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miércoles, 27 de julio de 2022

3 poemas de ENTRESER de JORGE RIECHMANN

 




VOLUNTARISMO VEGETAL

 

 

Algunos arbustos, algunos árboles se adelantan siempre a la primavera. Almendros, retamas, ginestas, endrinos, albaricoqueros: vuestra floración temprana no se apoya en ninguna constatación, sino que supone un arriesgado acto de fe, una ferviente apuesta para que el acontecimiento esperado finalmente sea. Apuesta donde os lo jugáis todo: alguna helada de marzo ¿no acabará abrasando los audaces brotes expuestos? Uno puede abrevarse en la abstracta sombra dulcísima que proyectáis estos días, tan nutritivamente.

 

Hay algo de ese voluntarismo irremediable en todas las búsquedas que atina a emprender el ser humano.

 

 

 

 

CON ALIENTO DE NADADOR

 

 

Debo un poema.

 

Les debo un poema a un hombre calvo y a un niño gordo –diré que son abuelo y nieto, y muy probablemente lo son— que prendieron mi atención durante un par de horas en la desierta playa del Puerto de las Nieves.

 

Algunas y algunos lo sabéis: los riscos que se divisan desde Agaete, ese lugarejo de la costa septentrional de Gran Canaria, caen a pico sobre el mar trescientos, quinientos metros. La luminosidad del crepúsculo había despejado el espacio de cualquier clase de componendas, contracciones o volatines. Recuerdo un sosiego cercano al recogimiento. La playa es de arena oscura y guijarros menudos (debo un poema). El quebrantado Dedo de Dios –que abatió una de esas tormentas tropicales de las que no se puede decir que están vinculadas al calentamiento climático— ya no remite al infinito.

 

Del hombre, bronceado, bajo y fornido, podemos pensar que había sido marinero. Su nieto y él –les debo un poema— se desnudaron, doblaron la ropa sobre una piedra y entraron en el mar. A lo largo del espigón nadaron, braceando con regularidad, un largo y vuelta, otro largo y vuelta, durante más de una hora. El abuelo se detenía a veces unos momentos para no dejar atrás a su nieto, pero éste era también avezado nadador. No había nadie más en el agua, ni tampoco en la playa.

 

A los dos que finalmente salieron del mar debo un poema. Se secaron con sendas toallas, conversando –desde donde yo estaba solamente les veía mover los labios--. En cierto momento el niño dio a su abuelo un abrazo tan afectuoso que ese gesto solo hubiera podido, en días antiguos, salvar una ciudad.

 

Ahora ya están vestidos, se alejan, playa y océano quedan abandonados a su paradójica intimidad. Ese niño gordo –metabolismo desequilibrado por la dañina dieta de nuevos ricos que nos infligimos los españoles a comienzos del siglo XXI— tenía muchas cartas para haber padecido burlas y vejaciones por parte de compañeros de colegio aún entrampados en la crueldad de la infancia; pero su abuelo, una tarde tras otra, está enseñándole a jugar otro juego, a valerse de otros recursos. Su joven corazón de nadador no cederá tan fácilmente ante la injuria o el chantaje. Ambos ante mis ojos han puesto en práctica –tan hermosamente— uno de los momentos más esenciales en la producción y conservación de eso que aún nos atrevemos a llamar humanidad: el momento sagrado de la transmisión.

 

Les debo un poema, un poema que habrá de ser flexible y fuerte como piel de mamífero marino, un poema con resuello de nadador.

 


A PESAR DE

 

 

Los trajes oscuros con ordenadores portátiles perderéis.

 

Los pies desnudos con silbidos significantes ganaremos.

 

Todas las probabilidades, todas las programaciones y todos los vaticinios están en contra, pero sucederá así.

 


Jorge Riechman. Entreser. (poesía reunida, 1993 -2016) . Ed. Calambur, 2021

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