documentos de pensamiento radical

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jueves, 28 de enero de 2016

RE-CUERDAS




Con ocho años mi madre me matriculó en el Conservatorio de Música. Cada tarde, después del colegio, me encerraba en mi habitación para estudiar solfeo, canto y guitarra. Así estuve semana tras semana, mes tras mes, año tras año.

Un día, mi hermano, cinco años menor que yo, se empeñó en quedarse conmigo para escucharme. Se sentó en la cama y, embobado, permaneció allí hasta que acabé mis prácticas, dos horas después. Al día siguiente hizo lo mismo, y también el resto de los días. Prestaba tanta atención que incluso se aprendió las lecciones. Como si fuera mi fan número uno, me pedía entonando la melodía de la partitura: “Toca esa de ni, no, na, na, na, ni, ne, ni, no, na, na, na, ni, na”. Entonces, guitarra en mano, yo tocaba y él disfrutaba las piezas casi más que yo.

Después de seis años dejé mis estudios en el Conservatorio, pese a que la pasión por la música continuaba dentro de mí. De hecho, varios años después seguía dedicando tiempo a la expresión musical. A los veinte, más o menos, dejé de tocar con asiduidad. Aún conservo aquella guitarra flamenca Admira mod. “Sevilla”, que ya tiene el puente algo levantado y sus cuerdas, por mucho que las cambie y las afine, ya no suenan igual.

Mi hermano es hoy guitarrista, dice, gracias a aquellas tardes que pasábamos entre bemoles y silencios. Ahora es él quien me regala sus melodías.


María Carvajal. En: Un minuto de ternura. Selección y edición de Uberto Stabile. Ed. Baile del Sol. 2015




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