documentos de pensamiento radical

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jueves, 13 de julio de 2017

TOMBUCTÚ


Un proverbio maliense del siglo XV dice:
La sal viene del norte, el oro del sur,
pero la palabra y los tesoros de la sabiduría
sólo pueden encontrarse en Tombuctú.
Entran los yihadistas con motocicletas
de grandes cilindradas y gritan
megáfono en mano:
Se prohíben los cigarrillos y la música.
Las mujeres llevarán calcetines
y guantes en el mercado. Se prohíbe reír.

Nos tomamos el té tumbados en las esteras
bajo la luz terrosa y el frescor de la tarde,
hablamos del ganado y de la biblioteca Kati,
cerca de la mezquita de Djingareyber.
Tombuctú, la Alejandría del mundo negro,   
la ciudad de los 333 santos.

El fútbol también prohibido.
Si vieses a estos renacuajos correr,
pasándose un balón invisible,
entenderías el poder de cambio de la imaginación, 
la prohibida y prodigiosa aventura de la libertad.
Sátima, amor mío, quedémonos aquí.
¿Dónde iríamos lejos de las dunas,
adónde llevaríamos a nuestra hija Toya?
Sequía por todos lados, huyendo de nosotros.

Una mujer canta enterrada en la arena
mientras es lapidada:
la pena de los pájaros, la aventura de la libertad.
Tombuctú.


Ángel Petisme. El faro de Dakar. Ed. Renacimiento, 2017
Obra plástica: Martínez Novillo

miércoles, 12 de julio de 2017

LA VALLA




Quien construyó esta valla tenía mucho miedo.
Me llamo Sarabi, el espejismo
que habita los desiertos de África,
un nombre que se le da a los perros.

Somos muchos en el Gurugú:
de Mali, de Nigeria, de Somalia,
de Guinea, de Camerún, del Congo,
del Sin Futuro...
Al calor de una hoguera esperando
el momento, las voces del motín,
el sueño europeo, una oportunidad.

El agua se cuela bajo los toldos, 
cansados de no ser nadie esperamos,
de no ser cada día,
cuando la niebla se nos mete en los huesos.

Los grandes ojos abiertos de Mama
la marea me los devuelve,
hija hermosa del mar,
duerme con tu turbante azul y tu deseo 
en la profundidad de su serotonina. 

Hay un campo de golf a pocos metros,
la valla llena de cuchillas y porras
y pelotas de goma y pistolas de hombres
bien pagados para golpear
y defender la fortaleza.
Llevamos años en este tapón, 
siglos en esta cicatriz, el negocio del mar.
   

Ángel Petisme. El faro de Dakar. Ed. Renacimiento, 2017




martes, 11 de julio de 2017

ARDE UNA BIBLIOTECA




En la profunda penumbra de la tarde,
cerca del Nilo Azul,
sentados bajo el árbol de la memoria,
los niños y las mujeres              
guardamos silencio y respeto.
La voz de uno de los ancianos
se escucha temblorosa:
hace tanto tiempo que nadie
lo recuerda, sucedió…
Cuenta leyendas inolvidables,                 
mitos que nadie ha escrito.
Como la historia del jaguar
que de hambre mordió a la luna,  
o la estrella negra que se enamoró
de un joven de la aldea…
No hay libros que cuenten nuestra Historia,
la vieja historia desde que el mono
se incorporó sobre sus patas
para abrazar la luz.
Va cayendo la noche. De boca en boca
la saliva es la tinta del mundo primigenio,  
la memoria el papel y la voz de la sangre.
Antes no había nada,
la fricción de unas piedras produjeron el fuego
y el calor de nuestra tradición.
Esto es lo que somos y de donde venimos.
Somos únicos bajo el gran árbol,
irrepetibles como el alba en el río.

En África cuando muere un anciano
arde una biblioteca.


Ángel Petisme. El faro de Dakar. Ed. Renacimiento, 2017

lunes, 10 de julio de 2017

EN DEFENSA DE LOS ANIMALES (VII) de JORGE RIECHMANN



Un relato de ciencia-ficción del polaco Stanislaw Lem [en sus Diarios de las estrellas], que narramos de forma muy resumida, dice así: “En un lejano futuro, el ser humano domina los viajes interestelares y descubre que en el universo hay miles de planetas poblados por los seres más diversos, muchos de ellos de una gran inteligencia. La mayoría de estas especies se han aliado en una suerte de ONU, la Organización de los Planetas Unidos, y un buen día invitan a un ser humano a una sesión de la asamblea para decidir si incorporan a la humanidad a este organismo. Un representante de la organización pregunta al terráqueo: ¿en qué creen los humanos?, y éste, delante de miles de especies distintas, le responde: creemos que el ser humano es la medida de todas las cosas. No le hace falta decir nada más. Los miembros de la asamblea se dan cuenta de inmediato de que una vez más les ha caído otra especie que también se cree que Dios los hizo a su imagen y semejanza, que poseen un alma inmortal que los demás no tienen, etc., etc., etc. Un científico de otro planeta lamenta tener que decepcionar al humano respecto a su origen y su importancia. En realidad, explica, los humanos no son creación divina. Lo que sucedió fue que un par de individuos de una lejana galaxia estaban realizando un largo viaje interestelar, y tenían los contenedores de basura orgánica llenos. Casualmente pasaban entonces junto a un planeta deshabitado, así que vaciaron en él sus contenedores de basura. Uno de los pilotos, resfriado, estornudó sobre los desperdicios. Esos restos de basura y ese estornudo fueron el origen de la vida en la tierra. También le revela que según la clasificación galáctica de las especies, el nombre científico de la especie humana no es Homo Sapiens, sino Cadaverófilo Furioso, por el modo en que destruye la vida en su propio planeta.”
El cuento de Stanislaw Lem sintetiza mucho mejor que cualquier tratado filosófico la obsesión del ser humano por afirmarse a sí mismo, no sólo como superior a los demás seres vivos, sino incluso de origen radicalmente distinto a cualquier otra forma de vida; la obsesión por afirmar que en nada es comparable a ninguna otra especie animal, y que la singularidad de sus capacidades, de su alma, de su origen divino, lo colocan al otro lado de un abismo infranqueable. Las consecuencias de esa creencia han sido terribles. Ya advertía Kant que la inmoralidad comienza precisamente cuando alguien se quiere a sí mismo como la excepción.
En realidad, lo que sobre todo hace singular al ser humano es su empeño por considerarse a sí mismo singular. En lo demás, hay continuidad. Las emociones o la inteligencia son algo que compartimos, en diferentes grados, con los otros animales. Los animales ríen y lloran como nosotros, aman y odian, se pelean y se reconcilian, sufren y son felices. Los ingredientes de que estamos hechos son los mismos, y lo único que cambia son las cantidades y las proporciones.
Cierto es que esas diferentes cantidades y proporciones nos han convertido en el animal más inteligente. Pero resulta paradójico que el animal más inteligente sea el único capaz de olvidarse de que es un animal. Durante siglos, cientos de generaciones de humanos olvidaron, en el caso de amnesia colectiva más extenso de la historia evolutiva, que eran una especie más. Los científicos miraban a los chimpancés, los orangutanes, los gorilas, y afirmaban contundentes: no existe ningún parecido entre ellos y nosotros. Descartes consideraba que por supuesto un chimpancé se parece más a un reloj que a un ser humano, mientras se empeñaba en encontrar la glándula por la que el cuerpo humano se comunica con su espíritu inmortal. Durante siglos, el ser humano dijo recordar claramente haber sido creado por varios dioses diversos, y haber caído en este planeta por error, o como castigo, o bien para superar alguna extraña prueba, pero negando siempre que el planeta tierra fuera su verdadero hogar y los otros animales sus únicos compañeros de viaje, añorando siempre una vida futura en algún otro mundo. La actitud del ser humano recuerda en mucho esa soberbia de la que suele acusarse a los nuevos ricos. Cuando la especie humana se enriqueció gracias al desarrollo de su inteligencia, del lenguaje, se avergonzó de sus humildes orígenes, y se negó a reconocer como sus parientes a sus hermanos y primos.
Los árboles, para crecer, necesitan raíces. El futuro, para desarrollarse, necesita enraizar en el pasado. No hay futuro sin memoria de nuestros orígenes y nuestra historia. Y el pasado nos une con el resto de seres de este planeta. Tenemos una historia en común. Somos lo que ellos son. Y nuestro destino es el suyo.
(…) Como decía Milan Kundera en La insoportable levedad del ser, si queremos comprobar la integridad moral de un ser humano, no nos preguntaremos cómo trata a sus iguales, porque eso es lo fácil. Nos preguntaremos cómo trata a quienes están a su merced, a quienes no pueden quejarse si los maltrata, ni darle las gracias si los ayuda. Quienes dependen de su voluntad y están indefensos ante ella. Precisamente por ello, es ahí donde se juega la ética, es ahí donde se decide lo más importante. La ética se juega en la relación con los niños, con los discapacitados o con los animales. Ésa es la verdadera prueba de la moral. Y ésa es la prueba que suspendemos día tras día.[1]
Marta I. GONZÁLEZ, Jorge RIECHMANN,
Jimena RODRÍGUEZ CARREÑO y Marta TAFALLA en 2008





[1] Introducción a Marta I. González, Jorge Riechmann, Jimena Rodríguez Carreño y Marta Tafalla (coords.), Razonar y actuar en defensa de los animales, Catarata, Madrid 2008, p. 9-10 y 13.


Jorge Riechmann. En defensa de los animales. Ed. de la Catarata, 2017
Fotografía de Juan Sánchez Amorós.

domingo, 9 de julio de 2017

EN DEFENSA DE LOS ANIMALES (VI) de JORGE RIECHMANN



Hablando de Lévinas y del rostro y la mirada de los animales y en concreto del perro, cómo no mencionar el conmovedor encuentro del filósofo y el perro Bobby en el campo de internamiento en el que fue recluido en 1939, cómo no transcribir al menos un largo paso de una historia que a veces se cita (equivocando lugar y protagonistas) y se reduce a anécdota. “Y he aquí que, hacia la mitad de una larga cautividad – por unas breves semanas y antes de que los guardias lo cazasen--, un perro vagabundo entra en nuestra vida. Vino un día a juntarse con la multitud, mientras ésta, bien custodiada, volvía del trabajo. Malvivía en algún rincón silvestre en las inmediaciones del campo. Pero lo llamábamos Bobby, con un nombre exótico, como conviene a un perro querido. Aparecía en las reuniones matinales y nos esperaba a la vuelta, brincando y ladrando alegremente. Para él – era innegable – fuimos hombres”.[1] Este perro, que Lévinas califica como el último kantiano de la Alemania nazi, devuelve a quienes eran “seres sin lenguaje” el poder de nombrar y, por tanto, de ser humanos. Hay algo tan hermoso, tan inexplicable, en esta mutua necesidad de cariño y ternura, algo que es tan profundo, tan natural, tan necesario, que es capaz de surgir incluso donde lo humano ha sido, supuestamente, excluido. “Para él, fuimos hombres”, él les vio humanos y ellos le reconocieron como perro: le dieron migajas, silbidos, gritos de aliento, algún juego, cariño. Por eso la sola presencia de Bobby anuló para siempre la meticulosa ciencia del verdugo. Aquí, en el ahí del cautiverio, el hombre mira el rostro del animal que le contempla y le reconoce y en esta acción, en este mutuo reconocimiento, en este diálogo que no precisa de la palabra, se restaura la dignidad del ser humano (que el verdugo pretende abolir) y la dignidad del animal. Historia, hecho (no anécdota) que es apertura al otro por excelencia, descentramiento, salida de uno mismo, para ir al encuentro de la mirada, del rostro, del animal no humano.[2]
Antonio CRESPO MASSIEU en 2004





[1] Emmanuel Lévinas, Difficile liberté. Essais sur le judaïsme, Le Livre de Poche, París 1984, p. 215- 216; citado en Emmanuel Lévinas. Un compromiso con la Otredad. Pensamiento ético de la intersubjetividad, Anthropos, Barcelona, 1981, p. 20.
[2] Antonio Crespo Massieu, “Estar ahí: la responsabilidad de la mirada”, Riff-Raff 25, Zaragoza, primavera de 2004, p. 56-57.



Jorge Riechmann. En defensa de los animales. Ed. de la Catarata, 2017

Fotografía de Juan Sánchez Amorós.

sábado, 8 de julio de 2017

EN DEFENSA DE LOS ANIMALES (V) de JORGE RIECHMANN



Mientras usted se dirige a su avión desde la terminal del aeropuerto, repara en un individuo subido a una escalera que se dedica a arrancar remaches de las alas. Un tanto mosqueado, se aproxima usted al arrancador de remaches y le pregunta qué está haciendo.
        “Trabajo para la compañía aérea Growthmanía Intercontinental”, le informa el personaje, “y la compañía ha descubierto que puede vender estos remaches a dos dólares la pieza”.
        “Pero ¿cómo sabe que no debilitará fatalmente el ala al hacer eso?”, le pregunta usted.
        “No se preocupe”, le responde. “Estoy seguro de que el fabricante construyó un avión mucho más fuerte de lo que en realidad es necesario, de modo que esto no es perjudicial. Además, he sacado bastantes remaches de este ala y todavía no se ha caído. Aerolíneas Growthmanía necesita dinero: si yo no arrancara los remaches, Growthmanía no podría continuar su expansión. Y yo necesito la comisión que me paga: ¡cincuenta centavos por remache!”
        “¡Pero usted ha perdido el juicio!”
        “Le digo que no se preocupe: sé lo que hago. En realidad, yo también voy a viajar en ese vuelo, de modo que, como usted puede comprobar, no existe el más mínimo motivo de preocupación”.
        Claro está, una persona sensata volvería a la terminal, daría parte del peculiar personaje y de Aerolíneas Growthmanía a la FAA, y reservaría plaza en otro sistema de transporte. Por supuesto, nadie está obligado a viajar en avión. Pero, por desgracia, todos somos pasajeros de una inmensa cosmonave Tierra en la que no nos queda más alternativa que volar. Y desafortunadamente esa cosmonave está llena de arrancadores de remaches que proceden de forma análoga a la que se acaba de describir...”[1]

Paul y Anne EHRLICH en 1981


Los abrigos de pieles presentados con cuidados exquisitos en los escaparates de los grandes peleteros parecen estar a mil leguas de la foca derribada a palos sobre el banco de hielo, o del mapache aprisionado en una trampa que se roe una pata para tratar de recobrar su libertad. La bella que se maquilla no sabe que sus cosméticos han sido probados en conejos o cobayas que han muerto sacrificados o han quedado ciegos. La inconsciencia y, consecuentemente, la tranquilidad de conciencia del comprador o la compradora es total, así como es total, por ignorancia y por falta de imaginación, la inocencia de los que se empeñan en justificar las diversas especies de gulags o quienes preconizan el empleo del arma atómica. Una civilización que se aleja cada vez más de la realidad produce cada vez más víctimas, comprendida ella misma.[2]
Marguerite YOURCENAR en 1981





[1] Paul y Anne Ehrlich: Extinción, vol. 1, Salvat, Barcelona 1995, p. vii-viii.
[2] Marguerite Yourcenar, “¿Quién puede saber si el alma del animal desciende bajo la tierra?”, en Andrea Padilla y Vicente Torres (comps.), Marguerite Yourcenar y la ecología, Universidad de los Andes, Bogotá 2007, p. 55.


Jorge Riechmann. En defensa de los animales. Ed. de la Catarata, 2017

viernes, 7 de julio de 2017

EN DEFENSA DE LOS ANIMALES (III) de JORGE RIECHMANN



Francisco [de Asís] es el ejemplo por excelencia del cuidado de lo que es débil y de una ecología integral, vivida con alegría y autenticidad. Es el santo patrono de todos los que estudian y trabajan en torno a la ecología, amado también por muchos que no son cristianos. (…) Su testimonio nos muestra que una ecología integral requiere apertura hacia categorías que trascienden el lenguaje de las matemáticas o de la biología y nos conectan con la esencia de lo humano. Así como sucede cuando nos enamoramos de una persona, cada vez que él miraba el sol, la luna o los más pequeños animales, su reacción era cantar, incorporando en su alabanza a las demás criaturas. Él entraba en comunicación con todo lo creado, y hasta predicaba a las flores “invitándolas a alabar al Señor, como si gozaran del don de la razón”. Su reacción era mucho más que una valoración intelectual o un cálculo económico, porque para él cualquier criatura era una hermana, unida a él con lazos de cariño. Por eso se sentía llamado a cuidar todo lo que existe. Su discípulo san Buenaventura decía de él que, “lleno de la mayor ternura al considerar el origen común de todas las cosas, daba a todas las criaturas, por más despreciables que parecieran, el dulce nombre de hermanas”. Esta convicción no puede ser despreciada como un romanticismo irracional, porque tiene consecuencias en las opciones que determinan nuestro comportamiento. Si nos acercamos a la naturaleza y al ambiente sin esta apertura al estupor y a la maravilla, si ya no hablamos el lenguaje de la fraternidad y de la belleza en nuestra relación con el mundo, nuestras actitudes serán las del dominador, del consumidor o del mero explotador de recursos, incapaz de poner un límite a sus intereses inmediatos. En cambio, si nos sentimos íntimamente unidos a todo lo que existe, la sobriedad y el cuidado brotarán de modo espontáneo. La pobreza y la austeridad de san Francisco no eran un ascetismo meramente exterior, sino algo más radical: una renuncia a convertir la realidad en mero objeto de uso y de dominio.[1]
El papa Jorge BERGOGLIO en 2015





[1] Encíclica Laudato Si’ –Sobre el cuidado de la casa común, parágrafos 10 y 11.


Jorge Riechmann. En defensa de los animales. Ed. de la Catarata, 2017