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lunes, 3 de agosto de 2026

4 poemas de TRAIGO NOCHE EN LOS ZAPATOS de ANDRÉS ORTIZ TAFUR






Perros de presa


Me quedan menos polvos por echar que los que ya he echado,

menos noches de farra con los amigos,

menos salidas al mar o a la montaña,

pocas ilusiones,

apenas esperanzas.

Ningún beso de mis padres.

Ninguno.

Ningún día.

Nunca.

Jamás.

Pero he de decir que estoy bien,

en la mejor época de mi vida

o en la más hermosa o en la más fructífera.

Y no de cualquier manera:

con convicción,

como un mandato divino,

para no situarme o sentirme por debajo de la media.


Los nuevos cuarenta,

los nuevos cincuenta,

los nuevos sesenta;

creer esa estúpida historia que solo sirve para envilecer la de los que ya pasaron por allí

y puede que para que se me emborrone la idea de rajarme las venas.


¿Qué nos diferencia?

¿Los pantalones de pitillo,

la barba desaliñada,

los piercings,

los tatuajes en idiomas que desconocemos,

la pulsera en el tobillo,

los viajes a Tailandia o Punta Cana?

Apretamos los dientes,

eso es todo,

y nos sacamos los mocos a escondidas y seguimos pedaleando,

como hizo el primer perro de presa que vio nacer a su vástago

y cayó entonces en la cuenta de que ese era el único momento idóneo de la existencia,

antes del primer beso siquiera,

justo antes del primer azote,

con todo por comer,

por beber,

por follar,

por sentir,

por hacer.




Con su paso


Cuando veo a una pareja de adolescentes dándose el lote

tomo conciencia de que el futuro es un tiempo

que va perdiendo sentido y fuelle antes de ser vivido,

la prueba irrefutable de que si algo nos enseña la vida

—con su paso—

es justamente a no saber vivir,

a confundir ocho con ochenta,

un Mercedes con un beso.




Veraneante accidental


Esta tarde he soñado

que vivía en un lugar sin nombre,

como uno de esos cantos rodados que,

por azar, termina en nuestro bolsillo

tras un baño en el arroyo del pueblo.

Me he visto en una estantería

mucho tiempo después,

junto a otros guijarros,

delante de unos libros.

Y he echado de menos el arroyo, el pueblo

y al veraneante accidental que me eligió.




Amores muertos


Hay amores que mueren

antes de haber nacido,

después de un buen polvo,

tras el último beso

que obedece al gusto.

Seguro que por esa manía tonta

de llamar amor

a lo que viene después,

cuando vamos juntos a la compra,

al médico,

o a la reunión con el maestro del chiquillo;

cuando el primer beso

que obedece al gusto

lo damos con los ojos cerrados

y pensando en otra u otro

al que no amamos todavía.


Andrés Ortiz Tafur. Traigo noche en los zapatos. Ed. La isla de Siltolá, 2023

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