documentos de pensamiento radical

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lunes, 10 de agosto de 2026

La victoria, de Federica Montseny. ¿Ha aparecido el hombre nuevo?

 



Este año se cumplen cien de la publicación, por la editorial ‘La Oveja Roja’, de la primera novela de la conocida líder anarquista, aunque desconocida como novelista para la inmensa mayoría del público lector e, incluso, de sus admiradores libertarios.

Este mismo año publiqué una reseña de la novela, en Culturamas, titulada «La victoria, de Federica Montseny: una novela para nuestro tiempo», pues, pasados cien años, creo que el detonante que motivó su escritura de parte de su autora aún pervive. Descontado el hecho de que la nueva mujer ha nacido, ¿lo ha hecho el nuevo hombre?

La victoria es, como he dicho, la primera de las tres novelas que salieron de la pluma de federica Montseny, y está escrita en un periodo de su vida en el que aún no es la líder social y política, cuya imagen y gesto todos guardamos en nuestra memoria; es una obra “de juventud”, afirma la propia autora, cuenta con 20 años, y, como señala Cruz-Cámara, es una novela de tesis decididamente confrontativa y dialogal, pero, por eso mismo, resulta esencial para el conocimiento de la visión que Federica Montseny poseía del tema central que trata esta novela: la construcción y la naturaleza de la ‘nueva mujer’, concepto semejante, en algunos aspectos, al de ‘mujer moderna’, que tan en boga estaba en la época, aunque no exactamente equivalente, pues las “sin sombrero”, esa etiqueta que ha hecho tanta fortuna para referirse a las mujeres de la pequeña burguesía liberal y republicana, libres y modernas, de los años veinte y treinta, no significa exactamente lo mismo que las “mujeres libres” del imaginario libertario, o las “sin amo”, a las que se refiere Antonio Orihuela: mujeres libres e independientes, absolutas dueñas de sus vidas y de sus destinos, que nada tenían que ver con ese ‘ángel del hogar’ que la cultura patriarcal y las costumbres arrastradas de siglos habían incrustado, de modo transversal a las clases, en el subconsciente colectivo, pero que, además, poseían una plena conciencia de clase y promovían activamente el cambio del sistema capitalista por un sistema social, cultural, político y económico fundamentado en el comunitarismo y en la igualdad completa, en el que cualquier resto de ‘valor propiedad individual’ haya desaparecido, también, de la vivencia de nuestros sentimientos.

La victoria es, así, la historia de una joven profesora, Clara, que asume tal programa de un modo íntimo y radical, como proyecto propio y personal; en concreto, narra, precisamente, las dificultades que esa ‘nueva mujer’, volcada irremediablemente al futuro (que sería nuestro presente), debe afrontar a la hora de encontrarse con el amor (ese sentimiento, más allá del instinto, extremadamente idealizado, eso sí, que Clara, la protagonista, alter ego de la propia Federica Montseny, tiene en su mente y ha asumido como rector de su propia vida). Pues, tras la lectura de «La tragedia de la emancipación femenina» de Enma Goldman, folleto publicado poco antes que la novela y que la propia Federica Montseny replica en La Revista Blanca, la autora asume, en La victoria, completamente las dos vertientes del proceso de emancipación que Goldman plantea: la individual y la relacional.

En este sentido, el verdadero quid de la cuestión que se plantea en la novela radicaría –más que en el sentimiento mismo, en su interiorización y la vivencia del sentimiento por parte de Clara, su protagonista– en las dificultades, casi imposibilidad, de encontrar un compañero con quien compartirlo, es decir, un ‘nuevo hombre’, tan libre e independiente y dueño de su destino, tan volcado, también, al futuro, como Clara; un ‘hombre nuevo’ que acepte compartir, de igual a igual (ni dueño y ni siervo, solo compañero: y, aquí, está la clave), esa misma independencia y esa misma libertad sin restricciones, sin resto alguno del ‘valor de  propiedad’; esto es, un amor libre entre iguales.

Por lo que el conflicto que da vida a la trama de La victoria, el auténtico problema que trata de dilucidarse, es de carácter relacional, el que para la ‘nueva mujer’ –cuyo ideal, encarna Clara, la protagonista, como queda dicho– no existe aún, en ese momento histórico, los años veinte y treinta del pasado siglo, un ‘hombre nuevo’ que pueda compartir su vida, su amor entre iguales y la libre determinación de sus destinos.

Ni Roberto Montblanch (obrero, líder propagandista libertario, maestro, primero, y compañero, luego, en el Ateneo Anarquista de la ciudad, que se entiende que es la Barcelona de la época), a través del cual, Clara, mujer de clase media, conecta con el mundo del trabajo manual. Ni el cínico, elegante e inteligente Emilio Lucerna (periodista, vividor y diletante, encaprichado de ella). Ni el caballeroso –al modo medieval– Fernando Oswald (exitoso novelista del amor y de la exaltación de la mujer ideal, como musa y diosa adorable). Ninguno de ellos es ese ‘hombre nuevo’ con el que la protagonista pueda compartir su vida, sus sentimientos y sus ideas acerca del mundo y de lo que es ella, ya, y lo que debería ser la mujer liberada del futuro, así como su incansable actividad social, política y propagandística, propia de una líder libertaria.

Ninguno de los tres hombres logra desprenderse del idéntico sentido de propiedad que asocian al sentimiento amoroso, a pesar de sus dispares caracteres y de sus distintas opciones ideológicas explícitas: el equilibrio personal y la fe revolucionaria, del líder anarquista; la tendencia al exceso y el cinismo irreverente, del periodista; o el idealismo ñoño y romántico, del novelista de éxito.

La radicalidad insobornable, a la hora de afirmar su independencia, así como el absoluto dominio de su voluntad sobre sus naturales instintos e inclinaciones, la renuncia a los sinceros enamoramientos de Roberto Montblanch y de Fernando Oswald, hacia los que ella misma se ha sentido, también, inclinada, o la innegable atracción que Clara siente –en medio de la repulsión– hacia el descreído Emilio Lucerna, experiencias que constituyen el eje central sobre el que se levanta la trama y que suponen sendas durísimas experiencias personales, pone a prueba, una y otra vez, su voluntad de total independencia y la fuerza de sus convicciones más íntimas, lo que hace aún más heroica la pírrica victoria final sobre esas naturales inclinaciones, frutos del instinto y de la necesidad psicológica que arraiga en la especie.

La decisión final de Clara, con la que el lector y las lectoras de esta novela (tan imprescindible aún, tan plenamente actual, cien años después de su publicación) se encontrarán y se enfrentarán de un modo conflictivo e interiormente dividido, nos lleva con rotunda claridad, valga el juego de palabras, a la disyuntiva con la que la propia Federica Montseny, como ‘mujer nueva’, ‘sin amos’, se habría visto abocada en cuanto escritora, líder y propagandista libertaria en la España de su época; y, también, seguramente, a su propia lucha interior y a sus propias contradicciones como militante libertaria, ante la ausencia de ‘hombres nuevos’ en su entorno personal, social y político, con quienes poder compartir sus sentimientos más íntimos.

Una vez concluida su lectura, este hombre de este tiempo, que os habla, aquí y ahora, a cien años vista de su publicación, se hace –me hago– una pregunta inquietante: al cabo de estos cien años, en este tiempo en el que cientos de miles de Claras, de ‘mujeres nuevas’, pueblan la realidad social, política y cultural, ¿se encontraría Clara con un hombre con quien poder compartir su destino, del modo tan radicalmente planteado por ella en la novela, sin la menor inclinación al sentimiento de propiedad del objeto amado? O, dicho de otro modo, descontado el hecho de la existencia de la ‘mujer nueva’, hoy, ¿podríamos afirmar, con idéntica rotundidad, la existencia de un ‘hombre nuevo’, incluso, aquí, en este foro? ¿Hemos llegado al futuro, aquí, al que Clara aspiraba y por el que se sacrificó e inmoló…?

Y una coda final, paradójica y sorpresiva para quien no esté al tanto del debate en torno a la cuestión feminista y del voto de las mujeres en el movimiento socialista y anarquista internacional, desde el congreso fundacional de la Segunda Internacional, en 1889, hasta principios de los años treinta del siglo veinte, en el que participaron líderes emblemáticas, como Clara Zetkin, Alejandra Kollontai, Rosa Luxemburgo, Virginia González, Dolores Ibarruri[1] o la propia Federica Montseny, en España. Clara, la protagonista de La victoria, como su creadora, no es un personaje feminista; en realidad, igual que las mujeres y líderes del movimiento obrero –socialistas, comunistas y anarquistas, antes, citadas–, rechaza frontalmente el feminismo burgués y el voto femenino censitario, en aras de una liberación integral de las mujeres trabajadoras, en el proceso de las revoluciones obreras, en marcha, en cuanto integrantes naturales, iguales e imprescindibles de su propia clase en lucha. El excelente estudio crítico previo, de su editora, Carolina Fernández Cordero, entre las páginas 31 y 33, nos da las claves exactas de este debate.

 



Matías Escalera Cordero.  COMUNICACIÓN en VOCES DEL EXTREMO, 2026

Federica Montseny. La Victoria. Ed. La Oveja Roja, 2025



[1] Se puede encontrar, en la Red, un interesante artículo sobre estas dos líderes, de Sara Hidalgo García de Orellán: «Clase y género en el movimiento obrero vizcaíno del primer tercio del XX. Virginia González y Dolores Ibárruri», en Sancho el Sabio, Nº 46, 2023, 38-55.

 

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