documentos de pensamiento radical

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jueves, 7 de agosto de 2025

SI ELS SILENCIS ET DIUEN




 Si els silencis et diuen

alguna cosa

et caldrà buscar

en les pedres

les condicions de la teva rendició.


D’altra manera,

només en els mars

sense horitzó

hi haurà lloc pel teu taüt.


*


Si los silencios

murmuran...

Deberás buscar

en las piedras

las condiciones de tu rendición.


De no ser así,

unicamente en los mares

sin horizonte

habrá un lugar para tu ataúd.



Pep Castell Casellas. Els versos viatgen pel seu compte / Los versos viajan a su antojo. Descontrol Ed. 2025

Ilustración de Antonio Gómez

miércoles, 6 de agosto de 2025

Palpava el llibre




Palpava el llibre

buscant-li l’ànima

quan el venedor

em recriminà

tant grapeig si no comprava.


Vaig tornar-lo

a la prestatgeria

i només aleshores

vaig llegir-ne el llom.

Constitució Espanyola 1978.


*


Palpaba el libro

para encontrar su alma

cuando el librero

me recriminó

tanto manoseo

si no compraba.

Devolví el libro a la estantería

y sólo entonces leí en el lomo:

Constitución Española 1978.



Pep Castell Casellas. Els versos viatgen pel seu compte / Los versos viajan a su antojo. Descontrol Ed. 2025

Ilustración de Antonio Gómez

martes, 5 de agosto de 2025

Elogio




La épica, si la hay, está en la retaguardia. La épica es el cuidado de niños y

viejos, la cocción de la comida, la recogida del fruto, el cepillo que pule la

madera.

La épica no es el fusil, es la escoba.

Todo eso es también la retaguardia.

Y la infancia es la retaguardia de nuestras vidas.

De manera paradójica, la vejez es también la retaguardia. O quizás, mejor

formulado, como diría Joan Margerit, la vejez es una forma de posguerra.

Pero las guerras las hacen las vanguardias y las sostienen y las sufren,

largamente, las retaguardias.

Miro hacia los que sostuvieron mi vida. Y hago elogio de ese tejido.

De igual modo, miro hacia el mar y contemplo la aventura de nuestro

tiempo y el desprecio que nos rodea. El mundo es una patera a la deriva.

Siempre he pensado que la paz es la guerra por otros medios. Por eso la

retaguardia está dispuesta cada amanecer.


Pedro Sáez Serrano. Elogio de la retaguardia. Ed. Calumnia. 2025

Ilustración: Antonio Gómez

lunes, 4 de agosto de 2025

Olor a tabaco





Hoy se llevó la grúa el coche de mi padre.

Llevaba años bajo un galpón azul.

Un viejo carpintero había desarmado el motor

en busca de metales preciosos;

pero solo encontró un yacimiento de plomo con el aceite seco

y un nido de ratones recién nacidos junto a la trócola.

Fue más duro quitar el cuentakilómetros.

Hubo que darle marcha atrás,

no hubo otro remedio,

desenrollar el tiempo

con una llave especial,

al parecer carísima,

que traían desde un país sin nombre

(No ponía made in china,

desde luego,

sino simplemente treat me well, made in Moonlight,

o algo semejante)

y el tipo que la manipulaba

era un búlgaro de dos metros llamado Dimitrov,

que empezó a desandar esos 300.000 km,

paso a paso, metro a metro,

con sus enormes manos de minero soviético

y una concentración de cirujano cerebral.

No era para menos.


Las ruedas no se movían, es cierto, pero los kilómetros sí,

y el coche rejuvenecía como una canción de los Beatles

o una sonrisa de señora mayor a la que tratas bien,

como cuando teníamos 15 años y surgió desde Alemania

con los papeles en regla,

su aspecto de pavo real, su energía juvenil y sus 200 caballos blancos

que pastaban allá dentro, bajo el capó, vaya usted a saber qué yerbas.


Cada parada nos llevaba a un lugar distinto.

El km 250.000 nos situó en la comunión de Cristina Sánchez,

mi pequeña sobrina, que entonces tenía 8 años de nada,

en San Sebastián, junto al mar.

Creo que fue la única vez que habíamos sido felices todos juntos.


Los 200.000 fue cuando yo conduje el coche hasta Alicante

porque mi padre no se encontraba bien.

Luego volví en un tren Intercity.

Ya no existe ese trayecto,

ahora solo hay un AVE velocísimo,

porque la velocidad es importante

aunque no sabemos para qué.


Los 150.000 nos llevaron a Sevilla,

no sé qué movidas de la feria de abril o los sábados santos.


Los 100.000 eran Lisboa y ese deslumbramiento blanco y lento

desde Alfama,

cuando el mundo todavía no había sido banalizado

y mirabas la estatua de Pessoa no como un suvenir

donde tirar la foto,

sino como el misterio de la amistad literaria a través de los años.


Tuve entonces que decirle al Dimitrov que descansara un poco,

porque esa intensidad emocional me estaba haciendo daño.

Pero él dijo que cobraba por horas y que luego tenía otro servicio.

Así que prosiguió con su máquina implacable de tiempo mientras yo me

iba haciendo joven y maldito

y veía a mi padre bajar del coche muy enfadado,

con ese gesto suyo un poco arcaico ya,

aquella vez en que estuvimos discutiendo muchas horas porque

yo me hice insumiso y eso él no lo entendía.

Y lo vi bajarse también cuando la poli me llenó la cara de hostias

y venía afectado, el gesto duro, preocupado, a ver qué cristo le habían

hecho a su hijo en la cara esos canallas.

O cuando hablábamos de que no aparecía por casa ningún fin de semana.

Era el tiempo en que estaba enamorado de Arantxa,

la mujer más hermosa del mundo en todos los sentidos,

quien luego murió en un accidente de tráfico

camino de Trillo, Guadalajara,

cerca de ese penacho de humo nuclear de la central nuclear más fea de la

tierra.

Y me acordaba de Violeta y de aquella noche que dormí por primera vez

con ella,


y al día siguiente mi padre me riñó por no llegar.

Y yo sentí nauseas, pero solo por el milagro de haber conocido al amor

recién nacido.


En el kilómetro 50.000 me tuve que alejar de olor a tabaco

que aún impregnaba el interior del coche,

que era el olor de mi padre y también el de su muerte.


Cuando volví, el coche acaba de llegar desde Munich,

feliz y reluciente como un potro impecable:

nunca estuvo tan reluciente ni tan vivo

ni mostró con tanto orgullo su precisión alemana.


Mi padre ocupaba ya su lugar en el asiento del piloto

y acariciaba el volante con una ternura que nunca supo poner sobre

nosotros.

No, no había sabido hacerlo, no había podido,

no le habían dejado aprender aquellos años de mierda de la guerra,

ni aquellos años huraños y fascistas de posguerra,

esa aspereza total que vacía el corazón de la gente.


Pagamos a Dimitrov el precio convenido.

Subieron el coche a la grúa con la misma frialdad burocrática

y la misma solemnidad burocrática que cuando cargan un féretro en el auto

de los funerales,

todo aséptico, eficiente e implacable.

Firmamos papeles y contratos y luego vimos alejarse al Mercedes por la

calle vacía,


prisionero y vencido sobre un camión de la Mutua Madrileña.

“Seguros de vida”, ponía en una lateral de aquella grúa desalmada que se

llevaba un pedazo de nuestras vidas sin asegurar contra el olvido,

“auxilio en carretera, presupuestos sin compromiso”.

Sé que lo llevaron a un desguace de Vallecas que se ve desde la M 30.



Pedro Sáez Serrano. Elogio de la retaguardia. Ed. Calumnia. 2025

domingo, 3 de agosto de 2025

Ven



El polluelo de vencejo se había caído del nido.

Le recogimos y le llevamos a casa.


Cazamos moscas y mosquitos para alimentarle.

Era deliciosamente torpe en el suelo.

Aún le faltaban unos 15 días para poder volar y reunirse con sus pares,

quienes no dejaban de alborotar y trazar acrobacias en el cielo.

Cuando él los oía, levantaba la cabeza y se activaba, sentía la llamada de la

vida.

Mirábamos sus alas, ese entramado perfecto de huesecillos y plumas.

Nos hacía felices como a niños.


Le dije a Reig que los vencejos pasaban la mayor parte de su vida en vuelo,

sin parar un sólo instante,

que eran la más perfecta maquinaría de volar que podía concebirse.

Él dijo que los colibríes eran capaces de volar marcha atrás.

Repliqué diciendo que los vencejos follaban en el aire.

Él dijo que eso mismo hacía él de joven.


Una amiga nos pasó el teléfono del lugar donde recuperan animales.

Ayer lo llevé.

Le dije que se pasara a visitarnos, de vez en cuando,

que tendríamos preparadas un montón de moscas para él.

El chico se lo llevó por un pasillo.

Dijo que saldría adelante,

que en 15 días estaría volando para siempre en el cielo diferente de los

vencejos.


 Pedro Sáez Serrano. Elogio de la retaguardia. Ed. Calumnia. 2025

sábado, 2 de agosto de 2025

Los hermanos




Imaginad un coche bajo la lluvia de febrero

del cual se baja un hombre inexplicable.

Ha realizado un viaje a un cementerio

de un país abrumado por la lluvia.

Ve multitud de compatriotas yermos

(españoles de andrajos y alpargatas,

milicianos de llanto y de cebolla).

Oye voces negras,

palabras invernales,

llanto de ruedas y de madres.


Quizás alguno de esos hombres podría dispararle,

si descubriese,

de repente, su desarmada identidad,

aunque desde el desapego por uno mismo

no la quiere,

ni la esconde.

Imaginad que bajo la lluvia de febrero

ese hombre se acerca a las dos muertos.

Porque allí yacen su madre y su hermano recién muertos,

acogidos por la arcilla del destierro,

algo tan común para poetas españoles*.


Su hermano se llama Antonio.

Él se llama Manuel.

Su hermano es el mayor poeta de España.

Él es el mayor poeta del alcohol.

Algunos dicen que malo,

otros le atribuyen fascismos.

En realidad, ni una cosa ni otra.

La guerra le puso en ese lado,

ese territorio imperial y podrido.

Como poeta es inmenso.

No tan grande como Antonio,


pero digno de perdurar en nuestros labios.

Y lo hace amargamente.

La lluvia sigue.

Hoy llueve sobre Francia sin consuelo.

Frente a las tumbas de Collioure,

Manuel Machado, pensativo, errado,

enciende un cigarrillo tembloroso.

Siente sobre sus hombros la muerte de su gente.

No tiene miedo a que le maten,

nada importa eso.

Llueve sobre sus hombros escindidos

que anhelan el abrazo del hermano.

“Que la tierra extraña te sea leve.

Nunca más jugaremos en un patio”.

Imaginad que sube al coche negro,

que regresa a su destino poco noble,

que no tiene valor para ser enterrado cerca de su infancia.



Pedro Sáez Serrano. Elogio de la retaguardia. Ed. Calumnia. 2025

Fotografía de Manuela Parra

viernes, 1 de agosto de 2025

Campamento de verano



Soy un pobre tonto que quería de pequeño ser balcánico,

haber nacido muy lejos de mi casa,

tener una cartera repleta de regalos,

jugar al básket en hermosos campamentos

y casarme con la monitora de gimnasia.

¡Mirad cómo camina hacia la arena

con sus lánguidos pasitos irisados¡

El vello rubio de sus muslos, manchados de salitre,

la hacen diferente,

las mangas remangadas de sus brazos son eternas flores,

y el pañuelo en la cabeza enmarca

un rostro que ahora rememoro.

Era en Huelva,

yo no era mayor que una palabra,

vivíamos como sioux en tiendas de campaña,

nos arrendaba el mar sus vendavales,

la noche sus chicharras,

y poníamos entusiasmo a todo lo que hacíamos.

Nunca otro verano vino a herirnos tan de veras,

a hacernos daño en la mirada,

a crecernos de golpe a mil edades,

a darnos para siempre algo tozudo:

el haz y el envés de la belleza.

Ella me sonreía especialmente

y una tarde me llevó de la mano todo el camino hasta la orilla.

¡Miradme, amigos, soy el rey del mundo,

tan alto como estrellas,

tan sabio como Sócrates¡

La chica elegida me ha elegido,

el campamento dice mi nombre,

las chicharras cantan esta dicha.


Huele a brisas meridianas,

a agujas de pino verdes,

a infinitos veranos.


Aquella noche yo esperaba su regreso,

su mano perfecta regresando a mis dedos,

(los huesos, los tendones, parecen siempre tan delicados).

Luego supe que la inocencia de un cuerpo

duele más que las mentiras:

sus heridas son indescifrables

y provocan una desolada ternura.

Después de la cena quise irme con ella,

y que me llevara muy lejos,

un viaje hacia sus muslos,

un viaje submarino;

pero un monitor vestido con bombachos

la tomó de la cintura y la llevó hasta su guarida

con un gesto que creí mal ensayado.

Allí desaparecieron entre risas.

Los oí follar toda la noche.

El lento camino de regreso hacia mi tienda

me enseñó que el amor es una historia

con variables planteamientos,

y tiene estas cosas:

un misterio ambiguo,

una soledad sin aire

y el sabor suicida de la muerte.

Caminé ensimismado hacia la playa,

soñé futuros veranos insondables,

que regalarían aventuras fascinantes,

vestidas de misterio;


lancé piedras al agua,

pise algunos papeles,

lloré sin lágrimas.

Huele a brisas meridianas,

a agujas de pino verdes,

a infinitos veranos gastados

en mirarte.



Pedro Sáez Serrano. Elogio de la retaguardia. Ed. Calumnia. 2025