documentos de pensamiento radical

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miércoles, 24 de mayo de 2017

“TRAS LAS LUCES...”



Tras las luces y promesas
del reclamo

la misma pregunta:

¿cuánto tienes?
¿cuánto necesitas?
¿a cuánto de ti misma
vas a renunciar?



En: Voces del Extremo: Poesía y Escucha. Valencia, 2017

martes, 23 de mayo de 2017

EL INDIFERENTE



Ese que mira para otro lado
o
que aunque esté en el epicentro de la catástrofe
afirma no ver nada
ese
que se encoje de hombros
y silba
ese que
no siente
más que sus intestinos
ese
que dice ser apolítico
no meterse en líos
no buscar problemas
ese
el indiferente
ni
siquiera temblará
la
madrugada
en
que
llamen a su puerta
y
por supuesto
no
será
el lechero
quien vaya a por él.



En: Voces del Extremo: Poesía y Escucha. Valencia, 2017

lunes, 22 de mayo de 2017

CARNE DE PROCESIÓN




Fueron tiempos de hechizos y deslocalizaciones,
de estiércol y fuegos artificiales.
No sé si os acordáis.

Nosotros,
encorvados y alegres,

procesionábamos delante de las oficinas del paro
[vestidos de nazarenos,
procesionábamos por la mañana y por la tarde,
entre el redoble de los tambores y el estruendo
[de las cornetas,
procesionábamos por las noches también,
cuando las puertas de las oficinas habían sido
[clausuradas
y en sueños sudorosos nos empeñábamos en procesionar.
Bajo la lluvia, bajo la nieve, bajo los arduos
[rayos del sol
procesionábamos.

Procesionábamos
con nuestros propios pies, que descalzos arrastraban
[las cadenas,
procesionábamos
con nuestras propias manos, que ensangrentadas
[manejaban la disciplina,
procesionábamos
con nuestra propia canción, que silenciada se
[adhería a la polvareda.

Éramos carne de procesión.

Nuestros capirotes señalaban arrogantes el cielo,
mas la luz les huía,
nuestros cirios encendidos apenas iluminaban,
nuestros sambenitos devolvían su amarillo festivo
[a los ojos agradecidos de los espectadores,
que deslumbrados apartaban la mirada.

Procesionábamos interminablemente,
delante de las oficinas del paro,
delante de los estadios,
delante de los cuarteles,
delante de las catedrales,
delante de los patíbulos,
delante de las grandes superficies,
delante de los cementerios,
delante de los concesionarios,
delante de los parlamentos,
delante de las fundaciones,
delante de los hospitales,
delante de las cajas de ahorro,
delante de las cárceles,
delante de las administraciones de lotería,
delante de las escuelas,
delante de los parques temáticos,
delante de los manicomios,
delante de las redacciones,
delante de los urinarios,
delante de los zoológicos,
delante de los paraninfos,
delante de las comisarías,
delante de los solares en construcción.
Y procesionábamos delante de nosotros mismos
que nos mirábamos galvanizados y sonrientes por
[debajo del capirote
sin querer comprender.

Sonámbulos durante el día
y durante la noche sonámbulos.
Procesionábamos y procesionábamos
y a nuestras espaldas
no se derrumbaban edificios en llamas,
ni las nubes descargaban torrentes de sangre,
ni surgían del fondo del mar serpientes emplumadas,
ni las mujeres parían entre gritos niños decapitados.

Éramos carne de procesión.

Aquellos tiempos
de verbenas y capitulaciones.

No sé si os acordáis.



En: Voces del Extremo: Poesía y Escucha. Valencia, 2017
Fotografía de Cristina García Rodero

LA HERENCIA






                                                                                       

                                                                                  A Tomasa Meco, in memoriam

Mi madre me enseñó a bordar:
el dedal en el dedo corazón,
usar el hilo en hebras cortas,
me enseñó a hacer vainica doble
y a ordenar la vajilla de porcelana:
primero las bandejas,
después los platos y las copas.
Mi abuela me enseñó a planchar:
el pañuelo de niño se plegaba
en un triángulo, como el de soltera,
solo el de caballero se plegaba
en forma de rectángulo.

–Entonces eres hija de una buena familia.
–No, soy la hija de las criadas.


En: Voces del Extremo: poesía y escucha. Valencia, 2017
Ilustración:  cy twombly

domingo, 21 de mayo de 2017

VOCES DEL EXTREMO: POESÍA Y PACHAMAMA



Ya tenemos el cartel, de la mano, corazón y generosidad de David Trashumante. Voces del Extremo, este año dedicado a la cada vez más dañada y enferma Pachamama echa a andar en su XIX edición. También este año celebramos un modesto homenaje a nuestro querido e impecable guerrero Antonio Martínez i Ferrer, y habrá sorpresas en la gran rave final en la Casa de las Retamas en Isla Canela.

Vamos a ser más de cien poetas, y cuatro días de recitales, conciertos, conferencias y cariño, darnos mucho cariño que en el fondo es de lo que trata todo esto. 

Dentro de un mes avanzaremos el programa ya casi definitivo y justo en dos daremos inicio al festival de poesía más libertario y veterano de la península ibérica, y a más de cuarenta horas de poesía, escucha y amor. Gracias a todos los que año a año lo habéis hecho posible. ¡Seguimos! 

sábado, 20 de mayo de 2017

MÁS CAPITALISMO VERDE



ANEJO 1: “Más capitalismo verde.
Un balance de la Cumbre del clima en Durban”,
por Josep Maria Antentas y Esther Vivas

Se salva a los mercados y no al clima. Así podríamos resumir lo que constata la recién terminada 17ª Conferencia de las Partes (COP 17) de Naciones Unidas sobre Cambio Climático en Durban, Sudáfrica, celebrada del 28 de noviembre al 10 de diciembre [de 2011]. La rápida respuesta que gobiernos e instituciones internacionales dieron al estallido de la crisis económica en 2008 rescatando bancos privados con dinero público contrasta con el inmovilismo frente al cambio climático. Aunque esto no nos debería de sorprender. Tanto en un caso como en otro ganan los mismos: los mercados y sus gobiernos cómplices.

En la “cumbre del clima” de Durban dos han sido los temas centrales: el futuro del Protocolo de Kioto, que concluye en 2012, y la capacidad para establecer mecanismos en la reducción de emisiones; y la puesta en marcha del Fondo Verde para el Clima, aprobado en la anterior cumbre de Cancún [diciembre de 2010], con el objetivo teórico de apoyar a los países pobres en la mitigación y la adaptación al cambio climático.

Tras Durban podemos afirmar que un segundo periodo del Protocolo de Kioto ha quedado vacío de contenido: se pospone una acción real hasta el 2020 y se rechaza cualquier tipo de instrumento que obligue a la reducción de emisiones. Así lo han querido los representantes de los países más contaminantes con Estados Unidos a la cabeza quienes abogaban por un acuerdo de reducciones voluntarias y rechazan cualquier tipo de mecanismo vinculante. Pero si el Protocolo de Kioto ya era insuficiente, y de aplicarse evitaba sólo 0,1º centígrados de calentamiento global, ahora vamos de mal en peor.

En torno al Fondo Verde para el Clima, si en un primer momento los países ricos se comprometieron a aportar 30 mil millones de dólares en 2012 y 100 mil millones anuales para 2020, cifras que de todos modos se consideran insuficientes, la procedencia de estos fondos públicos ha quedado por determinar mientras se abren las puertas a la inversión privada y a la gestión del Banco Mundial. Como han señalado organizaciones sociales se trata de una estrategia para “convertir el Fondo Verde para el Clima en un Fondo Empresarial Codicioso”. Una vez más se pretende hacer negocio con el clima y la contaminación medioambiental.

Otro ejemplo de esta mercantilización del clima ha sido el aval de la ONU a la captura y almacenamiento de CO2 como Mecanismo de Desarrollo Limpio, que no pretende reducir las emisiones y que agudizaría la crisis ambiental, especialmente en los países del Sur candidatos a futuros cementerios de CO2.

Así, los resultados de la cumbre apuntan a más capitalismo verde. Como indicaba el activista e intelectual surafricano Patrick Bond: “La tendencia a mercantilizar la naturaleza se ha convertido en el punto de vista filosófico dominante en la gobernanza mundial medioambiental”. En Durban se repite el guión de cumbres anteriores como la de Cancún 2010, Copenhague 2009... donde los intereses de las grandes multinacionales, de las instituciones internacionales y de las élites financieras, tanto del Norte como del Sur, se anteponen a las necesidades colectivas de la gente y al futuro del planeta.

En Durban estaba en juego nuestro futuro pero también nuestro presente. Los estragos del cambio climático están teniendo ya sus efectos: liberación de millones de toneladas de metano del Ártico, un gas veinte veces más potente que el CO2 desde el punto de vista del calentamiento atmosférico; derretimiento de los glaciares y de los mantos de hielo que aumenta el nivel del mar. Unos efectos que incrementan el número de migraciones forzadas. Si en 1995 había alrededor de 25 millones de migrantes climáticos, hoy esta cifra se ha doblado, 50 millones, y en el 2050 ésta podría ascender a entre 200 y mil millones de desplazados.

Todo apunta a que nos dirigimos hacia un calentamiento global descontrolado superior a los 2ºC, y que podría rondar los 4ºC, para finales de siglo, lo que desencadenaría muy probablemente, según los científicos, impactos inmanejables, como la subida de varios metros del nivel del mar. No podemos esperar hasta el año 2020 para empezar a tomar medidas reales.

Pero frente a la falta de voluntad política para acabar con el cambio climático, las resistencias no callan. Y emulando a Occupy Wall Street y a la ola de indignación que recorre Europa y el mundo, varios activistas y movimientos sociales se han encontrado diariamente en un foro a pocos metros del centro de convenciones oficiales bajo el lema ‘Occupy COP17’. Este punto de encuentro ha reunido desde mujeres campesinas que luchan por sus derechos hasta representantes oficiales de pequeños estados isleños como las islas Seychelles, Granada o Nauru amenazados por una subida inminente del nivel del mar, pasando por activistas contra la deuda externa que reclaman el reconocimiento y la restitución de una deuda ecológica del Norte respecto al Sur.

El movimiento por la justicia climática señala cómo, frente a la mercantilización de la naturaleza y los bienes comunes, es necesario anteponer nuestras vidas y el planeta. El capitalismo se ha demostrado incapaz de dar respuesta al callejón sin salida al que su lógica productivista, cortoplacista y depredadora nos ha conducido. Si no queremos que el clima cambie hay que cambiar radicalmente este sistema. Pero los resultados de Durban apuntan en otra dirección. El reconocido activista ecologista nigeriano Nnimmo Bassey lo dejaba bien claro con estas palabras: “Esta cumbre ha amplificado el apartheid climático, donde el 1% más rico del mundo ha decidido que es aceptable sacrificar al 99% restante”[1].






[1] Artículo en Público, 13 de diciembre de 2011.

En: Jorge Riechmann. Ética extramuros. Ediciones de la UAM

viernes, 19 de mayo de 2017

LA CIVILIZACIÓN COMO “ASUNTO DE PROTECCIÓN MAFIOSA"




“La experiencia de la domesticación [de animales no humanos] demostró que, sometidos a presión, los seres vivos eran capaces de una amplia gama de comportamientos y temperamentos y podía lograrse de ellos que contribuyeran a su propia esclavización y se sintieran incluso apegados a los dueños que los maltrataban. Pocos se daban cuenta de cómo el dueño de esclavos era a menudo esclavizado por su víctima. En efecto, los seres humanos comenzaron a intentar domesticarse entre sí pronto, y a reproducirse para la subordinación y el dominio. Cuando aprendieron a domesticar también las plantas, se convirtieron en las primeras víctimas de su invento. Una vez que se dedicaron a arar y acaparar sus cosechas, a tejer y a cocinar en pucheros, una vez que se especializaron en diferentes trabajos de artesanía, se vieron obligados a trabajar para una minoría resuelta a monopolizar las cosas buenas de la vida, terratenientes que organizaban el riego, sacerdotes que hacían caer la lluvia y guerreros que protegían de los vecinos merodeadores. La primera teología de la que tenemos noticia, la de Sumeria, afirmaba que los seres humanos habían sido creados expresamente para liberar a los dioses de la necesidad de trabajar para su sustento y que, si no lo hacían, serían castigados con diluvios, sequías y hambrunas. Pronto, los reyes se declararon dioses y los sacerdotes exigieron un precio cada vez más alto por sus consuelos, tomando posesión de lotes de tierra cada vez más extensos. Los nobles y las partidas de guerreros intimidaban a quienes preparaban la tierra, perdonándoles la vida sólo a cambio de una parte de su producto, imponiendo una tregua a su violencia a cambio de la ayuda en el pillaje de países extranjeros. Así, una elite acumuló el poder que le permitiría vivir con gran lujo y estimular el florecimiento de las artes; pero, para muchos, la civilización era poco más que un asunto de protección mafiosa.”
Thedore Zeldin, Historia íntima de la humanidad, Plataforma Editorial, Barcelona 2014, p. 156 (el original en inglés es de 1996).


Extraído de: Jorge Riechmann. Ética extramuros. Ediciones de la UAM


jueves, 18 de mayo de 2017

ÉTICA EXTRAMUROS -fragmentos-



Señala Rafael Argullol que él entiende por modernidad “una sociedad cohesionada alrededor de lo ilustrado y de lo humanístico”, en el marco de una reflexión sobre la dificultad de España para acceder a esa clase de modernidad civilizada (en sentido normativo). “La primera frustración se da hace 500 años, en el momento en el que España estaba en grandes condiciones de recibir el humanismo italiano. La expulsión de los judíos elimina prácticamente a todos los que están vinculados con la palabra, a los que sabían leer y escribir. Por eso lo que llamamos el siglo de oro español no es el umbral de algo sino es un canto de cisne. Esta es la diferencia entre Calderón y Lope de Vega, que cierran, o Shakespeare, que abre. Tres grandes nombres, pero dos cierran y el otro abre.

Una segunda frustración muy clara fue la segunda mitad del siglo XVIII, cuando los ilustrados tipo Jovellanos intentan de nuevo la modernización que acaba con la guerra de Independencia y el regreso de Fernando VII. La gran visualización de eso sería la obra de Goya. Hay un nuevo intento a principios del siglo XX que culminaría en los años treinta y se frustra con la Guerra Civil. Hubo un nuevo intento después de la reinstauración de la democracia y que parece que se ha ido frustrando en los últimos años del siglo XX y principios del XXI. Como si fuera una especie de ritornello de la incapacidad de crear una conciencia moderna en el sentido ilustrado, eso en España se manifiesta popularmente a través de algo que ya habían captado Cervantes, Goya, Valle-Inclán, que es la ignorancia autosatisfecha. (…) No sé si fue Moratín o Jovellanos el que se desesperaba en su época al ver que mientras en Europa se construían bibliotecas, observatorios etcétera, en España, creo que en el ciclo vital de Goya se construyeron 300 ó 400 plazas de toros. Por tanto, eso viene de lejos…” Rafael Argullol, “Vivimos en un vértigo autoinmovilizador” (entrevista), eldiario.es, 19 de junio de 2015 (http://www.eldiario.es/alternativaseconomicas/Rafael-Argullol-Vivimos-vertigo-inmovilizador_6_400419972.html ).



Jorge Riechmann. Ética extramuros. Ediciones de la UAM, 2017

miércoles, 17 de mayo de 2017

3 fragmentos de ÉTICA EXTRAMUROS de JORGE RIECHMANN



Todo indica que hoy el colapso es más probable que una transición razonable a la sustentabilidad

Ya no es realista esperar una transición planificada y suave hacia una economía post-carbono, o –de manera más general-- hacia una sociedad sustentable. Será una verdadera revolución ecosocialista… o el caos climático. En su libro de 2014 Esto lo cambia todo, Naomi Klein indica que si el problema del cambio climático se hubiera abordado seriamente en la década de 1960, cuando los científicos ya estaban planteando a fondo la cuestión, o incluso a finales de los ochenta y comienzos de los noventa, cuando el gran climatólogo James Hansen expuso su famoso testimonio sobre el calentamiento global ante el Congreso de EEUU, cuando se creó el IPCC y cuando se elaboró el Procolo de Kioto –entonces el problema se podría quizá haber abordado mediante reformas graduales. En ese momento histórico, sugiere Naomi Klein, aún habría sido posible reducir las emisiones al menos un 2% al año, sin tocar los grandes resortes del sistema.

Climatólogos como Kevin Anderson, director adjunto del Centro Tyndall para la Investigación del Cambio Climático en Gran Bretaña, señalan que ya hemos perdido la oportunidad para realizar cambios graduales: los países ricos tendrían que reducir sus emisiones entre un 8 y un 10% al año.

“Tal vez, durante la Cumbre sobre la Tierra de 1992, o incluso en el cambio de milenio, el nivel de los dos grados centígrados [con respecto a las temperaturas preindustriales] podrían haberse logrado a través de significativos cambios evolutivos en el marco de la hegemonía política y económica existentes. Pero el cambio climático es un asunto acumulativo. Ahora, en 2013, desde nuestras naciones altamente emisoras (post-) industriales nos enfrentamos a un panorama muy diferente. Nuestro constante y colectivo despilfarro de carbono ha desperdiciado toda oportunidad de un ‘cambio evolutivo’ realista para alcanzar nuestro anterior (y más amplio) objetivo de los dos grados. Hoy, después de dos décadas de promesas y mentiras, lo que queda del objetivo de los dos grados exige un cambio revolucionario de la hegemonía política y económica[1] (la negrita es del propio Anderson).

La investigación sobre los colapsos que sufrieron culturas y civilizaciones antiguas apunta a que las soluciones para problemas de escasez de recursos –energía sobre todo— tienden a crear sistemas aún más complejos, y asociado con esta mayor complejidad va un mayor uso –directo e indirecto— de energía.[2]

Como bien indican Ramón Fernández Durán y Luis González Reyes en esa obra monumental que es En la espiral de la energía, una transición ordenada hacia la sustentabilidad (incluyendo una rápida transición energética hacia las renovables) sólo sería realista en un escenario de fuerte planificación (no necesariamente centralizada) y elevada conciencia social, a escala mundial o casi. Y eso no va a producirse a la escala y con la velocidad que se requiere.[3]

Todo indica que hoy el colapso es más probable que una transición razonable a la sustentabilidad.[4] Vamos hacia “un colapso caótico del capitalismo global”.[5]

¿UNA GOBERNANZA GLOBAL DÉBIL?
Hay quien dice que tenemos una débil gobernanza global y que no se podía esperar más [de la COP 21 en París, en diciembre de 2015]. Pero no es cierto. Cuando los estados se reúnen para favorecer el comercio global, a través de acuerdos de liberalización económica como el CETA, entre EEUU y Canadá, el NAFTA o el TTIP que ahora se negocia entre EEUU y Europa, se demuestra que la gobernanza mundial es fuerte, si bien en favor de los intereses de las grandes compañías y en detrimento de la propia democracia. Estos acuerdos incluyen mecanismos de verificación, tribunales de arbitraje privados y medidas sancionadoras. Y basta un ejemplo para comprobarlo, reciente, y que pone de manifiesto la contradicción entre el objetivo de dejar bajo tierra la mayor parte de reservas fósiles por explotar, especialmente las más contaminantes, y los intereses económicos. La empresa TRANSCANADÁ, acaba de denunciar al gobierno de EEUU ante el tribunal estatal del Estado de Texas y el tribunal de arbitraje privado del CETA, por impedir la aprobación del proyecto de oleoducto que debe transportar el petróleo de arenas bituminosas de Alberta hasta la costa oeste de EEUU para ser exportado a Europa. EEUU con toda seguridad se enfrenta a una sanción y deberá autorizar este oleoducto, contra el que el movimiento por el Clima lleva luchando desde hace una década y que Obama ya se comprometió a paralizar en su programa de la primera investidura presidencial. Los gobiernos que no se ponen de acuerdo para afrontar las amenazas a la vida en el planeta se ponen de acuerdo para dejar en manos privadas la derogación de medidas regulatorias que puedan atentar contra sus negocios. En la práctica EEUU y Europa están de acuerdo en que los negocios prevalecen sobre las políticas sociales y ambientales, y que la política económica debe quedar fuera de la decisión política democrática. Dejan el arbitraje de sus políticas económicas, sociales y ambientales en manos de tribunales de arbitraje privados atentos a que no se pongan obstáculos a los negocios globales.

Esteban de Manuel Jerez, “¿Después de París qué?”, en su blog Construyendo la nueva Sevilla, 21 de enero de 2016; http://www.sevilladirecto.com/blog/despues-de-paris-que/

Un retraso de decenios

Si lanzamos hacia atrás una mirada histórica, y contemplamos los estragos que han padecido diversas sociedades --pensemos en el ascenso del nazismo o en nuestra guerra civil española, por ejemplo--, a toro pasado nos preguntamos: ¿cómo fue posible? Si se veían venir esos males, ¿por qué no se actuó eficazmente para contrarrestarlos? Pero ahora mismo están gestándose las catástrofes de mañana, y no somos lo bastante diligentes en escrutar sus signos para intentar prevenirlas...

“La carrera por el beneficio y la acumulación capitalista (ambas cosas van de la mano) nos llevan con la cabeza gacha hacia una catástrofe irreversible y de una amplitud que no podemos ni imaginar. Para reducir las emisiones y después suprimirlas totalmente urge implantar una planificación ecosocialista, que exige ante todo la expropiación de sectores de la energía y del crédito, sin indemnización ni recompra. Sin esto, la catástrofe climática hundirá a la humanidad en una barbarie ante la cual las dos guerras mundiales del siglo XX, la colonización y el nazismo parecerán simples ejercicios de aficionados.”[6]

Necesitamos una reflexión radical sobre el cambio climático, que supere la tentación de poner parches sobre los síntomas del problema y aborde las causas: el insostenible modelo de producción y consumo. No se puede hablar de cambio climático sin hablar de capitalismo. Incluso los editoriales de prensa en el centro del Imperio del Norte lo dicen ya con toda claridad: “Debemos cambiar radicalmente nuestra forma de vivir y trabajar, con la certeza de que es la única oportunidad de poner coto a un cambio radical en la naturaleza.”[7]

En lo que se refiere al cambio climático, en el segundo decenio del siglo XXI la situación es verdaderamente aterradora. Observadores científicos tan cualificados como Carlos Duarte avisan: cabe que estemos a punto de disparar una serie de mecanismos de cambio abrupto (tipping points), cada uno de ellos con consecuencias globales, que podrían ir encadenándose en un “efecto dominó” con claro riesgo de cambio climático incontrolable y catastrófico.

“De los 14 elementos capaces de causar inestabilidades y cambios abruptos en el planeta, seis se encuentra en el Ártico. Lo que allá ocurra tendrá consecuencias globales. Las observaciones de pérdida de hielo en el océano Ártico muestran una reducción de la capa helada más rápida que la que cualquiera de los modelos climáticos actuales es capaz de reproducir. Modelos recientes indican que la pérdida de hielo en Groenlandia se puede disparar con un calentamiento climático de 1,5 grados centígrados, más de un grado por debajo de lo que considera el IPCC (Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático), lo que sitúa dicho fenómeno peligroso mucho más cercano a nosotros de lo que se esperaba. Nuestras acciones en los próximos cinco años determinarán si cruzaremos ese umbral de cambio climático de riesgo.”[8]

¡Los próximos cinco años: 2011-2016! Charles Bolden, responsable de la NASA sobre cambio climático, señalaba en un comunicado de enero de 2016 que “el cambio climático es el desafío de nuestra generación”,[9] pero eso es echar mal las cuentas: ¡ya lo era de la generación anterior! Llevamos un retraso de decenios en la acción eficaz para contrarrestar la crisis socioecológica planetaria (a veces designada con el eufemismo de “cambio global”). La creación del Programa Mundial sobre el Clima, y la publicación de Los límites del crecimiento –el primero de los informes del Club de Roma--, tuvo lugar en 1972: no en esta legislatura ni en la legislatura anterior. No podemos permitirnos seguir perdiendo el tiempo.

Indica Ferrán Puig Vilar que la responsabilidad histórica de las generaciones presentes es enorme. Como en otras dimensiones de la crisis socioecológica, se nos escapa la rapidez de los cambios movidos por dinámicas de crecimiento exponencial: nuestra intuición no está a la altura.

“En los últimos treinta años [1980-2010, aproximadamente] se ha emitido a la atmósfera una cantidad de GEI equivalente a la mitad de la emitida en toda la historia de la humanidad. Es muy probable que, veinte o treinta años antes del final del siglo pasado, hubiéramos estado a tiempo de encontrar una trayectoria colectiva en términos de emisiones que hubiera impedido llegar hasta aquí, cuando las respuestas ya no pueden ser incrementales y no se producirán, en su caso, sin severos sacrificios. (…) Que todo esto podía ocurrir se sabe desde hace más de cincuenta años, pues ya el presidente Lyndon B. Johnson advirtió del peligro en el Congreso de los EEUU en los años sesenta [del siglo XX]. Sin embargo, décadas de negacionismo sofisticadamente organizado y de freno al pensamiento sistémico como elementos de la expansión ultraliberal programada nos han llevado hasta aquí.”[10]

En un artículo de análisis sobre la situación política estadounidense, Norman Birnbaum decía que los “progresistas” de EEUU (vale decir, más o menos, los socialdemócratas europeos… si no olvidamos que en la Europa de comienzos del siglo XXI prácticamente no hay socialdemocracia) tienen “una larga lucha por delante”.[11] A la luz de los cambios necesarios para proteger el clima, podríamos formular algo semejante: necesitaríamos hacer acopio de paciencia histórica para luchar largamente por cambiar valores, prácticas, instituciones, economías, políticas… Pero la pregunta trágica que no podemos dejar de plantear es: ¿tendremos tiempo para largas luchas?

Enzo Tiezzi tituló un valioso libro suyo Tiempos históricos, tiempos biológicos. Durante casi la totalidad de la historia humana tuvo sentido suponer que los tiempos históricos eran extraordinariamente rápidos en comparación con los tiempos biológicos y geológicos. Hoy se ha producido una dramática inversión: en lo que se refiere a degradaciones como la que está sufriendo la estabilidad climática (o la diversidad biológica), los tiempos biológicos son muy rápidos y los histórico-políticos demasiado lentos.


¿Qué hacer? Después de la COP 21 en París

Lo que necesitamos es un gigantesco movimiento de masas anticapitalista a escala mundial, orientado por nociones de justicia climática, supervivencia y sustentabilidad, aunque –como sugiere Naomi Klein— “la verdadera apuesta no consiste tanto en poner en pie un gigantesco movimiento totalmente nuevo sino en lanzar pasarelas entre las organizaciones ya existentes. (…) Espero que haya convergencia entre el movimiento obrero, el movimiento contra la austeridad y los movimientos ecologistas para una acción justa y concertada a favor del abandono de las energías fósiles.”[12]

Climatólogos de primera línea como James Hansen no tiran la toalla: estiman que si EEUU y China se pusiesen de acuerdo para implantar un impuesto al carbono suficientemente fuerte, de manera coordinada, el resto del mundo no tendría otra opción que adherirse a este acuerdo. Y esto tendría una importancia mayor que nada de lo que finalmente salga de las negociaciones de NN.UU. en la COP 21 de París, en diciembre de 2015. [13]

Otro climatólogo de primera línea, Veerabhadran Ramanathan (profesor de Ciencias Climáticas y Atmosféricas de la Scripps Institution of Oceanography de la Universidad de California), llama la atención sobre los otros gases de “efecto invernadero” además del dióxido de carbono: una tonelada de clorofluorocarbonos (CFC) es equivalente a 10.000 toneladas de CO2 en cuanto a su poder de calentamiento. Por eso, sería posible una acción a corto plazo para ganar tiempo: “Reduciendo las emisiones de metano en un 50%, de hollín en un 90% y dejando de usar del todo los HFCs, en 2030 habremos reducido a la mitad el calentamiento previsto para los próximos 35 años. Reducir las emisiones de estos contaminantes de vida corta tendrá un impacto inmediato y puede ralentizar enormemente el calentamiento global de aquí a unas décadas. Esto nos daría un tiempo que necesitamos desesperadamente para cambiar radicalmente nuestra dieta energética…”[14]

¿QUÉ HACER? ALGUNAS IDEAS PARA LA ACCIÓN SOCIAL,
TRATANDO DE ORGANIZAR UN MOVIMIENTO MUNDIAL
MÁS ALLÁ DE LA COP 21 (PARÍS, DICIEMBRE DE 2015)

  • Una idea básica: París (en diciembre de 2015) es sólo una etapa, hay que construir un movimiento con fuertes raíces locales y con la vista puesta en plazos más largos.
  • Un movimiento que no trate sólo de la protección del clima como una “cuestión ambiental”: sino que consiga ligar en la conciencia de la gente (como de hecho lo están en la realidad) las cuestiones de empleo, migraciones, energía, agricultura, alimentación…
  • Lo queramos o no, por las buenas o por las malas, habrá decrecimiento material y energético. Y entonces, o vamos a políticas de redistribución e igualdad, o nos adentraremos aún más en un mundo caníbal, crecientemente fascistizado.
  • También, lo queramos o no, habrá calentamiento climático –ya lo hay- en un nivel aún por determinar. Las cuestiones de adaptación se vuelven cada vez más perentorias. Michel Jarraud, secretario general de la OMM, al presentar en noviembre de 2015 el último informe de esa entidad sobre la concentración de gases de efecto invernadero en la atmósfera advirtió: "Hay que limitar el cambio climático a un nivel al que podamos adaptarnos. No podemos evitarlo completamente, pero sí podemos limitarlo; podremos adaptarnos a las consecuencias más importantes y evitar otras, porque ya tenemos fenómenos irreversibles, como el aumento del nivel de la mar, la acidificación o los fenómenos extremos". (Pueden consultarse sus declaraciones en http://www.lavanguardia.com/vida/20151109/54439682344/cantidad-de-gases-de-efecto-invernadero-en-la-atmosfera-bate-record-en-2014 )
  • La solución no está en los Gobiernos ni en las grandes empresas: lo que se está negociando en las COP y otros foros es cada vez peor.
  • Hay multitud de luchas locales y de “ecologismo de los pobres” que objetivamente son anti-calentamiento global (aunque no siempre lo sean en la intención de los movimientos populares que las impulsan). Así, por ejemplo, las luchas contra el fracking o fractura hidráulica, o a favor del transporte público, o contra la expulsión de los pueblos originarios de sus tierras ancestrales… Se trata aquí de fortalecer estas luchas y federarlas.
  • Interpelar directamente a los sindicatos de clase y trabajar con sus sectores más sensibles.
  • Interpelar directamente a las Iglesias y trabajar con los sectores de iglesia de base (cf. la encíclica “ecosocialista” del Papa Francisco en junio de 2015, Laudato Sii).[15]
  • Apelar a la cuestión intergeneracional: ¿por qué hay asociaciones de Madres Contra la Droga y no Madres –y Padres- Contra el Cambio Climático?
  • Alianzas transversales entre distintos movimientos sociales (movimientos obreros, movimientos ecologistas, campesinos, pueblos indígenas…) en torno a objetivos compartidos: por ejemplo, iniciativas de relocalización de la producción y el consumo.
  • Iniciativas de cambio personal: renunciar al automóvil privado, dejar de consumir carne…


Sobre las perspectivas de acción pos-París es útil el libro colectivo Paths Beyond Paris: Movements, Action and Solidarity Towards Climate Justice, diciembre de 2015. Puede descargarse en http://www.carbontradewatch.org/articles/paths-beyond-paris-movements-action-and-solidarity-towards-climate-justice.html



[1] Citado en Naomi Klein, “Por qué necesitamos una eco-revolución”, sin permiso, 17 de noviembre de 2013. Puede consultarse en http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=6430
[2] Véase Joseph A. Tainter, The Collapse of Complex Societies, Cambrige University Press, Nueva York 1988; así como Jared Diamond, Jared Diamond Colapso. Por qué unas sociedades perduran y otras desaparecen, Debate, Barcelona 2006.
[3] Ramón Fernández Durán y Luis González Reyes, En la espiral de la energía (vol. 2), Libros en Acción, Madrid 2014, p. 204.
[4] Joseph A. Tainter, “Energy, complexity and sustentability: a historical perspective”. Environmental Innovation and Societal Transitions 1, 2011. Véase también Anthony D. Barnosky y otros, “Approaching a state shift in Earth’s biosphere”, Nature vol. 486, del 7 de junio de 2012.
[5] Fernández Durán y González Reyes, op. cit., p. 196 del segundo volumen de la obra.
[6] Daniel Tanuro, “Informe del GIEC: diagnóstico muy grave, soluciones inútiles”, en la web de Viento Sur, 8 de abril de 2014. El original puede consultarse en http://www.europe-solidaire.org/spip.php?article31539
[7] Editorial “Broken ice in Antarctica”, The New York Times, 28 de marzo de 2008.
[8] Carlos M. Duarte y Guiomar Duarte Agustí, “La paradoja del Ártico”, El País, 23 de febrero de 2011. Recordemos algunos entre esos posibles cambios bruscos y no lineales: 1. Colapso de la circulación termohalina del Atlántico Norte (“corriente del Golfo”), lo que podría causar un notable enfriamiento del norte y el oeste de Europa. 2. Emisión de grandes cantidades de metano generadas por los hidratos de gas natural hoy fijados en los océanos, lagos profundos y sedimentos polares, lo que retroalimentaría el calentamiento del planeta (el metano es un gas de “efecto invernadero” 25 veces más potente que el dióxido de carbono). 3. Fusión de los hielos de Groenlandia, lo que provocaría una subida del nivel del mar de unos siete metros. 4. Colapso de los ecosistemas marinos (por encima de cierto nivel de calentamiento oceánico habría extinción masiva de algas, con su capacidad de reducir el nivel de dióxido de carbono y crear nubes blancas que reflejan la luz del sol), que probablemente originaría una brusca subida de las temperaturas promedio en más de 5ºC.
[9] Manuel Planelles, “2015 fue el año más cálido desde que arrancaron los registros en 1880”, El País, 21 de enero de 2016; http://internacional.elpais.com/internacional/2016/01/20/actualidad/1453307538_631471.html
[10] Ferrán Puig Vilar, “¿Reducir emisiones para combatir el cambio climático? Depende”, en mientras tanto 117 (monográfico sobre Los límites del crecimiento: crisis energética y cambio climático), Barcelona 2012, p. 113.
[11] Norman Birnbaum, “Una larga lucha por delante”, El País, 25 de abril de 2011.
[12] Entrevista con Naomi Klein (“Cambiar o desaparecer: el nuevo combate de Naomi Klein”) en Sin Permiso, 5 de abril de 2015.
[13] Eric Holthaus, “The point of no return: climate change nightmares are already here”, Rolling Stone, 5 de agosto de 2015 (http://www.rollingstone.com/politics/news/the-point-of-no-return-climate-change-nightmares-are-already-here-20150805)



Jorge Riechmann. Ética extramuros. UAM Ediciones, 2017

martes, 16 de mayo de 2017

¿DE DÓNDE TANTA CEGUERA?




Los problemas exigen soluciones sólo cuando se presentan como amenazas, sugiere Harald Welzer en ese libro imprescindible que es Guerras climáticas.[1] Y aunque “en las próximas décadas muchas sociedades entrarán en un colapso determinado por el clima”, el psicólogo social alemán advierte también que “nadie cree realmente que eso vaya a suceder”.[2] De alguna manera, no nos creemos lo que sabemos. ¿De dónde tanta ceguera? Creo que una explicación adecuada –necesariamente multicausal— debe discurrir en tres planos:
A) Dinámicas estructurales. La dependencia estructural de todo el orden socioeconómico presente con respecto al crecimiento económico condiciona gravosamente las alternativas. A la postre, es la dinámica capitalista de acumulación de capital y valorización del valor, junto con la idoneidad de la matriz energética fosilista para esos fines, lo que explica el abismo climático ante el cual la humanidad se halla situada en el siglo XXI (el Siglo de la Gran Prueba).[3]
B)  Intereses creados. Existen poderosos grupos de interés –comenzando por las grandes compañías energéticas y automovilísticas-- que luchan por mantener a toda costa el statu quo –para lo cual no dudan un instante en desacreditar a la ciencia y difundir desinformación de forma masiva. La coordinada actuación de los lobbies capitalistas nos ha hecho perder tres preciosas décadas en la lucha contra el cambio climático.[4] Aquí hay que mencionar también la externalización y alejamiento de muchos síntomas de la degradación (con todo un conjunto de estrategias de “barrer debajo de la alfombra” que ponen en práctica los poderes dominantes).
C)  Dificultades psicológicas. Así, por ejemplo, la dificultad de reaccionar adecuadamente ante procesos graduales (esto remite a los fenómenos de la “rana dentro de la olla” que se va calentando despacito, y a los “puntos de referencia cambiantes”). El psicólogo de Harvard Daniel Gilbert identifica cuatro grandes dificultades psicológicas que explican parcialmente la pasividad e inacción con que (no) abordamos el calentamiento climático –y, más por extenso, la crisis socioecológica mundial--.



[1] Harald Welzer, Guerras climáticas. Por qué mataremos (y nos matarán) en el siglo XXI, Katz, Buenos Aires/ Madrid 2011.
[2] Harald Welzer entrevistado por José Andrés Rojo: “Tenemos una responsabilidad ineludible: desarrollar otra manera de vivir”, Barcelona Metrópolis 83, verano de 2011.
[3] Daniel Tanuro lo ha explicado con acierto en varios textos, y de forma sintética en ese estupendo librito que es Cambio climático y alternativa ecosocialista (Editorial Sylone, Barcelona 2015).
[4] Buen análisis al respecto en Naomi Klein en Esto lo cambia todo –El capitalismo contra el clima, Paidos, Barcelona 2015.

OJALÁ QUE EL SEXO GAY CAUSARA EL CALENTAMIENTO CLIMÁTICO
¿Por qué estamos menos preocupados por el desastre más probable? Debido a que el cerebro humano ha evolucionado para responder a las amenazas que tienen cuatro características - características que el terrorismo tiene y que el calentamiento global no tiene.
En primer lugar, el calentamiento global no tiene bigote. ¡No es broma! Somos mamíferos sociales cuyos cerebros están altamente especializados en pensar en los demás congéneres. La comprensión de aquello en lo que están los otros -lo que saben y quieren, lo que están haciendo y planificando- ha sido tan crucial para la supervivencia de nuestra especie que nuestros cerebros han desarrollado una obsesión con todas las cosas humanas. Pensamos en las personas y sus intenciones; hablamos sobre ellos; los buscamos y los recordamos.
Por eso es por lo que en EEUU nos preocupa más el ántrax (con un número de muertes anuales de aproximadamente cero) que la gripe (con un número de muertes anuales que oscila entre un cuarto de millón y medio millón de personas). La gripe es un accidente natural, y el ántrax es una acción intencional humana, y la más pequeña acción capta nuestra atención de una manera en que el mayor accidente no lo hace. Si dos aviones hubieran sido alcanzados por un rayo y se hubiesen estrellado contra un rascacielos de Nueva York, pocos de nosotros lograríamos nombrar la fecha en que ocurrió.
El calentamiento global no está tratando de matarnos, ¡qué vergüenza! Si el cambio climático hubiese sido encaminado hacia nosotros por un dictador brutal o un Imperio del Mal, la guerra contra el calentamiento sería la máxima prioridad de esta nación.
La segunda razón por la que el calentamiento global no pone el cerebro en alerta naranja es que no viola nuestra sensibilidad moral. No hace que nos hierva la sangre (al menos no en sentido figurado) porque no nos obliga a considerar pensamientos que nos parezcan indecentes, impíos o o repulsivos. Cuando las personas se sienten insultadas o disgustadas, generalmente hacen algo al respecto, tal como golpearse las cabezas mutuamente, o votar. Las emociones morales son los llamamientos del cerebro a la acción.
A pesar de que todas las sociedades humanas tienen reglas morales acerca de la comida y el sexo, ninguna tiene una regla moral sobre la química atmosférica. Y así, nos indigna cualquier violación de protocolo excepto la del Protocolo de Kyoto. Sí, el calentamiento global es malo, pero no nos hace sentir náuseas o enfado o desgracia, y por lo tanto no nos sentimos obligados a embestir contra él como sí que lo hacemos contra otras amenazas trascendentales para nuestra especie, como la quema de banderas nacionales. El hecho es que si el cambio climático lo causaran las relaciones homosexuales, o la práctica de comer gatitos, millones de manifestantes estarían concentrándose masivamente en las calles.
La tercera razón por la que el calentamiento global no desencadena nuestra preocupación es que lo vemos como una amenaza para nuestro futuro - no para nuestra sobremesa. Como todos los animales, los humanos somos rápidos en responder a peligros evidentes y presentes, por lo que nos lleva sólo unas milésimas de segundo agacharnos cuando una pelota de béisbol díscola viene a toda velocidad hacia nuestros ojos.
El cerebro es una máquina “aparta-del-camino” magníficamente diseñada que constantemente está inspeccionando el medio ambiente para identificar las cosas fuera de cuyo camino hay que apartarse justo ahora. Eso es lo que hicieron los cerebros durante varios cientos de millones de años - y a continuación, hace tan sólo unos pocos millones de años, el cerebro mamífero aprendió un nuevo truco: predecir el momento y el lugar de ciertos peligros antes de que realmente sucedieran.
Nuestra capacidad para esquivar lo que todavía no está sucediendo es una de las innovaciones más impresionantes del cerebro, y sin ella no tendríamos hilo dental o planes de jubilación 401(k). Pero esta innovación está en las primeras etapas de su desarrollo. El dispositivo que nos permite hacer frente a pelotas de béisbol visibles es antiguo y seguro, pero el complemento técnico que nos permite responder a amenazas que se ciernen en un invisible futuro todavía está en fase de pruebas.
No hemos progresado lo suficiente en el truco de tratar el futuro como el presente en que pronto se convertirá porque sólo hemos estado practicando durante unos pocos millones de años. Si el calentamiento global le sacara de vez en cuando un ojo a alguien, la OSHA (Occupational Safety & Health Administration) lo aniquilaría por vía legal.
Hay una cuarta razón por la que parece que no podemos ponernos nerviosos por el calentamiento global. El cerebro humano es extremadamente sensible a los cambios de luz, sonido, temperatura, presión, tamaño, peso y casi todo lo demás. Pero si la tasa de cambio es lo suficientemente lenta, ese cambio va a pasar desapercibido. Si la intensidad del zumbido de un refrigerador fuera aumentando poquito a poco a lo largo de varias semanas, el aparato podría estar cantando como una soprano a fin de mes y nadie se daría cuenta.
Debido a que apenas se notan los cambios que se producen gradualmente, aceptamos cambios graduales que rechazaríamos si llegasen de repente. La densidad de tráfico de Los Ángeles ha aumentado dramáticamente en las últimas décadas, y los ciudadanos lo han tolerado sin más que con los gruñidos de rigor. Si el cambio hubiese ocurrido en un solo día del verano pasado, los angelinos habrían cerrado la ciudad, llamado a la Guardia Nacional y linchado a todos los políticos que pudieran caer en sus manos.
Los ecologistas se desesperan por la velocidad con que está avanzando el calentamiento global. De hecho, no está ocurriendo lo suficientemente rápido. Si el presidente Bush pudiera meterse en una máquina del tiempo y experimentar un solo día del año 2056, volvería al presente conmocionado y espantado, dispuesto a hacer todo lo necesario para resolver el problema.
El cerebro humano es un notable dispositivo diseñado para estar a la altura de las ocasiones especiales. Descendemos de cazadores-recolectores cuyas vidas fueron breves, para quienes la mayor amenaza era un hombre armado con un palo. Cuando los terroristas atacan, respondemos con fuerza aplastante y resolución firme, igual que lo harían nuestros antepasados. El calentamiento global es una amenaza mortal precisamente porque no hace que se dispare la alarma del cerebro, lo cual nos deja profundamente dormidos en una cama que está ardiendo.
Aún está por ver si logramos aprender a estar a la altura de nuevas ocasiones.
Daniel Gilbert, “If only gay sex caused global warming”, Los Angeles Times, 2 de julio de 2006 (traducción de Jorge Riechmann). DG es profesor de psicología en la Universidad de Harvard. Su artículo puede consultarse en http://articles.latimes.com/2006/jul/02/opinion/op-gilbert2

Amb cara i ulls,[1] dice una importante expresión en catalán que deberíamos conocer –pues a los seres humanos nos cuesta prestar atención a lo que no tiene cara y ojos. Nuestra naturaleza de simios supersociales nos lleva a magnificar las interacciones y conflictos personales –y tendemos a ignorar lo demás. Pero el calentamiento climático no tiene cara y ojos, la acumulación de capital no tiene cara y ojos, la maquinización del mundo no tiene cara y ojos… Nos cuesta Dios y ayuda hacernos cargo de las dinámicas sistémicas, y de los aspectos estructurales de la realidad.





[1] En castellano viene a significar “como debe ser”, “como mandan los cánones”, “como Dios manda”.



Jorge Riechmann. Ética extramuros. UAM Ediciones, 2017

lunes, 15 de mayo de 2017

Una amenaza civilizatoria



El catedrático de ecología Carlos Montes apunta –con razón-- que el sistema está deseoso de que hablemos de cambio climático, ahora que éste ha sido ya reformulado como oportunidad de negocio[1] (tengamos siempre en cuenta que el calentamiento climático es un efecto de la crisis socioecológica global, no una causa de la misma). Él sugiere que hablemos más bien de cambio global, porque los procesos en curso son mucho más amplios que el calentamiento climático antropogénico. Yo sigo creyendo que deberíamos hablar más bien de crisis socioecológica global:[2] ahora bien, no cabe duda de que en ese marco conceptual más amplio delimitado por cualquiera de las dos expresiones, también hemos de abordar el calentamiento climático, como una de las dimensiones principales de esa crisis o cambio global. La exposición que sigue nos hará ver por qué.

En 1992, en Río de Janeiro, la “comunidad internacional” aprobó la Convención de NN.UU. sobre Cambio Climático: al menos desde esa fecha, seguir negando el problema es imposible. Sin embargo, entre 1990 –año de referencia para las negociaciones internacionales— y 2014, es decir, durante un cuarto de siglo de “lucha” contra el calentamiento global, las emisiones mundiales de dióxido de carbono aumentaron el 61%. (Entre 1970 y 1990 las emisiones habían aumentado un 45%.)[3] No sólo eso, sino que el ritmo de emisión de GEI a la atmósfera, lejos de ralentizarse, está incrementándose,

ACELERACIÓN DE LAS EMISIONES
Los datos del Global Carbon Project para 2007 revelaban que el aumento de las emisiones antropogénicas se está produciendo cuatro veces más deprisa desde el año 2000 que en la década anterior.
La aceleración tanto de las emisiones de CO2 como de su acumulación en la atmósfera no tiene precedentes. Tan es así que el crecimiento de las emisiones en el periodo 2000-2007 fue peor que el escenario más desarrollista (basado en la quema de combustibles fósiles) planteado por los científicos del IPCC.
De seguir este ritmo, la concentración de CO2 podrían alcanzar las 450 partes por millón (previsiblemente ligado a 2ºC de aumento de la temperatura promedio) en 2030 en vez de en 2040 (como apuntaban hasta hace poco las previsiones).
Las observaciones de la red de la Vigilancia de la Atmósfera Global (VAG) de la OMM (Organización Meteorológica Mundial) revelaron que los niveles de CO2 habían aumentado más entre 2012 y 2013 -2’9 ppm- que durante cualquier otro año desde 1984. Datos preliminares apuntan a que ese aumento posiblemente obedezca a la reducción de la cantidad de CO2 absorbida por la biosfera de la Tierra, sumado al incremento constante de las emisiones de ese gas.[4]
“El mundo está en la trayectoria de los seis grados de aumento [a finales del siglo XXI]”, decía el economista jefe de la AIE, Fatih Birol, en 2011.[5]

Y aunque en 2008-2009 la crisis económica ralentizó este crecimiento de las emisiones, el alivio duró poco: ya en 2010, según los datos oficiales de la AIE (Agencia Internacional de la Energía), las emisiones de dióxido de carbono crecieron más de un 5% respecto a 2009,[6] retomando la senda de incremento de los años anteriores a 2008. En España, tras una importante caída de las emisiones a partir de 2007 causada por la crisis económica, éstas subieron en 2011 por unas ayudas gubernamentales al carbón que prácticamente duplicaron el uso de este combustible fósil (el más contaminante de todos).[7]

El cambio climático no amenaza al planeta en sí, que ha conocido violentas trasformaciones climáticas en el curso de su larguísima existencia,[8] pero sí a buena parte de las especies que ahora lo habitamos: y constituye una amenaza muy seria para el futuro de la civilización humana.[9] El famoso “Informe Stern” sobre La economía del cambio climático alerta de que la caída anual del PIB podría alcanzar ¡incluso el 20%!, lo que implicaría una catástrofe económica de magnitud desconocida en la historia contemporánea[10] y consecuencias tremendas sobre las condiciones de vida, el empleo o la seguridad alimentaria.

Los informes de la Organización Mundial de la Salud no son menos inquietantes: las muertes anuales asociadas al cambio climático rondan ya las cien mil, pero pronto serán millones si no lo evitamos. El Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo Humano (PNUD) recuerda que entre los años 2000 y 2004 se ha informado de un promedio anual de 326 desastres climáticos que han afectado anualmente a alrededor de 262 millones de personas... cifra que duplica lo ocurrido en la primera mitad del decenio de 1980 y que quintuplica a los damnificados en el último lustro de los setenta.[11] La revista Scientific American publicaba en un artículo de 2011 que la frecuencia de los desastres naturales ha aumentado ya un 42% desde la década de los años ochenta, y que la proporción de estos episodios relacionados con el clima ha aumentado del 50 al 82%.[12]

Todavía más tremendos son los datos del Atlas de la mortalidad y las pérdidas económicas provocadas por fenómenos meteorológicos, climáticos e hidrológicos extremos, 1970-2012, publicado por la Organización Metereológica Mundial (OMM). Según este texto de referencia, a escala mundial los desastres se han multiplicado casi por cinco entre el decenio de los años setenta del siglo XX y el primer decenio del siglo XXI. En Europa, por ejemplo, de 1971 a 1980 sólo se registraron 60 desastres naturales que provocaron 1.645 muertes, mientras que de 2001 a 2010 ha habido 577 con 84 veces más víctimas mortales, 138.153.[13]

Los pueblos del Sur pagan un precio muy alto por estos desastres cada vez menos “naturales” (pues vinculados con el cambio climático antropogénico): entre 2000 y 2004, según los datos del PNUD (World Report of Human Development 2007-2008), en los países no miembros de la OCDE un habitante de cada 19 se vio afectado por catástrofes climáticas (frente a sólo uno de cada 1.500 en los países de la OCDE -79 veces menos).[14]

En 2014, el Quinto Informe de Evaluación del IPCC señalaba que los impactos del calentamiento global ya son visibles en todos los continentes y en la mayor parte de los océanos; que la temperatura media global se ha elevado 0’85ºC entre 1880 y 2012, un incremento que se ha acentuado en las últimas tres décadas; que muchas regiones del planeta están experimentando con mayor frecuencia fenómenos meteorológicos extremos --sequías, olas de calor, inundaciones, temporales, huracanes, tornados y tifones--; que aumentan los impactos sobre la salud, la extinción de especies y la degradación de hábitats; que ya se está dando una menor productividad de las cosechas, estimándose como más probable su reducción media del orden del 2% por década; y que ya se están produciendo efectos sobre el crecimiento económico agregado mundial, estimado en una reducción de entre un 0’2 y 2%.

Estos procesos negativos muestran tendencia a incrementarse. Afectarán a la seguridad alimentaria, darán lugar a la aparición de nuevas bolsas de pobreza, incrementarán las desigualdades sociales (por sus efectos sobre los precios relativos) y forzarán nuevas migraciones masivas –con todas las perturbaciones socioeconómicas cabe esperar.

OCHO RIESGOS CLAVE PARA LOS SERES HUMANOS:
(1) Peligro de muerte, de lesiones, de problemas de salud o de desaparición de los medios de sustento en las zonas costeras y los pequeños Estados insulares debido a tempestades, inundaciones y elevación del nivel del mar;
(2) riesgos graves para la salud y de desaparición de los medios de sustento para amplios grupos urbanos a causa de inundaciones en el interior;
(3) riesgos sistémicos debidos a fenómenos meteorológicos extremos que provoquen la desaparición de infraestructuras en red y de servicios vitales como el suministro de electricidad, la distribución de agua y los servicios de sanidad y de emergencia;
(4) riesgo de mortandad y enfermedad durante los periodos de calor extremo, particularmente para las poblaciones urbanas vulnerables y para las que trabajan al aire libre en zonas urbanas y rurales;
(5) riesgo de inseguridad alimentaria y de desaparición de los sistemas alimentarios, particularmente para las poblaciones más pobres en las zonas urbanas y rurales;
(6) riesgo de pérdida de los recursos y de los ingresos en las zonas rurales por falta de acceso a agua potable y a agua de riego, así como debido a la disminución de la productividad agraria, especialmente para los campesinos y ganaderos que disponen de un capital mínimo en las regiones semiáridas;
(7) riesgo de pérdida de ecosistemas marinos y costeros y de su biodiversidad, así como de los bienes, funciones y servicios que prestan en forma de recursos costeros, sobre todo para las comunidades de pescadores en los trópicos y en el Ártico;
(8) riesgo de pérdida de ecosistemas terrestres y acuáticos y de su biodiversidad, así como de los bienes, funciones y servicios que prestan en forma de recursos.
Fuente: “resumen para los decisores” del informe del Grupo II del IPCC (hecho público en abril de 2014), dentro del Quinto Informe de Evaluación de este organismo internacional. Puede consultarse en http://ipcc-wg2.gov/AR5/images/uploads/IPCC_WG2AR5_SPM_Approved.pdf



[1] Un hito en nuestro entorno próximo: el expresidente del gobierno José María Aznar, hasta ayer mismo estridente “negacionista” del cambio climático, se incorporó en el otoño de 2010 al Global Adaptation Institute, instituto concebido para orientar a los capitalistas hacia las nuevas oportunidades de negocio que surjan de la adaptación de nuestras sociedades al calentamiento. Véase por ejemplo en La Vanguardia del 18 de octubre de 2010 el artículo titulado “Aznar, nombrado asesor de una organización sobre cambio climático”.
[2] Como sabe, y bien dice, Carlos Montes: “Las palabras piensan, las palabras no son neutras, las palabras tienen ideología” (Carlos Montes, “Cambio climático, agricultura y biodiversidad”, ponencia en el curso de la Universidad Pablo de Olvida de Sevilla  “Agricultura y alimentación en un mundo cambiante” --VIII Encuentros Sostenibles--; Carmona, 5 al 7 de octubre de 2011).
[3] Véase el informe de la Agencia Europea de Medio Ambiente en 2011 Tendencias a largo plazo en emisiones de CO2. El estudio del Global Carbon Project (primer firmante: Glen Peters) publicado en Nature Climate Change el 5 de diciembre de 2011, del que da cuenta Alicia Rivera (“La crisis no frena las emisiones de gases de efecto invernadero”, El País, 5 de diciembre de 2011), cuantifica un 49% de crecimiento de las emisiones de dióxido de carbono entre 1990 y 2010.
                En España, en el período 1990-2010, crecieron las emisiones un 26% (frente al descenso del 15’5% de la UE-27). Véase también Cayetano López, “Malas noticias para el clima”, El País, 20 de octubre de 2011.
Para dar una idea de la terrible situación en que nos encontramos, cabe recordar que los científicos del IPCC están de acuerdo en solicitar una reducción de las emisiones de entre el 25 y el 40% (con respecto a los niveles de 1990) para una fecha ya tan cercana como 2020, si queremos tener opciones de no superar el peligroso umbral de 2ºC de incremento de las temperaturas promedio (respecto a los niveles preindustriales).
[4] Son datos de la OMM (Organización Meteorológica Mundial) en su Boletín anual de 2014, sintetizado en el Comunicado de Prensa 1002, “Niveles sin precedentes de gases de efecto invernadero tienen consecuencias en la atmósfera y los océanos” (9 de septiembre de 2014). Puede consultarse en http://www.wmo.int/pages/mediacentre/press_releases/pr_1002_es.html
[5] De un discurso en Madrid el 30 de noviembre de 2011; citado por Rafael Méndez , “Cuando el cambio climático era importante”, El País, 3 de diciembre de 2011.
[6] Las emisiones de dióxido de carbono ascendieron a 30.600 Tm (toneladas métricas), o 30’6 gigatoneladas, en 2010. Fueron 29.300 Tm en 2008, en 2009 descendieron un poco estas emisiones a causa de la crisis económica mundial, y en 2010 crecieron de nuevo… El incremento acumulado de 1990 a 2010 es del 45%, según la AIE; entre 2000 y 2010, del 30%. (Pero, como ya hemos visto, el estudio del Global Carbon Project --primer firmante: Glen Peters-- publicado en Nature Climate Change el 5 de diciembre de 2011, del que da cuenta Alicia Rivera (“La crisis no frena las emisiones de gases de efecto invernadero”, El País, 5 de diciembre de 2011), cuantifica un 49% de crecimiento de las emisiones de dióxido de carbono entre 1990 y 2010.)
Los descensos en los países más ricos se han compensado con creces por los aumentos de los países “en vías de desarrollo”, que no han dejado de incrementar su uso de carbón y petróleo. Las emisiones de China aumentaron un 60% entre 2003 y 2010, y en términos per capita casi han igualado a las europeas (China 6’8 toneladas por habitante y año en 2010, UE 8’1, España 6’3). De hecho, los descensos de esos países ricos se explican en buena parte por el traslado de la producción más intensiva en energía a países como China o la India, de manera que una parte sustancial de las emisiones en la “fábrica del mundo” sudasiática habría que imputarlas en realidad a los países donde se consumen los productos (véase Rafael Méndez, “Las emisiones no bajan: se mudan”, El País, 8 de octubre de 2011).
Si consideramos el conjunto de las emisiones (incluyendo a lo demás gases de “efecto invernadero”: metano, óxidos de nitrógeno, etc.), el incremento entre 1990 (año base del Protocolo de Kioto) y 2010 es del 29%, y el salto entre 2009 y 2010 fue del 1’4%.
[7] “Las emisiones de gases de efecto invernadero en España, que llevaban en caída desde finales de 2007, han repuntado este año. La causa es un real decreto de ayudas al carbón que el Ministerio de Industria aprobó en febrero y que ha hecho que la producción eléctrica con este combustible haya crecido un 96% en lo que va de año, según datos de Red Eléctrica. Cada kilovatio generado con carbón emite casi el triple que uno producido con gas natural. Pese a la crisis -que implica caída en la producción de cemento e industrial-, las emisiones totales subirán entre cuatro y ocho puntos. Si hace un año España emitía un 21% más que en 1990 (año de referencia de Kioto), ahora emite entre un 25% y un 29% más, según distintas estimaciones”. Rafael Méndez, “La emisión de CO2 crece tres años después por las ayudas al carbón”, El País, 30 de diciembre de 2011.
[8] La Tierra ha conocido en el pasado (a lo largo de sus más de 4.500 millones de años de existencia) climas extremos. Y la vida ha sobrevivido a situaciones mucho peores que las que previsiblemente vamos a experimentar, en escenarios tanto más calientes como más fríos (originados por factores como las alteraciones en el ciclo del carbono, el vulcanismo, la tectónica de placas y los cambios en la posición de la Tierra con respecto al Sol). Por ejemplo, los geólogos han identificado dos situaciones de “Tierra Bola de Nieve” (Snowball Earth), con un frío extremo (y los océanos casi completamente helados), hace 700 y hace 2200 millones de años.
[9] Es importante subrayar esto para evitar equívocos… Incluso personas por lo general tan bien informadas como Juan Torres escriben, a raíz del incremento en el número de desastres causados por fenómenos meteorológicos, climáticos e hidrológicos extremos: “El incremento registrado en su total me parece que indica claramente que nuestro planeta está cada día más dañado, quizá ya herido de muerte, como indican otros muchos informes…” (Juan Torres, “Un dios destructivo”, El País/ Andalucía, 20 de julio de 2014). Pero no, el planeta como tal –si nos distanciamos, asumimos perspectiva cósmica y nos desnudamos de todo antropocentrismo— no está en absoluto herido de muerte. Como escribe Emilio Santiago Muiño en un comentario al manifiesto “Última llamada” (uno de cuyos redactores fue él mismo), “no se trata de salvar el planeta, como me han dicho algunos amigos cercanos tras leer el texto. Si la vida pudo sobrevivir a catástrofes como la extinción del Pérmico-Triásico sabrá quitarse de encima la febrícula ecológica que supone ese primate arrogante y venido arriba en el clímax de su borrachera antropocéntrica que es el ser humano (la personificación es un recurso retórico; evidentemente la vida no es un ente personal con voluntad). El planeta dentro de veinte millones de años estará vivo y será exuberante. Se trata de salvarnos a nosotros, de salvar la civilización humana en sus mejores potencialidades, que quizá ya no sean las que nos prometió el socialismo y su Reino de la Libertad, pero sin duda todavía tenemos capacidades para organizar una vida buena al alcance de todas y de todos. Y si tampoco logramos esto, al menos podremos mitigar el colapso y efectuar un aterrizaje de emergencia; así evitaremos que el siglo XXI se lleve por delante precipitada, trágica e innecesariamente a miles de millones de seres humamos. Y con ellos también la dignidad y la alegría de estar vivo de los supervivientes.” (Emilio Santiago Muiño, “Sobre el manifiesto Última llamada (un punto y seguido personal)”, publicado en el blog del manifiesto el 13 de julio de 2014; puede consultarse en http://ultimallamadamanifiesto.wordpress.com/2014/07/13/emilio-santiago-muino-sobre-el-manifiesto-ultima-llamada-un-punto-y-seguido-personal/ ).
[10] Equivalente, más o menos, a las destrucciones económicas causadas por las dos guerras mundiales del siglo XX y el crack de 1929, todo junto. E incluso tal estimación económica probablemente infravalora el problema…
[11] PNUD, Informe sobre Desarrollo Humano 2007-2008. La lucha contra el cambio climático: solidaridad frente a un mundo dividido, Mundi-Prensa, 2007.
[12] Alex de Sherbinin, Koko Warner y Charles Ehrhart, “Casualties of Climate Change: Sea-level Rises Could Displace Tens of Millions”, Scientific American, enero de 2011.
[13] En todo el mundo, en 1970-2010, se han producido por fenómenos meteorológicos, climáticos e hidrológicos extremos un total de 8.835 desastres que han provocado 1’94 millones de muertos y pérdidas económicas por valor de 2’4 billones de dólares. Desastres que a veces han sido tan terribles que uno solo, como el ciclón que asoló Bangladesh en 1970 o la sequía de Etiopía de 1983, ha llegado a provocar más de 300.000 muertos. Pero lo que sin duda resulta más dramático de lo que refleja el Atlas es la progresión impresionante que se está produciendo en el número total de desastres. Entre 1971 y 1980 se produjeron 743; 1.534 de 1981 a 1990; 2.386 de 1991 a 2000; y 3.496 de 2001 a 2010, es decir, 4,7 veces más en los últimos diez años que en la década de los años setenta del siglo pasado.
[14] Daniel Tanuro, Cambio climático y alternativa ecosocialista (Editorial Sylone, Barcelona 2015, p. 21.


Jorge Riechmann. Ética extramuros. UAM Ed. Madrid, 2017
Fotografía de Juan Sánchez Amorós