documentos de pensamiento radical

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sábado, 29 de abril de 2023

REFUGIO (fragmento II)


 


Sé que le perseguían dos sombras, Jaime, dos imágenes indelebles, dos fantasmas. Una era la de Nima agonizando en la ladera, la de Nima envuelto en el nailon amarillo y desgarrado de viejas tiendas de campaña abandonadas en el Cwm occidental, mientras él paleaba nieve y jadeaba exhausto bajo la sombra interrogante del Everest. Luego lo cogió en brazos para bajarlo a aquel foso y ese peso indescifrable era Nima y no lo era. Se alejó de él en la oscuridad, hacia la penumbra insegura de la cascada de hielo, esa frontera de seracs y abismos que separaba dos mundos opuestos. O eso había pensado hasta entonces. Más abajo de la cascada estaba el mundo de los hombres y sus tonterías. Por encima de ella, el territorio de la libertad y la escalada, el lugar donde la solidaridad y la belleza no solo eran posibles, sino también compromisos incodificables. Ahora sabía que eso no era así, que casi nunca era así. Los hombres habían llegado hasta allá arriba en busca de belleza y conocimiento, pero inevitablemente se habían traído con ellos su egoísmo, su vanidad y sus residuos de plástico. Clavó la pala en la nieve y se alejó de Nima. Se llevaba la sensación de que acababa de enterrar no solo a su amigo, sino también cualquier posibilidad de inocencia.

Lo enterró muchas noches. No únicamente en el Cwm occidental, en el Himalaya, no solo aquella noche febril bajo las estrellas, sino en este hemisferio, bajo esta luz, en esta geografía de caliza y hayales, bajo esta nieve familiar del Isarre, muy cerca del refugio. Sí, aquellas noches de vino y humo, en las que hablaba frente al fuego, destilando memoria, cuando no podía más y se quedaba callado, absorto, a menudo se levantaba y salía al exterior, a enfrentarse al frío, a la densa niebla y a la ventisca. Se quedaba entonces un rato fuera. Y yo sabía que había ido a enterrar a su amigo, al joven sherpa, porque necesitaba enterrarlo de nuevo para poder conciliar el sueño una noche más.

La otra sombra es la de Claire. Se había enamorado de ella como un adolescente, aunque siempre supo que no le convenía. Una mujer con cuerpo de escaladora, con piel de terciopelo y labios de perdición que cogía un taxi o se enamoraba de su guía con la misma facilidad. Él no lo sabía, pero yo sí. Claire se llevaba la misma huella de dolor que dejaba en David. La misma. O quizás más, porque a la agonía de la separación sumaba la culpa. Era ella quien se debatía en un dilema salvaje, no David, no su prometido millonario de California. Ellos estaban exentos. Era ella. Quizás David podría olvidarla, pero ella había decidido vivir una vida en la que no podría desentenderse del escalador europeo y la decisión que había tomado respecto a él. Una vez más, David podría habitar sus propias vivencias sin cuestionamientos duros, porque no había tenido que elegir entre opciones comprometidas, mientras Claire no podría hacer lo mismo, ya que las personas libres nunca se desvinculan de sus decisiones, ni de las consecuencias de estas. En eso consiste, entre otras cosas, la libertad.

Luego David me habló de un taxi que se alejaba, que se movía entre una multitud asiática, con cabezas de monjes, con dialectos guturales, con ricksaws, con bicicletas. El taxi se alejaba de David igual que David se alejó de su amigo en el Cwm occidental.

Nima está muerto. David se siente muerto. Claire va en ese taxi. Siempre va en ese taxi.

Cuando llega al hotel, ella está haciendo el equipaje. Camina hacia el balcón y se queda mudo mientras mira el ajetreo de la calle. Está rodeado de gente y solo. Fuma y acata al mismo tiempo la imposibilidad de respirar. Cada gesto, cada mínimo movimiento le duelen intensamente, igual que cuando está en altura, a 8.000 metros, y la hipoxia y el frío le maltratan, le agreden sin remisión. Hace demasiado calor y siente frío. Claire ha llegado a su lado, está justo detrás de él, pero la siente tan lejana que le acosa el miedo. De repente, el cuerpo amado se convierte en tristeza, porque ya no nos habla, porque ya no podemos tocarlo ni comprenderlo, porque se ha trasfigurado y resulta inalcanzable. No podemos abrazarlo. Es un misterio. Como la muerte. Ella dice:

—Lo siento, David.

—Él ha venido, ¿no? —pregunta, sin dejar de mirar a la calle, como si estuviera muy interesado en los pregones de los vendedores, en el humo de los puestos.

—Sí, está en un hotel al otro lado de la ciudad.

Surge un largo silencio, uno en el que no saben qué decirse. Un silencio preñado de nada.

—No sé qué decir.

—No hay nada que decir.

Ella se retira. La oye recoger sus cosas, abrir la puerta, cerrarla. Luego la ve en la calle. Camina entre la gente, entre los puestos de mercancías y comida. Va en busca de los taxis. David desea que se vuelva, que le busque con la mirada, una mirada herida. Y espera que regrese a la habitación, que abra la puerta, que le abrace, sonriendo, y que diga, como si nada hubiese pasado: «No pienso dejarte, no puedo hacerlo». Pero no es eso lo que ocurre, sino ella siguiendo su camino hacia los taxis, inalcanzable ya, y David pensando que se está convirtiendo en recuerdo, en memoria, en humo, en nada, sin darse cuenta de que ella asume un coste superior. Claire llega a la calzada y levanta la mano para pedir ese taxi definitivo.

El taxista abre el maletero de su coche e introduce el equipaje. Ese gesto habitual, cotidiano, que David ha visto miles de veces, es ahora puro dolor. El portón del maletero se cierra. Parece que lo hace muy lentamente. Luego Claire entra en el taxi. En ningún momento se ha vuelto hacia el balcón ni da muestras de querer o necesitar hacerlo. David sigue el taxi con la mirada, hasta que dobla la esquina y desaparece.

De repente está solo en el hotel, en la habitación donde se han alojado durante un mes entero, donde han follado durante un mes entero, ese mismo mes que ahora le parece improbable, leve, como si nunca hubiera existido, como si hubiera sido un sueño o un deseo. El mismo hotel destartalado y caluroso que acogió su llegada desde las montañas, que les ofreció una bañera para lavar su cuerpo y su alma. El mismo hotel donde un ventilador decrépito removía el aire pesado y somnoliento, sin resultados apreciables, un ventilador que se columpiaba amenazante sobre sus cuerpos insomnes, abrazados a la oscuridad. El mismo hotel donde los muebles habían perdido el brillo de la laca y mostraban cicatrices de tiempo y de carcoma. El mismo hotel donde cada día les habían despertado los gritos de los vendedores y el zumbido de las bicicletas; donde las desvencijadas celosías dejaban pasar una luz dorada en la que flotaban limaduras de polvo. Ella decía que nunca había estado en un hotel como ese, tan pintoresco, tan llamativo, cuando lo que en realidad sucedía era que estaba en la cumbre de su decadencia. También decía que nunca había amado a nadie de esa manera, que nunca había follado de esa manera, que probablemente nunca volvería a hacerlo.

Regresa a la habitación y el olor de ella sigue allí, en las sábanas, en las toallas, en el frasco de su perfume olvidado sobre la repisa del baño. David lo coge con ansiedad y lo aspira lentamente, con los ojos cerrados. Luego intenta engañar al dolor con gestos prosaicos, como orinar o afeitarse, pero sabiendo que vendrá y que tratará de imponerle su luto.

Intenta dormir y entonces le inunda la ausencia, ese momento en que no se oye nada salvo el dolor. El dolor se oye, suena a hueco, y no quiere negociar, no quiere armisticios, sabe que tiene la partida ganada. Desgarra un almohadón con las manos y la habitación se llena de plumas aleteantes. Las ve volar a su alrededor, como nieve, como copos lentísimos y leves, antes de posarse en todas las superficies. Vuelve a tumbarse en la cama. Bebe whisky. Bebe un líquido que resbala sobre su pecho, que humedece las sábanas. Se sumerge en un letargo en el que el hombre que sufre en la cama se confunde con el hombre que agoniza sobre hielo, en la montaña, abandonado y vulnerable como un recién nacido.

Cuando despierta, es ya de noche. Los ruidos ascienden desde la calle espesa de calor. Se levanta y mira por las celosías. Ve las luces erráticas de las bicicletas, los puestos ambulantes de comida pregonando su mercancía con humo, los tenderetes de abalorios rodeados de turistas, ávidos de adquirir gadgets espirituales a precio de saldo. Ve Asia. Ve lo que los occidentales han decidido que sea Asia: un enorme bazar de gangas metafísicas, cúpulas doradas, monjes budistas, karma tranquilizador, sexo infantil, comida exquisita, esclavos textiles, siervos electrónicos, montañas de deseo.

Vuelve a respirar el perfume de Claire. Lo recuerda todo: besar, gemir, reírse, penetrar, suplicar, correrse sobre ella o dentro de ella. Por detrás. Abajo. Correrse arriba. Dolor. Su semen en la piel electrificada de Claire. Su piel como un derrame. Arroja el frasco a la papelera y baja a la calle. Corre desde la destartalada penumbra de aquel cuarto hasta la cenagosa turbiedad de Asia, tropezando por las escaleras oscuras y rotas. Va a ser su última noche en el continente hipnótico. Se sumerge en su caos y en sus olores fermentados. Fuma opio para ser fiel a un adiós estetizante y perverso. Quiere despedirse de escalar ochomiles, de esa tentación casi irresistible para cualquier alpinista. Quiere destruir sus pulmones, su resistencia física, su capacidad aeróbica, su fuerza de voluntad; quiere olvidar el sueño de ser Messner. ¿A quién le importa? ¿Un tipo de Madrid que quiere ser Messner? ¡Pero qué estupidez! Piensa que Asia ya no tiene nada que ofrecerle. En ella ha perdido su alma, a su hermano, a Claire. Piezas de un puzzle.

A la mañana siguiente, cuando se despide del hotel, el recepcionista le sugiere que debe pagar el almohadón desgarrado.

Apenas dos días más tarde, su avión despega en el atardecer de Katmandú. Ve la ciudad abajo, nimbada por una nube de polvo. Desde la ventanilla del avión, también puede contemplar el resplandor insomne de los Himalayas.


Pedro Sáez Serrano. Refugio. Ed. Desnivel, 2021

viernes, 28 de abril de 2023

REFUGIO (fragmento I)

 


 

David estaba ansioso por llegar al campo base. Nima estaría en él, trabajando en otra expedición, aunque no como porteador de altura, lo que deseaba, sino como chico de campamento, como kitchen boy, ayudante de cocina y cosas así.

Vuelvo a mirar en las carpetas azules, Jaime, y van cayendo algunas fotos de esa época. Te las había enseñado en casa, alguna vez, mientras tomábamos nuestro whisky, y apreciaba tu avidez y tu cuidado cuando las cogías con los dedos, como si temieras estropearlas, no con tu torpeza, sino con tu timidez y tu veneración. Hubiera sido imperdonable que las mancharas de algo, como fue imperdonable que en algunos de esos días, en que nos tocábamos sin querer, no cayéramos en la tentación de hacerlo del todo. Había muchas fotos en esas carpetas, fotos de ese tiempo inasequible. No todo son recuerdos digitales, sino que hay recuerdos en papel, instantes de vida salvados en las fotos. La fotografía, más que cualquier otro arte, tiene una cualidad perturbadora: detiene el tiempo, algo que no es posible, y se muestra impasible mientras nosotros envejecemos y morimos. En aquellas fotos estaban ellos, David y Nima abrazados, sonrientes, ignorando el futuro que les aguardaba, como nosotros ahora, congelados en la felicidad. Esa sonrisa ya no existe y, sin embargo, permanece fijada para siempre en un papel. Cada vez que alguien la mira, David y Nima vuelven a sonreír. Como los libros, que esperan que alguien los abra para poner en acción un mundo un segundo antes silencioso, inmóvil. La foto está tomada el día que la expedición de David llegó al campo base del Everest. La miro y a través de ella no solo veo a mi hermano y al sherpa Nima, sino que oigo el bullicio que los rodea, las personas que se mueven en el segundo plano, el bullir del agua en los calderos donde se prepara los espaguetis y la salsa de tomate.

Del mismo modo, ellos, aquel día, al aproximarse al campamento, vieron las tiendas desde lejos, brillando al sol, luminosas bajo la cascada de hielo; vieron los banderines ondeando sobre ellas con sus colores propicios y vivaces. Cualquiera que haya visto las fotos de ese campo base sabe que esa visión tiene algo de arcaico, como si el campamento fuera en realidad un poblado de nómadas con sus yurtas y enseres portátiles. Pero algunas de las tiendas tenían bar, duchas, ordenadores, quirófanos, gas, loza, espejos, banderas. Por supuesto, estaban mejor equipadas que muchas de las aldeas sherpas que David conocía.

Caminaron entre ellas, David y su grupo, caminaron entre sherpas y alpinistas demacrados y oscuros por efecto del sol, el viento y la refracción de la nieve. Escucharon acentos de muchos lugares y vieron rostros de muchas latitudes. Entre las caras diversas venía la de Nima, saltando entre las piquetas, esquivando los cabos de las tiendas que las fijaban a la tierra y las rocas. Nima gritó su nombre con su impecable acento del Khumbu. Se abrazaron en medio de la gente. Sonrieron. Fueron fotografiados. Nima contagiaba la risa, como siempre, y tiraba de David para llevarle a su cocina, con la intención de ofrecerle un té y pastas energéticas. David le siguió. Y Claire fue tras ellos, incapaz de perderse la más mínima insinuación de aventura, emocionada tal vez por esa inesperada muestra de fraternidad y afecto en su escalador preferido. Nima fue ceremonioso con el té, halagado por la presencia de la chica. Ella preguntó sobre aquella amistad y Nima le contó sus historias coincidentes, reunidas en una misma expedición hacía ya varios años, y cómo David y él se habían adoptado mutuamente. Y mientras decía esto, acariciaba la cabeza de David, su cabeza despeinada y somnolienta, quizás turbado porque alguien le convirtiera ahora en protagonista. Nima derrochaba hipérboles y Claire reía, y David, a su vez, se enamoraba de ella. Y reía también.

Sí, él guiaba a la mujer, y a los otros, por la montaña más alta del mundo. Todavía no estaba enamorado de ella, o no completamente, y solo por eso era capaz de asistir cada día a la insensatez de sus pasos sobre la cascada de hielo, ese tumultuoso caos de grietas y enormes seracs que protegen el camino hacia el gigante.

Todavía no la amaba, pero desde el primer momento admiró la precisión y la firmeza de sus pasos en la altura. Poseía una ligereza que casi todos perdemos por encima de los 5.000 metros, cuando la hipoxia nos convierte en parodias vacilantes. Ella no. En eso se parecía a los sherpas, o al propio David, o a cualquiera de esos alpinistas que se adaptan a las exigencias de la hipoxia y mantienen la elegancia y el ánimo pese al desgaste de la altitud.

Por las noches, Claire se sentaba con los sherpas, compartía su cena y escuchaba viejas historias de los valles. David la miraba desde lejos, sentado delante de su tienda, subrepticiamente, fingiendo la melancólica dignidad de los grandes solitarios, mientras cenaba en silencio cuencos de dal bhat. Masticaba despacio, maquinalmente, porque comer era un trámite. Tomaba luego el té con mayor ceremonia, como parte de un rito de meditación y descanso. Pero no meditaba ni se tomaba un descanso, sino que su cabeza era un torbellino de impaciencia y desdén. Pensaba que Claire no era uno de ellos, que nunca lo sería, que cuando todo aquello acabase ella volvería a California, retomaría su vida de norteamericana opulenta, mientras aquellos muchachos permanecerían en el Nepal, trabajando para los occidentales, un año tras otro, distintos pero parecidos occidentales, subiéndolos y bajándolos de unas montañas convertidas en objetos de consumo. Claire volvería a casa y toda su fraternidad sería un compromiso lábil, un recuerdo que el tiempo y la distancia poco a poco se encargarían de borrar. Eso pensaba. Lo había visto muchas veces. Aquellas cenas con los sherpas no eran más que una forma alternativa de ocio, un relámpago de camaradería propiciado por las emociones de la montaña, el exotismo y la aventura. Él había optado por quedarse en el país para no ser como los otros, intentando redimirse al vivir como los nativos. Pensaba que el verdadero compromiso nunca se plantea como una opción, sino como una necesidad, como una dolencia. Quedarse era intentar redimir el pecado de ser más rico que los nepalíes, incluso el pecado de poder dejar de ser uno de ellos si quisiera. Y era también recrearse en el orgullo de ser más coherente que los demás occidentales. A veces pensaba que su altruismo era una consecuencia del orgullo, que era el orgullo, y que en cierta manera había fracasado en su intento de desprenderse de su ego, y que cuando expulsas al ego por la puerta se las apaña para entrar por la ventana.

Pensaba eso, Jaime, me contaba eso en las noches del refugio, y se perdía en divagaciones similares; y la miraba a ella, a Claire, de la que se enamoraba, pese a saber que eso era una estupidez, fascinado por aquella mezcla de languidez y coraje que la chica tenía, o por esa belleza y ese entusiasmo juveniles tan perfectamente juntos. Se la imaginaba no vestida de alpinista, como no había dejado de verla desde que se conocieron en Katmandú, sino con vestidos de fiesta y alegría. En otros momentos imaginaba que tomaba cerveza con ella en un bar de Los Ángeles y que luego se acercaban a una playa propicia, y que al día siguiente viajaban juntos al valle sagrado, Yosemite.

Y miraba también a los sherpas, bulliciosos, fraternales, indiferentes a los hechizos que provocaban.

Sí, sin ellos no estarían allí, él lo sabía, sin su ayuda no lograrían ni siquiera acercarse al campo base, cuanto menos sobrevivir en él durante meses.

En las expediciones, sobre el terreno, siempre había un mismo dibujo inevitable: una fila de hombres que avanzaban en la altura, afianzando sus pies sobre guijarros. No todos llevaban sandalias, ni ropa adecuada para el frío. Su manera de portear los fardos era inverosímil y, al mismo tiempo, la única aceptable, una sutileza de ingenieros. Ceñían los cuévanos a la frente mediante tiras de cuero y de ese modo transmitían el peso a la columna vertebral, consiguiendo andar livianos con cuarenta kilos o más. Lo hacían muy por encima del nivel de mar, con alimentación escasa, con oxígeno exiguo y, al anochecer, tras largas horas de porteo, encendían hogueras con bostas de yak y con arbustos. Todavía, a algunos de ellos les quedaban fuerzas para preparar las cenas.

En los cuévanos transportaban aquello de lo que carecían: calzado para el monte y los glaciares, ropa de abrigo, alimentos, medicinas, combustible, ordenadores, teléfonos, equipos de filmación: todo lo necesario para levantar ciudades conectadas y efímeras junto a las montañas. Eran una paradoja andante, una imagen del mundo, porque sus pies descalzos porteaban botas que no podían comprarse; y porque sus cuerpos, encogidos por el relente, al anochecer, descansaban junto a fardos repletos de ropa tecnológica.

David guiaba a Claire por la cascada de hielo y el Cwm occidental. Guiaba su correcta aclimatación y vigilaba la calidad de su técnica. No había que preocuparse: era lo suficientemente hábil para subir al Everest por la ruta del Collado Sur. No se podía decir lo mismo de todos los clientes, algunos de los cuales se calzaban crampones o apretaban un júmar por primera vez. O eso parecía.

Los atardeceres eran bellísimos también en el Khumbu. Eran el momento en que Claire tiraba de David para que fueran a pasear antes de la cena. Le sacaba de su tienda y le obligaba a acompañarla por los alrededores del campamento. Se colgaba de su brazo y él sentía no solo inquietud por aquella inesperada confianza, sino también felicidad, turbia y agónica felicidad. Casi cerraba los ojos y se dejaba guiar por entre piedras y hielo, soñando el juego de luces que tenían enfrente, del mismo modo que soñaba que una chica como Claire se colgaba de su brazo y le hablaba al oído y le decía cosas estupendas. Era en realidad lo que ocurría, lo que inesperadamente sucedía.

Aquella tarde sucedió algo distinto. Ella se puso de repente frente a David y alargó la mano hacia él para acariciarle. Temblaba. Puso los dedos en su boca. Sintió la aspereza de sus labios curtidos. Luego se acercó más y le abrazó despacio, levemente, como si temiera herirle, y comenzó a besarle, con delicadeza y ansia. David, en medio de una tregua de aquellos besos lentos, inesperados, mientras ella le miraba con una insistencia que provocaba en él miedo y amor, dijo algo de lo que se arrepintió de inmediato, algo que no tenía que ver con el desdén, ni con la altivez, ni con la convicción, ni con ningún protocolo personal o profesional, sino con la más estúpida y desalmada timidez. Simplemente, se sentía más abrumado que feliz. Así que dijo:

—Cuando escalo, no follo.

Porque entonces ella se desasió de él, se dio la vuelta y regresó al campamento, entre las sombras. Y porque aquella noche, mientras David se consumía en su tienda, Claire Jackson follaba con otro.



Pedro Sáez Serrano. Refugio. Ed. Desnivel, 2021

 

jueves, 27 de abril de 2023

2 poemas de CIUDAD ABIERTA de SANDRA BENITO FERNÁNDEZ

 



VIII

Imitándole a la vida

su perpetuo movimiento.

José Hierro

Dime qué cerrarás cuando los párpados se te caigan

de tanto sostenerte la barbilla

con el pinchazo de la voz serrada.

 

Dime qué vomitarás cuando no seas más

que agujero de la sombra

del animal que fuiste.

 

Pregúntate qué construirás cuando no queden

cimientos,

cuando la ropa no cubra tus pieles usadas

y las neuronas se aprieten

en el fondo de tus grietas.

 

Dime cuándo te recompondrás.

 

Cuándo ondeará la bandera

blanca.

 

Cuándo aprenderás que nunca se clava

lo suficiente

para desafiar al tiempo.

 

 

 

 

 

XXI

Yo nací un día

que Dios estuvo enfermo,

grave.

César Vallejo

Arráncate quien fuiste un día,

aquella que perdió el tren bajo el altar

de la memoria.

 

Cose el muñón que un día soñaste ser

cuando decidiste remendar

tu alma.

 

Desfigura el trazo de los mezquinos

nombres que usaste,

siempre en umbrales

yermos,

bajo el pulso de tu cadáver.

 

Y olvídate.

Olvídate de todas aquellas mujeres

que alguna vez habitaste

sin construir ni una mísera

cicatriz

que te permita supurar.


 

 Sandra Benito Fernández. Ciudad Abierta. ERE, 2021

miércoles, 26 de abril de 2023

La derrota



 

Este perro y yo, frente a frente,

desconfiamos de los gestos

y alimentamos un desdén ya podrido.

 

Qué tiempo aquel en el que tú

impedías que abriera la puerta,

ladrabas contra el vientre del parqué

y me hacías señas que yo no entendía.

 

Era un tiempo aquel en el que yo

me asustaba de tus ojos torvos

cuando estaba a punto de nacerte

un gruñido de batalla nueva.

 

Hoy, diez años y algunos meses después,

frente a la comezón del tiempo en tus cejas

y perdidos en la ciudad abierta,

nos sostenemos la mirada un segundo,

haces un gesto que por fin entiendo

y siento el sabor de la sangre

inundando poco a poco mis encías.



Sandra Benito Fernández. Víspera de la luz. Ril Editores, 2022


martes, 25 de abril de 2023

CUANDO LAS RANAS CRÍEN PELO


 


Pues ha sido escrito:

“cada hebra es un nombre, una historia, un acontecer”.

La mano del ángel que sostiene este único pelo,

casi invisible como su presencia,

detiene el tiempo y todo regresa

pues aquí vive la vida no cumplida,

la imposible espera, el advenimiento de la justicia

o el clamor repetido de todas, todos, los humillados.

 

Delgada y frágil, casi sin voz,

como si naciera su palabra de un pozo profundo,

tanteando las sombras, buscando la luz,

con un bastón en la mano, erguida,

junto a la carretera secundaria

(aquí todo, dolor, memoria, justicia, todo ha sido secundario)

su espalda tan cerca del quitamiedos

(ironía de esta historia de carreteras secundarias).

La mujer está. María Martín permanece.

¿La sostiene el ángel invisible?

¿O es el aire, la luz, lo ingrávido?

 

Todo fue preciso.

La humillación es- al menos en este país-

un rito exacto, calculado, perfeccionado

en siglos de desprecio, repetidos sambenitos

por calles empedradas o caminos de barro,

procesiones de odio, bulliciosos autos de fe.

Todo con su medida exacta:

un litro de aceite de ricino y 20 guindillas para las mujeres

(embarazadas o no), las mayores de 12 años.

Para las niñas medio litro y 10 guindillas

(cuestión de aprendizaje).

Era en el cuartel de la Guardia Civil.

 

María pregunta:

¿Dónde está Dios?

 

¿Estaba en los niños que tiraban piedras,

en las gentes del pueblo, en sus risas, sus insultos?

¿O todo era ausencia?

 

Tal vez sostenía el dolor el ángel invisible,

el de la oculta esperanza de las siempre humilladas. 

Refutación de un Dios ausente,

alas rotas por el vendaval de la historia,

piedad entre escombros, inerte presencia.

 

El padre en la siega

(verano, Pedro Bernardo, Castilla)

horas abrazando a la niña

(Faustina, ya fría, inerte, en la cuneta)

Arrodillado en tierra, con un puñado de zarzas

en las manos, sin sangre, sin voz.

Y la niña,

(los seis años de medio litro y 10 guindillas)

mirando.

Ojos abiertos de una memoria encendida.

 

Todo se resuelve en un hilo.

El que sostiene la mirada de la niña,

el que está en la voz, la afonía, el pozo, la cuneta.

En la voz rota que dice:

“esta mujer sigue esperando

que las ranas críen pelos.”

 

En la cuneta, junto a la carretera,

sigue esperando.

Y el ángel de los desposeídos de la tierra,

los humildes, los que en la noche de los siglos

claman justicia, las de voz afónica, las erguidas

en el tiempo del desprecio.

Él,

que sostiene la hebra caída de la memoria,

sabe que un día

les crecerá pelo a las ranas.   

  


Antonio Crespo Massieu. El dolor que amamos. Ed. Bartleby, 2022

lunes, 24 de abril de 2023

LAS HORAS DE VEGUETA

 



 

Nada sucede al azar

¿Acaso todo es signo 

cuando ya todo se encamina al regreso?

 

Hablar a los ausentes.

 

Nombrarte y llegar al vacío.

Como si sólo el decir fuera sortilegio,

un hilo de luz, algo vivo,

las horas transcurridas,

lo nunca dicho,

lo que se hace palabra imposible:

gravedad, peso, signo.

Sentido

- apenas soportable.

 

Lo irreparable, la disolución,

el olvido, el tenaz esfuerzo

por llegar a tu ausencia.

La escala rota, el vencimiento,

este inexplicable dolor de no conocerte,

de sólo inventarte

con retazos de mundo, como ciego

palpando el silencio.

 

Sólo soñarte.

En tu isla,

en mi infancia, en la tuya.

 

Sólo imaginarte.

Ausente de figura.

Hecha signo. Palabra. 

 

Sabes que nada sucede en vano.

De isla en isla

el mar escribe tu historia,

el mar borra tu historia.

 

¿Dónde fuiste tú?

¿Qué infancia habitaste?

 

Desconocida, perdida en la luz,

en este sosiego de calles desiertas,

cerradas celosías, palacios

de un tiempo inmóvil, detenido,

tuyo por frágil y hermoso.

En esta luz descendida como pausa,

consuelo y herida, en este aire

de asombro, este vuelo, esta caricia

del tiempo. Tú, inexistente, que envuelves

y que ahora regresas.

Alegoría.

Semblanza oculta.

 

¿Dónde fuimos nosotros?

¿Qué paisaje permanece, nos nombra?

 

Rescatar fragmentos, pedacitos,

lo que tal vez fuiste y que el azar

-¿o es amor transmutado en gesto?-

dibuje de nuevo el tiempo compartido.

 

Minúsculos cristales de colores,

cuentas infinitas del cuento

que hila el olvido y la permanencia.

Hasta que gire de nuevo el mar,

la isla, la calle que desciende.

Y el azar o esta claridad, esta luz herida de Vegueta,

este acorde de infancia,

dibuje el tiempo, la música que un día fuiste.

 

De isla a isla

nada se escribe

salvo tu ausencia.

 

Huella. Rescoldo.

Nada queda

salvo la lejana memoria de lo que fue.

El pequeño dolor de no recordarte ya.


Antonio Crespo Massieu. El dolor que amamos. Ed. Bartleby, 2022

domingo, 23 de abril de 2023

BONO SOCIAL JOVEN




El crío estudió Calderería y tornero.


Ahora estudiaba Jefe de planta.


Ha dejado de estudiar. Ya empezó a trabajar en lo que
[deseaba:
peón en una subcontrata de una industria del Polo
[Químico.


La empresa le ha hecho un reconocimiento médico.


Luego llega a casa de color gris.


Los mocos les salen negros.


Los párpados son metacrilato blanco.


Las gafas de protección le hacen costra
y se le ha infectado la llaga.


No se pone las gafas y con el polvo-arena
la herida no cicatriza.


Cuando se quita los guantes,
las manos le escuecen,
Él hizo los cursos de riesgos laborales.


Él gana 1000 euros a la semana en la parada.


12 horas trabajando, siete de siete.


La madre está muy contenta,
su hijo se ha colocado y ha comprado lotería

con el día que el niño empezó a trabajar.

Ya ha empezado la cuenta atrás
para que le toque
la suerte echada.


Eva Vaz. Limpieza general. Ed. Garum, 2023

sábado, 22 de abril de 2023

AMOR




Y tener que rogarte
un poco de amor
para que me follases
como un funcionario
antes de salir del trabajo.


Con la cadenita que ella te regaló
golpeándome el esternón: pum, pum, pum.


La cadena-soga tan ridícula,
colgando entre mis piernas abiertas,
quemándome a lametones la garganta.


La cadenita balanceándose
en cada empujón: pum, pum, pum.


Hasta que terminabas.


Y la cadena, ya sobre tu pecho.


Y tú en tu lado de la cama.


Y el sueño súbito.


Y tú: ¿qué hay para cenar?
Y yo: amor, había amor...

 


Eva Vaz. Limpieza general. Ed. Garum, 2023

viernes, 21 de abril de 2023

MOMENTO CONCIENCIA PLENA




Corre la gota sin aluminio.


Hay que ser precisos:
la adicción no es peor
que la soledad entre tanta gente.


8 gotas.


Convulsiono, vomito y lloro.


Síndrome de abstinencia
o el final de una aguja de ansiedad.


Una liposucción de paz imposible.


Una gota más me abotarga
como un trozo de carne cruda,
un grumo de 24 horas.


Mientras, mis delirios tienen
distinta vehemencia cada día.


Y el sueño, el sueño, ese privilegio
para los recién llegados al mundo de la histeria
se esconde fuera de mí.

Soy un cordero viejo.


Mi mente huele mal
Nadie come ya de mí.


La semana que viene,
yo seré, nuevamente, otra:


7 gotas.



Eva Vaz. Limpieza general. Ed. Garum, 2023