III
Deseamos este engaño en que
vivimos
como el reflejo en la cueva
primitiva
danzamos como si la sangre
no fuera nuestra
fuera de los dioses y los
mártires
de los pálidos primates que
padecen
la lluvia diurna, el tamiz
húmedo
la aguda percepción de los
sonidos
el rojo tiritar de las
serpientes
porque nos domina la danza
de los ojos
el tensar cada uno de los
músculos
el oler el salitre entre los
poros
para no ser vistos en la
caza del fiero oso
en la persecución del
antílope que cabalga
en la huida rotunda entre
las ramas auxiliares
nos hacen creer que los días
nos importan
ni el recuerdo de los días
tan siquiera
nos merece el movimiento de
los labios
es el ruido del susurro y la
condena
sordo ruido e impenitente el
de las ranas
croando espesas en el lago
estigio
riéndose de lo oscuro y de
lo vivo
saltando todas al unísono
siendo poderosas arcas de
Noé
en el sacrificio de lo
dicho, lo escrito
abominamos de nuestros
arboles ancestrales
en los que encaramados
admirábamos la tierra
sobre la que al final
depositaríamos los pasos
al principio temerosos del
acoso del tigre
hasta que cobraron la
destreza humana
primero para la huida,
después para el ataque
esa sangre original que
bebimos como alimento
mordiendo los huesos en su
médula
rotos por la piedra anónima
al nacer
que fue herramienta, arma,
inteligencia
nosotros así nos convertimos
en el horrendo despertar del
nuevo día
y empezó a contarse desde
entonces
para formar parte de la
tribu
la oración oculta, la
escrita memoria
pero la vida no importa,
importa el comercio
el de los cuerpos y las
almas
el comercio de la miel en
los panales
el de las esdrújulas sombras
en verano
el de la soja bajo el
confundido viento
el de la niebla sobre la
tierra de trigo
el de la cruz que nos convierte
el de los cielos de hielo
el de la gota en la gravedad
cautiva
el de la grieta en la tierra
el de los ruidos del
cementerio

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