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miércoles, 4 de enero de 2017

6 poemas de EL MARTES Y SUS HORAS de ANTONIO RAMÍREZ ALMANZA





Un placentero dolor en el pecho,
en el costado,
en las uñas y su fulgor de embestidas.
Sin verbos,
atados al vaho de los cristales,
pausados, inquietos en la penetración de la carne
y sus formas.

Un placentero dolor en el pecho.


***

La luz que entra de la buhardilla
se despliega por las paredes,
baja las escaleras,
me busca silenciosa en la cocina,
en las huellas frías del mármol,
bajo el torrente de la ducha.
Y me encuentra, talado de gestos,
quieto,
y se vuelve desalentada, oscura,
precipitando la noche.


***

Clavado a la luz de dentro
un surtidor
de lenguas
se introducen en los poros
del sueño.

Un abrazo
recoge al completo
la noche entera
y su silencio.

La respiración, quieta y dulce,
se detiene
en el umbral
de la laxitud y sus desvelos.

Todo es breve y lejos.


***


No calculé la distancia entre el color y el vacío,
ni sé las medidas de las formas,
el ruido de los comensales en su festín de mediodía.
No sé por dónde la corriente se pierde,
oculta quizás entre el tumulto de las gentes.
Supuse que la tarde era amanecida,
que confundía el esplendor del canto
con un pífano de tamboril lejano,
que lo lejano era cercanía arrastrada por la brisa.
No sé que hubo más allá de la torre,
de sus cúpulas recién enlucidas, blanqueadas,
del silente volar de las palomas y el zureo de las tórtolas.
No, no sé distinguir el horizonte azul
de la tierra calma en su choque contra el infinito.
La descarga del viento sobre las ramas,
ni el rumor de la noche cuando se aplacan los ruidos.
No sé donde estaban los surtidores de la fuente,
ni la plaza, sus bancos, el chillar de los niños,
las palmeras en huida al cielo imposible de los celestes.
Todo era cerca y lejos,
lo vago invadiendo las partes rígidas del cuerpo,
la escasa luz de la ventana entreabierta,
gorjeos de gorriones saltando en el pretil del sueño.
Todo estaba quieto y en movimiento,
surcando el abrazo único, el cuerpo tambaleante,
la cerviz caída, el cuello roto, los brazos en espiral
meciéndose sobre el pecho sin temblor.

No sé que hubo más arriba de los arboles…

No sé dónde estabas…


***

Presencia 7 

El arco de las horas transcurre 
con la lentitud precisa de un día sin sol. 
Impaciente se llenan de silencio 
las habitaciones, el rincón de los libros, 
los estantes, el velo transparente 
que arde tras las cortinas movidas 
por los resquicios de las puertas. 

No se mueve nada. 

Cubro los ojos contra la almohada 
y entre su embozo meto los brazos, 
toco el suelo, la pared, palpo la mesa, 
retiro las sábanas, las ropas que pesan 
como un paño de lana en inviernos fríos. 

No hay lugar para el sueño. 

La noche se alarga infinita y pasa 
con la lentitud en su ansía de chocolates 
y pan. 
Busco entre las sombras figuras. 
Algún movimiento del gato quieto 
sobre el cojín del sofá. 

Cierro y abro como un poseso la boca. 
Estiro las piernas, me levanto a la oscuridad 
tenue que rodea el salón 
con sus reflejos de la calle dormida. 
Enciendo la luz y es mañana ... 

¡ Qué sensación de tiempo sin labios !


***

Presencia 8 

DE cerca escucho 
la caracola 
de tu respiración. 

De lejos la brisa 
me trae las campanas 
de tus latidos. 

Y no es cerca ni lejos. 
Es dentro.


Antonio Ramírez Almanza. El martes y sus horas. Karima Ed. 2016


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