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sábado, 16 de marzo de 2024

TODO ESTÁ EN LLAMAS




Y por la noche teníamos frío

no estábamos acostumbrados a las grandes fantasías del viento

rocas extremas donde batía el extremo anhelo de la tierra

¿recuerdas?

encendíamos fuegos en el borde de la casa

podría ser una playa repentinamente iluminada en noches de verano


una biblioteca ardiendo

un lamento coral de dioses entretenidos bebiendo las ampollas de néctar


el aire que quemaba

la ambrosía divina escurrida pared a pared

sabíamos: el amor es fuego que arde sin que lo veamos

sabíamos.

Así lo escuché, el Bienaventurado en Gayasisa.

Tomó la palabra y la conciencia de que todo está

ardiendo.

No solo los bhikkhus, cuya túnica ya de por si lleva la llama

no solo la flor de la ume donde nace el fogonazo

sino también lo que pudimos ver y lo que no pudimos ver

extraña gente que nos gobierna y no sabemos quién es

cada cuerpo que habitamos en los años que han pasado

el magnífico ojo la montaña que celebra el paso de los hombres


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esto que tenemos en las manos

lo que nos huye

el inalcanzable


la antigua presencia de un ángel cubierto de andrajos en

los vastos caminos de la noche.

Te hablaría de Abigail

nunca más vi desde ese día.

Te hablaría de las extrañas noches en las que todo comienza

y nunca nada termina

Aquí están las estrellas que son fuego a lo lejos

y brillan en ellas destellos de épocas pasadas

aquí está el sol que calienta los campos justo al amanecer

y luego nos dábamos cuenta de que habían quemado todos esos años cuando


nos amamos y amamos a los demás

como un viejo vendaval tras nosotros se arrastraban las cosas

recuerdos que eran y a veces todavía son

y no eran luz Víctor no eran luz estas

chispas de montañas que colisionaban y se erguían

eran fricción de piedras contra piedras chispas de donde venía el fuego

pero de este fuego no vimos todavía no vemos que la luz brotase


Te hablaría de Abigail si

realmente la hubiera conocido

y no fuera tan sólo un encuentro cita casual

en un bar de la vieja Edimburgo.

Llegó en el último tren de la noche, procedente del sur,

y durante más de una hora esperaría

otro transporte a Inverness.

Nos unió la casualidad en esa pequeña mesa;

y la conversación fue corta y afable.


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Éramos dos personas de quien la juventud poco a poco se despedía.


Saludamos en nuestras beamish

los encuentros que la vida rebelde proporciona

Me sonrió.

Le sonreí.

Y estas sonrisas son casi siempre

la lámpara que ilumina el límite nocturno del crepúsculo

Ardamos pues, en serenatas y rosales.

Cada día es un poniente.

En cada fuego vimos la vida que se iba

la que se había ido

nos alimentamos de nuestra propia existencia

y seguimos y seguimos

ahora que todo se termina seguimos

y ya poco se demora la barca.

Y por la noche teníamos frío

no estábamos acostumbrados a las grandes fantasías del viento.



Fernando Cabrita. El sermón del fuego. Ed. Baile del Sol, 2024

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