documentos de pensamiento radical

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lunes, 12 de octubre de 2026

LAS TARDÍAS NOTAS QUE NO LEERÁN LOS POCOS DÍAS QUE ME QUEDAN

 

 



 

«La eternidad está en las cosas del tiempo, que son formas presurosas.»

 

J. L. Borges / Al hijo / El otro, el mismo (1964)

 

 

Para quien el rescate de las cosas abandonadas es una pasión, no debería resultarle difícil reconocer, con la simple mirada, a todos aquellos que comparten ese placer secreto que va más allá de la razón consciente, pues se manifiesta sin poder articular las palabras que lo explicarían.

 

Este deseo se transforma en intangible, precisamente, cuando se tie-ne entre las manos al objeto redimido. Para comprenderlo un poco mejor podríamos preguntarnos, ¿qué es lo que salvaríamos de una hoguera cuando rescatáramos ese objeto que sólo un instante más tarde iba a convertirse en cenizas? Salvaríamos, claro está, al objeto, pero también su memoria y es a través de esa experiencia de auxilio como se nos revela un sentimiento de compasión que genera un vínculo con el objeto que acaba por rescatarnos a nosotros mismos.


Aparentemente el rastro es la necrópolis de las cosas que un día existieron, la playa donde tras la tormenta descansan los restos de todos los naufragios. Sin embargo, todas esas cosas aún palpitan, aunque aquí se presenten con la sombra de quien se sabe herido. Recorriendo su laberinto observo a cada paso señales que anuncian una despedida que todavía se resiste a ser confirmada.

 

Unas veces es un contenedor abierto el que capta irremediablemente la atención, otras son las cosas abandonadas sin consideración. Un ejército de rescatadores profesionales, arqueólogos urbanos y buscadores de recompensas recorren la ciudad, escudriñando y recuperando con sus manos esos cuerpos ahogados. Sólo la suerte y el tesón permiten reanimar y salvar sobre la orilla algunos de esos objetos apresuradamente descartados.

 

En el camposanto cada losa nos recuerda la efímera vida de los otros mientras en silencio barruntamos lo que le ocurre a toda existencia desde su comienzo. La vida se muere sin que nosotros podamos, profundamente, tomar conciencia de que sólo es una cuestión de tiempos. Somos un claro ejemplo de la obsolescencia programada pero no somos capaces de admitirlo. La prueba de ello es que normalmente pensamos en dejar las despedidas para cuando nos vayamos. Parece difícil entender que uno sólo se puede despedir antes de marchar. Aquí no se trata del por si acaso, sino más bien de que ese es el caso. No controlamos ni los tiempos ni las formas, tampoco, por cierto, el estado mental en el que nos marcharemos.

 

Quien piense que es pronto para despedirse, quizás se crea fuerte y por ello piense que el asunto no va con él o quizás sólo se trate, sencillamente, de un ser frágil desconcertado y con miedos. Normalmente las dos opciones nos suelen acompañar cada día posponiendo un testamento de objetos y deseos. Si finalmente no logras firmar esa confesión, debes tener la certeza de que los objetos lo harán por ti. Las cosas nos acompañan para prolongar el duelo hasta hacerlo asimilable, pues son ellas las que perpetúan nuestra memoria.

 

Todo aquello que no pudiste revelar quedará expuesto a una nueva luz que asumirá otras posibles interpretaciones. Al menos, para evitar más confusión, deberías hablar seriamente con los objetos que te rodean.

 

 

Juan Tormo A. & Miquel Mollá. La memoria de las cosas. Ed. Babilonia, 2022

domingo, 11 de octubre de 2026

¡CUÁNTAS COSAS!




«¡Cuántas cosas […]

nos sirven como tácitos esclavos,

ciegas y extrañamente sigilosas!

durarán más allá de nuestro olvido;

no sabrán nunca que nos hemos ido.»

J. L. BoRGES / Las cosas / Elogio de la sombra (1969)




¡Cuántas cosas existiendo a mí alrededor!… y al mirarlas no puedo evitar un sentimiento de gratitud con todas ellas, también de deuda con quienes las engendraron transformando el entorno y mostrando una férrea voluntad de extender su alma. Alojadas en la naturaleza, las cosas ya forman parte del paisaje, un territorio de barro conquistado con tenacidad en el que hemos construido un tangible mundo de sueños. No ha importado ni el esfuerzo ni el riesgo, porque más fuerte que el desánimo o el miedo ha sido ese afán de superación y búsqueda de la belleza en lo práctico.

Probablemente durarán más allá de nuestro olvido, porque detrás de cada una de las cosas que nos acompañan hay un relato que explica nuestra genealogía.


A través de ellas podemos descubrir desde
las necesidades y obsesiones hasta los deseos y valores de la época a la que pertenecen.

Una profunda soledad determina que los hombres establezcamos un diálogo con las cosas a las que hemos otorgado caracteres considerados humanos para comprender cómo se podrían expresar mejor las propias inquietudes. Por ello desde el mismo instante de su alumbramiento las cosas participaron de cualidades que nos imitaban. Los prejuicios sobre la pesadez de la materia vienen de lejos. En las etéreas leyendas sobre dioses, héroes y mitos, escuchamos ciertos relatos con los que se procuraban aliviar incertidumbres y difuminar los rasgos más visibles de una inaceptable barbarie. Desde enfoques más recientes hemos comprendido que para un equilibrado desarrollo del ser humano no es posible prescindir de nada que esté vivo pero tampoco ya de lo inerte, pues ambos mundos conforman el complejo universo emocional en el que nos movemos, un sistema donde se muestra toda esa red de vínculos con las cosas que al saberse miradas nos aportan, con su propio lenguaje, toda su fluorescencia.

¿Puede un bosque que arde, abrazado a todos los seres que lo habitan, sentir la tristeza? Hoy esta pregunta se transforma en una inquietante 
sospecha sobre los límites y la capacidad de nuestra empatía. Es posible que nos mantengamos impasibles ante el sufrimiento.


Si es así, entonces la incapacidad para sentir ese dolor debería transformar la geología en la psicología del futuro. Sólo esa roca traumatizada nos recordará una existencia con biografía propia donde sus grietas representarán las heridas de una conciencia dormida.

El olvido acecha sobre el futuro como una terrible enfermedad. Para ese momento de fuga sólo nos cabe esperar que sean, precisamente, las cosas que siempre estuvieron cerca quienes, ofreciéndonos sus atributos, nos puedan hacer reaccionar volviendo la mirada hacia una humanidad que parece huyó sin rumbo dejando atrás los mapas y señales que alumbraban los caminos.

Para ir más allá de la imaginación y entender el mundo necesitamos a los objetos que lo explican, todas esas cosas que como una
extensión del pensamiento hemos ido proyectando para facilitar y acompañar la vida. Por eso las cosas merecen ser cuidadas y ese cuidado debe incluir la protección del lenguaje que las envuelve, pues sólo accediendo al modo en cómo se expresan las cosas, lograremos
comprenderlas.

El espejo que cada día nos refleja no sólo se ha habituado a ver nuestro cuerpo, 
al escuchar tantos lamentos y secretos ya es también cómplice de todas nuestras emociones. Con cierta candidez podríamos preguntarnos si no será esta identificación entre sujeto y objeto
la razón por la que hablamos de neuronas espejo.

Damos nombre a las cosas y esto, además de poder, nos otorga responsabilidad, pues jamás deberíamos utilizar las palabras como una
coartada para legitimar una supuesta apropiación de las cosas. Una extraña y estúpida codicia por acaparar todo lo que vemos, nos puede llevar a pretender el absurdo control sobre ese vasto territorio. Así de inmenso debe ser nuestro vacío, un delirio que jamás se harta.

Sin embargo, existe una concepción de la utilidad que podríamos asumir sin riesgos al ser utilizados por los demás cuando, a su vez, queremos resultarles útiles. Servir y que nos sirvan. Y para que ese utilizar mantenga su eficaz talante, lo diferenciaremos de instrumentalizar. Nadie desea ser tratado como una cosa, como un medio para conseguir fines. Y justamente por ello, tampoco ya las cosas que, progresivamente, comienzan a reclamar sus derechos. Naturalmente yo deseo utilizar al objeto y que él me ofrezca todas las facilidades para el vivir, pero no es sensato creer que esas cosas están ahí para mí, mucho menos imaginarlas relegadas a la función de servirnos como tácitos esclavos pues ya nadie, ya nada debería ser desposeído de su dignidad.




También las cosas, a las que se les ha posibilitado un lugar, logran asumir su compromiso. Ciegas y extrañamente sigilosas, con sus ojos vendados y manteniendo en su mano una balanza en sostenido equilibrio, representan esa imparcialidad a la que tanto decimos aspirar. Todas estas cosas aún nos podrían redimir.

No deberíamos desaprovechar ninguna oportunidad de aprendizaje pues de lo contrario seremos nosotros los únicos que no sabremos nunca que nos hemos ido. Quizás por ello, presagiando ese silencio abismal, depositamos nuestra memoria sobre las cosas sabiendo que durarán más allá de nuestro olvido pues, al menos, algunas de ellas
serán las únicas supervivientes de tanta batalla. Así, al menos por un tiempo, serán ellas quienes, como fiables testigos, podrán revelar
todo aquello que aconteció. Pero sólo por un tiempo, pues al dejar de ser miradas, también las cosas, como todo náufrago sin espejos,
terminarán ahogándose en un mar sin respuestas.



Juan Tormo A. & Miquel Mollá. La memoria de las cosas. Ed. Babilonia, 2022

sábado, 10 de octubre de 2026

LA AJADA VIOLETA

 



«[…] un libro y en sus páginas la ajada violeta, mo-numento de una tarde sin duda inolvidable y ya olvi-dada.»

 

J. L. Borges / Las cosas / Elogio de la sombra (1969)

 

 

Hoy he comprado un viejo libro en el Rastro y al abrirlo he descu-bierto en su interior una disecada flor de violeta. En principio me ha contrariado romper ese caparazón que la protegía como a un cangrejo ermitaño, pues esta violeta ha reposado durante años pro-tegida entre sus hojas, como lo hace un fósil adherido a la cadencia geológica entre estratos de tierra aguardando, quizás para un porve-nir, la única prueba de un estremecimiento. En ese instante he sen-tido que transgredía un íntimo secreto, pero también que liberaba una pasión enclaustrada.

 

Y tal como sucede con las lámparas acariciadas de las que emerge con euforia un genio que otorga deseos, yo tomo conciencia de que redimir esa emoción escondida durante tanto tiempo me concede ahora a mí el honor de poner letra a ese dibujo aplastado y descolorido que un día fue flor. Es la forma en la que los objetos halaga-dos devuelven agradecidos el haber recuperado su protagonismo, invitando a compartirlo con alegría. Al fin y al cabo, la nostalgia necesita recordarse hermosa.

 

Ahora esa ajada violeta, en un último gesto de conquistada vani-dad, parece tener más que contar que el propio libro que la guarda y aunque sabe que sólo puede invocar un relato en parte imaginado, también sabe que precisa de un interlocutor comprometido y vo-luntarioso en la investigación.

 

Eso significa que hay que seguir la pista un poco más allá. En este caso averiguamos por su exlibris que alguien llamado Federico To-rres Laguna sosteniendo sobre sus manos una luminosa violeta qui-so depositar en esta pequeña flor toda la emoción de una tarde que sintió como inolvidable. Seguramente con este gesto quiso proteger y prolongar en el tiempo todo el cariño a la que ya era la mujer de su vida, su amada Gloria, tal como escribió en la última página.

 

Sentí una corazonada y volví al Rastro con la única esperanza de encontrar en aquél puesto de libros y trastos algún indicio. A veces sucede la suerte, aunque a decir verdad ésta suele apoyarse más en la voluntad, en la perseverancia y en el olfato. Dentro de un antiguo saco de yute, utilizado en su día para guardar perdigones de caza, encontré algunos libros, varios documentos sellados, algunas fotos y una pequeña caja de madera. No me entretuve demasiado en exponer a la luz el contenido del lote pues eso encarece el precio y excita el apetito de otros que imaginan hallazgos que no tienen nombre, pues en realidad lo que algunos desean sólo es lo que de-sean los otros.

 

Y así, sin un detallado inventario de lo localizado en el saco, se pactó un precio más ajustado al riesgo de no encontrar nada de interés que al improbable descubrimiento de algún documento, fotografía o carta de valor, aunque ese sea el tesoro que todo rastreador sueña con descubrir algún día.

 

Los libros y las fotos tenían su interés, pero los documentos me parecieron especialmente valiosos pues se trataba de escrituras de compraventa de terrenos y casas fechados a finales del XVIII. Aun-que para mí lo más destacable fue aquella humilde cajita de madera que contenía una carta, algunas fotografías de muchachos ataviados con trajes militares y algunas canicas de barro flotando en serrín de carcoma.

 

La carta, a modo de poema, estaba escrita desde el campo de concentración de Argelès-sur-Mer y fechada en marzo de 1940. Era una despedida. La firmaba Federico Torres Laguna.

 

“No pensar sobre el tiempo debe ser un signo de juventud. Los años me han proporcionado muchas dudas,

también algunas certezas.

Nadie, nada permanece sin cambio.

Sé que en un instante todos nosotros seremos olvido. Estoy aquí preso por mis ideas, por mis sueños,

pero sobre todo por la mala fortuna.

A todo se llega a acostumbrar el ser humano, incluso a dejar de ser humano.

Nada material echo de menos, pues aquí todo me sobra.

Tan sólo temo que un día se me desdibuje su rostro, dejar de amarla sé que no puedo.

Deberíamos de vivir varias existencias

y en alguna de ellas, sencillamente, disfrutar.

Sólo sé que he llegado a conocer a la mujer con la que quisiera vivir mi próxima eternidad, mi querida Gloria.”


 

 Juan Tormo A. & Miquel Mollá. La memoria de las cosas. Ed. Babilonia, 2022

 

 

 

 

70#

miércoles, 7 de octubre de 2026

2 poemas de LAS COSAS EN SU SITIO de DANIEL FERNÁNDEZ RODRÍGUEZ

 


Adolescencia

 

Yo no tuve entre mis labios

el silencio de tus besos.

En mi boca solo había

el susurro de un deseo.

           



Rosa, rosae

 

Ya casi —me repito, no siempre vanamente—,

ya casi no te siento.

                                Ahora

te pienso,

como se piensa el mar o la mañana.

 

Y a veces, tras haberte

pensado un poco, me dispongo

a declinar —marchitas, secas, rotas—

las rosas que ya fueron.

 

Pienso también que el ejercicio

del verso dará fin

al pensamiento,

no siempre vanamente.

 

Tengo la casa llena de pétalos de antaño.

 

           

                Daniel Fernández Rodríguez

                                   (Las cosas en su sitio, La Isla de Siltolá, Sevilla, 2018

martes, 6 de octubre de 2026

SEREMOS FUERTES






 


Yo te preguntaré —como en aquel

abril ahora lejano— si lo tomas

solo o con leche.

                            Tú

me pedirás el bote del azúcar,

pero sabrás que sigue en el segundo

cajón a la derecha.

Y qué pelo tan largo,

y mira quién fue a hablar.

Seremos fuertes cuando nos veamos.

 

                                  

 

 

                                   Daniel Fernández Rodríguez

                                   (Las cosas en su sitio, La Isla de Siltolá, Sevilla, 2018

lunes, 5 de octubre de 2026

Fe de erratas

 



 

Es cierto: aquel poema

lo escribí sin pensar en nadie.

Más tarde descubrí que era tan solo

mi modo de buscarte.



                   Daniel Fernández Rodríguez. Las cosas en su sitio, La Isla de Siltolá, Sevilla, 2018

domingo, 4 de octubre de 2026

EN GUINEA ECUATORIAL

 


                    

 

Nuestro amigo Pedro tiene

un hermano en su país

que no se nombra.

Porque no hay nombres

para los presos

ni para los torturados.

 

No se nombran la miseria, el sufrimiento,

las enfermedades ni el hambre

en un país sin guerra

y con petróleo.

 

No se nombra vuestra lucha

por la vida y la justicia de los pobres

que son todos menos ellos,

los mandatarios.

 

Vuestros rostros hablan su mudez

Uniformes rojos esconden las heridas

y la sangre.

 

En Voces del Extremo

recitamos vuestros nombres en las calles

para que los pájaros traigan a las rejas

y a otros lugares

el canto y la esperanza..

 

Feliciano Efa Mangué

Bienvenido Ndong Ondo

Martín Obiang Ondo

Julio Obama Mefuman (in memoriam  y sin repatriar)

No estáis solos.

                        Vuestro destino es la victoria.             

 

                                                        Poema colectivo, Moguer,2026.