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domingo, 10 de julio de 2022

Contra Lorca en el altar

 



 

Confieso ya sin rubor, aunque reconozco que algo tarde, recordando incluso mi alegría, siendo aún casi escolar, de leer a Ennio Flaiano, entonces guionista de cine, anunciar que Franco iba a permitir a Editorial Aguilar editar las Obras Completas de Lorca, —cuando al mismo tiempo escribía, y como si ambas cosas tuviesen relación, que los autobuses de Madrid acababan de colocar un cartel para pasajeros advirtiendo “¡Atención, frenos potentes!”—, que yo nunca pude con Lorca, Federico García Lorca, asesinado en 1936 por maricón, palabra sin polisemia ni sinónimos valiosos en la época, exclusivamente por maricón a secas, a manos de maricones de un subconsciente de mostrencos analfabetos.

 

Leímos de él, curiosamente nunca a escondidas como no se podía leer a Sender o a Barea, lo que nadie necesitaba ocultar, y recuerdo en mí una ausencia de emoción propia de quien odiaba a la Andalucía cobarde donde me obligaban a vivir, una tierra de gitanos, asesinos, guardias civiles reconvertidos desde carabineros republicanos, y castañuelas. Yo no podía con Lorca porque no podía conque él cantara todo eso, una Andalucía que culturalmente, al menos en el cine y el teatro, dominaba a toda la España que a mí me apestaba. Y entonces di con una frase de Juan Ramón, poeta que yo sí entendía y que sentía ahí al lado de mi casa, una frase luminosa referida a Lorca: Poeta de guitarra y pandereta, y comprendí que debería separar a Lorca de su fama de asesinado por fascistas, que no sé si sabían qué es eso, y que tanto daba que por anarquistas o borrachos o por los millones de brutos de repente soltados a la calle un 18 de julio, y olvidarme de su andalucismo brillante y digno de cambio para quedarme, en todo caso, y hasta que tuviera más cultura para saber si acertaba, con su viaje por Nueva York, donde los maricones eran diferentes porque ni siquiera se llamaban así. No tengas miedo de mi cuerpo, cantaba en alta voz valiente uno de aquella tierra que creo yo que le daba envidia.

            

¿Que misterioso fenómeno era que en clases de Formación del Espíritu Nacional en un instituto de Segunda Enseñanza se citara con elogio a Lorca? El desconcierto me aturdía, y ya es mejor olvidar haber leído por casualidad a Bernarda Alba y a Madre Coraje, las neuronas se desorganizaban. ¿Sería porque en Lorca no hay mujeres vestidas de color sino de luto, y todo era luto en mi infancia, o porque leyendo a Lorca uno no sentía deseo de cambio sino una especie de estupor ante la fortaleza de sus mujeres tan desagradables y tan falsamente libres para opinar de cómo hay que actuar en defensa de la tradición y con terror ante lo íntimo?

 

El mito Lorca nos aturdía a los hijos de rojos y a los niños con familiares asesinados por curas porque habían luchado por cambiar paisajes y paisanajes que Lorca elevaba a lo sublime que a mí más me repugnaba, machismo, virginidad, madres autoritarias como de obligación de ir a misa, defensa de familias compuestas de analfabetas,  tradición como tesoro a conservar, el arte sublime de la obediencia debida porque lo mando yo, la moral que no era ética sino superstición casi gitana, la religión intocable, eso llamado la honra que era palabra que sonaba como descompuesta extraída de teatro antiguo, y el honor, lo más valioso y bueno, siempre un concepto de lo bueno y de lo de siempre, que coincidía plenamente con los policías que detenían a mi padre y a los guardias civiles que disparaban y luego preguntaban a un maquis en la lluvia. ¡Y a teñirse el vestido de negro! “En ocho años que dure el luto no ha de entrar en esta casa el viento de la calle”. Su lectura me desconcertaba.

 

Me parecía el escritor asesinado, y era yo sólo aprendiz, un autor de enorme brillo, brillo de lentejuelas y caracolillo sobre la frente, defensor de quienes yo era entonces incapaz de comprender, los de  las viejas muy buenas costumbres, y nada en él me cuadraba. Y es que yo robaba libros, y leía a escondidas en mi francés paupérrimo, a uno llamado Beaudelaire y a otro llamado Rimbaud, y a Neruda y a Juan  Ramón, aunque se odiaban, señal de que la disidencia no obligaba a navajazos, y Lorca me parecía un monigote maltratado preparado para pasear entre gritos de elogios, como una Virgen del Rocío engalanada de oropeles hasta no poder con tanta carga.

 

Andaluz creador original gracioso y triste, transformado, sepultado y oculto con mérito de mito reinventado, el cadáver más glorioso de la matanza permanente, tan glorioso que su extensa tumba hasta emociona, desinteresa a los cobardes y tiene el valor de mito. Y al leerlo, sin miedo y ya no a escondidas porque estaba permitido, aunque solo fuese a medias, costumbre de los miedosos, ¡pero ten cuidado con leer a León Felipe, Cernuda o Bertolt Brecht!, no me parecía ya escritor sino mártir, un santo más. Decían los muy exagerados que en la toma de Barcelona habían quemado 75 toneladas de libros. Los suyos no.

 

Cielo azul/ campo amarillo./ Monte azul, /campo amarillo. /Por la llanura desierta /va caminando un olivo. /Un solo olivo.    

A mí queridísimo Luis Buñuel, escribió.

 

Y Buñuel, que lo recibió como elogioso regalo piropo, quizá por su cumpleaños, español que por decir lo que sentía tenía fama de salvaje o que aún no había aprendido a ocultar, como había hecho en Las Hurdes, Tierra sin pan llamaba él, dice sincero: “esto es malísimo, y, pam”, cuenta después, Lorca que se titula poeta en todas partes, “se va enfadado”. “Adiós, señores”, dice triste incomprendido, porque ha de escribir sobre gitanos y guardiaciviles, sobre toreros, sobre mujeres tristes a las que no ha entendido nunca, sobre gruesas puertas que se cierran, sobre machos con navajas, sobre lo flamenco con sombrero cordobés o granaíno, si eso existe. Poeta de guitarra y pandereta, lamenta ese poeta que ya huye poniendo un océano por medio presagiándolo todo:

La vida ha puesto enfrente de mi desilusión

un carnaval de sangre.

 

García Lorca es vivo o muerto el más ilustre de los andaluces, el símbolo más claro de la crueldad fascista, el estandarte del marxismo iletrado, muerto, un muerto, el más famoso muerto para orgullo de partes, la puntada de hilo que une a los dos bandos.

 

La señal imborrable del espanto y de lo que somos y volvemos a ser una vez y otra vez y otra vez.

 

Los andaluces hablan; pero luego…” dice un personaje de Mariana Pineda.

 

Antonio Santos Barranca  ​​​​​​​     

De Diario nocturno.

 


  

 


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