Supe
de la luz que vive en los mitos
y
que retorna a cada brote de lo que invoca.
Supe
de Ulises remando hacia una isla
que
tal vez solo exista en la imaginación de Homero,
de
James Joyce y de Leopoldo Marechal.
Supe
de los Argonautas y las Simplégades,
de
Circe y la isla de los lotófagos,
del
Preste Juan y Cipango,
de
Salomón y el oro de Ofir,
de
El Dorado y el país de Cucaña,
de
la Blanca Landa y el Caballero de la Carreta,
del
cuerno de Amaltea y el País de Nunca Jamás,
porque
para el niño el mundo entero es fábula e ilusión.
Supe
de la laguna Estigia que los griegos encontraron
en
la desembocadura del Tinto hace tres mil años.
Supe
de la isla de Paros por la poesía,
no
por una agencia de viajes o una inmobiliaria.
Supe
que la palabra, si llega adolescente, ya no se va nunca,
y
apuntala los cimientos del mundo con la piadosa mentira.
Supe
del perro que ladra en el Monturrio
y
de la esquina de las pulmonías de mi calle Rascón, conmigo,
en
el tiempo fragmentado y roto del mar tercero
que
no olvido.
Supe
del árbol distinto entre los árboles iguales.
Supe
de ángeles escondidos entre nubes rosas
con
conciencia de pleamar y pleacielo.
Supe
que aunque las bacías seguirían siendo yelmos,
nunca
más volveremos al campo vestidos de pastores
perseguidos
por una ristra de gatos
camino
de las colinas del río rojo del tiempo.
Supe
de la tarde dormida, la fuga cruel de los colores,
y
en la música de Elgar,
mis
veinte años.
Supe
de bares con barras parejas donde brotó el amor.
Supe
del cometa Halley que no volveré a ver.
Supe
de vidas sin dirección, sin rumbo, sin propósito,
y
de aventuras a la vuelta de la esquina.
Supe
de amigos a los que una mano de nieve
sacó
a bailar al centro de la discoteca.
Supe
de una ciudad que creció, creció
y
se fue volviendo otra hasta dejar de ser mía.
Supe
de viajes que empezaron en el corazón y aún perduran.
Supe
de los que cayeron por causa de la belleza,
ciegos
de luz, enfermos de ilusión,
mientras
ella pasaba de largo, indiferente.
Supe
reír, cantar, brindar por la vida más que insensata.
Supe
de los que empezaron a faltar en las fotografías.
Supe
del camino que había que tomar para triunfar como político,
como
profesor universitario, como escritor,
y
tomé la dirección contraria.
Supe
que es imposible escapar de un mundo hecho de redes.
Supe
que la vida consiste en serrar barrotes,
intentar
no sangrar, y que no haya heridos.
Supe
que el lenguaje era un bien escaso y carísimo
y
que había que medir muy bien con quién quería gastarlo.
Supe
encontrar a quienes en silencio y sin hacer ruido
amasan
el pan de la resistencia.
Supe
que la libertad acojona
porque
su práctica nos hace responsable de nuestros actos.
Supe
de palabras que con el uso
fueron
perdiendo todo significado.
Supe
que el amor embellece lo amado,
hace
un hueco al añil de diciembre,
espuma
el deseo con un verano sin límites.
Supe
que mi primer amor pasó
pero
mi corazón continúa.
Supe
que tu cuerpo sería mi única patria.
Supe
que la poesía es compañera, vieja madre,
ayer
de las cosas, piedra en el camino,
faro
del puerto, sueño vano, hoja de hierba,
sol
que se va, isla solitaria, refugio y trinchera,
fuego
y consuelo, espiral incierta,
cuerda
del multiverso que unos pocos aprenden a tañer
para
que siga sin fin la danza de los fenómenos
que
todos estamos invitados a bailar.
Antonio Orihuela. En la ceremonia de la cremación de Antonio Orihuela. Ed. Páramo. 2026

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