Esto sucede ante la hora izquierda en que mi vida,
violenta juventud contra el poder de un príncipe,
llama jauría a la verdad y belleza a los puentes
derrumbados.
Llama flor del frío a la tumba de los náufragos,
astrolabio muerto a la nieve de los locos.
Hornea un talco negro el hambre de la muerte,
la edad de los sentidos, el obstinado aliento
de la cansada luz de octubre en el baúl de abejas.
Brota sobre esta duna blanca la
vehemente hierba de las islas,
la implacable hormiga en el blando
bulbo de la boca helada.
Con guantes de forense sale la noche
verde de su estuche
y la tempestad retumba por el otoño roto de las ánforas.
Tiene aquí mi corazón la edad del
mundo,
el pez de piedra bajo el que los recién nacidos duermen.
Sufre el impaciente un reloj de sol
bajo los párpados,
la aguja inmóvil como retina fría de los caballos
muertos.
Mi vida es el temblor del consternado y el indigente
ciego,
la constelación del triste en un festín de víctimas.
No conozco otra conciencia que la oscuridad translúcida,
la sábana de vidrio sobre la que la infernal razón se
acuesta.
Vivo separado del rumbo de las cosas, hablo el miedo
de un heredero alzado contra el funesto monarca de las
ciénagas.
No espero nada de los dioses, nada de la memorable
epidemia de sus jueces.
Soy distinto ante el esclavo y el enano, soy el mismo
suplicante y el eunuco.
Soy el transeúnte de la atmósfera, el anhelante oscuro
del relámpago.
Oigo voces, oigo al temeroso y al anciano, sé que un
caballo es un momento.
Oigo pasos, oigo el lastimoso trueno que al perenne
huérfano perturba.
Tengo por amigo al penitente mar y al anticuado otoño,
amo la imperturbable soledad del hombre y la confidencia
de los pájaros.
Llamo inalcanzable a la distancia que
hay entre dos cuerpos,
alternativamente invado el país del
fracaso y el suelo natal de la victoria.
Fui adolescente y me envenené con
lumbre, fui déspota incansable
contra la vanidad que hastía la fiesta
de los cuerpos.
No he llegado más lejos de mí mismo que una moneda del
avaro está de otra,
considero estéril el invierno,
considero el azul imprescindible.
Me ocupo con horror de los esfuerzos que hace cada día el
sol por elogiar la tierra,
siento simpatía por el primitivo lúcido
y por el débil infeliz metódico.
Prefiero la melancolía del cobarde a la
furia invencible de los héroes,
prefiero el desamparo de los campos a
la rígida ambición de los sepulcros.
Dios está cansado de escucharnos, están
cansados los hombres y los perros,
la nostalgia es una canoa a la deriva
por el río blanco de la muerte.
(…)
He pasado la tarde junto a la tumba de
Keats,
me he apostado ante la guarida donde la divinidad no es
un ser poderoso,
no he descendido a ningún otro infierno
que no fuese mi vida.
He llamado día amarillo al día semejante a un íntimo
color amarillo,
día imperfecto al día en que he sufrido
menos que cualquier hombre.
Alguna vez he dicho: usted es alguien que provoca en mí
una súbita emoción,
y ellos han detenido su paso y hemos tenido que compartir
luego la ausencia de separarnos,
pero aun así he convivido bajo el mismo techo con la
jibia de los menesterosos
y la triste benevolencia que le brota a los cuerpos tras
el lenguaje de lo cotidiano,
lo que da cuenta de uno sin ser más que la sombra de
otro,
esa vida, ese aire que respira el préstamo de las
palabras con que se describe la fatiga en una cuerda de presos, el dolor de la
coincidencia de dos hermanos en el mismo pabellón de enfermos, el favor del
fuerte ante el abatimiento, la emoción del aliviado.
Dichas de este modo las tres palabras que mi padre ha
puesto sobre la mesa no deberían ser repartidas entre los hermanos sino
destinadas a permanecer como bobinas de hilo entre las cosas inútiles, la hebra
que sostiene el peso de la memoria, el traje de franela del difunto, la carta
que nunca fue abierta,
dichas de este modo las palabras tienden a desaparecer como desaparece el vendaje blanco de las cumbres en la primavera incipiente.
Juan Carlos Mestre. La desobediencia de las palabras. Bartleby Ed. 2024
Ilustración de Antonio Orihuela

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