Este año se cumplen cien de la
publicación, por la editorial ‘La Oveja Roja’, de la primera novela de la
conocida líder anarquista, aunque desconocida como novelista para la
inmensa mayoría del público lector e, incluso, de sus admiradores libertarios.
Este mismo año publiqué una
reseña de la novela, en Culturamas, titulada «La victoria, de
Federica Montseny: una novela para nuestro tiempo», pues, pasados cien años, creo que
el detonante que motivó su escritura de parte de su autora aún pervive.
Descontado el hecho de que la nueva mujer ha nacido, ¿lo ha hecho el nuevo
hombre?
La victoria es, como he
dicho, la primera de las tres novelas que salieron de la pluma de federica
Montseny, y está escrita en un periodo de su vida en el que aún no es la líder
social y política, cuya imagen y gesto todos guardamos en nuestra memoria; es
una obra “de juventud”, afirma la propia autora, cuenta con 20 años, y, como
señala Cruz-Cámara, es una novela de tesis decididamente confrontativa
y dialogal, pero, por eso mismo, resulta esencial para el conocimiento
de la visión que Federica Montseny poseía del tema central que trata esta
novela: la construcción y la naturaleza de la ‘nueva mujer’, concepto
semejante, en algunos aspectos, al de ‘mujer moderna’, que tan en boga estaba
en la época, aunque no exactamente equivalente, pues las “sin sombrero”, esa
etiqueta que ha hecho tanta fortuna para referirse a las mujeres de la pequeña
burguesía liberal y republicana, libres y modernas, de los años
veinte y treinta, no significa exactamente lo mismo que las “mujeres libres”
del imaginario libertario, o las “sin amo”, a las que se refiere Antonio
Orihuela: mujeres libres e independientes, absolutas dueñas de sus vidas y de
sus destinos, que nada tenían que ver con ese ‘ángel del hogar’ que la cultura
patriarcal y las costumbres arrastradas de siglos habían incrustado, de modo
transversal a las clases, en el subconsciente colectivo, pero que, además,
poseían una plena conciencia de clase y promovían activamente el cambio del
sistema capitalista por un sistema social, cultural, político y económico fundamentado
en el comunitarismo y en la igualdad completa, en el que cualquier resto de
‘valor propiedad individual’ haya desaparecido, también, de la vivencia de
nuestros sentimientos.
La victoria es, así, la
historia de una joven profesora, Clara, que asume tal programa de un modo
íntimo y radical, como proyecto propio y personal; en concreto, narra,
precisamente, las dificultades que esa ‘nueva mujer’, volcada irremediablemente
al futuro (que sería nuestro presente), debe afrontar a la hora de encontrarse
con el amor (ese sentimiento, más allá del instinto, extremadamente idealizado,
eso sí, que Clara, la protagonista, alter ego de la propia Federica Montseny,
tiene en su mente y ha asumido como rector de su propia vida). Pues, tras la
lectura de «La
tragedia de la emancipación femenina» de Enma Goldman, folleto publicado
poco antes que la novela y que la propia Federica Montseny replica en La
Revista Blanca, la autora asume, en La victoria, completamente las dos
vertientes del proceso de emancipación que Goldman plantea: la individual y la
relacional.
En este sentido, el verdadero
quid de la cuestión que se plantea en la novela radicaría –más que en el
sentimiento mismo, en su interiorización y la vivencia del sentimiento por
parte de Clara, su protagonista– en las dificultades, casi imposibilidad, de
encontrar un compañero con quien compartirlo, es decir, un ‘nuevo hombre’, tan
libre e independiente y dueño de su destino, tan volcado, también, al futuro,
como Clara; un ‘hombre nuevo’ que acepte compartir, de igual a igual (ni
dueño y ni siervo, solo compañero: y, aquí, está la clave), esa misma
independencia y esa misma libertad sin restricciones, sin resto alguno del
‘valor de propiedad’; esto es, un amor
libre entre iguales.
Por lo que el conflicto que da
vida a la trama de La victoria, el auténtico problema que trata de
dilucidarse, es de carácter relacional, el que para la ‘nueva mujer’ –cuyo
ideal, encarna Clara, la protagonista, como queda dicho– no existe aún, en ese
momento histórico, los años veinte y treinta del pasado siglo, un ‘hombre
nuevo’ que pueda compartir su vida, su amor entre iguales y la libre
determinación de sus destinos.
Ni Roberto Montblanch (obrero,
líder propagandista libertario, maestro, primero, y compañero, luego, en el Ateneo
Anarquista de la ciudad, que se entiende que es la Barcelona de la época), a
través del cual, Clara, mujer de clase media, conecta con el mundo del trabajo
manual. Ni el cínico, elegante e inteligente Emilio Lucerna (periodista,
vividor y diletante, encaprichado de ella). Ni el caballeroso –al modo
medieval– Fernando Oswald (exitoso novelista del amor y de la exaltación de
la mujer ideal, como musa y diosa adorable). Ninguno de ellos es ese ‘hombre
nuevo’ con el que la protagonista pueda compartir su vida, sus sentimientos y
sus ideas acerca del mundo y de lo que es ella, ya, y lo que debería ser la
mujer liberada del futuro, así como su incansable actividad social, política y
propagandística, propia de una líder libertaria.
Ninguno de los tres hombres logra
desprenderse del idéntico sentido de propiedad que asocian al sentimiento
amoroso, a pesar de sus dispares caracteres y de sus distintas opciones
ideológicas explícitas: el equilibrio personal y la fe revolucionaria, del
líder anarquista; la tendencia al exceso y el cinismo irreverente, del
periodista; o el idealismo ñoño y romántico, del novelista de éxito.
La radicalidad insobornable, a la
hora de afirmar su independencia, así como el absoluto dominio de su voluntad
sobre sus naturales instintos e inclinaciones, la renuncia a los sinceros
enamoramientos de Roberto Montblanch y de Fernando Oswald, hacia los que ella
misma se ha sentido, también, inclinada, o la innegable atracción que Clara siente
–en medio de la repulsión– hacia el descreído Emilio Lucerna, experiencias que
constituyen el eje central sobre el que se levanta la trama y que suponen
sendas durísimas experiencias personales, pone a prueba, una y otra vez, su
voluntad de total independencia y la fuerza de sus convicciones más íntimas, lo
que hace aún más heroica la pírrica victoria final sobre esas naturales
inclinaciones, frutos del instinto y de la necesidad psicológica que arraiga en
la especie.
La decisión final de Clara, con
la que el lector y las lectoras de esta novela (tan imprescindible aún, tan plenamente
actual, cien años después de su publicación) se encontrarán y se enfrentarán de
un modo conflictivo e interiormente dividido, nos lleva con rotunda claridad,
valga el juego de palabras, a la disyuntiva con la que la propia Federica
Montseny, como ‘mujer nueva’, ‘sin amos’, se habría visto abocada en cuanto
escritora, líder y propagandista libertaria en la España de su época; y,
también, seguramente, a su propia lucha interior y a sus propias
contradicciones como militante libertaria, ante la ausencia de ‘hombres nuevos’
en su entorno personal, social y político, con quienes poder compartir sus
sentimientos más íntimos.
Una vez concluida su lectura,
este hombre de este tiempo, que os habla, aquí y ahora, a cien años vista de su
publicación, se hace –me hago– una pregunta inquietante: al cabo de estos cien
años, en este tiempo en el que cientos de miles de Claras, de ‘mujeres nuevas’,
pueblan la realidad social, política y cultural, ¿se encontraría Clara con un
hombre con quien poder compartir su destino, del modo tan radicalmente
planteado por ella en la novela, sin la menor inclinación al sentimiento de
propiedad del objeto amado? O, dicho de otro modo, descontado el hecho de la
existencia de la ‘mujer nueva’, hoy, ¿podríamos afirmar, con idéntica
rotundidad, la existencia de un ‘hombre nuevo’, incluso, aquí, en este foro?
¿Hemos llegado al futuro, aquí, al que Clara aspiraba y por el que se sacrificó
e inmoló…?
Y una coda final, paradójica y
sorpresiva para quien no esté al tanto del debate en torno a la cuestión feminista
y del voto de las mujeres en el movimiento socialista y anarquista
internacional, desde el congreso fundacional de la Segunda Internacional, en
1889, hasta principios de los años treinta del siglo veinte, en el que
participaron líderes emblemáticas, como Clara Zetkin, Alejandra Kollontai, Rosa
Luxemburgo, Virginia González, Dolores Ibarruri[1]
o la propia Federica Montseny, en España. Clara, la protagonista de La
victoria, como su creadora, no es un personaje feminista; en
realidad, igual que las mujeres y líderes del movimiento obrero –socialistas, comunistas
y anarquistas, antes, citadas–, rechaza frontalmente el feminismo
burgués y el voto femenino censitario, en aras de una liberación integral de
las mujeres trabajadoras, en el proceso de las revoluciones obreras, en marcha,
en cuanto integrantes naturales, iguales e imprescindibles de su propia clase
en lucha. El excelente estudio crítico previo, de su editora, Carolina
Fernández Cordero, entre las páginas 31 y 33, nos da las claves exactas de este
debate.
Matías Escalera Cordero. COMUNICACIÓN en VOCES DEL EXTREMO, 2026
Federica Montseny. La Victoria. Ed. La Oveja Roja, 2025
[1]
Se puede encontrar, en la Red,
un interesante artículo sobre estas dos líderes, de Sara Hidalgo García de
Orellán: «Clase y género en el movimiento obrero vizcaíno del primer
tercio del XX. Virginia González y Dolores Ibárruri», en Sancho el Sabio, Nº 46, 2023, 38-55.
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