Escasez
y auge de la ultraderecha
Ahora
deberíamos volver al “¿me estás diciendo que sobran mil millones de negros?”
que fue casi nuestro punto de partida. Pues, como señalan diversas autoras y
también entre ellas Eliane Brum o Yayo Herrero, la anticipación de escasez
está relacionada con la emergencia y el auge de la ultraderecha de corte
racista, antiecologista, homófobo, misógino y machista, “porque se empieza a
advertir que el modelo de privilegio, donde existen países, territorios o
núcleos de población que sobreconsumen muy por encima de lo que les tocaría, es
porque hay, obviamente, otros territorios que son saqueados” (Herrero). Daniela Zyman introduce el concepto de Silicon
Reich: “Asistimos al colapso de una forma de vida que se ha vuelto
insostenible, llámese globalismo neoliberal, capitalismo extractivo o
modernidad neocolonial. Y la derecha lo sabe. La Nueva Derecha intelectual, el
Silicon Reich, la clase tecnoautoritaria, entienden lo que pasa a la
perfección. Sus soluciones son terroríficas: cerrar fronteras, esquilmar
recursos, desmantelar gobiernos, aplastar la disidencia, privatizar los bienes
comunes”.[1]
El
auge de la ultraderecha es una reacción distópica frente a la crisis ecosocial
y al decrecimiento material global:[2] estos
sectores sociales deciden desprenderse de la igualdad moral y afirmar, como
Trasímaco, el derecho del fuerte a dominar al débil.
Y el discurso
que de alguna manera señala o criminaliza a la población migrante, que señala a
las mujeres que, de repente –dicen– “quieren hacer lo que no les es propio”,
está detrás de toda esa conciencia ya de límites. Es decir, ahora, para
mantener las tasas de ganancia del capital de determinados sectores, hace falta
expropiar o expulsar a sectores cada vez más grandes de población. Así, el
discurso de la ultraderecha (al menos aquí en España) trata de capitalizar el
descontento de un montón de varones forjados en la masculinidad heteronormativa
y convencional que no tienen trabajo, y que padecen una auténtica falta de
autoestima porque lo que se supone que les era propio y que marcaba su éxito
como hombres no lo pueden cumplir.[3]
Sólo
cabe plantear una disminución del consumo, un modelo de austeridad no
represiva, planteando al mismo tiempo la redistribución del ingreso y la
cuestión de la propiedad desde una posición fuerte de igualdad social. Y
esto, ya lo sé, son palabras mayores.
Consideraciones
penúltimas
Recordemos
siempre que no cabe pensar sobre abundancia y escasez sin supuestos normativos
y valorativos.
Peter
Sloterdijk sugiere que, en vez de considerar que los ricos deberían compartir
más, uno debería aplicarse a desear menos.[4]
¿Cuesta tanto asumir las dos orientaciones a la vez? El elemento epicúreo y
ascético del ecosocialismo no debe nunca eclipsar el elemento igualitario.
Epicuro y Espartaco, même combat.[5]
“La
escasez de recursos obliga a la abundancia de sentido”, dice el arquitecto
chileno Alejandro Aravena. Sociedades frugales, con un uso autolimitado de
energía y materiales y espacio ecológico, no tienen por qué ser culturalmente
pobres, como ha señalado Joaquim Sempere en más de una ocasión. La complejidad
cultural no va necesariamente de la mano de la complejidad económica.[6]
Podríamos entender (con Arne Naess) la frugalidad como la cualidad de una
vida rica en logros de valor intrínseco, aunque simple en los medios utilizados.[7]
No
debemos olvidar nunca la lección de la antropología (social y filosófica):
abundancia y escasez son esencialmente nociones relativas. Más allá de la
satisfacción de las necesidades humanas básicas, la riqueza o la abundancia no
es un hecho social objetivo; es una relación entre medios y fines. Si cambian
las metas humanas, una situación de escasez puede tornarse en una de
abundancia. Si cambiamos los fines (si “cambian los dioses”, diríamos con
Rafael Sánchez Ferlosio), podemos ir hacia formas de riqueza diferentes, de
hedonismo frugal o de “lujosa pobreza”.[8]
Escribí
en mi libro Otro fin del mundo es posible: ¿escasez de energía y
materiales? Sí, relativamente. Sólo si la escasez en cooperación, solidaridad e
igualdad nos impiden ajustar nuestras expectativas y deseos a lo biofísicamente
posible. Ésas son las escaseces últimas que amenazan con acabar con nuestra
civilización y precipitarnos al colapso ecosocial.
Salvo
en situaciones extremas (que comprometan la satisfacción de las necesidades
básicas), si hay amor, no hay escasez. Si hay comprensión y conocimiento
compartido, no hay escasez. Pero en cambio la antropología dominante –el
maldito Homo economicus– vuelve escasos incluso los bienes más
abundantes, como el agua o la arena.[9]
La
abundancia no es una cuestión de acumular bienes o acaparar territorio: es un
asunto de amor. No prosperamos cuando atesoramos dinero, sino cuando
compartimos (y esto, además, está profundamente inscrito en nuestra naturaleza
de simios supersociales). Éstas son verdades económicas básicas. Pero que ni
siquiera reconozcamos estos asuntos como pertenecientes a la economía nos da la
medida de nuestro extravío…
Nos
resulta antipática la idea de autolimitación, pero sin ese movimiento no hay ni
vida ética (autolimitarme para que pueda existir el otro) ni sustentabilidad
(ha de haber un mañana). No se puede obviar el elemento ascético del
ecologismo… Recordemos: lo que es abundancia para el asceta resulta escasez
para el despilfarrador.
[1] Daniela Zyman, “Diseñar un
planeta en transición”, Icon Design 17, verano de 2025, p. 20.
[2] “La contradicción entre el
capital y la vida que los ecofeminismos denuncian desde hace decenios se
expresa de forma cada vez más violenta. El decrecimiento de la materialidad de
la economía no es tanto una opción ética como una necesidad. Se sostiene en
datos. Atajar el calentamiento global requeriría dejar de quemar combustibles
fósiles, contraer la escala de la actividad pesquera, de la ganadería
industrial, de los extractivismos energéticos, minerales o hídricos, reducir el
regadío en zonas de secano… Todas esas actividades, además, son penalizadas a
escala global —y de forma más intensa en unos territorios que en otros— por el
declive de la disponibilidad de recursos fósiles y minerales.
La cuestión es cómo se
aborda la contradicción capital-vida. Grosso modo, hay dos formas de
hacerlo. O se recorta por el lado de la vida o se apunta a una transición
ecosocial justa basada en la suficiencia, la redistribución y la garantía de la
vida decente para todas las personas. Para hacer este segundo camino, no hay
atajos. Se requiere una transformación colosal que algunos sectores dan por
perdida de antemano, aunque, en realidad, no se haya intentado. Ésa es mi
opción.
Si prima la primera, la
crisis ecosocial se gestiona con lógicas capitalistas. Quien puede pagar,
merece lo que desea y quien no, se aguanta sin lo que necesita, ya sea
vivienda, luz o alimentos suficientes y de calidad. Bajo esta lógica, parte de
la población es tratada como humanidad sobrante. Ello exige construir una
visión deshumanizada de aquellas personas a las que se quiere excluir.
La ultraderecha subhumaniza
de forma explícita. Su auge es una reacción distópica a la crisis ecosocial y
al decrecimiento material global. Algunas de las profundas fuerzas
estructurantes de la sociedad (culturales y mediáticas, económicas y políticas)
están desplazándose hacia ese polo. Cuanto peor se percibe o se imagina la
crisis, mayor es el atractivo de los chivos expiatorios. El fascismo del siglo
XXI es una propuesta capitalista de reorganización material y política que se
realiza desde visiones racistas, misóginas y coloniales. El punitivismo y la
represión constituyen el principio de precaución contra la aparición de las
resistencias que, sin duda, surgen y crecerán.” Yayo Herrero, “La emergencia de
la ultraderecha”, La Marea, 2 de octubre de 2024; https://www.lamarea.com/2024/10/02/la-emergencia-de-la-ultraderecha-yayo-herrero/
[3] Herrero, Ecofeminismos,
op. cit., p. 103.
[4] Peter Sloterdijk, “Las
clases medias insatisfechas son la fuerza impulsora de las revoluciones”
(entrevista), El País, 14 de julio de 2024.
[5] “La posesión de las
mayores riquezas no resuelve la inquietud del alma ni da origen a ninguna
alegría extraordinaria; ni tampoco lo hace el honor de las multitudes, ni
ninguna de las cosas que surgen de los deseos incontrolados”. Epicuro, Sentencias
vaticanas 81. En Cartas y sentencias, Olañeta, Palma de Mallorca
2007.
[6] Véase por ejemplo Joaquim
Sempere, La Tierra exhausta. Conversaciones sobre crecimientos y colapsos, Pasado
& Presente, Barcelona 2024, p. 110-113.
[7] Alicia Irene Bugallo,
“Prólogo” a Naess, Ecología, comunidad y estilo de vida, Prometeo,
Buenos Aires 2018, p. 20.
[8] Emilio Santiago Muíño,
“Será una vez Móstoles 2030: una prefiguración utópica de la transición
ecosocial”, capítulo 11 de José Albelda, J.M. Marrero y José María Parreño
(eds): Humanidades ambientales: pensamiento, arte y relatos para el Siglo de
la Gran Prueba, Catarata, Madrid 2018.
[9] Cf. sobre esto el capítulo
–muy hermoso– “Las Tres Hermanas” en Una trenza de hierba sagrada de
Robin Wall Kimmerer (sobre todo p. 153-156).

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