O amor permanece, mesmo quando se vai. Como o ar que
se respira e nos mantém vivos. Não o vemos, mas sentimo-lo,
percebemos a sua clara existência. Como o trenó que desce
a montanha, onde Marie, levada pelo arquiduque seu primo,
treme assustada enquanto ele lhe grita Marie, hold on tight1,
também o amor no seu zénite, no alto cume, deixará as marcas
da sua presença e da sua partida. Dali saímos, dali sairemos
outra e outra vez; e nunca saberemos aonde vamos. Sabemos
contudo que não há desamor. Mesmo quando passa, o amor
permanece – e é fresca a sombra do seu espírito, e amável
para sempre. Para sempre escutaremos o vibrar de asas desse
anjinho audaz, impenitente.
Podemos sobre ele escrever um poema. Ou trinta. Ou nenhum.
Mas em todos os poemas, escritos e por escrever, invariavelmente
pulsará o espírito do amor, neles a pairar como
um deus sobre os corações e as almas. Ainda que o poema fale
de guerra, de tristeza, de tragédia ou de perda, sempre e para
sempre adejará nele o amor o seu invisível voo. Ponto é que
o poema seja poema, não um desses estranhos balbucios pretensamente
agendados ao sabor das modas, esses tantos que
enchem e enxameiam o grande nada literário em que os tempos
são pródigos. Aí falhará o amor, ou será espúrio, menos
que débil, falso, impuro. Quem não ama, quem jamais amou,
incapaz é de sentir o poema, qual seja.
Amaremos até morrer. Amaremos quem alguma vez nos
amou, amaremos o vento, a paisagem, os difusos perfumes da
névoa, a distância que há para lá do mar. Amor como verdade,
como artista imorredoiro de toda a cor, como pátria que é ou
foi nossa um dia. A sua expectativa ou a sua recordação já se
nos impõem, ainda se nos impõem. Por igual a esperança, a
crença na sua realidade maior do que os sonhos.
A cada salto do trenó poderei dizer-te: Marie, Marie, os
teus olhos brilham como os horizontes, abraça-me, Marie,
hold me tight, talvez nos beijemos ao chegar ao sopé, talvez,
ninguém sabe, o mundo por vezes é obscuro e a sua escuridade
entristece os nossos sentimentos. Já viste a Lua? Por vezes
estremecemos ainda mas as ruas são outras já, os caminhos
desconfluíram, as cidades apagaram as suas luzes, aquelas
que supúnhamos acesas somente pela nossa e para a nossa
presença.
Eis pois o amor saltitando em nossas vidas a vida toda.
Ei-lo pois nos modos, nos sentimentos, nos olhares, nas melancolias.
Não me perguntes, Marie, escuta apenas. Melhor,
sente apenas. Pousará sobre nós as suas magníficas simples
asas, Marie. Por muito que seja vazia a terra, cruel Abril, percebê-
lo-ás nos silêncios inecessários, no gotejar dos dias, a
cada ressalto do trenó, Sentirás o seu sopro à chegada a cada
cais. Marie, Marie, hold on tight.
E ainda o sentiremos quando se separarem os que eram
unidos por algo maior que eles próprios, como se separaram
as águas e as terras e no entanto não vivem Terra sem Água
nem Água sem Terra; ou se separaram o Fogo e o Ar e todavia
permanecem no inevitável enlace para que sobrevivam,
um e outro. E se separaram os altivos seres que eram Luz e
Auge, when we two parted in silence and tears, half broken-
-hearted.2
E recordaremos para sempre esses dias e as coisas-palavras
que se foram com eles; e sempre para sempre permaneceremos
em tudo o que ficou.
2025, F. C.
EPÍLOGO
El amor permanece, incluso cuando te vas. Como el aire
que respiramos y que nos mantiene vivos. No lo vemos, pero lo sentimos,
percibimos su clara existencia. Como el trineo que desciende
de la montaña, donde María, llevada por su primo el archiduque,
tiembla de miedo mientras él le grita: «¡María, agárrate fuerte!».
Así también el amor, en su cenit, en la cima, dejará las huellas
de su presencia y su partida. De allí partimos, de allí partiremos
una y otra vez; y nunca sabremos adónde vamos. Sabemos,
sin embargo, que el amor no falta. Incluso cuando se va, el amor
permanece, y la sombra de su espíritu es fresca y hermosa
para siempre. Para siempre oiremos el aleteo de las alas de ese
ángel audaz e impenitente.
Podemos escribir un poema sobre él. O treinta. O ninguno.
Pero en todos los poemas, escritos y no escritos, invariablemente
el espíritu del amor palpitará, flotando en ellos como
un dios sobre corazones y almas. Incluso si el poema habla
de guerra, de tristeza, de tragedia o de pérdida, siempre y para siempre el amor se elevará en su vuelo invisible. La cuestión es que
el poema debe ser un poema, no uno de esos extraños balbuceos pretenciosamente
programados según los caprichos de la moda, esos tantos que
llenan y pululan en la gran nada literaria en la que los tiempos
son pródigos. Allí el amor fracasará, o será espurio, menos
que débil, falso, impuro. Quien no ama, quien nunca ha amado,
es incapaz de sentir el poema, sea cual sea.
Amaremos hasta morir. Amaremos a quienes nos amaron,
amaremos el viento, el paisaje, los perfumes difusos de la
niebla, la distancia que se extiende más allá del mar. El amor como verdad,
como un artista inmortal de todos los colores, como una patria que es o
fue nuestra algún día. Su expectativa o su recuerdo ya se impone
sobre nosotros, aún se impone. Igualmente la esperanza, la
creencia en su realidad, mayor que los sueños.
Con cada salto en trineo puedo decirte: Marie, Marie,
tus ojos brillan como el horizonte, abrázame, Marie,
abrázame fuerte, tal vez nos besemos al llegar abajo, tal vez,
nadie lo sabe, el mundo a veces es oscuro y su oscuridad
entristece nuestros sentimientos. ¿Has visto la luna? A veces
aún temblamos, pero las calles son diferentes ahora, los caminos
se han bifurcado, las ciudades han apagado sus luces, aquellas
que suponíamos iluminadas solo por nuestra y para nuestra
presencia.
Aquí está, pues, el amor saltando en nuestras vidas, toda nuestra vida.
Aquí está, pues, en los modales, en los sentimientos, en las miradas, en las melancolías.
No me preguntes, Marie, solo escucha. Mejor aún,
solo siente. Sus magníficas y sencillas
alas aterrizarán sobre nosotros, Marie. Por muy vacía que esté la tierra, cruel abril, la percibirás
en los silencios innecesarios, en el goteo de los días, con
cada sacudida del trineo. Sentirás su aliento al llegar a cada
muelle. Marie, Marie, agárrate fuerte.
Y aún la sentiremos cuando aquellos que estaban
unidos por algo más grande que ellos mismos se separen, como se separaron las aguas y las tierras,
y sin embargo la Tierra no vive sin el Agua,
ni el Agua sin la Tierra; o como se separaron el Fuego y el Aire, y sin embargo
permanecen en el abrazo inevitable para que puedan sobrevivir,
ambos. Y los seres orgullosos que eran Luz y
Cima se separaron, cuando ambos partimos en silencio y lágrimas, medio destrozados,
con el corazón roto.²
Y recordaremos para siempre aquellos días y las cosas —las palabras—
que los acompañaron; y por siempre jamás permaneceremos
en todo lo que queda.
2025, F. C.
Fernando Cabrita As Trinta Parábolas do Amor Imperecível. Colecção: On y va, Poesia. 2025
www.onyva.pt

No hay comentarios:
Publicar un comentario