documentos de pensamiento radical

documentos de pensamiento radical

jueves, 21 de noviembre de 2019

Estraloque




Esborrexo nas gadoupas dos teus beizos
cando o termo maldito,
lembranza inerte e testemuña das lousas do tempo,
emana en cada fonema coma un flegmático veriño,
condenándome, por sempre, por mor do meu sangue,
a ser a Medea do teu apólogo baldío.


Degaxo, paseniño, a luz do sol sobre a auga xélida do teu mar,
bambeando na pegañenta tea de promisións,
fiucega ante a alfa que precede a treboada,
ante a sentenza inicua da egrexia meiga convertida en voaxa.


Bafexo o ar das túas mans estériles azamelando a vida,
cravando as unllas nas engurras que enfeitan os ollos
mentres os ocasos mortos arrolan, velaíño,
o degoxo da salagre palabra.


E río.
Perdida.
Mentres as labaradas morden os pés da filla de Idia,
os meus pés,
na eterna noite de xuño.


Veronica Pousada Pardo. En Fundido en malva. Wanceulen Ed. 2019

miércoles, 20 de noviembre de 2019

PERSISTE EL FIN







Persiste el fin de
d
í
a
cuando todas las aves
han desfilado
ya
en su regreso a los dormideros
entonando diversos
cantos
para despedir al sol
una vez más
en un eterno
retorno
cada jornada
anunciando la noche
inmisericorde
mientras anhelas
remotas
luciérnagas.






Felipe Zapico Alonso. En Fundido en malva.Wanceulen Ed. 2019

martes, 19 de noviembre de 2019

Fulgor de Madiba (diciembre de 2013)





En Trafalgar, y frente al otro Nelson,
la enseña de Sudáfrica se muestra
en el medio del asta. Los mensajes
de luto y las coronas se amontonan
sobre el adoquinado. La ciudad
luce en la Union Jack, también, su pésame.
En Westminster, el hombre de metal
se dirige a la gente
como guardando aún sabidurías
por enseñar, palabras desde el bronce.
De todas las efigies de Mandela,
la de Londres, con todo y la polémica
factura de Ian Walters, me parece
la más justa: ocultó, precisamente,
el ademán de triunfo, la prestancia
de estadista, de gloria para el mundo
que lo adornan en otros homenajes.
De frente al Parlamento, esa presunta
­sede de la palabra,
un inmóvil Madiba reproduce
lo que siempre hizo bien: abrir los brazos.
Si te pones detrás, pierdes de vista
sus ojos, pero puedes apreciar
el gesto: con su pecho siempre abierto,
os quiere persuadir. Y allá, en el otro
costado de la plaza, en perspectiva,
el palacio del diálogo parece
recibir el abrazo de un gigante.

Ya es de noche. Las flores y las notas
le tapizan los pies asendereados
de prisionero erguido, castigado,
y un rosario de velas modestísimas
matizan con temblor de fuego y sombra
aquel fulgor del líder.
Mandela se alza allí, cerca de Palmerston,
de Churchill y de Smuts, de Gandhi y Lincoln,
en el mismo lugar en que en los años
sesenta le dijera a Oliver Tambo,
de visita en el Londres imperial:
«Un día deberían elevar
una estatua de un negro en este parque».
Y los elogios póstumos, postizos
que hoy pronuncian los líderes mundiales
que escucho por la radio a mí me suenan
a civil sacrilegio.
Solo me representan, hoy, las lágrimas
tristísimas y vírgenes del niño
que enciende su candil junto a la basa
mientras mira el fulgor. Mientras se miran.

Juan Luis Calbarro. EStreets Where to Walk Is to Embark: Spanish Poets in London (1811-2018) de Eduardo Moga(Redactor), Terence Dooley (Traductor). Edt.  

lunes, 18 de noviembre de 2019

EL PUENTE



Esta es la puerta. Este es el final.
Aquí el pasillo que conduce a la calle.
Aquí los escalones que descienden al miedo.
Antorchas congeladas sobre las aceras,
Señales en un libro leído y releído.
Nadie pudo cruzar Londres a pie en una noche.
Siempre alguien lo intenta, no obstante:
Un viajero extraviado con un par de maletas,
Un barrendero que empuja los desechos,
Una mujer de zapatos raídos murmurando.
Todo termina aquí. Todo empieza.
Cortejando envoltorios y periódicos viejos
La escoba ha llegado hasta el río.
El barrendero lanza un escupitajo al agua,
Se le ocurre que los diarios atrasados son flores,
Son mariposas que duran solo un día.
Hay palabras que sobreviven siglos, otras
Mueren apenas pronunciadas. El barrendero
Siente sed, piensa una cerveza, hace una bola
Con sus pensamientos, la arroja al suelo.
Hay palabras que mueren antes de pronunciarse,
Hay deseos que ni siquiera afloran.

Como una araña enamorada de su propia tela
La luna escupe baba sobre el puente.
La mujer pálida no sabe para qué sirve el río.
Simplemente se alza sobre sus talones y mira
El reflejo de la luna, blanco sobre negro,
Peniques plateados, cabellos de doncellas.
Oscuras aguas murmuran en lenguajes
Demasiado antiguos para ser descifrados.
Hablan de reinos perdidos, de leyendas
Tan lejanas como el día de ayer o la infancia.
La saliva golpea, se expande en ondas,
La luz de la luna flota en círculos.
La mujer pálida y despeinada se quita un zapato.
Tiene un calcetín roto, pero no siente el frío,
Sino el cansancio de sesenta años goteando uno a uno.
Ahora se ha detenido en mitad del puente,
Mira el cadáver cromado de la luna temblando, temblando.

Todo lo que sucede, sucedió alguna vez.
Todo lo que sucederá, ha sucedido.
No sirve de nada lamentarse, arrepentirse,
Llorar los días muertos de los calendarios,
En los pequeños nichos de los números.
El asesino no lamenta su crimen,
Ni el río sabe cuántos ahogados arrastra.

El viajero que acarrea sudando su equipaje
No llegará a tiempo a la estación.
Cómo encontrar un taxi que lo lleve al pasado:
No Babilonia o Nínive, solo unas horas atrás,
Kensington, un cuarto alquilado en un hotel,
Una mujer que lo acaricia en silencio
Mientras oyen una música que avanza y avanza.
La humedad en la alfombra y el tiempo en las paredes.
Porque ahora mismo, hace un rato, ayer,
Son tan inaccesibles como la infancia,
Como Babilonia, como esa mujer que se va calle abajo,
Como eras geológicas o mascotas muertas.
Y los recuerdos: artesanos ciegos, mancos,
Reconstruyendo estatuas que se han licuado en barro,
Hundiendo los muñones en el lodo del tiempo.

De pie, bajo las luces, el viajero desdeña el frío.
Deja el equipaje en el suelo un instante, se olvida,
Permite que la ciudad lo inunde o lo vacíe,
Que la madrugada se empape de sí misma
Para que los figurantes que la pueblan
Sean por una vez hombres y mujeres.
Esto es la ciudad. Esto es ahora.
El aliento del niño dormido, el aire
Oliendo a leche, los juguetes desterrados
Del suave naufragio de la cuna.
El portero que cabecea en su caseta
Demasiado somnoliento para encender la radio.
La joven que se masturba a solas en la cama.
El asesino que afila otra vez sus cuchillos.
El barrendero que entra en un bar y pide una cerveza.
Los amantes desesperadamente entrelazados,
Agotados, como si ésta fuera la última vez
O la primera, como el alcohólico que jura
Tomar su último trago, pero nunca
Es el último, sino el primero.
Una música que avanza y avanza.

El amor, el río, la vida, el tiempo
Fluyen en un solo sentido.
Nada ni nadie, ni siquiera Dios, puede
Dar marcha atrás, remover la corriente,
Devolver el semen que se enfría sobre unos muslos tibios
O la sangre secándose sobre unas baldosas.

La mujer sigue detenida en mitad del puente,
Sola, descalza, hablando con el viento.
Ha arrojado un zapato y luego el otro.
Lárgate a casa, hombre, ya es tarde.
El borracho golpea el codo del barrendero
Y le suelta un sermón de madrugada,
Tropezando con las palabras, escupiéndolas.
No se enamore nunca, amigo,
Nunca cierre los ojos en medio de un beso
Porque nunca se sabe cuándo llega el amor
Del mismo modo que no se sabe nunca
Cuándo el sueño nos atrapa. Sí, señor,
Una cabezada, un parpadeo, y estás listo.
Ben, ponme una a mí y otra al caballero.
El camarero que ensaya su paciencia con la barra,
Los amantes que suspiran exhaustos, separados
Por desiertos de carne, por recuerdos y espejos,
La anciana que, sentada ante el tocador,
Intenta alisar el pasado, disfrazar sus arrugas,
El asesino que se desnuda a oscuras
En el cuarto de baño y se sumerge
En una bañera llena de sangre tibia,
Juegan el mismo juego.

Aunque el pasado todavía está sucediendo
Nadie puede volver sobre sus pasos.
Ni siquiera el río puede esquivar el puente.
La mujer pálida sigue aferrada a las piedras.
Mira hacia abajo, hacia ese flujo negro, negro:
Ningún hijo podría salir de allí, ninguna cara.
La joven solitaria cuyo orgasmo es tan triste como la luna,
El barrendero que invita a un negro melancólico antes de irse,
El negro que cabecea y ni siquiera da las gracias,
Piensan que bajo cada rostro vive una calavera,
Recuerdan que tras su sonrisa asomarían gusanos,
Si no fuera por el tiempo, marcando los compases,
Dando cuerda a relojes y ciudades.
El borracho sale del bar, tropieza en un callejón,
Cae junto a unos cubos de basura, se echa a llorar
De pronto, sin saber si esas lágrimas son suyas,
Lamentando una vida que no le pertenece
Porque el pasado lo dejó atrás, huérfano
De destinos, otro pez atrapado en las redes
Del viento, el viento, el viento y sus caladeros:

El viajero que ha dejado escapar su tren,
El asesino que desayuna despacio
Sin más remordimientos que la molestia
De tener que fregar el baño antes de ir al trabajo,
El vagabundo que se desgañita a gritos en la calle,
No hay nadie, no hay nadie, no hay nadie, no hay nadie,
Y el negro que murmura, sabes, me gustan
Las tías una pizca gordas, son oráculos,
Documentos indescifrables, fragmentos
De una música que sigue y sigue.

La luz en la ventana, el escritor aficionado
Repasando sus hojas mientras sorbe un café,
Leyendo todo lo que la ciudad le regaló una vez
Y que él intentó devolver a la calle,
Siente que las palabras son cera, piedra, arcilla, no amor:
El asesino está más cerca de la verdad de la vida
Cuando exprime una bayeta empapada de sangre.

La música, los amantes se duermen, sueñan juntos,
Pegados, abrazados, pero ninguno puede
Saber qué sueña el otro, nadie puede
Amar del todo a alguien, aunque entregue su vida.
Nadie asegura que el funcionario sonriente
Tras la ventanilla no sea el carnicero
De quien hablan todos los periódicos
Arrastrados por la marea de la tarde. Nadie
Sabe si el borracho caído en el suelo duerme.
Pero la luz llama en todos los tejados.
La mujer pálida termina de cruzar el puente,
Se aleja arrastrando los pies descalzos.
Tampoco el río pudo elegir su camino.
Este es el final. Esta es la puerta.


David Torres. EStreets Where to Walk Is to Embark: Spanish Poets in London (1811-2018) de Eduardo Moga(Redactor), Terence Dooley (Traductor). Edt.  


domingo, 17 de noviembre de 2019

Fragmento de mapa emocional




Y cada equis tiempo,
por una razón u otra,
la visita ritual a la colina de Primrose Hill
y, de paso, a Chalcot Square, a la casa donde solían vivir
cuando eran estudiantes
y el tiempo apenas les había rozado.

Y en los últimos años, cuando hay amigos que vienen a Londres
y duermen en su sofá cama tras patearse la ciudad,
una de las noches los llevan a dar una vuelta por los alrededores,
que incluye Abbey Road, y cruzar a zancadas el famoso paso de cebra,
y la visita ritual es el destino del tour nocturno.

Y cuando suben por el césped húmedo a la cima de Primrose Hill
les muestran la impresionante vista panorámica de casi 360 grados,
y con el dedo nombran diferentes edificios, y resumen sus historias,
y la silueta de la ciudad va cambiando,
y el skyline iluminado va acogiendo más mensajes y luces,
y últimamente ha brotado una serie de grúas de construcción
que en la noche se revisten de luz roja, haciendo resaltar
el boom inmobiliario.

Y ella siempre les lee con una sonrisa la inscripción grabada
en un amplio bordillo curvado de una cita de William Blake:
I have conversed with the spiritual Sun. I saw him on Primrose Hill,
y es un momento mágico.
Y también les cuentan que, cerca de aquí, cavaron una pequeña fosa,
y enterraron a su hámster, Orlando,
y que, en La guerra de los mundos, H. G. Wells eligió esta colina
para el último aterrizaje de los marcianos.
Y, en la última visita, apuntan a la Torre BT,
uno de los edificios más emblemáticos,
y añaden unas líneas nuevas a la narrativa:
cuando murió Bowie,
su pantalla electrónica giratoria
emitió tristísima en letras mayúsculas luminosas blancas:
DESCANSA EN PAZ, DAVID BOWIE.

Y siempre suelen, de paso, mostrarles la casa donde vivieron,
y les cuentan que, al lado, en esta casa de aquí, vivió Silvia Plath.
Y no, en esta casa no fue donde se suicidó:
esta es la casa donde vivió.
Se suicidó en una calle por aquí cerca, Fitzroy Road,
en la casa donde había vivido William Butler Yeats.
Y antes no estaba la placa azul circular de Patrimonio Inglés:
la deben de haber puesto hace poco.
Y enfrente de nuestra casa vivía un capitán de barco
que tenía un Cadillac descapotable y un dálmata
que solía viajar erguido en la parte de atrás.

Y los amigos vuelven a sus respectivos países
llenos de historias, y dentro de esas historias,
están insertas las historias de sus amigos,
que también contienen historias de otros.
Y todo es flujo y todo cambia,
y, por una razón u otra,
cada equis tiempo, la visita ritual.


Susana Medina. EStreets Where to Walk Is to Embark: Spanish Poets in London (1811-2018) de Eduardo Moga(Redactor), Terence Dooley (Traductor). Edt.  

sábado, 16 de noviembre de 2019

TRAFALGAR SQUARE de ANTONIO RESECO




Desde lo alto de su columna,
Nelson sospecha que el mundo,
esa esfera que guarda los licores
con puntualidad y sin secretos,
se ha vuelto demasiado grande.
De la Antártida hasta el Norte
se trazan incontables meridianos.

El astrolabio ya no revela
una nomenclatura para las estrellas
y, bajo las aguas, apenas sobra
espacio para un lobo del océano.
Los viajes son ahora más que nunca
la diversión de los pobres.

Un constante trasiego de personas
recuerda que incluso el inglés,
la lengua franca del planeta Tierra,
soporta con dificultad tanto mestizaje.
Pero es obvio que desde un otero
no se aprecian los pequeños detalles.

El catalejo, que todo lo contempla,
es un avance diminuto para una humanidad
que cuenta sus distancias en gigas.
Para comprender la existencia
no basta con la observación:
es preciso vivirla.

Desde lo alto, se ve a los barcos
fondear entre el gentío del sábado
que aprovecha las horas de sol
para solazarse ante los monumentos públicos.
En cambio, a bordo de un galeón
no hay civilización, ni pasado ni futuro,
no hay explicación para el tráfico de aviones
que tatúan siluetas de lana mortecina
sobre la estratosférica epidermis del progreso.

Sin duda, resulta pavoroso pensar
que el corazón del Imperio
sirve apenas para celebrar las victorias
de algún equipo de rugby o de la selección inglesa,
o para echar de comer a las palomas
en puro ejercicio de descargo:
Occidente duerme así más tranquilo.

En la madurez del Almirante
la ecuación del orden resolvía su incógnita
con la obediencia. Ahora
la mutación ha alcanzado a los isleños:
algunos duermen la siesta;
otros cenan demasiado tarde.

El tiempo pasa. Incluso para los inmortales.
El tiempo es un horror que escucha
el gemido de lo efímero sin clemencia.
Nadie quiere pertenecer a una empresa
que no proporcione ciertas dosis de estabilidad.

Desde lo alto de su pedestal
el Almirante Nelson asume
que los diseños cartográficos
ya no conducen hasta los confines del mundo,
sino más bien al contrario.
Es el mundo el que se conduce
hasta el basamento de su columna,
donde cuatro mansos leones
interpretan el verdadero sentido
de la jungla.



ANTONIO RESECO 

en Streets Where to Walk Is to Embark: Spanish Poets in London (1811-2018) de Eduardo Moga(Redactor), Terence Dooley (Traductor). Edt.