documentos de pensamiento radical

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martes, 7 de febrero de 2017

Thelma, Louise y yo, o Instrucciones para ser feliz




Meter libros y una brújula en la mochila;
si no cabe todo,
sacar la brújula,
pero dejar los libros dentro.
Preparar un bocadillo y los cuencos de Thelma y Louise,
cerrar bien la puerta y alejarse de los móviles,
de las correas y de la ciudad
hasta perdernos en el país de los árboles.
Reconocer en el rumor del bosque
la voz de nuestros antepasados,
las canciones de la abuela en la noche interminable de los maquis,
los caminos donde recuperar el olfato,
las palabras de menta y tabaco de mi padre,
hierba limpia para escarbar horas y horas,
la cima de un monte donde aullar en libertad.
Lejos de los cazadores,
ladra Thelma,
pero cerca de ti, le responde con el rabo Louise
mientras corre ladera arriba.


Y allí, las tres, cobijadas en el bosque,
disfrutar nuestra ración de libertad
y ser por unas horas manada,
una manada sin miedo a la vida.


Marta Navarro. En: Naciendo en otra especie. Capital Animal. Plaza y Valdés. 2016
Fotografía de Juan Sánchez Amorós

lunes, 6 de febrero de 2017

REVOLUCIÓN

 
 
 
           Si alguna vez ve saltar por la ventana a un banquero suizo, salte detrás.

                                                                                                               Voltaire
 
 
Ya conoces la historia: lo que tenía visos
de ser una manifa más contra el sistema,
en tiempo de crisis, se convirtió
en la más grande explosión de conciencia,
belleza y rebeldía del siglo XXI.
Intuíamos que la crisis no era sino una estafa,
la esperanza dejó de ser una boca de metro,
y la luz de Sol, el latido del Sol, llegó a bañar
y despertar a todos los rincones del planeta.
 
El 16 de mayo, lunes al mediodía,
apenas treinta locos firmábamos
en el kilómetro cero un manifiesto.
En la madrugada del martes,
tras la carga policial, desalojo y detención
de los que esa noche habían acampado,
la noticia corría por Internet y volvimos
a pernoctar más de doscientos.
 
El 20 de mayo escribí en mi diario:
Me he pasado media noche en Sol compartiendo
el mechero, hablando con unos y otros,
arreglando el mundo; la otra media,
con una escoba y un recogedor...
Cuando llego a casa a las ocho me pregunta mi hija:
¿De dónde vienes a estas horas?
De barrer en la Puerta del Sol,
mi amor. Así, como te cuento.
 
Había una ola muerta de frío en el armario,
un grito dormido en el fondo de cada corazón,
las olas se juntaron y un tsunami de voces
nació contra el terrorismo del dinero
e improvisaron una ciudad de toldos,
respeto, asambleas y cuerdas.
El viento arrastró esos granos de arena
y juntos construyeron en la Puerta del Sol
una playa donde lavar y refrescar 
tres palabras hermosas y heridas:
fraternidad, igualdad, libertad.

Alguien nos recordó que Venecia
en el siglo XII creó la deuda pública.
Madrid no era la ciudad más bella del planeta,
o sí, pero el siglo XXI y su deuda se nos tragaban.
Salimos a las calles, tomamos
las plazas los hijos de las nubes,
los secuestrados de la democracia.
 
La historia cuenta lo que sucedió,
la poesía lo que debía suceder.
Esta es una historia que aún no ha acabado,
le quedan muchas páginas;
que no tiene prisa por el desenlace
ni voluntad por firmar su derrota.
Una historia que habla del color de la necesidad,
del reparto equitativo del deseo,
de aquellos que no miran la vida de reojo
ni aceptan las migajas del corazón de piedra,
estómagos vacíos que acarician el cielo.
 
 
¿Recuerdas los últimos versos de Machado
en Collioure: estos días azules y este sol de la infancia?
¿Y cuando me besaste bajo el Oso y el Madroño
y esos versos se convirtieron en las noches de Sol
y este azul de la aurora de nuestra juventud?
¿Recuerdas esos días de manos levantadas en silencio?
Quedaba una semana para las elecciones,
nuestros sueños no cabían en sus urnas.
Estábamos borrachos de ilusión y utopía,
juntos nos regalamos el don del entusiasmo.
Nos abrazábamos al encontrarnos. Recuerdo
la lluvia torrencial golpeando los toldos,
inundando las tiendas de campaña,
arrastrando los abrazos, lo mejor de nosotros,
parecíamos palomas bajo el diluvio,
respirábamos hondo cada vez que veíamos
a la policía enfundarse en sus cascos,
cerrábamos los ojos apenas un segundo
para que nadie nos despertase
de ese instante inmortal. Nos repetíamos:
no podemos volver al tiempo de la anestesia,
no debemos regresar a la oscura caverna.
Julio hacía fotos, Ana escribía en su blog,
Twitter y Facebook ardían. Éramos
héroes anónimos por un día.
Éste era nuestro lugar y nuestro mayo,
no el del 68.

¿De qué me sirve tener vida si no sé quién soy?
La frase no era de Saramago ni de Wittgenstein
sino de la sonrisa de 124 centímetros
que me preguntaba cada mañana
cuando llegaba de la Puerta del Sol:
Qué, papi, ¿cómo va la revolución?
Podría colgar de cualquier pared de la acampada
junto a ésta de Ghandi que pendía debajo
del Oso y el Madroño: Vivir sencillamente
para que los demás puedan sencillamente vivir.
 
Escribí un 22 de mayo: Nada acaba hoy.
No habrá cheques en blanco para nadie.
Haremos turnos en las plazas. Hemos reído  
y gritado juntos. Estaremos alerta.
No habrá más estampitas. Una patada en el culo
es lo que os espera a los nuevos anestesistas,
a los profesionales de la demagogia y la mentira.
¿Cómo pudimos dormir tanto tiempo?
Cambiar las cosas nos llevará décadas pero
ya no estamos solos en la cola del INEM,
en los mercados, en las residencias.
Si quieres un cambio empieza por ser
honesto contigo mismo. Que un día
no se te caiga la cara de vergüenza
y puedas decirle a tu hijo: El futuro
comenzó un 15 de mayo.

Si no nos dejáis soñar, no os dejaremos dormir,
se leía en una pintada junto a la boca
del metro. Dormimos bien poco aquellas noches:
estábamos soñando el futuro con los ojos abiertos.


Ángel Petisme. El dinero es un perro que no pide caricias.
Gobierrno de Aragón, 2015



domingo, 5 de febrero de 2017

QUÉ FUE DE BOB MARLEY




Qué fue de Bob Marley, los libros clandestinos,
el cine de Pier Paolo a quien después mataron en una playa.
Qué fue de aquel niño, alter ego del propio Truffaut,
sufriendo los cuatrocientos golpes de la vida;
qué fue de Kubrick, el mago,
que filmó con delirio la comedia humana,
qué fue de Marilyn, a solas con los barbitúricos,
dulcísima flor de los orfanatos, yo te amo,
qué de Fassbinder  ―genio atrabiliario― que hizo suyas
las amargas lágrimas de Petra von Kant,
y qué las películas de David Lynch con extrañas atmósferas
―habitaciones separadas por un fino cristal,
sueños que se repetían como una obsesión―
para que a una hora cualquiera de mi juventud
arrojaran a los tigres la piedra de los sueños.

Y había destellos de neón en el centro de Tokio,
como en ese club donde Scarlett Johansson y Bill Murray
coincidían con su soledad de disidentes,
y había anuncios de televisión en los hoteles de carretera,
aterrizaje de aviones en el aeropuerto internacional,
taxis amarillos portando a prostitutas y boxeadores hasta Mulholland Drive
bajo la luna convexa de las alucinaciones.

Qué fue del reverendo Mitchum, paz, hermano,
a quien para huir le clavaría un alfiler en los ojos;
qué fue de Lillian Gish, su expresión increíble,
mitología que no volverá como no volverá Carmen Gómez
―musa de Monroy entre las azucenas―;
qué lejos los fotogramas en blanco y negro del acorazado Potemkin,
la revolución de Octubre contra los zares,
la marcha de los 150.000.000 que preconizaba Maiakovski.

Qué fue de Scotty, abandonado en el vértigo,
                             Tom, a pesar del alcohol, salvando los caballos,
                            dejando sonar la música hasta la madrugada,
                              
para olvidar lo que no es posible olvidar,
en las noches en blanco se oye mi corazón.

Mientras tanto, en las grandes praderas,
Leonard Cohen manchaba de púrpura el aire,
qué fue de la Creedence Clearwater Revival
cuyos hermanos Fogerty dijeron setenta veces siete a Nixon
que había que parar la carnicería de Vietnam,
qué fue de los Doors sonando sobre el río Mekong
                             mientras los helicópteros transportaban cadáveres
                             cubiertos con la bandera americana,
                             dónde estabas, Bob, que no escuchamos tu respuesta en el viento,
                             dónde estabas, Mick, negociando con la industria,
éramos como fantasmas escuchando a Janis Joplin;
qué fue de Triana, melodía profunda en el desayuno,
qué fue de Leño, los Burning, Deep Purple,
gente quemando adrenalina en un recinto hípico.

Qué fue de mi generación, pacífica y verbal,
sorprendida a media luz en los bares de moda,
que había escuchado campanas en la socialdemocracia
pero ha acabado entregada al capitalismo,
qué fue de aquello que un día tanto amamos,
Rimbaud, grabando a buril su nombre en la pirámide de Luxor,
Lautrèamont, de quien apenas recordamos un fragmento,
Modigliani, ahora formando parte de la Tate,
los novísimos, que levantaron una cortina de humo entre ellos y todo lo demás,
Oteiza, desocupando el espacio de un cubo,
y luego investigando durante años con tizas en el laboratorio;
qué fue de Joseph Beuys, chamán de Düsseldorf,
creador del arte expansivo y pianos forrados con fieltro,
Marina Abramovic, que apilaste cuadros
rociándolos con gasolina para obtener el efecto crepúsculo,
Joan Brossa creando un campo magnético difícil de eludir,
paradigma de la poesía.

Entre la influencia de la cultura pop y  los libros que nunca supe interpretar,
qué fue de Federico García Lorca con su mono azul,
las corbatas amarillas de Alberti ondeando en el aeropuerto de México,
qué fue de Tzara jugando al ajedrez con Duchamp
cuyo silencio nunca ha sido sobrevalorado,
qué fue del maestro Schwitters que vio en la materia pobre
un proceso infinito entre los colores y las ideas,
qué fue de César Vallejo en la cárcel de Lima
rumiando un libro absolutamente moderno,
qué fue de Neruda, viajero incansable por las espumas,
envenenado en aquel hospital por los fascistas,
qué fue de Juan Eduardo Cirlot con su ciclo Bronwyn
para quien la tumba era de carbón azul,
qué fue de Paco Brines, Bousoño, Diego Jesús Jiménez,
cogidos en la trampa disyuntiva de la nada y el ser
que aportaron una preocupación gnoseológica
donde además el lenguaje se alzaba sobre el prosaísmo;
qué fue de Victoriano Crémer con su gentileza y anarquía
cuyas palabras calmaron mi sed aquel otoño,
qué fue de Luis Martín Santos que escribió una novela colosal
y luego se mató en un accidente de coche,
qué fue de María Zambrano llegando a la Selva Negra
y hablaba ya de la unidad no oculta, sino presente;
qué fue de Fernando Tomás, Ángel, Dulce Chacón, Jesús Alviz,
que hicieron de esta tierra un lugar para la esperanza,
para todos ellos mi rosario budista sobre una piedra de pizarra.

Y qué fue de mi infancia por donde vine directamente hasta el infierno,
qué fue de Fernando Villalón que quería conseguir un toro de ojos verdes,
luz de Cádiz, salada claridad, qué fue de Camarón de la Isla,
enfermo entre aquellos aparatos de Nueva York,
para quien Niño Josele toca una taranta bajo las uvas;
duende que habita en el lago Eden Mills
qué fue del arbolito del cáncer,
y qué fue de la soledad de mi padre en toda su extensión,
y qué fue de la tristeza de mi madre en todos sus ángulos rectos.

Entre tú y yo hay una diferencia horaria pero no el mar,
entre tú y yo hay todavía un cordón invisible,
qué fue de aquella casa donde nos reunimos por última vez,
aquellas navidades fueron distintas
porque los juguetes nunca llegaron el 6 de enero,
esa sensación la conocía muy bien Jaime Gil de Biedma,
habituado a ese fondo amargo que se atisba en las promesas;
qué fue de mis héroes del cómic, teniente Blueberry,
el capitán Trueno rescatando a la hermosa Sigrid,
que me acompañaron tantas horas entre termómetros y medicinas,
álbum de animales prehistóricos, pterodáctilos, brontosaurios,
mucho tiempo he estado acostándome temprano,
qué fue de Akiyuki Nosaka con su tumba de las luciérnagas,
qué fue de las ruinas de la civilización, Che,
qué fue de Sigmund Freud interpretando los sueños con una hoja de cálculo;
y qué fue de las elecciones generales con Suárez a la cabeza
―esas que devolverían la fe en la democracia―,
cuando trasladaban las urnas en un remolque de tractor,
y entonces ya podíamos ir a donar sangre,
y pasaba el último modelo de Seat 124 al alcance sólo de unos pocos,
qué fue de Chimbi el vagabundo, perplejo ante aquel espectáculo,
qué fue de don Ulpiano paseando muy cerca del horizonte.

Entre el diazepam y las primeras escapadas, el cinemascope,
tocando con la guitarra a los Animals o Led Zeppelin,
ensayando escenas ante el espejo de un armario,
qué fue del póster enorme de Norma Jean Baker,
qué fue de aquellos discos de vinilo que escuchaba con Javier,
los daikiris, ascensores de fresas, el sexo tántrico,
qué fue de Rosa Álvarez con quien compartí una botella de vino blanco y un         poema de Boris Pasternak,
néctar y lapislázuli en su boca imposible,
qué fue de Juan Yepes lavándose a menudo con agua fría,
qué fue de Sylvia Plath aspirando el gas en el horno
――niña embelesada con los árboles en invierno――
para quien vino la luna con su polisón de nardos,

qué fue de Modigliani intentando vender un cuadro bajo la lluvia,
qué fue de Narbón, enamorado de la luz y los metales,
niño grande en el acrílico de las corralas,
qué fue de Juan Larrea deambulando bohemio por París,
qué fue del eterno femenino, la pulsión marxista, la educación sentimental,
qué fue del amigo que me había traído de Madrid un libro de Hölderlin
y yo conocí el río Neckar sobre un texto sin límite,
qué fue de Borges caminando por una sombría biblioteca de Buenos Aires
imaginando un mundo hexagonal, senderos que se bifurcan;
qué fue del profeta Isaías que estableció el vínculo
entre la justicia humana y la enfermedad o salud de la Naturaleza,
qué fue de los animales salvajes exterminados al borde del Masai Mara
en nombre de la racionalidad tecnocientífica, la superpoblación,
iré con una pistola a Wall Street,
qué fue de los niños pobres del planeta para quienes un caramelo es una fiesta,
en Haití los llaman niños restavek,
en Nueva Delhi no tienen derecho a pizza,
en Thailandia caen en las redes de prostitución,
y nadie mueve un dedo por su dignidad,
porque carecen de interés para la gran política,
esa izquierda a quien debería votar pero en la que ya no creo,
qué fue de Martin Luther King que articulaba la comunicación de masas,
qué fue de John Lennon que encendió una vela,
para ellos un vaso azul y un pan blanco.



Juan Manuel Barrado. Pertenecemos a lo invisible. Ed. Trea, 2016