Ayer vimos el mar con ojos dilatados.
Su esplendor contemplamos con las bocas abiertas;
la emoción extendida, de par en par sus poros.
Éramos puro niño envueltos en asombro.
Y comprendimos todos, sin excepción alguna,
que todavía queda un tris de libertad.
Es gratis: ver el mar no cuesta nada,
no hay que mostrar carnet de identidad,
ni ser cacheados por nuestra vestimenta.
Con las horas,
el Sol se fue achicando, y la playa quedó
en la más portentosa oscuridad.
Dormimos en la arena mientras sonaban olas
al romperse en la orilla, como un blues muy antiguo
que a risa nos sonaba. La noche transcurrió
con la mar complacida. Y fuimos incapaces
de contener
los retumbos de nuestros corazones.
El alba nos robó el amparo del sueño.
Emergió por oriente, como una deidad,
brocado de belleza y regio en majestad;
el mismo Sol de ayer,
abarcando su reino sin premura.
Entonces comprendimos, sin dudarlo,
(muy a pesar de nuestra tosquedad)
que todo el sufrimiento que produce la vida
bien vale padecerlo, por sólo contemplar
esta beldad que ahora admiramos
suspendida en nuestro espacio sideral.
Rafael Alcalá. Ecos de Tenebrés. 2025

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