documentos de pensamiento radical

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jueves, 26 de septiembre de 2019

5 poemas de LA MONTAÑA HENDIDA de EDUARDO MOGA



VII

Llueve: veo la transparencia.
Lejos del agua, dentro
del agua,
en el agua que es vientre,
gotas como hiedra o casas.
El cuerpo habla desde sus límites:
oigo sus rodillas, el aroma
de su pudor, la violencia con que me entrega
su silencio.
El agua de la voz nos mece en un revoloteo de sinapsis
y en el patio tiembla la fuente y los sillares surten sol
y las palabras se enredan, jóvenes,
en el bronce de los arriates
y de la conciencia.
Pero, sin que lo sepamos, un calambre negro ha excitado a los animales de la carne,
y la melancolía muerde como una voluminosa flor
y las vísceras proyectan su sombra
sobre la separación.
Nazco en el desequilibrio: manos que olvidan madres
y beben oscuridad,
minutos en que irrumpe el óxido de la materia,
el difuso latido.
Soy el que ha rendido sus muros a la insidia del gemido,
el que ama sin espina dorsal,
el que padece lo débil del sueño
en las manos abatidas de la mujer
que creyó en la posesión
y en la castidad,
y se ofreció a ellas como una pupila fecunda que esperase
la última impaciencia.
¿Me pertenece su olor?
¿Me pertenece este mar que se astilla, esta vacilación,
el ojo futuro?
¿Poseemos lo destruido?
Llueve todavía.




IX

El ojo ingiere,
respira líneas:
el movimiento, como un gran animal de aire;
la sustancia del movimiento,
con llama, con frío, bronce transparente;
el icono de las nalgas: su eclosión.
La materia, paralela a todo, abrazada
a la negación y a la cerámica,
a la humedad que oímos y a la sangre abandonada,
lejana como la noche que nos respira,
invoca mi nombre,
pero solo entrega su quemadura,
su oposición a la lluvia,
su patrimonio pálido como el frío.
La mano mira, después. Y la conciencia, sol tardío,
busca los poros que contengan las palabras,
hiere la seda crural,
el pelo exigido.
Los pechos son el ojo y la imposibilidad:
incurvan lo invisible, unen
el resplandor a la forma,
se yuxtaponen como las dos mitades de un estanque mortal,
y me oscurecen, me enarenan: afirman
su vuelo.
También la vulva pesa,
como el sueño, automática,
redonda en su centro
y en su destrucción.
Muerdo entonces la esperanza, las hormonas,
los hematomas salidos de mi boca como luciérnagas contradictorias,
la tinta de la transgresión,
y la mordedura me anula:
tu cuerpo entra en mí, turbia rosa disparada,
y, con él, la risa sin pupilas, el hígado
silencioso, la inteligencia del glande,
la ceguera del glande,
la masa delgadísima del nacimiento, los pies
que conspiran, la devoción de los dientes.
Me como tus besos, tu hambre,
tu imaginación y tus tubos,
tu piel venida a mis venas,
las flechas del sexo, la intimidad
de los ojos,
la asombrada saliva.
Pero no te toco.
El cielo se esconde en mi estómago.
Fuera solo se extiende
la insuficiencia del tiempo.




XII

El sol se subleva: latido que excede al corazón.
Antes brillaba la oscuridad. Ahora la luz transpira
y crece como un pájaro inverso,
como un árbol que regresa.
Las pupilas, sonoras.
Sudan los autobuses. Negras detonaciones. Gotean
pájaros.
Todo cuanto posee un cuerpo, todo cuanto cree sobreponerse
a su ser mediante alas o hernias o putrefacción,
recobra sus pétalos crueles.
La ciudad, en cuya vigilia ha madurado el abrazo,
nos observa como un animal creciente.
En su convulsa quietud
edificios, mar, geometría—
los ojos ven ladridos, relojes
que se impacientan, la condena
de la claridad.
(La mirada vuelve a los ojos
como seres que hubieran conocido lo indómito,
alumbrados por las tinieblas,
hostiles a las tinieblas).
También la piel vuelve: a su ausencia, a la piel de la noche,
a la respiración que empaña este oro indeciso
con su vaho mortal.
Un saciado vacío sostiene los espacios que nombro
y ni siquiera los pechos, dolorosamente míos, me poseen.
Llueve lo visible,
oscuro como los pasos de las prostitutas
que vuelven a sus casas, por la mañana,
exhaustas de realidad.
¿Es este silencio el mal?
¿Vivimos en él? ¿nos maceramos en él? ¿oímos?
¿Compartes tú esta tregua
que termina, como la sangre, en cada sílaba, en cada sangre?
¿Compartes
las sombras rotas por la carne,
la soledad rota y nacida,
o te escondes en el vuelo?
¿Sientes, en fin, este caer,
esta ola inmóvil contra la inmovilidad?
El semen resbala en mis muslos, frío.
Oyes, quieta,
la huida.




XIII

La oclusión me llama, voz oscura,
insistencia oscura,
irritación de insólitos hemisferios.
Me llaman las paredes y su voracidad,
y anochezco en sus flores inflexibles,
y remonto sus prohibiciones
como si una mano sonriente y amarga
me empujara hasta el otro lado de lo denso,
y saturo el asombrado albañal,
este ahora hembra, este sol ciego
en el centro,
pero no alcanzo a traspasar su luz vacía.
Antes de amar tus heces
los cuerpos se abovedaban
para recibir la lluvia de los dientes,
se despojaban de su carne
para que fuera visible el latido.
Ahora veo tu interjección,
mis manos en tu mitad total,
la oquedad, niebla negra, en que fracaso,
la hedionda dulzura.
El dolor es un perro, el perro que soy,
el perro que sujeta tus pechos tumultuosos con sus patas humanas,
el jadeo mío y tuyo, entrelazados como palomas de barro,
el acto que extiende sobre nuestras soledades
su red violenta.
El dolor es un disparo sucísimo, un coágulo
en forma de melena.
Resido, aún, en tu colon,
en su dificultad.
Y la piel, hostil, retrocede:
se ensancha en obstáculos, dilata lo invisible,
interminablemente complace
y ofende.
Entro, salgo, también de mí, como la noche,
deprisa, como el látigo.
Y tú me recibes, cáliz sombrío,
entregada a esta candente pasividad, a la plenitud minuciosa del recibir,
hasta que una luz, dentro, justifica, con su espuma,
la ciénaga en que nos abrazamos.



XIV

Hay poca gente en la playa, aunque la arena
es profunda todavía.
El sol, el sol.
Oigo el azul,
la respiración de tu forma,
el agua, torturada en olas, desnudándose,
arrodillándose, con oscilación de miel,
retumbando como un gran torno
en cuyos engranajes reside el silencio.
Caminamos
junto al agua y su luz,
en al aire inclinado,
fingiendo que los pasos que damos
son nuestros pasos.
Tienes frío.
La camiseta que te he prestado
abre los ojos,
se desdobla en espuma,
quema como una sombra
o una honda saliva.
Luego, algas, encajamos. Tus ojos muerden el agua,
tus caderas astillan el agua,
con las manos transparentes te hundes en mí,
apagas el temblor.
Agua en pie, cielo con forma de agua,
agua otoñal y dura
en la que morimos
y nos transformamos
como pájaros ateridos e incendiados.
Observo los pinos
y su olor que cabrillea como agujas
por encima del niño que nos mira
a quien miran sus padres
trepidantes en el rojo.
No pesas. Ni el sol.
El agua recibe mi desesperación blanca
y tu ternura.



Eduardo Moga. La montaña hendida. Ed. Bassarai, 2002

























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