinita y pasa 
con la lentitud en su ansía de chocolates 
y pan. 
Busco entre las sombras figuras. 
Algún movimiento del gato quieto 
sobre el cojín del sofá. 

Cierro y abro como un poseso la boca. 
Estiro las piernas, me levanto a la oscuridad 
tenue que rodea el salón 
con sus reflejos de la calle dormida. 
Enciendo la luz y es mañana ... 

¡ Qué sensación de tiempo sin labios !


***

Presencia 8 

DE cerca escucho 
la caracola 
de tu respiración. 

De lejos la brisa 
me trae las campanas 
de tus latidos. 

Y no es cerca ni lejos. 
Es dentro.


Antonio Ramírez Almanza. El martes y sus horas. Karima Ed. 2016


martes, 3 de enero de 2017

3 poemas DE LOS AÑOS PRÓXIMOS de JOSÉ TONO MARTÍNEZ





36. [Tu rostro de entonces].


Por alguna razón que se me escapa
pensaba escribir y mentir:
al abrir un cajón olvidado
y entre las no menos olvidadas cartas del antaño feliz,
cayó sobre la mesa esa fotografía que nos une,
vagamente,
esa mejilla encendida que se une sin esfuerzo a una sonrisa,
esos labios casi despegados
que apenas pueden contener la mirada,
ese anticipo de un no que es un sí muchos años después,
cuando vengo a recordarte y no puedo evitar correr,
sin moverme en realidad, hacia el espejo más próximo
y compararme.

Pero no es cierto. No fue así.
Fui yo el que la busqué, la fotografía, no ha mucho,
una tarde cálida y perfecta, de las primeras
que anuncian la primavera,
en donde tu rostro de entonces me vino hasta el mío de hoy,
sin yo buscarlo, es la verdad.



37. ¿Inventar el índigo?


La tarde presa en un suspiro blanco y amenazado de invierno.
Los días más hermosos y sus noches allegadas.
El alto vuelo del pájaro en una lluvia de plumas claras.
El viento sin lluvia que nos traen apresurados ciudadanos,
y escrupulosos litigantes.
Y la ley, la más simple de todas, cómplice y traidora.
Todo un intento de pensarte y en ti pensarme, como entonces.
Un súbito torcer y mirar alelado atrás lo que no reconozco.
Diluirme y diluirte: una fragancia tuya atrapada
en esa otra más fugaz del verano que acaba.
¿Aceptar la sugerencia del calígrafo extranjero
y traducir tus cartas y signos a un tiempo olvidado?
¿Descreer que hubo un día en que vivir era verte
y sólo de verte vivir era llenarme y surgir?
¿Inventar el índigo y otros colores
desde esta habitación alquilada?
Puedo bajar las persianas, imaginar un octubre soleado,
cancelar el mundo y su sol diminuto,
proclamar desde la esquina de la calle que ya estás
aguardándome entre sábanas tibias sepultada,
¿escribir versos desvelados de promesas generosas
que amores no han de darme ni de su carencia consuelo?



107. [Qué necesario...].

Qué necesario todo aquello que nos hemos dicho
y qué imprescindible lo que hemos dejado sin decir,
todas las formas combinadas del mirar
sin más distancia que aquella que separa
la mano cálida del vecino torso,
el torso del leve y luego fuerte abrazo,
el abrazo del suspiro suspendido
y detenido en una primera palabra
que en un revuelo
hace nuestro el eres mío o eres mía
que al alcance estaba dando la señal
certera...
Qué necesario para la vida es todo esto
tantas veces por otros inventado.





 José Tono Martínez. De los años próximos (1991-2016). Poemas reunidos. Evohé Desván. Madrid, 2016


Fotografía de Masao Yamamoto




lunes, 2 de enero de 2017

5 poemas DE LOS AÑOS PRÓXIMOS de JOSÉ TONO MARTÍNEZ





1. [Era nuestra alegría demasiado notoria].



Era nuestra alegría demasiado notoria
para contentarse con el transcurso de las horas
y su tiempo.

Surgió entonces de la luz misma
hacia la otra agua sumergida de la noche
el vértigo de un escarceo fatal,
de un descuido de un silencio una conjura,
y la distancia.

Sí, una inmensa distancia que tal vez
nos separa y al tiempo nos aguarda.
Dicen y no explican que en eso consiste
casi todo.





3. [Ínfima cita].
                                                           Para Teresa.

Inventarme una vez más hacia ti.
Jugar hábilmente al escondite último
de la ínfima cita.
El día que conoció que nos conocimos,
el día del escaparate de la tarde
en tu silueta declinado,
el día de tu sangre primera, en Santander.
O tal vez tus primeros gateos,
el primer borrón de luz del mundo
en tus ojos inseguros,
la Bahía de Cádiz que tú creaste sin saberlo
un verano de 1960,
la profunda noche del reloj aguardando
nuestras primeras palabras reunidas.
Remontarme hacia ti.
¿Hasta qué cuándo infinito?




4. [Igual que tú].
                                               A Pilar Insertis.

Tal vez igual que tú,
cuando fraguas de un viejo retrato
de infancia
y unas herrumbradas armaduras de una casa
-por ti desprovista y ahora inhabitable-
la minúscula estancia que a todas partes
llevas,
el precario asidero de unos años
que ya,
ingente nuestro desaliento y desmemoria,
desean parecer dulces,
felices días.

Tal vez igual que tú,
sin soldaduras ni vitelas descosidas
remendando el ámbar transparente de los muros,
el beso helado que engalana el témpano encogido de la rama
donde estuvo,
posado,
-un tímido revuelo de aleteo,
oh, esa foto, el álbum entero-
hace algún tiempo,
el cardenal enloquecido.

Tal vez igual que tú,
desandando frases,
empañando rostros aún más indistintos,
con la misma fragilidad y el pulso
del mencionado pájaro,
con toda la desconfiada amargura del metal,
conquistador y terrible.




8. [Lejana intriga].


Casualmente, hoy,
observo la vieja escritura que el tenso
entonces
señala sobre el dorso de mi mano
como un arco de nieve
señala la frontera del vecino invierno.
Ese destello que ahora retrocede,
la lumbre opaca de nuestro extinguido incendio
musitando entre rescoldos la lejana intriga.
Mientras, y ajeno lo nuestro,
platican y exploran los años otras rutas,
desenfadados y ocurrentes,
el remate y la confluencia de nuevas
y ardientes pasiones
que, por supuesto, comprendemos.



19. [Aguas diversas].


Agua pasada no mueve molino,
qué gran verdad.
Pero cómo acecha su dulce
e inútil promesa.






 José Tono Martínez. De los años próximos (1991-2016). Poemas reunidos. Evohé Desván. Madrid, 2016

Fotografía de Masao Yamamoto



domingo, 1 de enero de 2017

MIRAR ATRÁS



El túnel del tiempo no solo excava en el espacio y en el tiempo, es un ejercicio de arqueología del sentimiento, un intento de rescate selectivo de los poemas del primer David Castillo, el  que, con apenas dieciséis años, se iniciara como poeta en la década de los setenta  ligando su nombre al de la escena contracultural barcelonesa de entonces.
Estamos pues ante una voz aún por fraguar y, a la vez, increíblemente lúcida, penetrante, casi decantada, genial. Una voz que arranca con un juvenil poema datado en 1976, y que va ganando en madurez, solidez y seguridad durante el tardofranquismo y los años de la decepción socialista, tiempos crudamente retratados, en sus ilusiones, desengaños y traiciones, en este ramillete de tiempo que David Castillo ha querido, después de casi cuatro lustros, compartir con sus lectores.
En efecto, como hemos dicho, en este libro podremos ver hasta qué punto ya estaban asentados los pilares y trazadas las guías sobre las que se ha construido toda la poesía posterior de David Castillo: la desnudez formal, el poema río, torrencial, lleno de imágenes surrealistas y automatismos psíquicos, la huella del rock, del pop, del situacionismo, del mundo de sus querencias libertarias, y el paisaje y el paisanaje de la Barcelona canalla.
También están presentes en estos poemas otros elementos a los que David Castillo no ha renunciado con el paso del tiempo: el poema collage, la utilización de canciones como banda sonora del poema, la deriva como práctica poética, una deriva que se convierte en absorción de la realidad circundante a través de la mirada, siempre desencantada, escéptica, fatalista; la mirada del que constata cómo el tiempo lo va pudriendo todo a su alrededor. Y, cómo no, también están en estos poemas, los elementos biográficos, porque la poesía de David Castillo es biografía de un tiempo generacional y personal, un tiempo histórico tan desolado como los que lo habitan, personajes que circundan al poeta, que viven con él o le sirven para que él recree su vida a través de las de ellos, personajes que son memoria y melancolía de un tiempo único que él tuvo el privilegio de vivir, de compartir, y hacia los que se vuelve, desde sus versos, lleno de humanidad hacia los presos políticos, los torturados, los desaparecidos, los asesinados, los explotados, los arrasados y arrojados al arroyo.
También es El túnel del tiempo un libro lleno de humor, ese humor ácido y corrosivo que el poeta ha sabido cultivar a largo de toda su producción y que es, sin duda, una de sus mejores bazas literarias. Desde él no deja títere con cabeza, y a través de él desfila una Barcelona sucia, contaminada, atascada de coches y en la misma medida amada y reverenciada por el poeta. Lo mismo ocurre cuando nos lleva hasta los márgenes de la ciudad, sus zonas de sombras, ocupada por una fauna humana por la que Castillo siente pasión y compasión, y con la que se siente uno más, no diferente de todos esos actores anónimos que componen el lienzo multicolor de la vida más desnuda, más terrible, más intensa, más beligerante, difícil y  destrozada.
Este es el mundo de aquel David Castillo, el que escribiendo estos versos, tan desquiciados como sus lecturas de entonces, cumplirá la mayoría de edad  devorando todo lo que cae en sus manos: Dylan Thomas, Alfred Jarry, Vallejo, Rimbaud, Blake, Ginsberg, Lezama Lima, Bataille, John Donne, Kayam, Lowry, Neruda, viejos compañeros también de este viaje existencial de los que David extrae la médula a sus lecturas, y se va empapando de forma imperceptible con ellas mientras escucha a Lou Reed, los Sex Pistols, Jimi Hendrix, Prince, The Clash, David Bowie, Rolling Stones, Joy División, Durruti Colum, Roxy Music… forjando con ellos la banda sonora de su vida, de nuestras vidas, de aquellos años cimentados sobre un espíritu épico y romántico que el tiempo destilará, con acidez, con lucidez, con las dosis precisas del cinismo necesario para querer seguir nombrando lo real. Este es su túnel del tiempo, el que el mismo David Castillo nos ha cavado y que desde entonces se irá llenando de referencias vitales, amorosas, topológicas… tan personales, como para incluirnos a todos en ellas, para hacernos pasado, un pasado colectivo y colectivista, de bolsillos vacíos y muchos ganas de diversión, un pasado con regusto de conciertos de rock, malas noches, trabajos precarios, detenciones, experiencias con las drogas, antros de pesadilla, pisos destartalados y amantes fugaces cobradas a la salud de la revolución, Un pasado que conserva intacto el aroma de la vida salvaje y bendita de los que se creían llamados a subvertir el orden, crear otra vida desde las ruinas de todo lo viejo y, en la misma medida, maldecir desde sus versos el mundo que construye, con la complicidad de los demócratas, la vieja caverna franquista, parapetada en sus privilegios, su trajes de chaqueta, su policía antidisturbios, sus pactos y sus complicidades con los que llegan ahora, en nombre de la democracia, a exigir su tajada del pastel.
Uno lee El túnel del tiempo y le parece mentira que un escritor haya podido ser tan fiel a su obra desde los inicios, que haya dado para tanto el venero de esos años de fuego, barricadas libertarias, detenciones, cárcel, ambiente festivo y underground floreciendo por tascas y ateneos entreverados de drogas, sexo y rock and roll, que anunciaban también la zozobra de un estilo, de un sueño, el fin de la fiesta libertaria y el comienzo del muermo postmoderno, de la cultura domeñada, avasallada y puesta a los pies como trofeo de la socialdemocracia.
No me alargaré más, pero sí quisiera volver a insistir en la grandeza de este libro, hecho con unos poemas en los que el joven poeta que fue David Castillo mostraba ya su valía a pesar de que estos versos nunca llegaron a ver la luz. Aquí estaban ya dadas sus increíbles dotes para mezclar elementos de un realismo atroz con otros directamente heredados de las vanguardias, el discurso entrecortado, los planos que se superponen, la escritura automática, la dicción elegíaca, el ritmo epistolar… uno se pellizca al pensar en un David Castillo que aún no ha cumplido los veinte años, y se para, como lector, a pensar en quién está escribiendo así, como él, en ese mismo tiempo de finales de los setenta. Nadie. Baste recordar que mientras David Castillo no cesa de besar la lona, de trasegar bares, subir a pensiones de mala muerte, de gozar hasta el fondo de todos y cada uno de los paraísos artificiales que ofrece la contracultura, en España triunfa oficialmente una poesía culturalista y escapista, ajena a la realidad y al mundo, hecha por exquisitos para un público igualmente exquisito. Frente a esta poesía subvencionada y alentada por la cultura institucional, yerta y sin vida, qué fuerza, que intensidad podemos encontrar en esta otra poesía de la contracultura, una poesía que casi no existe, que está perdida y olvidada, y qué suerte que David Castillo se haya embarcado en esta empresa (y las que seguirán), de rescate de aquel aliento, de aquellas energías que encendieron los corazones y las utopías de libertad.
Terminamos. El túnel del tiempo se abre y se cierra por el mismo lugar, porque este tiempo intermitente, tiempo congelado en el poema, aún no ha concluido, y continúa siendo igual de absurdo y venturoso, igual de pertinente y paradójico, a través de estos versos nos podremos asomar a lo que fue, ahora que estamos definitivamente expulsados de ellos, y en la misma medida, reencontrarnos con lo que ya no somos, pero también con lo que no olvidamos, lo que algunas noches no nos deja dormir.

Antonio Orihuela
en la vieja charca, 17 de febrero de 2016