documentos de pensamiento radical

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lunes, 30 de marzo de 2026

ESTULTISOFÍA (fragmento III)

 


bajo la perspectiva necia del ARTE


Desafío a la sacralización del arte perfecto: La Estultisofía desconfía de la

obsesión por lo sublime. Frente al cuadro impecable, reivindica la mancha; frente

a la escultura majestuosa, el bloque de plastilina mordido; frente a la coreografía

precisa, el tropiezo convertido en danza. El arte privado se obsesiona con la

excelencia técnica; el universal se regodea en el fallo compartido.

Revalorización del accidente creativo: Una pincelada torpe es un manifiesto;

una nota desafinada, un descubrimiento sonoro. El arte estulto no teme al error,

lo multiplica hasta convertirlo en escuela. La cultura privada corrige; la universal

abraza la imperfección como musa.

Crítica a la lógica de la belleza: La Estultisofía no busca lo estéticamente

correcto, sino lo grotesco, lo kitsch y lo ridículo. Se premia el collage imposible,

el cuadro pintado con la nariz y el vídeo experimental de cinco horas sobre un

plátano oxidándose. El canon estético queda reducido a souvenir de mercadillo.

Desjerarquización de artistas y públicos: El espectador pinta, el músico barre, la

bailarina sirve cafés y el crítico lava platos. Todos pueden firmar la obra y reclamar

derechos de autor. El arte privado defiende el aura; el estulto lo regala como baratija.

El arte como teatro absurdo: Performances de gente hurgándose la nariz durante

horas, instalaciones hechas con pelos de pubis, recitales de silencios incómodos. El

arte privado lo vende en subastas; el universal lo reparte en plazas públicas.

Transformación de la identidad artística: Ser artista ya no es un oficio, sino

una mascarada diaria: Hoy pintor de manchas, mañana escultor de cubitos de

hielo, pasado director de coros de grillos. La única regla es no tener reglas (salvo

las de la risa compartida).

Aceptación del desconcierto estético: El desconcierto, la risa y el ridículo

se convierten en las materias primas del arte. Lo privado busca armonía; lo

universal se instala en el caos fértil.

La obra como objeto efímero y desechable: El cuadro puede borrarse a las

24 horas, la escultura ser devorada por palomas y la performance terminar en

siesta colectiva. Lo privado busca la eternidad de la pieza; lo estulto se ríe de su

fugacidad y la celebra como accidente.

El artista como farsante feliz: El creador ya no es genio atormentado, sino impostor

voluntario: Firma obras que no ha hecho, se copia a sí mismo de una manera

lamentable, improvisa recitales de sonidos realizados con la concavidad que forma

el arranque del brazo con el cuerpo, más conocida como axila o sobaco. El arte privado

lo acusaría de fraude; el universal lo aplaude como campeón del engaño alegre.

En resumen: El arte estultisófico no embellece el mundo: Lo desordena con

ternura absurda. No vende exclusividad: Comparte confusión. No busca

eternidad: Se conforma con una carcajada pasajera.

«El arte es la mentira que nos permite comprender la verdad» Pablo Picasso (artista)

«El arte es, sobre todo, un estado del alma» Marc Chagall (artista)

bajo la perspectiva necia de la PAREJA IDEAL en la Estultisofía:


Rechazo de la perfección romántica. La Estultisofía rechaza la pareja

monolítica, irrompible e intemporal que ha sido «impuesta» por la mayoría

de sociedades. La noción de encontrar «su media naranja», que colme

todas las expectativas es ridiculizada en favor de una aceptación plena de la

imperfección y la idiotez compartida. En este marco, no existe la exclusividad

como mandato divino: La infidelidad, vista desde lo estulto, pierde su

carga dramática y se transforma en otro de los tantos gestos humanos

incomprensibles, a veces necesarios, a veces absurdos, que no tienen por qué

implicar una catástrofe emocional.

El valor de los desacuerdos y las contradicciones. La pareja no es una

ecuación cerrada, sino una acumulación de contradicciones ambulantes. Aquí

se permite disentir, ser incoherente e incluso amar a varias personas a la vez.

Las tensiones no se reprimen, se celebran como un carnaval filosófico. En

esta lógica, no sólo se admite el desacuerdo, sino también la posibilidad de

relaciones múltiples, como una forma válida de expresar la diversidad afectiva

y relacional humana.

La vulnerabilidad como base de la conexión emocional. Mostrar la propia

estupidez, llorar sin motivo, desear a otro cuerpo sin culpa: Todo cabe en la

pareja estultisófica, donde la máscara cae y se deja ver al idiota sin filtros. En

lugar de castigar los deslices, se aceptan como parte del absurdo de la condición

humana. La vulnerabilidad también es admitir que uno puede desear sin dejar

de amar, y que el afecto no siempre se reparte de forma ordenada y simétrica.

La liberación de expectativas rígidas. El amor no debe obedecer a un

guion. Matrimonio, fidelidad obligatoria, convivencia eterna: Ficciones todas

que la Estultisofía dinamita con entusiasmo. Una pareja puede ser un trío, un

poliedro relacional o simplemente un experimento temporal. La única regla

estultisófica es que no haya reglas inamovibles. El amor se libera cuando se le

permite reinventarse fuera de las fórmulas convencionales. Y, por descontado,

en esta relación, como en cualquier otra, la violencia (sea del tipo que sea) no es

admitida, ni aceptada, ni siquiera pensada como una posibilidad lejana.

La aceptación del absurdo en las dinámicas de pareja. ¿Una discusión por

cómo se pela una naranja? ¿Celos porque tu pareja se enamoró de una planta?

Perfecto. En la pareja estultisófica, todo eso tiene sentido precisamente porque

no lo tiene. No se busca eliminar el sinsentido, sino habitarlo con conciencia.

Incluso la infidelidad, en este marco, se transforma en un acto que, lejos de ser

demonizado, se resignifica como parte de la tragicomedia humana.

El juego como forma de comunicación. En vez de exigir explicaciones

racionales o promesas eternas, la pareja estultisófica prefiere el juego: Fingir

ser desconocidos en una estación de tren, inventar nuevas reglas del amor

cada semana, hacer pactos absurdos como «solo seremos fieles los viernes».

Las relaciones abiertas o no convencionales no son motivo de escándalo, sino

escenarios lúdicos donde el afecto puede manifestarse de formas múltiples

y contradictorias. Los acuerdos deseados, comprendidos y pactados son una

buena cimentación de la relación.

La transformación constante de la pareja. Una pareja no es un monumento,

es una performance, es una acción continua. Puede que hoy sean dos, mañana

tres, o ninguno. La Estultisofía invita a vivir las relaciones como procesos

creativos y desordenados, donde lo que hoy nos une puede ser lo mismo que

mañana nos desuna. Amar también es saber salir, mutar, integrar a otros, o

disolverse sin drama.

El amor como proceso de deconstrucción. Amar estultisóficamente es

cuestionar la idea misma del amor. ¿Por qué no podemos querer a dos personas

al mismo tiempo? ¿Por qué la infidelidad es una traición y no una exploración?

¿Por qué no puede la pareja ser también un trío filosófico que deconstruye

su propia idea del amar? Amar es derribar, dudar, tropezar y reconstruir sin

garantía de éxito.

La pareja como campo de juego filosófico y existencial. La relación

afectiva se convierte en un laboratorio ontológico donde todo puede ponerse

en cuestión: ¿Qué es la fidelidad? ¿Tiene sentido la exclusividad afectiva? ¿Por

qué no enamorarse colectivamente? En este juego, el afecto no se limita, se

expande en direcciones inesperadas. Lo importante no es tener razón, sino jugar

con las preguntas.

La pareja como resistencia a la normalización. Frente a la maquinaria social

que exige orden, control y exclusividad, la pareja estultisófica responde con

desobediencia afectiva. Su misma existencia —caótica, inestable, irreverente—

es un acto poético de insumisión. Normalizar la infidelidad, abrirse al poliamor,

disolver los límites rígidos entre tú y yo: Todo eso se convierte en una forma de

rebelión y en una vía para imaginar otras formas de amar.

En resumen, desde la Estultisofía, la relación de la pareja ideal se redefine

como un espacio de libertad, vulnerabilidad, laberinto creativo y constante

transformación. La perfección y la estabilidad tradicionalmente buscadas

son reemplazadas por la autenticidad, la aceptación de la imperfección y la

celebración del absurdo. Las parejas que adoptan esta visión viven su relación

como una exploración constante de lo que significa compartir el absurdo de la

existencia, sin ataduras a expectativas rígidas, sino fluyendo con el caos creativo

y el juego emocional.

«Lo que necesitamos es menos sentido común y más sinsentido creativo”»

Tristan Tzara (poeta)

«Donde todos piensan igual, nadie piensa mucho.» Walter Lippmann

(filósofo, periodista)

 

 

 

Manel Costa. Estultisofía. Ed. Estulta, 2026

domingo, 29 de marzo de 2026

ESTULTISOFÍA (fragmento II)

 


bajo la perspectiva necia de lo SOCIAL en la Estultisofía:

Desafío a la sacralización del orden social: La Estultisofía cuestiona la

idea de que la sociedad necesita un orden rígido, coherente y permanente para

funcionar. Frente a la obsesión por la estabilidad, la seguridad y la normalidad,

propone una mirada que celebra la inestabilidad, la contradicción y el azar

como motores colectivos. Lo social no se entiende como un edificio sólido, sino

como un castillo de naipes permanentemente a punto de caer, cuya belleza está

precisamente en el derrumbe y en la reconstrucción.

Revalorización de lo inútil en lo comunitario: La vida en común no se mide

por la eficiencia de sus instituciones ni por la utilidad de sus normas, sino por la

capacidad de generar espacios absurdos de convivencia: Plazas para no hacer

nada, asambleas para discutir sobre lo indiscutible, celebraciones sin motivo

alguno. La comunidad deja de ser una maquinaria funcional para convertirse en

un carnaval perpetuo de la improductividad compartida.

Crítica a la lógica de la cohesión social: Mientras el pensamiento tradicional

celebra la cohesión, la unión y la armonía social, la Estultisofía reivindica el

desacuerdo, el malentendido y la contradicción como formas más honestas de

estar juntos. La comunidad no se forja en la unanimidad, sino en el equívoco, el

disparate y la imposibilidad de llegar a conclusiones comunes. La descohesión

se convierte en el verdadero cemento social.

Desjerarquización de las instituciones: En lugar de venerar al Estado, al

Parlamento, a la Iglesia o a la Universidad como depositarios de autoridad,

la Estultisofía los reimagina como escenarios de payasada institucional. Un

ministro puede equivocarse en verso, un juez puede emitir sentencias en forma

de trabalenguas, una catedrática puede dar clase con un zapato en la cabeza y

un clérigo o clériga debe contener la carcajada por la sandeces que dice. Así se

expone que el poder no es trascendente, sino un teatro ridículo que puede ser

reescrito en clave de farsa.

La sociedad como teatro del absurdo: Las convenciones sociales, los

protocolos y las normas de urbanidad se entienden como coreografías absurdas

que se repiten sin que nadie recuerde su origen. Dar la mano, votar, esperar

turno, aplaudir un discurso: Todo puede verse como una puesta en escena sin

sentido. La Estultisofía invita a exagerar, parodiar o sabotear estas rutinas hasta

que se haga visible el vacío que las sostiene.

Transformación de las identidades colectivas: Las identidades sociales

(nación, clase, género, partido, equipo de fútbol…) son entendidas no como

esencias, sino como disfraces. La Estultisofía propone jugar con ellas,

intercambiarlas o inventar nuevas (ser «ciudadano de la República de la

Compasión» o «militante del Partido de los Desorientados»). La identidad social

deja de ser un destino y se convierte en una orgía de máscaras inestables.

La política como juego inútil y mutante: Lejos de entender la política como

gestión seria y trascendental, la Estultisofía la concibe como un juego inútil donde

las decisiones pueden ser reversibles, contradictorias o ridículamente arbitrarias.

Votar puede equivaler a lanzar un dado, legislar a escribir poemas automáticos,

y gobernar a improvisar una salmodia. Así, se desarma la solemnidad del poder

político y se abre la posibilidad de la política como performance.

Aceptación del conflicto y la fragilidad social: En lugar de ocultar los

conflictos bajo discursos de armonía, la Estultisofía propone habitarlos como

parte constitutiva de lo social. La violencia simbólica, la frustración colectiva o

la precariedad del lazo social no se niegan, sino que se exponen en toda su

desnudez absurda pero sincera. La fragilidad, más que un defecto, se convierte

en la única verdad posible de lo común.

Reinvención de la protesta social: La protesta deja de ser solo oposición frontal

al poder para convertirse en experimentación desorientada: Manifestaciones

que marchan en círculos, pancartas en blanco, cánticos en idiomas inventados,

ocupaciones poéticas de espacios públicos... Estas acciones no solo reclaman

derechos, sino que cuestionan la seriedad misma del orden social, desarmando

su pretensión de legitimidad.

En resumen, desde la Estultisofía, la sociedad deja de ser un organismo

racional destinado a la eficiencia y al control, para convertirse en un campo de

experimentación absurda, carnavalesca y dislocada. No se trata de perfeccionar

las instituciones, sino de burlarse de ellas; no de reforzar la cohesión, sino de

aceptar el conflicto; no de buscar la utilidad común, sino de gozar del sinsentido

compartido. La verdadera dignidad social no reside en obedecer las normas,

sino en desobedecerlas de manera creativa, poética y ridículamente colectiva.

«Lo que nos une no es el consenso, sino el conflicto, el disenso». Chantal

Mouffe (filósofa y politóloga)

«El hombre es un ser para la contradicción.» Albert Camus (filósofo)

 

 

Manel Costa. Estultisofía. Ed. Estulta, 2026

sábado, 28 de marzo de 2026

ESTULTISOFÍA (fragmento I)

  


CONCLUSIONES PUNTUALES NECESARIAS Y DESTACABLES

bajo la perspectiva necia del DIOS en la Estultisofía:


La primera pregunta es: (Aseidad)¿Dios se hizo a sí mismo con su propia

conformidad o se hizo sin su permiso? Porque si lo hizo sin su consentimiento o

anuencia, hubo una clara traición a sí mismo. Francamente, si éste fuera el caso,

no hubiera sido un buen comienzo para la existencia absoluta.

La segunda pregunta es: Según algunos filósofos (Philipp Mainländer,

Friedrich Nietzsche y algunos otros) Dios ha muerto (o se ha suicidado, que es lo

más probable). ¿Avergonzado de su propia obra? ¿Aburrimiento y desesperación

por pensar que debe estar solo toda la eternidad? Algunos llegan a decir

que Dios hizo el Universo tan perfecto que él mismo (el Universo) ya estaba

diseñado para gestionarse por sí solo; después de eso… desapareció. ¿Nula

responsabilidad? ¿Miedo a ser acusado de ser un chapucero? Y las chapuzas

de un Dios, por su envergadura, no son comparables a los errores humanos;

cuando la caga, la caga a conciencia y con los resultados que todos conocemos.

Desafío a la omnipotencia divina: La Estultisofía cuestiona la idea de un Dios

todopoderoso. Si realmente lo fuera, ¿por qué inventó los mosquitos, la diarrea

o la burocracia? Un Dios estulto no es omnipotente, sino «omni-imprudente»:

capaz de crear universos fascinantes y, a la vez, olvidarse de apagar la luz

cósmica. La omnipotencia se transforma en torpeza creadora.

Revalorización del error divino: Lejos de concebir a Dios como perfecto e

infalible, la Estultisofía lo celebra como un artesano del error. Cada fallo humano

sería, en realidad, un eco de la chapuza divina. Así, el pecado original no sería

más que un despiste celestial, como si Dios hubiera escrito mal las instrucciones

de la existencia y nunca se molestara en corregirlas.

Dios como personaje vulnerable: En vez de un juez severo, la Estultisofía

propone imaginar a un Dios inseguro, que duda de sí mismo, que se arrepiente

de algunas de sus decisiones (quizá del diluvio universal, quizá de la invención

de las hamburguesas de Macdonal o la paella con chorizo). Un Dios que

necesita consejo, que se sonroja y que, en ocasiones, pide disculpas por el caos

del mundo.

La blasfemia como plegaria alternativa: Para la Estultisofía, insultar a

Dios puede ser una forma legítima de oración, porque lo enfrenta a su propia

imperfección. El grito irreverente es tan sagrado como el canto coral, y la

carcajada puede ser un acto de fe más honesto que la genuflexión.

Caos teológico como revelación: En lugar de una teología ordenada

y sistemática, la Estultisofía reivindica una «ateología» caótica, llena de

contradicciones y divinidades en fuga. En este marco, Dios no es un punto de

llegada, sino un laberinto que nunca termina. Y perderse en él es, paradójicamente,

la única forma de encontrar algo. Por cierto, ¿si del ateísmo se desprende el

ateo, por qué del teísmo no se desprende el teo? Yo ahí lo dejo.

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Crítica a la idea de un Dios único y verdadero: La Estultisofía no reconoce

monopolios celestiales. Un Dios puede ser tan real como el monstruo del espagueti

volador, tan sagrado como un zapato viejo. El politeísmo, el monoteísmo o el

ateísmo no son más que estilos distintos de jugar con lo inalcanzable.

Dios como espejo de lo estulto humano: La divinidad no sería un ente

separado, sino un reflejo exagerado de nuestras contradicciones. Si los humanos

somos caóticos, absurdos y contradictorios, ¿por qué exigir a Dios coherencia?

Lo divino se entiende entonces como una caricatura cósmica de nuestras propias

torpezas.

En resumen: Desde la Estultisofía, Dios deja de ser el garante absoluto del

orden y la perfección, para convertirse en un cómplice del desorden, el error y

el absurdo. Lo divino no se invoca con temor reverencial, sino con una sonrisa

torcida. Y si Dios existe, probablemente se esté riendo con nosotros —o de

nosotros.

«Si Dios creó el mundo, lo hizo mientras bostezaba.» Emil Cioran (filósofo)

«Dios es un comediante que actúa ante un público demasiado asustado para

reír.» Voltaire (filósofo)

 

 

Manel Costa. Estultisofía. Ed. Estulta, 2026