LAZARILLO
No hay lenguaje
humano que traduzca tu bondad.
Todo el amor y
egoísmo de tu rastreo
era de un asombro
anterior a la palabra.
El niño estaba más
cerca de ti que de los hombres,
aunque cuando tú
naciste el niño ya se había ido.
Te convertiste en el
camino de regreso a casa,
perro-umbral de la
infancia.
Ahora, cuando la
mañana
retira a la carretera
su sábana negra
y deja a la vista
animalitos
atropellados
me duelen a través de
ti.
El limo de tu tiempo
de marismas
se tragaba tus
carreras,
ibas camino de la
isla de mis muertos.
Al llegar cerré tus
ojos.
Desde entonces veo menos.
PARAÍSO PERDIDO
El paraíso siempre
está enfrente.
Cuando cruces al otro
lado
lo verás en la orilla
que dejaste atrás.
Un día el mar me dijo
que no saldría.
Si alguna vez te
atrapa el limbo
de una resaca
atlántica
no luches. Esa es la
paradoja.
En un instante
inesperado oyes un crac
y la grieta se abre.
La luz de tu tiempo
se derrama a uno y
otro lado.
Ya no estás en
ninguna parte.
Pensé en dejarme ahí
para siempre,
morir desnudo en el
mar del que nací
era un cierre
demasiado hermoso,
pero la mirada verde
que amo
aún nadaba conmigo.
«No es el día de disolver
nuestros nombres en
el agua».
Entonces vi la orilla
imposible
y tuve la primera
visión del niño,
pero no estaba en su
lugar
sino en la playa del
terror climático.
Paraíso paraíso dice
el mundo
y cuanto más lo
repite menos es mi casa.
Cuántas cosas se
piensan
cuando se piensa en
lo inevitable.
Tanto amor para no
saber amar
y tanta fuerza tiene
que
no fue nada
extraordinario
salir de allí
que el día siguiera
como antes de aquel
baño.
El destino nunca es
el paraíso
sino volver a casa.
CUANDO HABLO DE MÍ SOY OTRO
Tú estás en un lugar que
ya no existe
en una noche de Reyes
como esta
—qué átomos de ti residen en mí—.
O será que el futuro va
detrás,
mano invisible me empuja
al pasado
y empiezo a
distinguirte.
El otro, mi niño de amor
asilvestrado,
con piedras y visiones
sin nostalgia.
La ilusión es negra,
bien que lo sabes,
y en nuestro silencio
siempre está el mar.
Echaste raíces en otros
cuerpos
y te inundó el caudal de
lo desconocido.
Llegado el momento
comprendiste
que ya nunca serías
plenamente feliz.
Ay, pero la ternura
cuántas cosquillas me hace
con sus caricias de
bondad o deseo.
Casa caliente, campana
de risa.
Todavía las llamas
seguirán ardiendo en
algún lugar
abandonado. Isla de
palabras
alambre de la belleza
intuitiva
para ser uno más en un
mundo de muertos.
Quería decir cuerdos.
No. Quise decir muertos.
Suplico en el laberinto
del tiempo,
yo que soy cuanto
pudiste aprender,
cómo saco el cristal de
mi garganta
que me impide cantar
porque cada amanecer
es un hijo que muere
antes de haber nacido.

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