A Eva Vaz y Jose Luis Piquero
Te tengo impreso
en la incisión de una
pregunta;
en el balance del
pecado tranquilo y petulante.
Te veo fumando,
volcán en erupción
y lengua,
escapando del pincel
en tu calma y tu
cuerpo breve,
chupando con cuidado
el borde del papel.
Te veo en la cocina,
salvándonos a todos
del vacío,
quemando el tiempo
entre tus dedos,
que sólo a veces se
sostienen.
-Están grabados aquí.-
Te veo y te veo en las
fresas,
en el champagne.
En la ciudad vampira,
en la gran broma final.
En cada historia que
bebí de ti, y de ti.
Te veo hace diez,
veinte años,
con otros cuerpos y
otros ojos,
pero siempre tú.
Siempre aquel jardín y
aquel cenicero,
lleno de risas.
Te veo en el dolor de
la ausencia,
exangüe,
agarrándote al vino de
una mano
y a la lejía con el
cuerpo entero.
Te veo pequeña y
enorme,
y frágil y bestia.
Te veo en mi cinturón,
en mi útero,
en mis brazos,
en mi garganta,
en mi boca.
Te veo en mí.
Me veo yo, y tú me
ves.
Siempre me ves.
La culpa no es de uno.
¿Yo cómo iba a saberlo?
Sólo era polvo de cristal roto.
Estaba al fondo de un pozo,
sin luz, sin aire.
Había algo allí que gritaba: “¡Sube, sube!,
no estás muerta todavía.”
A mí se me salían las tripas del alma
y aquello las recogía,
las metía por mi ombligo,
por cada cicatriz,
y me decía sin decir nada:
¡Sube!.
Me tendía la mano
y mi boca no sonreía aún.
Se escuchaba a lo lejos,
allí en la vida,
aquella voz que ahora es suya:
“Bárbara, sube.”
Cómo iba yo a saberlo.
Las estaciones volvieron a significar
algo más que trayectos de ida y vuelta.
El universo colapsó en aquel abrazo.
La culpa no es de uno.
Los inconscientes y los inocentes
son casi nunca la misma persona.
En tu mundo parece que no existen las normas,
ni los locos, ni la culpa.
Este caos, nuestro caos,
se expande y es libre en cada idea.
Hay personas con las que es fácil
aprender la esperanza
y salir.

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