como
Virginia cuando lloraba agarrada a la roca selénica de la bahía de ST. Ives en
la costa de Cornualles imaginando al Sr. Ramsay tocando el piano en el faro de
Godrevy el doce de agosto de mil ochocientos ochenta y dos.
XII
Los
imperios nucleicos que nos atenazan
se
acercan a primaveras tropicales
cálidas
avanzadas que irradian la esperanza
ellas,
puede ser que la perdieran
entre
tanto fuego, tanta luz
el
arrastre de torrentes y lodos
pero no
puede ser que se rindieran
ellas
saben lo que es la vida
son
estrellas que no se quiebran en el cielo
próximas,
hermanadas, ascetas
corifeo
azul luminoso himno
en el
manto del imponente proscenio
las
estrellas no se quiebran, anudadas en su halo
ese
celeste cúmulo de átomos sedentes
que
aparecen cruzados, fantasmales
noche
tras noche mueren en la sedosa ninfa.
No hay
gritos ni llamadas, ni sometida paciencia
no hay
heridas ni cortinas de humo,
no hay
esperas, porque esperar es morir
no
tener nada, estar solo y furtivo
persigue
agotarse en el vuelo
y caer
al vacío renovada
el
retorno al paraíso del recuerdo ajeno
en
cábalas de vuelo, esquivas historias
en
cromáticos e irisados materiales mitóticos
es la
infancia necesaria pero robada
sustraída
a los dioses más coléricos
el
alarde de la sombra precisa para vivir
es la
espera; muerta, deseada, perdida
lo
último que hay por decir
porqué
fueron gusanos y ahora diosas.
Alberto Gil-Albert. La historia de las orugas. Ed. de la Era, 2022

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