documentos de pensamiento radical

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jueves, 15 de octubre de 2026

LOS 4 DECÁLOGOS

 


decálogo del techo

(Tras siglos de civilización

Quizá haya que inventar)

i Techo para los sin techo

ii Residencia para los residentes

iii Vivienda para los que viven

iv Alojo para los desalojados

v Abrigo para los desabrigados

vi Morada para los que moran

vii Casa para los descasados

viii Hábitat para los habitantes

ix Hogar para los sin hogar

x Tierra para los sin tierra

 

decálogo del refugio

(Tras miles de consdestrucciones

Quizá haya que construir)

i Refugio para los refugiados

ii Plazas para los desplazados

iii Asentamiento para los no asentados

iv Fueros para los foráneos

v Establecimiento para los no establecidos

vi Instalaciones para los no instalados

vii Arraigo para los desarraigados

viii Impulso para los expulsados

ix Asilo y auxilio para los exiliados

x Tierra para los desterrados

 

decálogo del amparo

(Tras milenios de cultura

Quizá haya que cultivar)

i Amparo para los desamparados

ii Defensa para los indefensos

iii Favor para los desfavorecidos

iv Protección para los desprotegidos

v Coraza para los descorazonados

vi Guarida para los desguarnecidos

vii Con sol acción para los desconsolados

viii Sobre todo sobretodos para todos

ix Foro aquí y ágora con aforo para los no aforados

x Tierra para los terrícolas que la trabajan

 

decálogo del cambio

(Tras todo el ayer despiadado

Quizá haya que cambiar algo)

i Más cambiar las cabezas y el mundo hoy

Y menos dejar todo como está para pasado mañana

ii Más teatros en condiciones

Y menos teatros de operaciones

iii Más es-tu-dios para resolver los problemas

Y menos está-dios para causarlos con sus aficiones

iv Más plazas de todos y menos plazas de toros

(=Más ruedas de favores y menos ruedos de dolores)

v Más telerenacimiento con teleempatía con el telesufridor

Y menos telefin barroco con teledepredadores teledirigidos

vi Más tributos al dinero y que se distribuya

Y menos tribunos que hagan la pecunia suya

vii Más diligentes dirigentes con las personas

Y menos títeres manipulados contra las personas

viii Más batas que sirven a la gente

Y menos corbatas que se sirven de la gente

ix Más políticas socias del que contribuye

Y menos políticos socios del que acumula

x Más con ciencia con la tierra no tenemos otra

Y menos negar a toda costa a todo coste a toda casta

Todo lo que diga que se envenena se agota se gasta




José García & Colectivo tabernario

miércoles, 14 de octubre de 2026

UNA CEBRA EN EL PUENTE EINSTEIN-CARROLL MISTERIO BUFO

 



Para Alfonso Puyal

 

Y Federico de cuero negro mató a Dios

Hesíodo (Teogonía)

 

Si uno puede

Todos ya lo han hecho

Heráclito (Aforismos, lx)

 

Tras los dioses fueron los príncipes

Heródoto (Historias, libro iii)

 

X

Los tres son Federico

Federico nació en África

Federico en Europa

Federico en una tierra que explota

 

IX

Los tres lo dejan Todo en Europa

Los tres se quedan aislados

Federico aislado de la razón propia

Federico aislado por la sinrazón ajena

Federico aislado de su salud en una isla

 

VIII

Los tres son buscados

Por agredir y transgredir en su campo

Y andan por los libros de historia

Federico en los vademécums filosóficos

Federico en las hagiografías literarias

Federico en los devocionarios musicales

 

VII

Los tres son mártires

A su manera

Federico a caballo

De una enfermedad mental

Da su vida (racional)

Por un caballo

Federico de un franco

Golpe de plomo dictado

Baila sobre las tumbas

De los que le disparan

Federico por un bicho

Tan pequeño que no se ve

Esquiva elude evita la vejez

De quien no quiere vivir para siempre

 

VI

A

Dos federicos son pensadores trágicos

Profundos como el océano

A Federico la profundidad

Le importa una mierda

 

B

Dos federicos son el bigote

Más famoso en su gremio

El federico lampiño como un ángel

No tiene un pelo de tonto

 

V

Tres federicos tocan el piano

TRES

Acompañan con el piano

La voz más humana

DOS

Son compositores musicales

UNO

Se gana la vida

Con sus canciones

 

IV

A

Dos federicos reinan

Federico reina desde cascos

Y altas voces en las emisoras

Federico reina a las cinco de la tarde

Entre pasos y vasos en manjarlem

Federico mató a quien reina

Sobre reinas y reyes

 

B

Dos son reinas

Dice Federico en el amor oscuro

Federico dice que demasiado amor te mata

A Federico el amor le importa una mierda

Aunque

 

III

Hay un caballo

Maltratado

Que le hizo saltar los plomos

Al primer Federico

El caballo franco

Fue el virus que lo metió

En la curva de la locura

 

II

Hay una curva

Dónde

La franca locura le metió plomo

Al segundo Federico

Ese disparo franco

Fue el caballo que lo llevó

Al virus de la muerte

 

I

Hay un virus

Que llegó

Hasta la última célula del cuerpo

Del tercer Federico

Ese troyano franco

Letal como locura de plomo

Fue su caballo saturnal



José García & Colectivo Tabernario

martes, 13 de octubre de 2026

EPÍLOGO



 

«—Papá ¿Por qué el agua está verde?

—Porque es fluorescente.

—¿Y qué es fluorescente?

—Que brilla desde el fondo […]

—Papá, ¿yo soy fluorescente?»

 

(Diálogo con el que comienza la película dirigida por Susanne Bier en 2007, Cosas que perdimos en el fuego)


 

Quien haya tenido la mala experiencia de ahogarse en un mar cualquiera y al fin salir a flote, sabrá de la pesadez de los cuerpos que luchan por emerger y de la inconsistencia del azar que aquí lo indultó sin juicio alguno. Instintivamente huyes de allí para sentirte a salvo, para creer que puedes escapar de ese remolino sin huellas que te señala, como lo hacen los abismos cuando los miras largo tiempo.

 

Aunque se esté acostumbrado a nadar entre dos aguas, es difícil reconstruir fielmente los hechos cuando se acude al lugar donde uno se ahogó. Sin testigos, sin pruebas y en un medio que no permite bañarse dos veces en un mismo mar, puede resultar impreciso verificar con claridad lo sucedido, hasta tal punto que consideremos más creíble lo inventado. Y si la fábula funciona, actuamos como si ésta ya se justificara a sí misma.

 

En medio de toda esta desorientación, aturdidos pero eufóricos, lanzamos la promesa de gozar de la buena fortuna, aunque sea sin poseer moneda alguna. Hemos regresado a casa y agradecidos tras el peligro, confiamos en que a partir de ahora sólo se tratará de recordar ese camino de vuelta seguro.

 

Como si esa dramática experiencia de fragilidad nos hubiera hecho mejores y transformado en seres iluminados, nos parece que hemos aprendido, de pronto, a distinguir lo importante, apreciar la belleza, aspirar a la bondad, a la verdad y a todo aquello que nos eleve para aportarnos sabiduría y, de paso, un poco de la anhelada estabilidad, aunque sea en el intangible mundo sublime…

 

Y sin embargo, dada nuestra dificultad para aprender y cambiar actitudes, lo más probable es que en poco tiempo sólo perduren nues-tros deseos y ambiciones al precio de olvidar ideales y promesas.

 

Cada mañana comprobamos en esa orilla el movimiento de las cosas que arrojadas por la marea va trazando con arena y espuma nuevas constelaciones, nuevas posibilidades de dibujar el porvenir que nos exigen volver la mirada atrás para admitir que la vida se construye en permanente mudanza. Es cierto que entonces intuimos que es exactamente aquí, cuando la presencia de los objetos, como únicos narradores fiables, hubiera dado testimonio, sentido e incluso legitimidad a nuestra existencia. Pero sólo lo intuimos porque aún estamos lejos de admitir cuán importantes son los objetos para explicar nuestras vidas. Algún día admitiremos que para construir una biografía creíble necesitamos renunciar a la simplicidad de un relato de identidad fija. Sólo entonces apreciaremos el poder rodearnos de objetos que nos aporten cordura y una relativa estabilidad al comprender que sólo ellos durarán más allá de nuestro olvido.

 

Entre otras cosas trato de explicar –con esta breve y húmeda historia de remolinos con final feliz– que considerar a los objetos que cada día nos acompañan puede ser un buen antídoto para paliar nuestra frágil y voluble memoria. Ellos documentan lo que realmente sucedió, dando consistencia a todo aquello que se confunde entre una ficción bien construida y una realidad nunca bien digerida.

 

Es posible que sólo sea el miedo ante la incertidumbre del vivir el que nos lleve a aferrarnos a las cosas a las que pretendemos otorgar el poder de testigos que garanticen que mañana también seré yo mismo, quien sujete el bastón, el libro… O quizás sólo sea un inten-to de escapar del propio hermetismo para hacer que con las cosas nos resulte más fácil expresar nuestras emociones.

 

¿Cómo no emocionarme al coger el bastón en el que mi padre se apoyaba? El cayado anticipaba su presencia o señalaba su ausencia en casa. Juntos recorrieron todos los paisajes que llegaron a descubrir. Ese bastón que ahora me sostiene sabe todos los caminos, hasta tal punto que si yo estuviese cegado, sé que él lograría conducirme a casa. Marchar junto a él me permite, además, sentirme acompañado por quienes ya antes buscaron los atajos para aliviar el viaje. Hoy me sorprendo abrazando al bastón como nunca antes abracé a mi padre.

 

Despreciar las cosas que no entran en nuestros esquemas y que por tanto no se comprenden, desatender todas aquellas que no se pueden explicar –porque poseen su propio lenguaje– o rechazar directamente las que no se ven –porque ni siquiera son miradas–, no puede justificar, en ningún caso, desposeerlas de su dignidad.

 

No se trata de forzar las palabras, pero éstas también se adaptan y con el tiempo van cambiando su significado. Hablar de la dignidad como de algo sólo inherente al ser humano, nos sigue alejando hoy de una visión más armónica, equilibrada y justa con todo aquello que nos acompaña y que debemos custodiar en un concepto más amplio de universo.

 

De la misma forma que no se puede explicar al hombre sin la técnica, no podríamos reconstruir nuestra genealogía si no fuese a través de los objetos en los que nos expresamos. Los objetos hablan de nosotros porque junto a ellos vamos construyendo y transformando nuestras biografías. A partir de ahora ponerse en el lugar del otro implicará también comprender por qué el objeto me humaniza.

 

 

  Juan Tormo A. & Miquel Mollá. La memoria de las cosas. Ed. Babilonia, 2022

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

#125

lunes, 12 de octubre de 2026

LAS TARDÍAS NOTAS QUE NO LEERÁN LOS POCOS DÍAS QUE ME QUEDAN

 

 



 

«La eternidad está en las cosas del tiempo, que son formas presurosas.»

 

J. L. Borges / Al hijo / El otro, el mismo (1964)

 

 

Para quien el rescate de las cosas abandonadas es una pasión, no debería resultarle difícil reconocer, con la simple mirada, a todos aquellos que comparten ese placer secreto que va más allá de la razón consciente, pues se manifiesta sin poder articular las palabras que lo explicarían.

 

Este deseo se transforma en intangible, precisamente, cuando se tie-ne entre las manos al objeto redimido. Para comprenderlo un poco mejor podríamos preguntarnos, ¿qué es lo que salvaríamos de una hoguera cuando rescatáramos ese objeto que sólo un instante más tarde iba a convertirse en cenizas? Salvaríamos, claro está, al objeto, pero también su memoria y es a través de esa experiencia de auxilio como se nos revela un sentimiento de compasión que genera un vínculo con el objeto que acaba por rescatarnos a nosotros mismos.


Aparentemente el rastro es la necrópolis de las cosas que un día existieron, la playa donde tras la tormenta descansan los restos de todos los naufragios. Sin embargo, todas esas cosas aún palpitan, aunque aquí se presenten con la sombra de quien se sabe herido. Recorriendo su laberinto observo a cada paso señales que anuncian una despedida que todavía se resiste a ser confirmada.

 

Unas veces es un contenedor abierto el que capta irremediablemente la atención, otras son las cosas abandonadas sin consideración. Un ejército de rescatadores profesionales, arqueólogos urbanos y buscadores de recompensas recorren la ciudad, escudriñando y recuperando con sus manos esos cuerpos ahogados. Sólo la suerte y el tesón permiten reanimar y salvar sobre la orilla algunos de esos objetos apresuradamente descartados.

 

En el camposanto cada losa nos recuerda la efímera vida de los otros mientras en silencio barruntamos lo que le ocurre a toda existencia desde su comienzo. La vida se muere sin que nosotros podamos, profundamente, tomar conciencia de que sólo es una cuestión de tiempos. Somos un claro ejemplo de la obsolescencia programada pero no somos capaces de admitirlo. La prueba de ello es que normalmente pensamos en dejar las despedidas para cuando nos vayamos. Parece difícil entender que uno sólo se puede despedir antes de marchar. Aquí no se trata del por si acaso, sino más bien de que ese es el caso. No controlamos ni los tiempos ni las formas, tampoco, por cierto, el estado mental en el que nos marcharemos.

 

Quien piense que es pronto para despedirse, quizás se crea fuerte y por ello piense que el asunto no va con él o quizás sólo se trate, sencillamente, de un ser frágil desconcertado y con miedos. Normalmente las dos opciones nos suelen acompañar cada día posponiendo un testamento de objetos y deseos. Si finalmente no logras firmar esa confesión, debes tener la certeza de que los objetos lo harán por ti. Las cosas nos acompañan para prolongar el duelo hasta hacerlo asimilable, pues son ellas las que perpetúan nuestra memoria.

 

Todo aquello que no pudiste revelar quedará expuesto a una nueva luz que asumirá otras posibles interpretaciones. Al menos, para evitar más confusión, deberías hablar seriamente con los objetos que te rodean.

 

 

Juan Tormo A. & Miquel Mollá. La memoria de las cosas. Ed. Babilonia, 2022