Me he masturbado
tantas veces
viéndote hacer el amor con otros hombres
que creo conocerte bien.
Ya no
recuerdo si fuiste tú
la primera vez en aquel descampado,
entre neumáticos reventados,
cristales de botellas rotas
y una lavadora
sin puerta ni tambor.
Ahora
pienso que ya estabas allí,
sonriendo con tus tetas grandes
y tu pelo cardado,
en aquella revista manoseada
que trajo algún amigo.
Amigo es
aquel que comparte sus tesoros
y tú eras un tesoro feliz,
abierta a intimar conmigo
sin dejar de abrir las piernas a los demás,
siempre un poco más apresurados que yo
que me recreaba leyendo los pies de foto,
las breves entradillas que situaban el relato
en un taller de reparación de motos,
en una clase con pizarra
o en el despacho de un detective privado.
Me gusta
pensar que eras tú,
una veinteañera iniciando
a un niño
enamoradizo de doce años,
tres décadas atrás.
Hoy,
en el
bazar de mis pantallas,
me miras como entonces
rompiendo con picardía el escaparate
y metiéndote en mi cama,
con tu acento de Pasadena,
tu padre armenio y tu madre italiana.
Supe de
tus dos matrimonios fallidos
y del éxito del tercero con un hombre llamado Grant,
amigo desde el colegio.
No era yo
el único que te esperaba
apoyado
en el manillar de mi bicicleta.
Ahora
eres locutora en una radio online donde entrevistas a estrellas
que nunca brillarán como brillaste tú,
han
aprendido nuevos trucos
pero
olvidaron que la magia está en la mirada.
Te has
planchado el pelo y hasta escribiste tu propia biografía.
Todavía
sonríes como hace treinta años.
Tendrás
una vida larga
y podremos seguir envejeciendo juntos.
Fidel Moreno. El hombre equivocado en el momento oportuno. Ed. Pre-textos.





