documentos de pensamiento radical

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miércoles, 17 de febrero de 2016

MATRIMONIO Un poema de Rafael Cadenas

MATRIMONIO

Todo, habitual,
sin magia,
sin los aderezos que usa la retórica,
sin esos atavíos con que se suele recargar el misterio.

Líneas puras, sin más, de cuadro clásico.
Un transcurrir lleno de antigüedad,
de médula cotidiana,
de cumplimiento.
Como de gente que abre a la hora de siempre.

Rafael Cadenas (Barquimiseto, 1930)

5 poemas de LA ISLA DE CAMARÓN

  



EL BAILE RUSO

Juan Vargas Monje lo tenía muy claro
que el cante largo, y el toque virtuoso,
convertían al cante jondo en folclore.
 
Que la dicción del cantaor,
convertida en locución de telediario,
mata el melisma.

Que el abuso del baile
alargado estéticamente hasta la extenuación
de cualquier reloj,
completa el horario político del teatro.

–A veces es lo más bello... y de repente
la cosa más fea del mundo– decía el Negro de París
saliendo del teatro Calderón.

–¡No somos rusos,
ni hay repertorio para tanta gente!– gritaba uno.

Obsérvense siempre los rostros de la comparsa
están mirándose entre ellos, perdidos,
esperando a que todo pase.

Y había que ver al Negro de París
corriendo detrás de Juan, queriendo ser su amigo. 




LAS ACADEMIAS

Vicente Amigo no sabe si sus amigos
son suyos o son amigos de su guitarra.

El zapateado en grupo siempre es mareante
(un futurista comparó el sonido a una metralleta
y todavía algunos creen que es un piropo).

Y las guitarras cerdeando dan dolores de cabeza.
Pero hay que vender más cuerdas del gato negro.
Así se viste una casa, con el mueble de la guitarra.

El hombre necesita siempre tener un objeto para ser.
Y el cantaor  sale perdiendo artísticamente
porque ¿qué mérito va a tener una persona
que no carga con nada,
ni se acompaña de tinglados técnicos...
 y que encima lo único que gasta es el aire,
que entra y sale de los pulmones.

–¡Pulmones tiene todo el mundo!– gritaba un cojo.




CALENTANDO MADRID

El Negro del Puerto de Santa María
calentaba bien la guitarra, venga y venga,
hablaba más de una hora
antes de comenzar la media granaína.

No se callaba nunca, era como el Negro de París.
Hasta coincidieron los dos en los madriles,
dando vueltas, calentando Lavapiés.

–¡Eso no puede ser verdad porque...!
– dijo uno que tenía un disco.

Pues sí que coincidieron, y formaron catoblepa
desde Antón Martín hasta Iglesia. Iban fumando
y bebiendo, navegando por la calle de Alcalá, 
subidos los dos en un velero 470
que era remolcado por un renault pleinair.

El Negro de París había instalado en el barco la radio
de un coche, con una cinta del Negro del Puerto dentro.
Y allí iban los dos dando vueltas.

Hacía buen día para navegar... no me preguntes
cómo la batería del barco no se mojaba en el alquitrán

ni cómo Madrid ha impuesto una forma de cantar. 




DESDE LA POLIS

El arte jondo es urbano
y anécdota de falsos cronicones
que adoran la prótesis de la guitarra
y meten la voz en discos de cartones.

Las gramolas tienen vida propia
y recorren impenitentes las corralas,
casas solariegas, restaurantes, embajadas,
hasta la novela  La Colmena,  que así arranca
con un gitanito que está muy visto...
pero la guitarra dichosa  ha estado ausente
en los lugares  pobres, aislados,
que no tenían ventas ni bares, entonces
¿por qué ocurre la música sola?

– Porque el flamenco es la música maltratada –
dijo el Sobri– y ha tenido que resguardarse...
por eso se conservan destellos, fogonazos...
¡escombros!




CÓDIGO DE BARRAS

El flamenco hay que consumirlo
tenemos que usarlo, en una audición
íntima o colectiva, laboral o diletante,
o tomando las aguas anfetamínicas.

–Yo canto mi flamenco, que no el tuyo –
dijo Imperio Sevilla entonando
su ebrio de no tener poder sobre nada...

No podemos estar siempre pendientes
de las copias ilegales
de las tres cintas negras de el Camarón.

Debemos invertir en el flamenco
gastándonos el dinero, comprando música,
celebrando el apoquinalipsis del parné

Ahora el flamenco hasta se ve, mira
las fotos postizas de el Torta en movimiento,
en su deuvedé... hasta Blanca Li saliendo
como una lagartija entre la neblina de acantos
de la Alhambra de Morente.

–¡Oiga, ... usted consume flamenco?
–Pues sí, tengo un disco con una errata preciosa
 en la portada... donde pone "Terrremoto"
con tres erres, anda.



David Pielfort. La isla de Camarón. Ed. Germanía, 2013

martes, 16 de febrero de 2016

UNA MÚSICA CUALQUIERA





El cantactor debe llevar un asesor en performance
alguien en el acto flamenqueante
porque la liberación de la música
le mete fuego al dinero,
y al día siguiente de la actuación
ya no queda nada de la anarquía artística
ni liquidez,
ni monedas en el envoltorio del pañuelo. Efectivamente.
 
La fiesta acabó y el cantactor no ha cobrado
esquiva al perro arbóreo de la puerta museofilial
buscando al curator, que no aparece.
Nadie quiere saber nada de nadie.

A las tantas de la noche
los faros de un coche llegan
hasta el edificio de titanio.
El cantaor se deslía levantándose rápido
se oyen lejanas telefonías de servicio,
a través de la cerradura se vislumbran sonidos
de unos pasos: –¿No te dije que vinieras el lunes?
–Ya estamos casi casi en el martes.

El cantactor recibe el sobre del dinero,
sin contar los billetes lo guarda, no tienta el taco, 
pero no se mueve, sin inmutarse mira al curator.
–¿Y ahora qué quieres?
–La guitarra... tiene que estar dentro.

El cantactor no se iba a ir sin la guitarra,
cruza el umbral dando saltos. Allí estaba
la guitarra, confundida en una exposición eterna:
–¡Menos mal que has venido a por mí
 – dijo una voz desde dentro– 
llevo tres días sin comer!

Se podía ver al ejecutante metido en la guitarra
encofrado en la ventana redonda del instrumento,
con las manos blancas, apretujando,
agarrando las cuerdas
como si fueran barrotes de una cárcel
de caoba, como si fueran los remos de la galera
de una música cualquiera.




David Pielfort. La isla de Camarón. Ed. Germanía, 2013

lunes, 15 de febrero de 2016

EL GITANITO EZQUIZOFRÉNICO (fragmentos)




VI


 Tarde y apretujados marchaban Terremoto y Caballero Bonald
para cantar a un festival, metidos en un seiscientos azul recalentado,
igual que un movimiento sísmico y con el hambre en cuarta.

  Se había hecho muy tarde, y el mapa de los atajos, dibujado
 con un bolígrafo de tinta verde, sobre la etiqueta de una botella
 de manzanilla, era menos legible que el tapón del líquido de frenos.

  – ¿Dónde está la maldita botella?

  – Se la habrá tragado el tío éste, que se va a morir un día
 de un berrinche – dijo una muchacha acompañante.

  – Niña, que yo sólo bebo ginebra – apuntó el Terremoto.

  – Aquí no se lee nada... y el frasco da asco, todo se ve negro.

La persiana del capó trasero rebosó de aceite,
y se abrieron las puertas del carro gitano, como alas
de humo, saliendo los cantaores del coche
tosiendo con aspavientos, y casi estirando las patas.

  – Ésta no es la botella, seguro que hemos tirado el casco
 en alguna cuneta sin echar cuenta.

        No, nosotros somos quienes estamos tirados,
falta  media hora para llegar al festival...
y otra botella, pero llena y sin mapa.

  El abuelo de la familia Churumbel andaba observando la escena,
 y se pisaba los grandes bigotes grises, corriendo en su borrico
 de cartón, y dándole vueltas al coche averiado de los artistas.

  – Kosko divus – dijo fumando un puro, quitándose el cañero
 y enseñando el cerebro a la muchacha.

  – Malas y tarde, abuelo – respondieron.

  – Pues están ustedes en un apuro, ¿echamos un fetén caballeros?

  Estaba el Viejo Churumbel en su choza de viñeta, cogiendo
 en la viña rebuscos de electrones, cuando se percató que el coche
 de los cantaores parecía un plato de cazón en amarillo, y propuso:

        Es cierto que mi braco no corta el viento,
ni tendríamos en ella los cuatro buen asiento,
y además es un borrico de cartón... ¡cojones de cantaores!
... pero como hay que hacerle caso a las melodías de los viejos,
debo decirles que en mi casa tengo un artefacto
que les llevará al deseado sitio
... y también traeré una botellita de vino.

Allá iban los cuatro hacia Cádiz dando el cante por los aires,
metidos en el canasto de un globo aerostático con parches
de esparto, dándose todos un paseíto, fumando
y bebiendo, llegando tarde a no se sabe dónde.



 VIII

Lidia la gran ciudad cateta es la cuna de los flamencos
que desafinan un montón, pero llevando siempre el compás.
Lidia la gran ciudad cateta, amanece corriendo la cortina de lunares
que separa los dos barrios, el rico y el pobre,
que son un cuarto dividido por la tienda de Enmedio.

Y el que no se emborracha en Lidia hace el ridículo.

Sus hombres nunca roncan, aunque sus voces tengan el rajo harto
de tabaco, porque apoyan  al dormir sus cogotes y morrillos
en la madera del culo de la guitarra;  reinando así sus sueños
en un tarugo, como duermen los dragones chinos
y descansan los portones de las casas en una raja y un adoquín.

  Las mujeres ponen los cafeles en vasos de tubo,
 de cubatas calientes de otros días más felices,
 rebosantes como un caleidoscopio de azúcar.

  – ¿Copio esta falseta, maestro?

  – No, los artistas no miden, y además no tengo ni un bolígrafo.

  El maestro perdió su gran tesoro al desvelar esas palabras
a su discípulo, y perdió el aguante, el aguante del dolor
que le producía remover el café hirviendo con el dedo índice.
Pero no se le saltaron las lágrimas por la escocedura,
fue porque se le despegaban de las uñas los duros del Sarasate
–el maestro se pegaba monedas en las uñas –
que cayeron al fondo negro del vaso.
Decía que le servían en el culturismo del rasgueado.

  El otoño del madroño hacía los días más cortos,
y el frescor del aire hacía  las narices más grandes.

  – ¿Puedo empinarme la guitarra, maestro?

  El maestro dio el “la”, y verticalizó el mástil acercándolo al mentón.

  – ¿Te es más fácil ejecutar con las formas de Tío Sabicas ?

        No... ocurre que con la posturita de Paco de Lucía doy el tono
bien, maestro, pero con la esclavita de oro araño toda la guitarra,
se pierde la laca y el tono de la color de la madera ya no es el mismo 
aunque me sirva para reconocer la guitarra si algún día la pierdo
y  la veo por ahí con otro tío montado en cualquier sitio, maestro.

  – ¿Qué... la cadenita... de oro?

El maestro – heredero de Rafael del Águila– apartó el visillo
de cartón bordado con lunares de cisco,
y le dio un buche a la escurridura del café ya frío.

El pequeño discípulo corría con una barbaridad de chiquillos
detrás de una canoa, liberado de sus tareas jugaba con una caja
de pescado con ruedas, el aprendiz iba corriendo, acompañando
a un carrillo lleno de chucherías empujado por una vieja.

Otros niños fumaban plajos de heroína al golpe
machacando pastillas y esnifando anfetaminas
alrededor de bidones ardiendo, cuando antes en las plazuelas
se distraían  cantando y haciendo compás.


 IX

Cuando cantaba la Piriñaca, su boca no le sabía a sangre
sino a tomate. Y es que se masca, se escupe o se traga
el picadillo de palabras con aliños cerebrales.

 Y con sal en la lengua verdugona de la sangre
de la asfixia del cante, se empuja a los bailaores
que hoy se visten de dráculas, tirando el compás al suelo,
y el Farruquito, sin dejar caer la prenda se estira
los brazos y ya está puesto el chaleco sin esfuerzo
y con posturas de corales adorna las ruedas de su baile.

 La freiduría ambulante se echa en las tablas, en la fiesta
de la bulería de Jerez, en la puerta de choqueros;
y el olor del adobo hace en el coso la presidencia de la hambre.

  – Nueve metros de cuerpo me hacen falta para reguincharme
 en el alambre del sitio de barrera – dijo Juanete.

  – ¡Nueve, menos el tendido cuatro... cinco: te la hinco! –
 respondió Tomasito con su letra de tarima, de teatro,
 de trocotrón, de toná, de taconeo, haciéndose el tonto
 y empapándose de todo, menos de vino y queso.

Sentado el súcubo de los cabales en el granito
del graderío del circo, se interrogaba:

  – ¿Será la letra “e” de espléndido?

  – Té es el agua sucia, y la “e” es un vino
 con mayúscula – respondió el íncubo de los cabales
 meciendo un quinqué  de petróleo.

  José Mercé cortó un cuarto de kilo de granaína
 se puso el traje blanco dando la espantada
 y sería un dios, porque con él apareció la lluvia
 pero duró como la nube que cantó, nada.

 Arropado con cuatro gotas y dos demonios
–que dan más miedo que uno tocando la guitarra
como si estuviera matando bichas–
Juanete el Loco Romántico le dijo al Tomasito :

   – Tú en el cante eres un polluelo sin vida.

  Y es que el flamenco no existe.



David Pielfort. La isla de Camarón. Ed. Germanía, 2013


domingo, 14 de febrero de 2016

ESTACIÓN




No hay camino de vuelta,
pero a veces, dos personas
coinciden en el cruce secreto
de un pensamiento
que solo ellas conocen,

por el puente que une
las flores del jardín de la memoria,
vuelven en estío los cuerpos desnudos
y las olas que en el mar aún se levantan.


Siguen ahí, las dos.



Antonio Orihuela. Salirse de la fila. Ed. Amargord, 2015

sábado, 13 de febrero de 2016

ESPERANZA



Enciendo un fuego
en memoria de otro fuego

pero el humo

desvela su verdad



Antonio Orihuela. Salirse de la fila. Ed. Amargord, 2015

viernes, 12 de febrero de 2016

4 poemas de EL RUIDO DEL DESHIELO de IBON ZUBIELA MARTIN






Comprendo que la mentira es engaño y la verdad no.
Pero a mí me han engañado las dos.”
Antonio Porchia
28.- VÉRTIGO

Vértigo
en la sinceridad fracasada
de mi alma
prostituida
en la rebelión
de los sentidos
mutilados de concupiscencia
naufragados por la esencia
de la cordura
vértigo
a jugar en la noche
bailándote por dentro
con la melodía
de los suspiros
coloreando el amanecer
con el sabor
de la melancolía
vértigo
a volar contigo
a ser feliz
vértigo
a tus alas
desplegadas en el hechizo
de las mareas
vértigo
en cada silencio compartido
por cada caricia derramada
vértigo
a sentir
a levantarme
añorando la ausencia
de tu recuerdo
llorando tu vacío
vértigo
a la soledad
a la coraza
que me aleja
de tu lado
condenándome
al ostracismo del vencido
vértigo
al ruido
de la lejanía
de la necesidad
de la rutina
vértigo
a la caricatura
de mis sentidos
desdibujados
en la lejanía
de la duda
vértigo
a perder
convirtiéndome en historia
deshaciéndome
en cada segundo derramado
vértigo
a la vida
a la muerte
vértigo
a no saber
vivir mi vida.





La historia es nuestra y la hacen los pueblos”
Salvador Allende


34- PRÓXIMA ESTACIÓN

Déjate llevar
por la senda del tiempo
caminando por el filo
de lo posible
déjate llevar
y descubrir los errores
que compatibilicen las debilidades
que nos hacen fuertes
en nuestras diferencias
déjate llevar
abriendo la puerta
de la esperanza
en el riesgo del dolor
con los desastres acumulados
en la piel de nuestro pasado
déjate llevar
compartiendo un futuro
creando un proyecto común
con la química
de nuestras manos
forjando los sueños
o los fracasos
déjate llevar
sintiendo los besos
las espinas
en el mapa de la concupiscencia
disfrutando los segundos
prestados a la noche
déjate llevar
más allá del final
del principio inacabado
en el conflicto de individualidades
superando los temores
de la revolución
de los ombligos
déjate llevar
sin medir las palabras
oxidadas en el recuerdo
las miradas cruzadas
en lo desconocido de la duda
analizando la inestabilidad
en la contradicción del deseo
déjate llevar
abrazada a los sentimientos desnudos
y quizá de nuevo la vida
nos sorprenda.





Entre la vida y yo hay un cristal tenue.
Por más claramente que vea y comprenda la vida,
no puedo tocarla.”
Fernando Pessoa

36- SALTO AL VACÍO

Ya se que para ti
tan solo soy
otro más
un recuerdo que coleccionar
en las estanterías
de la indiferencia
junto con los libros viejos
dejados de leer
en los poemas del ayer
ya se que tu
solo buscas
probar la superioridad
de tu sexo
sobre la técnica
aprendida con la edad
de tus víctimas
de tus palabras vacías
como juicios
sentenciando la libertad ajena
jugando con la inocencia
los sentimientos
de las marionetas de papel
ya se que buscas
apagar tu deseo
con el rojo de mis manos
probando la inmortalidad
de tus besos
en la dulzura
en la lujuria
de lo desconocido
ya se que no soy
el reflejo de tus rimas
susurrando el porvenir
con sonrisas y abrazos
ya se que no seré
tus lugares comunes
con olor a hierba fresca
derramados con las lágrimas
del tiempo
sembrando un nosotros
en la frontera de la utopía
ya se que cerrare los ojos
y ciego
caeré al vacío
con la última silaba muda
del silencio sordo
ya se que mi cobardía
o mi valentía
te abandonaran unan madrugada
con las excusas comunes
de comidas familiares
cerrando el dolor
con un portazo de mi orgullo
cambiando la quimera
por otro fracaso
ya lo se
todo lo se
pero no puedo
dejar de correr
al precipicio de tus labios.





Para ese poeta que hace canciones, Silvio Rodríguez. Un homenaje hecho con
sus canciones, desde la humildad de las generaciones que hemos aprendido
sentido y reído con su música y sus letras.

39- SILVIOTOPÍA

Esto no es una elegía
ni la historia de las sillas
o el monólogo de la desilusión
es el reparador de sueños
como un sueño triunfante
o el epistolario del subdesarrollo
porque en estos días
de cita con ángeles
de causas y azares
y fusil contra fusil
vuelve a llover sobre mojado
si seco un llanto
por eso te doy una canción
la canción del elegido
la canción de un trovador errante
en busca de un sueño
tan solo
un resumen de noticias
en el día feliz que esta llegando
por eso esta canción
es una canción en harapos
tocando fondo
es una canción urgente a Nicaragua
al mundo
es la resurrección
hacia el porvenir
sin hijo, ni árbol, ni libro
para que venga la esperanza
al final de este viaje
sin testamento
porque
el tiempo esta a favor de los pequeños
en el sortilegio de esta primavera
con diez años de menos
hoy es la víspera de siempre
una expedición al amanecer
una oda a mi generación
de días y flores sin fronteras
hoy es una carta a Violeta Parra
esa pequeña serenata diurna
de locuras anónimas
y el dulce abismo
hoy mi deber
es inventarme el fin de año
y el reino de todavía
para ir allí a donde van
las flores nocturnas
para convertirme
en el pintor de las mujeres soles
y dibujar la gota de rocío
de domingo rojo
porque aunque no este de moda
debo partirme en dos
entre el espanto y la ternura
porque en mi calle
cuando digo futuro
escribimos alabanzas
verbos en juego
de palabras sin nombre
así que respira el calendario
y vamos a andar
por quien merece el amor
porque no hacen falta alas
para ver mas allá
para soltar todo y largarse
en defensa del derecho humano
así que imagínate
compañera
que somos el necio que vive
sin tener precio
que la era esta pariendo un corazón
que solo importa lo de más
para ir del sueño a la poesía
y gritar por siempre
un ojalá.


Ibón Zubiela Martín. El ruido del deshielo. Ed. Amargord. 2015