documentos de pensamiento radical

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martes, 26 de enero de 2021

JUNTO


 

 

Junto a un ruido de autobuses marchando
permaneces.

 Antonio Orihuela. Esperar Sentado. Ed. Ruleta Rusa, 2014

lunes, 25 de enero de 2021

UN DÍA MÁS




Un día más

vuelvo a contemplar

tu foto junto a Roky.

Ambos permanecéis

como una promesa

sobre la playa.

¿Dónde

el tiempo de los torsos?


Antonio Orihuela. Esperar Sentado. Ed. Ruleta Rusa, 2017

domingo, 24 de enero de 2021

LOS DOGMAS CAÍDOS

 


 

El mercado libre lo resuelve todo,

pero llegó el coronavirus y no había cubrebocas.

 

Los empresarios crean la riqueza,

pero el confinamiento obligó a los obreros

a dejar de trabajar

y los empresarios se arruinaron.

 

El salario debe estar en relación con la responsabilidad,

pero llegó el confinamiento

y resultó que los agricultores, basureros y transportistas

eran los peor pagados.

 

La gente es egoísta, cada uno debe mirar por su interés,

pero llegó el confinamiento

y se activaron inéditas redes vecinales de solidaridad.

 

Lo que es bueno para los ricos es bueno para todos,

pero mientras los especuladores iban a lo suyo

todos los demás nos fuimos a ayudar en los bancos de alimentos,

a hacer mascarillas, recados y compras para los más ancianos,

y a trabajar con los enfermos sin medidas de seguridad,

arriesgando la propia vida.

 

Los dogmas de los poderosos han caído

ahora nos toca a nosotros levantarnos.



Antonio Orihuela. Todos atrapados en la misma trampa. Ed. Garum, 2020


 

sábado, 23 de enero de 2021

LO SAGRADO



...una espiritualidad con pelo.

Jorge Riechmann

Tu cara hinchada de sueño.

El calor de mi cuerpo alejándose

por las calles.

Mis bolsillos vacíos.

Pedalear hasta el trabajo,

con la visión, tras la fábrica,

del monte Sumeru,

con la sensación de un Bodhisattva

que vuela sobre la espalda de un mundo pequeño

que se afana abajo,

arranca un dulzor de labios,

deja una sonrisa.


Saludar.

Decirle adiós y buenos días

a gente que no conozco.


Pensar, a la vuelta,

en la luz que se va en un desgarro,

en lo lejos aún de la casa,

en los humildes, en los humillados,

en el veneno que avanza

desde la locura de los hombres,

sembrando narcisos, adormideras,

cadenas y mordazas también para el viento

que me lleva

hasta el frío del próximo noviembre,

los abrazos,

los rostros que quiero

y junto a los que avanzo

desde una

y no

la misma

música

de mi vida.



Antonio Orihuela. Narración de la llovizna. Ed. Baile del Sol

Fotografía de Carmen Lourdes Fdez. de Soto

viernes, 22 de enero de 2021

Cambio

 



De noche, en su cama a solas tuvo la revelación. Si quería cambiar algo debía hacerlo desde dentro. Días después habló con los del partido para afiliarse y participar de los debates internos. Luego fue recibiendo consignas, lemas, indicaciones, órdenes… Supo que desde dentro algo estaba cambiando. Ella. 

Mario Rodríguez García.  El esfuerzo de nacer. Editorial Alud. 2020 

jueves, 21 de enero de 2021

Realidades

 



Marcela había leído toda la propaganda electoral, escuchado los programas de televisión local de cada partido y leído las acusaciones que se cruzaban en los periódicos. A pesar de que ambos hablaban de querer lo mejor para el pueblo, había diferencias. Y ella eligió. Y lo votó.

Al salir del colegio electoral que estaba en el colegio donde estudió de niña, los vio a los dos hablando. Aquel compadreo no le pareció coherente con lo que decía cada uno del otro. Entró de nuevo y preguntó si podía retirar su voto. No podía. Sintió que la única verdad era que la engañaban.


Mario Rodríguez García.  El esfuerzo de nacer. Editorial Alud. 2020 

miércoles, 20 de enero de 2021

Paraguas

 



Con la decisión de una mujer brava, Adela salió de casa antes de que el amanecer poblara de luz el pueblo. Cruzó los caminos con cuidado de no meter los pies en los charcos. Ascendió sin prisas, pero con un caminar continuo, de animal de campo. Desde la altura se volvió por ver la aurora sobre los tejados y sonrió cuando los primeros rayos del sol de otoño iluminaron la torre de la iglesia de Los Remedios. Cruzó la rivera por el camino del Barrial y por los senderos a Corterrangel, Castañuelo y Aracena, con conocimiento experto. Llegó a Aracena recién abiertos los primeros puestos de la plaza de abastos, pero no se detuvo. Dejó atrás la iglesia del Carmen hasta la casa del talabartero. Recogió unos zapatos recompuestos y le pagó en calderilla del monedero que su marido le regaló el día que se casaron.

Con las botas al hombro, se dirigió a la Tabacalera. Hacía años que su padre la llevó allí por vez primera para comprar hebras de tabaco y yesca. Con el tiempo, los anaqueles rebosaban de utensilios y herramientas, de cacharros y maravillas que factorías de lejos acercaban a los pueblos del olvido. Compró unas onzas de liaíllo y preguntó por paraguas. El tendero sacó dos modelos. Ambos negros, ambos sujetaban con idénticas varillas el sombrero, pero los precios se adaptaban a las medidas. Se quedó el mayor y sacó del monedero el único billete que traía. Era su primer paraguas. Al salir, las primeras gotas le arrugaron la cara y le contrajeron los labios.

No esperó a que escampara. Vio claros que prometían un pronto final de la lluvia y retomó el camino de la iglesia del Carmen. Entró. Por rezar y por refugiarse del chaparrón. Se arrodilló ante el altar de la Soledad y le dejó un avemaría y una petición: salud para su marido y para sus hijos que habían quedado en Cortelazor.

Las nubes levantaron algo con el mediodía y Adela decidió llegada la hora de volver. Los vientos venían del sur y unos nubarrones negros jugaban con los colores del cielo derramando presagios de tormenta. Supo que se mojaría.

Con un paraguas bajo el brazo, liadas en papel las botas remendadas y en su interior las hebras de tabaco, una mujer de colores imprecisos rompía la línea de castaños por el camino de Los Marines. Decidió el de la carretera, más largo, pero sin charcos.

El terreno se combaba entre las colinas y exhalaba vapores que la tierra guarda para quienes saben apreciarlos. En los castaños desnudos, los fantasmas se desperezaban bajo las primeras aguas. Los charcos de las cunetas dibujaban círculos interrumpidos por círculos nuevos a cada momento. El viento en las ramas simulaba amenazas que sabía falsas. El campo no traiciona a los suyos.

Poco a poco, como cuando amanece, la lluvia fue arreciando. Adela se cubrió la cabeza con un pañuelo que ató bajo la barbilla, ocultó bajo la ropa las botas y el paraguas y avanzó cada vez más empapada. Un rayo restalló pasados Los Marines y el ruido gigante del trueno trajo un instante de temor. El agua caía sin descanso.

Cuando las campanas de Los Remedios daban las dos de la tarde, Adela descendía las cuestas desde la carretera a la Mesa. La lluvia aflojó. Antes de llegar al olmo de la plaza dejó de llover.

La puerta la abrió su Quico, que con cinco años alcanzaba a los pestillos y poseía una intuición capaz de saber cuándo alguien se acercaba a casa. Los ojos del niño se abrieron con la desmesura de la sorpresa. Su madre era un guiñapo. Empapada, con la ropa adherida a las carnes, el frío rompiendo en tiritina desde los hombros hasta las piernas y las manos encrespadas protegiendo las botas y el paraguas. Bárbara, la mayor llegó llamada por el silencio de su hermano y el chapoteo de Adela sobre los ladrillos rojos del suelo. También la silenció aquel ser en quien reconocía el cansancio y la obstinación de su madre. La ayudó hasta la cocina donde la candela regalaba sus calores y comenzó a desnudarla. Mandó a Quico a por toallas para equilibrar la temperatura de su madre. Ya seca, se ocupó de darle las últimas vueltas a la olla que hervía en la hornilla.

Al llegar Evaristo, percibió el silencio incómodo de lo extraño. En su casa no sonaba la normalidad de cada día. Con algo de susto llegó a la cocina y la vio casi como a diario. Soltó las herramientas, besó a Adela y recibió el frío que aún conservaba su cuerpo.

—¿Qué ha ocurrido?

—Mira lo que te he traído —sonreía. El paraguas en las manos.

—¿Qué ha pasado?

Bárbara lo contó con precisión. Los gestos de Águeda trataban de quitar importancia. Los hombros de Evaristo caían a medida que las palabras le llegaban, a medida que el trayecto de su mujer se le presentaba paso a paso desde Aracena a Cortelazor, a medida que la lluvia le calaba el alma y el esfuerzo el corazón. La boca dejaba caer la mandíbula inferior por el peso de la admiración, por el volumen del amor de ese camino.

Terminada la exposición, la propia Adela parecía admirada de su hazaña. Evaristo le preguntó que por qué no se había cubierto con el paraguas. La voz suave y cándida de la esposa le entregó las palabras más bellas que escucharía en su vida:

—Porque no podía pensar en estrenarlo sin estar contigo...

 


Mario Rodríguez García.  El esfuerzo de nacer. Editorial Alud. 2020