documentos de pensamiento radical

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domingo, 20 de septiembre de 2026

7 poemas de LA DESOBEDIENCIA DE LAS PALABRAS de JUAN CARLOS MESTRE




TODOS LOS LIBROS LLENOS DE PALABRAS

 

 

Y todos los libros llenos de palabras

y todos los calendarios llenos de días

y todos los ojos llenos de lágrimas

y llena de nubes la cabeza de todos los mares

y llenos de coronas y puntapiés todos los relojes de arena

y de jirafas molidas todos los pechos condecorados

y todas las manos llenas de verano y caracoles marinos

y todos los dormitorios llenos de manojos de explicaciones

y de pantalones disecados las sillas en todos los prostíbulos

y todos los huecos llenos de público

y todas las camas llenas de electrocutados

y todos los animales llenos de espíritu y pánico

y de feroces gritos los árboles en todos los aserraderos

y todos los tribunales llenos de testimonios

y todos los sueños llenos de sacacorchos

y llenas de chicas todas las estrellas

y todos los libros llenos de palabras

y todos los calendarios llenos de días

y todos los ojos llenos de lágrimas

y todas las peceras y todos los pupitres y todas las cenas íntimas

y todos los razonamientos llenos de indudables edificios

y toda la primavera llena de moscas y crisantemos

y llenas todas las iglesias y todos los calcetines y todas las peluquerías

y todas las mujeres llenas de gloria

y llenos también de gloria todos los hombres

y todas las perreras llenas de ángeles

y todas las llaves llenas de puertas

y todos los bazares llenos de ratones

y llenos de barrenderos todos los cuadros

y llenas de estiércol todas las escobas de la patria

y todas las cabezas llenas de radiografías e intríngulis

y llenas de luz todas las subestaciones eléctricas

y llenos de amor todos los manicomios

y todos los cementerios llenos de salvavidas


 

 

 

 

APOSTILLAS AL DECRETO DE LA PROHIBICIÓN

 

 

Lo prohibido no está prohibido para los seres que viven en el cielo

Ni a los hombres que viven en el aire les han sido prohibidas las aguas

No han sido prohibidas las mareas para las mujeres que nadan en el paraíso

Ni el aire ni el agua han sido prohibidos en la tierra donde viven los muertos

Las prohibiciones han sido prohibidas por los elegidos del aire y el agua

Los animales habitan las constelaciones. Los campesinos de la verdad

Remueven los tizones de la prohibición con la madera del pensamiento

No es necesario pronunciar su nombre para que lo prohibido desaparezca

Y queden la tierra y el cielo y las aguas todas libres de prohibición

Todo lo prohibido con latas de pintura. Las representaciones del azar apacible

Todas las prohibiciones abolidas por la prohibición de matar

No es necesario escribir su nombre para que los fragmentos de su lejanía se hagan presentes

Él vive sin prohibición en el agua. Su duración es la tierra y las orillas del cielo

Tú que tienes en la mano una piedra enciéndela como si fuera una antorcha

Tú que tienes en la mano un palo frótalo hasta convertirlo en cosecha del olivo

Porque no dudes que se acercarán a casa los hombres de la prohibición

Los hombres de las devastaciones. Que llegarán a casa los asesinos

Lo que no puede ser prohibido volverá a ser prohibido de otra forma

Tenlo presente, aunque no lo quieras oír, regresa el daño por el camino aprendido

Aquí es donde vive la serpiente. La incorpórea de Wallace Stevens


 

BERLÍN

 

 

Año tras año, cada domingo, hacia mediados de enero

la dialéctica de la espontaneidad se reúne en Berlín con Rosa Luxemburgo.

Acuden los líderes de los pantanos, cantan el himno de los arillos

en las orejas. Han venido los pájaros de Walter Benjamin

a ser definitivamente entendidos este domingo de mediados de enero.

Gloria a los escarnecidos, gloria a los elevados por las madres

que sostuvieron el sencillo universo de la lucha de clases.

Rosa Luxemburgo, vestida de negro y subida a un cajón de madera

habla con vehemencia al cordero y al lobo: No más créditos a la guerra,

no más hechicerías de patria al evangelio de los desesperados.

Año tras año, cada domingo, ángeles envejecidos caídos del infierno

Custodian a los inválidos y a los niños de las negaciones.

Han echado arenques envenenados en el asilo, el orden reina en Berlín.

¿Queda abolida la pena de muerte?

Dicen que hay cadáveres que hablan más alto que las trompetas.

Y los patinadores recogen su cerebro despedazado por un culatazo.


 

CRÓNICA DE LA EDAD MEDIA

 

 

Son los mismos que en la Edad Media tiraban piedras a los leprosos

Una cuadrilla de pendejos que escucha Las Valkirias a todo volumen

Son las mismas carcajadas de Berlín la noche de los cristales rotos

Van a lo mismo que iban en la Edad Media, a tirar piedras a los leprosos

Salen de caza, de mala manera abarrotan con liebres los trenes de mercancías

Cada mirlo de cementerio es una gota de lluvia y el agua ya llega al cuello

Los coros se han puesto en danza, los enamorados de la Tierra se abrazan por última vez

A esta hora, en Belo Horizonte, bajando por la ladera hacia el mar va Bartolomeu Bueno da Silva en busca de oro

Ante estos acontecimientos, Carlos Drummond de Andrade, cuyo corazón no es más grande que el mundo, está melancólico

Hace treinta mil años que las libélulas se han convertido en caballitos del diablo y que los erizos hablan en voz baja

Pero en los cuarteles resoplan las teteras y los oficiales arrancan sus motos

Los cisnes de cuello negro llevan una vida normal lejos de nosotros, los perros levantan la pata sin avergonzarse en cualquier esquina

De acuerdo al historiador Plutarco en época de Julio César cuatro millones de personas fueron vendidas como esclavos

Cuando los relojes comenzaron a girar los mercaderes encontraron la fórmula perfecta

Y los emigrantes y los pelícanos cruzaron el mar de las preocupaciones para alquilar un piso pequeño

Durante varios siglos la dinastía Tang se zampó a treinta y cinco millones de seres humanos

En un milenio la Europa católica acabó con las existencias en todas las excavaciones de sueños

Hace rato que Cristóbal Colón ha regresado de América y la noche de san Bartolomé Catalina de Medici se quita la máscara para saludar a sus príncipes

Durante el invierno siguiente los viajeros llegan a su destino, la quinta sinfonía del opio se extiende por el imperio chino

En los cuarteles resoplan las teteras y los oficiales engrasan sus motos

Todo está a punto para desenterrar a Blanquina March veinte años después de muerta, procesarla por judaizante: condenada, incautación de sus bienes, quemados sus huesos en la hoguera

No son las huellas del lobo que lame la mano del hermano pequeño

Son los mismos que en la Edad Media tiraban piedras a los leprosos

La mancha de Leopoldo Segundo rey de los belgas

Josecito y Adolfo aspirantes al título de peso mosca

Los mismos mal nacidos que arrojan propaganda desde los helicópteros


 

CONDE DE NIEBLA

 

 

Después de un crimen Buda echa alambre en el corral de los halcones

El tiempo de las palabras abandona las linotipias y los billares

Las manchas permanecen en los trapos hasta la proximidad del verano

Las tapicerías los guantes los marfiles del chacal se llenan de pelo dormido

Después de un crimen el viento azota con menos fuerza los letreros

La camioneta con los cazadores entra en las aldeas del siglo XI

En el establo del revólver siguiente los animales nacen más oscuros

Los bueyes hinchados por el miedo fermentan sobre el estiércol

Desde la cantina se divisa la iglesia los cascos vacíos de la cerveza caliente

Después de un crimen los idiotas roban en la última casa del pueblo con peste

Aquí venían a parir las jóvenes campesinas que fecunda el poleo

Abortaban en los orinales, pared con pared, la radio prendida

Amarradas al somier de alambre, deshojadas en los bidones

En las libretas de hule los carniceros maman la lengua del mudo

Encorvados sobre la Luna bajo la gabardina negra del conde de Niebla

Rasgan las medias de nailon trizan los abanicos revientan las yeguas

Los carniceros la camioneta la cerveza caliente del siglo XI

Rapadas en las cunetas cubiertas por las estrellas

Con un tiro en la nuca aparecían las milicianas del 36.


 

LA HIJA DEL SASTRE

 

 

Hoy 18 de julio martes setenta y cinco aniversario del golpe de estado de Caín

En la televisión las locutoras hablan con tranquilidad de los cometas que pasan rozando la Tierra cada diez mil años

Hacia esta misma hora en León ya ha sido detenido el alcalde Miguel Castaño y los pantanos que aún no esperaban lluvias del tiempo futuro han comenzado a llenarse de sangre del tiempo pasado

Donde termina la provincia hay un castillo con su conde y hay un pueblo dividido por dos ríos y no es necesaria ninguna otra información geográfica

Son las tres de la tarde delante de su almacén de coloniales el comerciante Emilio Silva observa dos criaturas que juegan a descargarse oro en los ojos

Son la hija del sastre y el hijo del panadero

La miel entra en los caramelos y los muchachos comienzan a oír la canción de las estrellas que al atardecer se atolondran en la oscuridad

Ella dijo y él dijo y ambos se dijeron no hay ningún otro camino que nos lleve al mar

Los ríos cambian de pie y las aguas regresan a la montaña

La única música es el canto de las abejas camino de los colmenares

Las cosas que pasaban eran casi todas las cosas que pasan en un pueblo que no aparece en las esferas del mundo

En la alameda los fumadores encienden sus cigarrillos para ser vistos desde las estrellas

La Luna le da la mano al Sol y los antepasados siguen con la conversación bajo los cerezos

Nadie supo nunca imaginar algo así

Los árboles marchan sin dirección a tomar el desvío hacia los paisajes del arrepentimiento

Los verdugos dejan de comer tocino, a las fuentes se les seca la boca

Es septiembre y la tarde tiene el color de la uvas, será monja o será fraile preguntan los dedos que abren el capullo de las amapolas

El último día del verano fusilan al alcalde de Villafranca del Bierzo, Antonio Gabelas y los pensamientos que ya no existen dijeron: Será mejor que te calles

La última mirada se da la vuelta en la ventana de la casa de enfrente

Las mujeres no están preparadas para la inquietud, los amantes no están preparados para el remordimiento, los niños no están preparados para la congoja

La voz se lava las manos, la decisión se lava las manos, los caciques se lavan las manos

Ladran los perros de caza, se esconden los perros de caza, su mirada se inclina como la cabeza de un enfermo

El que oíamos cantar se deja de sentir como dedos que se duermen

Aquellos que no conocíamos salen de cualquier parte dispuestos a permanecer para siempre

Y lo que sucede en un lugar comienza también a suceder en otro como si se borrara un sueño

El sastre termina de hilvanar el traje que su compadre ya no podrá recoger

No se sabe dónde lo han llevado y los días que ya no existen volverán a decir: Será mejor que te calles

En abril del 41 Antonio Abella, vecino de Paradaseca, muere en Mauthausen

Y José Mestre desaparece el primero de febrero del 42 en el campo de exterminio de Gusen

Pasan los inviernos y los veranos que ya no existen seguirán repitiendo: Será mejor que te calles

Sesenta y cuatro años después de la insurrección fascista el nieto de Emilio Silva dueño del almacén de coloniales La Preferida en Villafranca del Bierzo encontrará la fosa de su abuelo en una cuneta a la entrada del pueblo de Priaranza

Según el evangelio de Natan Zach, cuando Dios dijo por primera vez hágase la luz, quiso decir que no quería estar a oscuras

La hija del sastre se inclina sobre la máquina, sus puntadas recorren kilómetros y todo camino interminable se hace más pequeño

La noche se llena de lámparas, hablan con las hojas doradas que aún tienen la cocina encendida

El pelirrojo acebo le dice al espino: Será mejor que te calles

Ella dijo y él dijo y ambos se dijeron barrio triste escaparates donde las personas miraban el tiempo el cielo el viento en línea recta de la carretera

El sol vino a acostarse en los retales, el humo volvió a entrar en las chimeneas, la corriente eléctrica regresa a la oscuridad, abre la puerta, salta en el mundo

Se entierran las palabras que esperaban a alguien, se desentierran como niños vivos

Y se va el otoño y regresa la primavera y los cometas pasan rozando la Tierra una vez cada diez mil años.


 

DE MEMORIA

 

 

Los poetas trabajan con la memoria. La ponen a escurrir hasta que ya no cae una gota. Rara vez la planchan. La guardan sin doblar en armarios para los demás invisibles. Algunos se pasan de rosca y la llaman potencia inferior de los sentimientos, como el cernícalo de Aristóteles. Los más pragmáticos la desarman como un mecano y esperan el momento más oportuno para hacer con ella algo oportuno en el lugar menos inoportuno.

 

 

La modernidad es amnésica, decía Kafka, cascarrabias donde los hubiera pero con las patas traseras bien asentadas en el pasado. La historia ha sacrificado la mitad del género humano para construir su prestigio sobre la inteligencia del silencio, pero la memoria de la humanidad es el sueño de las víctimas. Y las víctimas hacen algo más que ruido, estruendo hacen las víctimas al entrechocar su ausencia en las zonas donde todo permanece innombrado.

 

 

Alto ahí, musas, con la cantaleta: la actitud conservadora es aquella que nos plantea la imitación de un pasado establecido como norma de conducta: yo no escribo para echarle afrecho a los chanchos de domingo de guzmán encaramado en los retablos de Berruguete.

 

 

Cuando oigo debatir acerca de las poéticas del silencio me descojono de risa. Andan enredadas unas y otras con el asunto de lo claridoso y la fosforescencia, intentando venderle la moto a los mutilados de la pretensión. Cada individuo tiene autonomía para escribir como le venga en gana, irse por las ramas y no evitar la tentación de conocer algo nuevo. Se sabe que ninguna palabra significa lo mismo dos veces y algo semejante sucede con los imperativos de la memoria que como espinas aún le hacen cosquillas a todo cristo viviente.

 

 

Qué preceptiva ni que gaitas. Las brigadas de gramáticos y recaudadores de significados no impondrán de nuevo cartillas militares a los párvulos insumisos. Lo sabemos y nunca estará de más repetirlo: para un prisionero el extraviar de noche su gorra en Auschwitz equivalía a un tiro en la nuca a la mañana siguiente. Ahora si quieres podemos seguir hablando de la hermenéutica, la capacidad de resistencia del saber al concepto de verdad y la herencia por ausencia de la no concordante hermosura que soñaron otros.



Juan Carlos Mestre. La desobediencia de las palabras. Bartleby Ed. 2024

sábado, 19 de septiembre de 2026

ELLAS



 

 

Todas íbamos a ser reinas…

GABRIELA MISTRAL

 

 

Posiblemente se acaben de levantar y oigan a lo lejos un olor a pájaros dormidos. Posiblemente todo lo que era el mundo, hierba y galaxia, aún es sueño. Saben planchar, posiblemente dan de comer a hijos que no son suyos. Vuelven insignificantes a la vida, regresan al suburbio donde pensaron algún día no estar solas, ser As de Corazones entre las manos de crupier del sábado. Quitan el polvo a libros que jamás leerán, cambian las sábanas del catre donde se amaron otros. Nadie sabe qué dios de las pequeñas cosas aún les hace sonreír en las fotografías. Caminan hacia el metro, beatrices de Dante, julietas, lisas marias di noldo gherardini. Sobreviven sin culpa, ávidas, fervientes, despreciadas. Posiblemente odian, posiblemente sueñan.


 


Juan Carlos Mestre. La desobediencia de las palabras. Bartleby Ed. 2024

viernes, 18 de septiembre de 2026

EL POETA



 

 

Para Rafael Pérez Estrada

 

 

Recorrimos los suburbios,

anduvimos juntos entre la maleza,

dormimos en los cobertizos.

 

 

El poeta barba de maíz roedor de los sembrados,

el poeta bobina sin hilo de las cometas.

El que bajo los párpados de lino del verano

es la voz ronca del vendedor ambulante,

la mirada del viento que seca la tierra mojada.

 

 

Lo que el poeta dice,

lo que dice el poeta a la adivina,

al solitario de boina gris,

al que oye sus palabras como relato de un robo.

 

 

El poeta vidrio de los cuatro colores de la atmósfera,

el poeta oscuro llave de las alacenas.

El que está sentado a la diestra del padre

junto al jugador de baraja que lee la fortuna,

el que le dice a la muerte, oye muerte,

y se acuesta con ella.

 

 

Lo que dice el poeta,

lo que el poeta dice

al que se creyó dueño de algo,

propietario del reflejo de algo,

amo de la discordia de algo.

 

 

El que deambula de noche por los cercados,

el poeta amigo de las hormigas

que construye una casa de harina.

El que guarda en su artesa cuero de tambor

y pan nublado del sábado.

 

 

El poeta cera amarilla de las iglesias

que baila con el agua de las pecadoras,

el poeta barco de papel

que duerme con la muchacha sin labios.

 

 

Sus manos escriben el rótulo de las mercerías,

saludan en la iglesia al dueño del alambique.

El que se llama Niebla, Pelirrojo Crepúsculo,

el que no sabe a quién besarán ahora los ojos de Triste Boca de Nuez,

el que silba como el pájaro de las colinas,

el hijo del panadero que conversa con el martín pescador.

 

 

Lo que el poeta dice,

lo que dice el poeta a la muchacha con calcetines blancos

y pequeños ojos de colibrí.

El viejo pastor comensal del otoño,

el poeta ruido de las semillas, carpintero del Arca de los animales.

El delirante bajo el filamento de las bombillas

para el que aún tiene sentido seguir dándole vueltas.

El que vive en la patria de una mujer desnuda,

el hijo de la locura que llora médula de caballos

sumergido en el humo de su choza de adobe.

 

 

El que vino a barnizar con leche la jaula de los cantos,

aquel cuya cabeza ha rodado como una peonza

por la tarima de los burdeles

y ha recorrido todos los templos

pidiéndole favores al crucificado.

El consentido por el vínculo de las zurcidoras,

el que padece una enfermedad inmortal

y levita en los parques tumbado de espaldas.

 

 

El poeta que cruza en ambulancia los campos de girasoles,

el poeta ángel de los pesebres,

brizna de los acantilados.

El poeta reloj de lluvia de las epidemias,

vapor de los harapos hervidos contra la peste.

El que ha hipotecado la hacienda de varias generaciones

y ahora es el ánima de un bolchevique embriagado de vodka.

 

 

El patriarca que abrió una tienda de ultramarinos

y compra por cuatro centavos un ramito de sífilis,

el que conoce el comercio de especias y el tráfico de resinas,

el compadre de los anarquistas

con su escarabajo negro ante el eclipse de mar.

El que rodeado de profecías y pájaros

vive en las manos de una arpista,

el que tiene dedos de trébol y cerillas,

aquel cuyas cenizas alimentarán las carpas de los estanques.

 

 

Recorrimos los suburbios,

anduvimos juntos entre la maleza,

dormimos en los cobertizos.

 

 

Lo que el poeta dice,

lo que dice el poeta a la adivina,

al bisabuelo judío que dormía en la comuna

y aún vaga con su barba blanca por ahí

proclamando su consigna a las abejas:

Las estrellas para quien las trabaja.


 


Juan Carlos Mestre. La desobediencia de las palabras. Bartleby Ed. 2024

jueves, 17 de septiembre de 2026

LOS REFUGIADOS



 

 

Como si nadie oyese en la cripta del corazón las espinas del pájaro de la barbarie, nadie es nadie. Nadie el senador de los tirantes elásticos. Usted es nadie, sombrero de las recepciones, y vos pamela de la medusa, vuesa esquiva merced arrinconada en el trato con otra clase de nada. Nadie en la multiplicación son hoy los felices, y nadie el giróvago antílope que danza en los subterráneos. Yo soy nadie. Tú, el vocalista en la boca moderna de nadie. Y tú, poesía, oca viuda de los quitasoles, linterna de los espías tras la limusina de los ataúdes.

 

 

A qué viene eso de la mancha de los espíritus, a cuento de qué decir ahora que tras esta compuerta aúllan en las bandejas los ojos del refugiado. Dicho así, el placer y los cubitos de hielo son corrupción en los recintos de música, fechas acuñadas en plata sobre los capítulos de la fatalidad.

 

 

Algún día lo que ahora escribo será inteligible. Algún día, en el perímetro de las cosas sabidas, la época de los sufrimientos que hicieron visible el mercado de las heridas será entendida como edad de una sábana rota, órbita de nuestra desnudez recubierta de insectos como lengua del gran pez moribundo.

 

 

Cuando nadie sea ya nadie en la dentadura fósil del universo, y nadie, es decir, nosotros, los rumiantes en el dolor de los sobrevivientes, hayamos arrancado de raíz la palabra destino para referirnos a la compasión, hayamos enterrado los cargamentos de misericordia y las heces de hiena, hayamos aceptado la infamia como conducta de época.

 

 

Cuando nadie sea ya nadie y no haya huellas de nadie ni frutos de nadie en los mercados del pensamiento, esto se olvidará, esto también ha de ser olvidado por el magnetófono aéreo de lo que oscila en el cosmos, y la podredumbre de nuestro silencio y la bisutería de los diplomáticos alrededor de las fosas comunes.

 

 

Nadie es nadie, escritura de las elocuentes cifras que suman dolor al oprobio, cinta azul de los legajos de la minuciosidad. Nadie es nadie bajo la lente de los archiveros. Nadie con su puñado de tierra, el oferente y el lúcido, el préstamo de jerarca invisible en nosotros, huyendo en el taxi de la conciencia de las columnas de humo.

 

 

Para qué sirves entonces poesía de las hojas incendiadas por las pavesas de la justicia, vieja poesía de los herbolarios, mostaza de los cónsules que predicaron el amanecer. Hacia dónde, hacia quién, venerable Whitman, junto al apacible río de los pensamientos sagrados sumerge la mujer su criatura en el agua antes de la incineración.

 

 

Como si nadie oyese las espinas del pájaro de la barbarie, parece ser que aquí nadie es nadie. Nadie el silencio y su caldero de cal sobre los desaparecidos. Codicia, eso dice aquí la palabra codicia.


 

Juan Carlos Mestre. La desobediencia de las palabras. Bartleby Ed. 2024

miércoles, 16 de septiembre de 2026

CAVALO MORTO


 


 

 

Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lêdo Ivo. Un poema de Lêdo Ivo es una luciérnaga que busca una moneda perdida. Cada moneda perdida es una golondrina de espaldas, posada sobre la luz de un pararrayos. Dentro de un pararrayos hay un bullicio de abejas prehistóricas alrededor de una sandía. En Cavalo Morto las sandías son mujeres semidormidas que tienen en medio del corazón el ruido de un manojo de llaves.

 

 

Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lêdo Ivo. Lêdo Ivo es un hombre viejo que vive en Brasil y sale en las antologías con cara de loco. En Cavalo Morto los locos tienen alas de mosca y vuelven a guardar en su caja las cerillas quemadas como si fuesen palabras rozadas por el resplandor de otro mundo. Otro mundo es el fondo de un vaso, un lugar donde lo recto tiene forma de herradura y hay una sola calle forrada con tela de gabardina.

 

 

Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lêdo Ivo. Un lugar que existe en un poema de Lêdo Ivo es un río que madruga para ir a fabricar el agua de las lágrimas, pequeñas mentiras de lluvia heridas por una púa de acacia. En Cavalo Morto los aviones atan con cintas de vapor el cielo como si las nubes fuesen un regalo de Navidad y los felices y los infelices suben directamente a los hipódromos eternos por la escalerilla del anillador de gaviotas.

 

 

Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lêdo Ivo. Un poema de Lêdo Ivo es el amante de un reloj de sol que abandona de puntillas los hostales de la mañana siguiente. La mañana siguiente es lo que iban a decirse aquellos que nunca llegaron a encontrarse, los que aun así se amaron y salen del brazo con la brisa del anochecer a celebrar el cumpleaños de los árboles y escriben partituras para el timbre de las bicicletas.

 

 

Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lêdo Ivo. Lêdo Ivo es una escuela llena de pinzones y un timonel que canta en el platillo de leche. Lêdo Ivo es un enfermero que venda las olas y enciende con su beso las bombillas de los barcos. En Cavalo Morto todas las cosas perfectas pertenecen a otro, como pertenece la tuerca de las estrellas marinas al saqueador de las cabezas sonámbulas y el cartero de las rosas del domingo a la coronita de luz de las empleadas domésticas.

 

 

Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lêdo Ivo. En Cavalo Morto cuando muere un caballo se llama a Lêdo Ivo para que lo resucite, cuando muere un evangelista se llama a Lêdo Ivo para que lo resucite, cuando muere Lêdo Ivo llaman al sastre de las mariposas para que lo resucite. Háganme caso, los recuerdos hermosos son fugaces como las ardillas, cada amor que termina es un cementerio de abrazos y Cavalo Morto es un lugar que no existe.


 

Juan Carlos Mestre. La desobediencia de las palabras. Bartleby Ed. 2024