documentos de pensamiento radical

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martes, 24 de agosto de 2021

TOTA LA CENDRA ÉS AQUÍ - RECUERDO DE MALLORCA

 





 

Yo también estuve en El Arenal,

uno dice que va a Mallorca

pero en realidad no sale del Arenal,

porque todo está lejos del Arenal

a excepción de la playa,

los chiringos de a tres billetes la cerveza

y las megadiscos absurdas y ruidosas.

 

Mallorca es una prisión,

un viejo vapor atrapado en un puerto fantasma

y siempre llueve tras esos cristales donde tú te señalas con el dedo.

 

Estuve en Mallorca, sí, varias veces,

la mejor con un acojonado Antonio Rigo

-gracias mi niño por el aire que llevas,

por los afectos y las copas que se extienden hasta el amanecer-

que creía acudir a una cita con peligroso terrorista

enviado por oscura organización desaparecida sesenta años antes

para poner una bomba en Miravent.

 

Altos muros de la monarquía ni hoy ni ayer derribados,

desde el autobús para turistas os miro envejecer.

 

Mallorca es un delantal blanco de tres meses

para extremeños y andaluces

emigrantes ahora de primera,

un cementerio de Meharis,

una lengua de hormigón

por la que paseo con Ángel

recordando batallitas de la guerra del catorce

y cómo podríamos estar ahora

en un sitio tan poco poético

como el depósito municipal de cadáveres de Miajadas

y no camino de este chiringuito a media luz

lleno de cazadores sin dientes

escapados del último autobús del INSERSO.

 

Yo también estuve en Mallorca, claro,

búscame entre tus cenizas,

búscame en tu álbum de fotos.


 

 Antonio Orihuela. Esperar sentado. Ed. Ruleta rusa, 2019

lunes, 23 de agosto de 2021

6 poemas de SOMBRA POBLADA de NIEVES SALVADOR



 


 

Oirás hecho color, tocarás lo imposible ciego, hundido orificio volverás a ti mismo.

Francisco Pino

A Alfonso López Gradolí


 

La muerte levantó su mano me acarició las sombras, se sentó en mis rodillas,

metió su cabeza

en el vestido rojo de mi voz. Su voz me amaba y quemaba, sutilmente continuó

sin que yo le diera la espalda.


***


Dentro de la muerte ya no hay llanto, dentro del llanto ya no hay dolor, dentro de

la nada la belleza sonríe.


***


Adentro de la canción hay un vestido azul hay un caballo blanco, hay un corazón verde tatuado con

los ecos de los latidos de su corazón muerto. 

Alejandra Pizarnik



Y haremos el amor

en el azul rugido

de una noche sin cuerpo, donde las rosas han alzado sus alas silenciosas.

Penetrarás en la caracola

de mi vientre ausente

hasta que mojadas mis calles crezcan los latidos

de un tiempo perdido.


***


¿Deseamos nombrar lo que termina?

Alvaro Valverde

Me tocó tu silencio.

El calor tiene forma de nube.

La gota cayó en la boca de la silla. La llave lloró la mano.

El miedo se subió a los ojos.

Y en el tacón del mundo,

el silencio se hizo oración.


***


No sé qué tiempo hace afuera en la calle,

yo me paseo por los versos de estos poemas.

Sor Juana Inés de de la Cruz juega con el viento. De mi cajón salen sueños

lunares,

hojas peregrinas de rosas de aire.

Alimento las horas de rubios sabores,

de sonrisas de menta y de manjares.

Acaricio las palabras, las absorbo,

giran en mi interior.

Las terrazas están llenas de voces.


***


El tren se fuma

el último pitillo

ante la llegada

de la navidad. Diciembre anochece, el cielo tirita.

La tierra amanece

de pétalos blancos.

Me bautiza la nieve.

El amor, en la palma de la mano, hace que el cuerpo se llene

de invisible olvido.



Nieves Salvador. Sombra Poblada. Asociación Literaria el Sueño del Búho. 2021.

domingo, 22 de agosto de 2021

HASTA SIEMPRE

 


                                                          nuestra primera foto



y la última



 “Creo que es estúpido escribir, 

me parece mejor perder el tiempo paseando, 

fumando hachís o haciendo el amor”

Antonio Miravent. 

 

Estaba en Cáceres, tal vez la noche antes de examinarme de oposiciones.  Entre en un bar a cumplir con mi ritual nocturno y tomarme un cubata, lo de la horchata vendría muchos años después. Estaba solo, así que rebusqué de entre un montón de revistas que había en un rincón y me quedé prendado de una que me pareció radicalmente moderna, se llamaba CRECIDA. Hojeándola no me decepcionó, me encontré, entre otras maravillas, con varios poemas experimentales de Hanna Hatherly que me fascinaron casi tanto como averiguar que aquella revista se hacía en el último sitio que hubiera podido pensar: en un pueblo de Huelva. Que la vanguardia experimental fuera recogida en una revista de Ayamonte fue como una señal. No tardaría mucho en enviarles mis creaciones y, para mi alegría, que estas fueran aceptadas y publicadas… De ese tiempo recuerdo que mis contactos se limitaban a alguien llamado Antonio Miravent, así que a él me encomendé cuando le propuse publicar el libro en el que estaba trabajando, PERROS MUERTOS EN LA CARRETERA.

De ese tiempo, como el mismo Antonio escribirá en el prólogo para el libro, conservo una fluida correspondencia con él, “De todos mis amigos, con Antonio es con quien más me escribo –decía-. Con él he vuelto a redescubrir el encanto de esperar, recibir y abrir una carta.” Lo cierto es que tuvimos mucho tiempo para escribirnos, pues el libro, a pesar del entusiasmo inicial de Antonio, se demoró más de tres años en ver la luz. Creo que cogí a CRECIDA en plena reflexión sobre qué hacer con ella misma, en un tiempo en que Eladio Orta era aún cangrejo violinista, Diego González Mesa andaba peleando contra sus propios molinos y Mada Alderete era una entusiasta de lo que fuera, pero hasta ahí.

Como él mismo dice en el prólogo de PERROS MUERTOS EN LA CARRETERA, en estos últimos treinta años de amistad no creo que hayamos hablado más de media hora en total, lo que no ha impedido que a través de un elaborado sistema de gestos, abrazos, besos y sonrisas no hayamos cimentado una corriente de afecto que me gustaría pensar no cesará en esta vida. Ha sido nuestra forma de decirnos que nos alegramos de vernos y de festejar que seguimos vivos. También en lo innecesario de los prólogos, los elocuentes silencios y en el amor por las piedras, Antonio y yo siempre estaremos de acuerdo.  

En esos años de metamorfosis cultural, CRECIDA encontró su cauce, se convirtió en una pequeña editorial independiente, tal y como hoy la conocéis; y yo aún iría de la mano de Antonio Miravent a un encuentro de escritores onubenses celebrado en Punta Umbría donde conocí a Uberto Stábile y a otros miembros de la que iba a ser mi familia poética.

También en esos años, Eladio dio finalmente un paso al frente y salió del forneco, Diego y Mada se pusieron las pilas, y mi hombre en La Habana, mi contacto ayamontino más sólido y fecundo, Antoñito Miravent, se fue diluyendo, haciéndose a un lado, colocándose en un discreto lugar donde apenas era visible y entrando al toro de la política y otros proyectos más o menos descabellados en los que se dejó algo más que la piel. Nunca se descolgó de Crecida pero optó por intercambiar los papeles con Eladio.

Solo por eso, y porque si no nos queremos un poco entre nosotros quién nos va a querer, era hora de decirle a Antonio Miravent lo que ya sabe… que lo queremos, que lo sentimos parte de ese rebujito que es Crecida- Edita-Voces del Extremo, que siempre ha estado con nosotros y que esperamos que siga formando parte de la banda sonora de nuestras vidas igual que lo es de la que escucháis en las fiestas de Crecida, en casa de Eladio, cada verano que no hay pandemia, terremoto, lluvia de meteoritos o invasión alienígena. Esa sombra canosa con el pelo revuelto que se inclina sobre la aguja del tocadiscos es él, gracias Antonio, por tocarnos también el corazón.


Palabras leídas en el Homenaje-Abrazo a Antonio Miravent en los XXIII Encuentros de poetas en Moguer. Voces del Extremo. Casa Natal de Juan Ramón Jiménez. Sábado 31 de julio de 2021, entre las 11 y las 12 de la mañana.


Fotografía de Diego J. González. Casa de Antonio Miravent en Isla Canela, cuando nos conocimos a raíz de la preparación de la edición de Perros muertos en la carretera, un día de finales de agosto de 1991. De izquierda a derecha: Antonio Miravent, Mada Alderete, Teresa López Jiménez, Rocky y un servidor.

Fotografía de Manolo & Ana Deacracia en el Homenaje-Abrazo a Antonio Miravent en los XXIII Encuentros de poetas en Moguer. Voces del Extremo. Casa Natal de Juan Ramón Jiménez. Sábado 31 de julio de 2021, entre las 11 y las 12 de la mañana.

sábado, 21 de agosto de 2021

CUERPO DE MI SANGRE




Procurábamos saber más sobre el dolor leyendo los grumos espesos,

el tajo en el tronco del olivo, la historia de la arista. Pliegues,

páginas arrancadas a los médanos algún día resplandecerán.


Con las caras alzadas hacia el cielo, pantalones arremangados,

queríamos distraer en las charcas los relámpagos desplomándose

sobre la casa. Lagartijas retoñarían cárdenas al apenas nacer el sol.


En esferas de agua transcribíamos soplos de cielo. Esa noche

lentamente oscura me desperté, palpé mi rostro y seguí soñando.

La lluvia es la única forma del sueño que dilata el dolor de ser sangre.


Nunca se sabe dónde ni cuándo la muerte se hará presente.

Lo que sosiega el dolor de una casa presagia la dicha

de un dios piadoso, velo donde la palabra muere.


Me decías que nacer es luz.

La luz es cólera que emigra hacia la palabra,

tremor que al pronunciarla se diluye.


El cuerpo brilla como una estrella en la sábana.

Sobre un lienzo naces, sobre otro lienzo dejas el mundo.

En esta tierra el día dura sólo la flor.


Iniciemos el ascenso.

un aire puro en tu rostro, como amapola en la arena,

sopla sin ver.

La herida es el horizonte.

Abrázame,

cúbreme de tu llaga.



Jeannette L. Clariond. En: Voces del Extremo: poesía y empatía. Ed. Amargord, 2021

viernes, 20 de agosto de 2021

2 poemas de ANTONIO CRESPO MASSIEU en VOCES DEL EXTREMO: POESÍA Y EMPATÍA




MUJER QUE CUIDA UN JARDÍN


Al atardecer, en la hora del silencio,

del vuelo presuroso, con la suavidad

del día que declina, cuando dibujan

los pájaros la despedida de la luz,

en la hora incierta en que todo calla

y desciende, la mujer cuida el jardín.

El hombre que la acompaña contempla

los minuciosos gestos del cuidado,

reconoce-pues los vio en otra mujer 

la plegaria repetida, la lenta costumbre

de acariciar el mundo, lo que es eternidad,

instante regresado, incólume presencia,

poda del tiempo, lo posible venidero,

lo que fue y es ahora destello, iluminación.

El hombre ve una mujer inclinada

también en lo pequeño, lo que se limpia,

lo que se corta, entre geranios, en otro jardín,

otro atardecer, otra luz, otro tiempo.

Y sabe que es el mismo jardín, el mismo asombro,

idéntica ternura, la luz herida del mundo salvada

en la paciencia del cuidado, en la tierra empapada,

iluminando con una sonrisa la permanencia.

Como si el tiempo volviera

en la mujer que ama y que cuida el mundo

con idénticos gestos, el mismo afán, la misma alegría.

Como si todo fuera regreso, descubrimiento,

luz que declina, desciende, envuelve.

El hombre contempla el milagro.

En silencio.


***


ANOCHECER EN EL ROMPIDO

Abre el mar el libro de las preguntas.

Las barcas varadas en cieno de marisma,

cárdeno atardecer, belleza imposible.

Silencio y espera. Lejanas voces de niños.

Farolillos encendidos, palmeras.

una larga flecha de arena.

un tiempo lento.

Preludio y despedida.

Conjuga tu presencia la luz que declina.

Hace más leve la herida.



Antonio Crespo Massieu.  En: Voces del Extremo, poesía y empatía. Ed. Amargord, 2021

jueves, 19 de agosto de 2021

ESCOLLOS




era aún joven, no lo sé,

a no ser por algún crujido

nunca tuve la sensación del discurrir del tiempo

mientras caminaba por las calles de parís,

Besançon o Colonia,

mientras abordaba trenes que iban hacia alguna parte

-aunque yo no sabía muy bien a dónde me dirigían-

alguna ciudad en la que yo pudiera pegar mis carteles,

Diusburg, Leverkusen, Bielefeld

u otras que me pillaban de paso en el tránsito

hacia otro lugar,

carteles que decían, -busco algo, decidme qué bajo

la lluvia eterna de ciudades del norte,

en cafés silenciosos con olor a té,

leyendo un libro

mientras veía caer la nieve a través del cristal

en la frondosa alameda del café Elefant,

-buscando qué portales

Jugendstill

anunciando como un faro que allí vivió Henrich Böll

o recordando otros edificios aún más antiguos

donde vivió Courbet a orillas del Doub,

escaparates de cafés que protegían del frío

y enfrente, junto a un árbol amarrada,

mi famélica bicicleta,

que luego me robaron en la estación de tren.

y cada mañana un ticket de ida y vuelta,

6,80 la hora

-ich muss arbeiten

los ojos bien abiertos en la Bahnhof

más para oír que para ver,

más para entender este idioma endiablado

que para mirar

-si abres bien los ojos,

escuchas mejor,

tú, pez boqueante asfixiado en una charca desde

el andén la ciudad gris, trazada de cables,

es tan fea como las demás.

el café Granvelle con su decoración de

fin de siècle y su tertulia filosófica

cerca de la universidad,

rue de la Prefécture.

el café Fleur, donde descubrí que Aquisgrán

no era un país de oriente medio,

y aquel loco que sudaba

y se quitó la camiseta,

corrí a la estación como una loca

intuyendo

que no quería clases de español.

el café Schmitz

con sus encuentros y desencuentros

-por qué nos buscamos, incansablemente,

a nosotros mismos en los demás 

el tiempo frío y gris

me sienta bien,

atempera mi carácter nostálgico,

arropa soledades que me acompañan desde antaño,

esta balsa oleaginosa en la que flota mi espíritu.

el tiempo,

verticalidad constante,

equilibrio suicida sobre el que mantenerse.

horas de silencio tras la ventana de un patio ciego

en el que se oía música y caía la nieve,

horas de silencio en el dormitorio de un lycée,

en las paradas de metro, en los taxis,

en los aviones, en el vagón de las bicis,

el tiempo tronando

tic, tac… tic, tac

y el mundo se desvanece,

se desdibuja cada segundo un poco más

- qué más da,

el tránsito por la vida es casi imperceptible

el tiempo resbalando por las fachadas,

derritiendo la nieve.

toda la noche estuvo nevando

y yo no lo oí,

nunca antes había sucedido en mi presencia

y no lo intuí,

me perdí el descubrimiento del hecho mágico,

no percibí la transitoriedad del otoño al invierno

como tampoco la del ayer hasta ahora.

simplemente abrí la ventana

y ya estaba allí,

adherido a las hojas,

imitando su forma,

cada una de ellas reproducida en blanco

desde el centro a la punta,

nieve sobre pinocha

en un alarde de equilibrio,

cristales centelleantes bajo la luz

aún tenue de la mañana,

el crepitar del hielo bajo mis pisadas,

tintineo cristalíneo en la noche ahogada.

montañas ingentes de sant Luc

que tanto me sobrecogieron,

valle profundo,

cicatriz negra abierta de par en par

bajo el claro de luna.

antros de hampones en la Beidengasse,

mendigos y sombras que rondaban por las calles

del Eigelstein a la catedral,

vivían en las galerías del metro de Ebertzplatz.

tuertos, sucios, escuálidos,

cargados con sus mochilas y repletos de pústulas,

que bebían cervezas con el dinero

del Pfand.

mujeres semidesnudas apostadas a trece grados

bajo cero

en el alféizar de una ventana de primera planta

que dejaba ver una cama sucia,

desordenada, lista para usar.

me crucé con el camello que salió de su portal

cerrándose la bragueta

y abrochándose el cinturón,

mientras sus amigos le esperaban en un coche

aparcado en la puerta.

como quien viene de solventar

una necesidad imperiosa,

me clavó sus pupilas con una media sonrisa maliciosa

y esbozó un -hallo-.

die rote lampe,

die rote lampe

a orillas del Rhin.

kioskos del barrio con luces rojas.

Eigelstein,

piedra sobre piedra,

calzada romana,

familias judías al completo

grabadas en plaquitas doradas

en las aceras,

-escollos- los llaman- stolpersteine 

para recordarnos

que caminamos con una piedra dentro el zapato

y se llama Sonja Schmidt,

deportada a Auschwitz en 1941.

siete miembros de una misma familia

había incrustados en las piedras

del suelo

nada más salir de mi portal.

universo, oscura boca de cántaro

en tus paredes rebotan eternamente sus nombres.

y ahora estoy aquí en la arena,

a 2371 kms y veinte años

y no lo vi,

no lo intuí,

entre la desembocadura del río y la playa

en este cerco en el que me arrodillo sin ver el mar

en el que invoco todos vuestros recuerdos

en este enorme útero terrestre

-qué será del tiempo-

-qué será de nosotros

en qué universo paralelo podremos asistir

y salir indemnes

al espectáculo doloroso y siniestro

de nuestra propia transitoriedad.



Gema Estudillo.  En: Voces del Extremo, poesía y empatía. Ed. Amargord, 2021

miércoles, 18 de agosto de 2021

AVEUGLES / LOS CIEGOS




AVEUGLES

Il faudra tout recommencer,

réapprendre de l’ombre l’existence de la lumière,

émerger des colères et reprendre pied sur terre,

frôler l’indifférence sans la sentir meurtrière,

décrypter les sons des paroles étouffées,

glisser sur la sueur des mains étroitement serrées

avec bonheur, avec rancoeur, avec ou sans animosité.

Aveugles des mots, des gestes, des regards échangés,

il faudra inventer dans la brume les formes vacillantes,

incarner de mémoire, colorer de mémoire ce monde étrange

aux variations extravagantes.

Aveugles, perdus dans la tourmente,

il faudra hésiter, résister,

écouter l’écho des plaintes ancestrales rapporter jusqu’à nous

les blessures profondes de la peur, du froid, de la faim,

de l’ignorance éclairée de lumières

Aveugles, perdus sur le chemin de la conscience,

Il faudra tout re-toucher, tout ré-animer, tout re-trouver,

tout re-construire, tout changer, tout espérer, tout re-vivre

en marchant à tâtons, aveugles visionnaires, dans l’obscure raison.



LOS CIEGOS

Tendremos que empezar de nuevo,

volver a aprender de las sombras la existencia de la luz,

emerger de la ira y andar otra vez sobre la tierra,

tocar la indiferencia sin sentirla asesina,

descifrar los sonidos de las letras apagadas,

deslizarse sobre el sudor de las manos entrelazadas

con alegría, con resentimiento, con o sin animosidad.

Ciegos de palabras, de gestos, de miradas intercambiadas,

tendremos que crear formas temblorosas en la niebla,

encarnar de memoria, colorear de memoria este mundo extraño

con sus variaciones extravagantes.

Ciegos, perdidos en la tormenta,

tendremos que dudar, resistir,

escuchar el eco que las quejas ancestrales nos devuelve

las heridas profundas del miedo, del frío, del hambre,

de la ignorancia iluminada de luces

Ciegos, perdidos en el camino de la conciencia,

tendremos que volver a tocarlo todo, a reanimarlo todo,

a encontrar todo de nuevo, reconstruirlo todo, cambiarlo todo,

a esperarlo todo, vivirlo todo de nuevo

a tientas, visionarios ciegos, en la oscura razón.


Manuelle Parra.  En: Voces del Extremo, poesía y empatía. Ed. Amargord, 2021