lunes, 20 de mayo de 2013
domingo, 19 de mayo de 2013
YA ENTIENDO (dos fragmentos de la novela de Juanjo Barral)
Algún día no se estudiará en los libros de texto (no se ha hecho hasta ahora) que millones de trabajadores en todo el mundo se dejan la vida en el trabajo (pudiendo evitarse en la inmensa mayoría de los casos). La historia ocultará (curiosa contradicción) la mayor matanza de nuestro tiempo, el genocidio empresarial e institucional consentido desde los cuatro puntos cardinales del capitalismo insaciable, insensible y cabrón, dice Raúl.
Hay muertos y muertos.
Y estos no cuentan.
....//...
¿Cuánto tiempo entregamos a estudiar conceptos, fechas, momentos históricos aparentemente relevantes que no nos han servido para nada, si acaso para ocupar sitio, un sitio que quizás necesitaran otros aprendizajes, otras sabidurías?
Juanjo Barral. Ya entiendo. La última canana de Pancho Villa, 2013
sábado, 18 de mayo de 2013
viernes, 17 de mayo de 2013
EL PADRE “KUANGOS”
EL
PADRE “KUANGOS”
El
padre “Kuangos”, anduvo un tiempo fuera de la misión.
Visitó
El Vaticano, en mitad de un largo viaje por otros lugares.
Vio
tantos templos, tantos retablos, tanto arte, tanta grandiosa obra del
hombre, que no atinaba a pensar con claridad.
De
regreso, montado en su canoa, remontando el río que le llevaba de
nuevo al poblado, encontró la respuesta que andaba buscando.
Tenía
que acabar la capilla de los “Aguaruna” y había visto bien claro
cómo hacerlo.
Entre
todos quitaron la humilde pared de madera que hacía las veces de
retablo y al otro lado apareció un paisaje amazónico con todo su
esplendor. De fondo, el cauce del río donde solían bañarse todos
juntos, entre risas y sonidos de pájaros diversos, como niños
felices. Colgaron del techo una gran cruz que, a contraluz, se movía
suave con la brisa y cuando las lluvias tropicales se instalaban en
el poblado, la cortina de agua, a veces, reflejaba el arco iris.
Ninguno de los retablos que había visitado, le pareció más
apropiado y más cercano a la idea de Dios que quería transmitir.
jueves, 16 de mayo de 2013
ORILLAS Y SILENCIOS
Mi
madre zurcía una camiseta de mi padre, en la que ya no se reconocía
el tejido original de tantos repasos.
En
el fuego, un puchero hervía lento. Olía a lo que olían entonces
todas las casas: a cocido.
Yo
miraba, por la ventana que daba a la parte de atrás del cuartel, la
corriente del río Bidasoa. En medio, dos isletas a las que yo solía
ir caminando cuando no me daban miedo las sanguijuelas. El resto del
río era peligrosamente profundo en el tramo que separaba un país de
otro. Enfrente estaba Francia, aunque a mí las dos orillas me
parecían iguales.
En
la sala de armas, un guardia civil gallego dejaba pasar las horas
sentado delante de una destartalada mesa, rodeada de una manta de
reglamento marrón, a modo de faldas.
Alguien
entró por la puerta del cuartel, se oyeron voces un poco más altas
que de costumbre y nombres que yo no sabía interpretar: Maquis...,
intento de fuga..., el monte San Marcial..., guardias haciendo posta
en la noche...un aviso, detenidos vadeando por Astarloa. Todo
confusión, historias entrecortadas, órdenes sin preguntas ni
respuestas.
Mi
madre seguía zurciendo la única camiseta de repuesto de mi padre y
removiendo el plato único de cada día, sentada en la cocina...
El
guardia de puertas, gallego, saca una silla y en ella se sienta un
detenido. Se supone que es un contrario, aunque él no encuentre
diferencia. No hay preguntas ni respuestas, hay soledades y miedos
atados por sueldos, o por esposas.
Mi
padre entra en casa, se quita el tricornio, la capa mojada, esa misma
con la que nos tapa, al hijo del sargento y a mí, cuando nos lleva a
la escuela, montados en la bicicleta durante kilómetros, uno en el
sillín y otro en la barra y que sólo deja que asome un trocito de
nuestras piernas flacas y heladas.
Mi
padre y mi madre hablan. Ella se levanta despacio, me pone, la única
camiseta de repuesto de mi padre, llena de remiendos pero muy blanca,
en el brazo y en las manos un plato de cocido y me dice que se lo
lleve al hombre que está con el gallego, en la sala de armas. Yo
tampoco pregunto, obedezco. El hombre está sentado con la cabeza
baja, el pelo mojado, las manos esposadas. Lleva un impermeable Dugam
azul y debajo sólo un pantalón mojado y da frío su desnudez. Yo
tengo siete años y él como mi padre, supongo. Le dejo delante ambas
cosas y vuelvo a mirar el río que sigue pareciéndome igual.
Mi
madre se queda sin labor, mi padre sin camiseta y yo sin saber qué
orilla es la acertada, quién lo decide y por qué se persigue y
detiene al de la orilla contraria y después le damos la única
camiseta de repuesto y un plato de comida.
Begoña Abad. Cuentos detrás de la puerta. Ed. Pregunta, 2013
miércoles, 15 de mayo de 2013
UNO PASA LA VIDA
Uno pasa la vida persiguiendo sombras, acuciado por sombras, sorprendido por sombras de rostros con tres frentes, siete ojos; zafándose de brazos con seis caras que intentan atraparme.
Uno ve avionetas, yates, grúas erectas, apisonadoras en medio de la resignación multitudinaria que marcha a cuatro patas sodomizada por la Economía, la Religión y el Poder.
Uno ve toros de fuego irrumpir en mezquitas, iglesias, pagodas, sinagogas. Ve volar -despavoridos- velos, chilabas, estolas, casullas, sotanas, kipás; alejarse bueyes y corderos en llamas entre fardos de humo que ha borrado a los dioses.
¡Uno está siempre mirando sombras, oliendo sombras, palpando sombras, oyendo sombras, masticando sombras de codicia, tiranía, tortura, corrupción!
Uno está siempre arrastrando sombras. Desactivando sombras de metralla, de alambradas, de cepos. Sombras de alarmas, de gritos, de silbatos, de huidas. Sombras de linternas, de disparos, del olor a pólvora. Sombras deformes, sombras de ataúdes, y ¡hasta la sombra de la transparencia!
Ángel Guinda. (Rigor vitae). Ed. Olifante, 2013
martes, 14 de mayo de 2013
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