Me miraba
como Stendhal perdido
en Florencia
al pórtico de Santa Croce;
como se mira el cabello de la Venus
de Hirémy-Hirschl
revolcada
en las olas.
Me miraba
mezcla de fascinación
y víscera pura,
inmensa alegría
y desborde abrumador.
Me miraba
como a la mismísima Afrodita
o alguna diosa
––aún no inventada––
con pureza infantil y sublime
amor.
Me miraba
y con esa lágrima sutil
entendí que nadie volverá
a mirarme
así.
Maldita cúspide divina
desde la que ya nada
tiene la misma altura
para mi daño.
Esther Mañoso. Tanque de tormentas. Ed. Cuadranta, 2025

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