Durante
años arreció la campaña orquestada por la derecha política y
económica, magníficamente interpretada por la derecha mediática,
según la cual los sindicatos eran lo peor, una pandilla de
comegambas
liberados del trabajo que (según la extrema izquierda pata negra que
se sumó cándida, miope y a veces violentamente, al corifeo) habían
traicionado a la clase obrera y patatín y patatán.
El
tema sonaba como el disco rojo de los 40 Principales: cada poco.
Y
lo hizo durante mucho tiempo (de hecho sigue sonando, aunque haya
bajado la frecuencia).
Según
algunas teorías acreditadas se trataba de linchar a las
organizaciones de trabajadores más representativas (capaces todavía
de montar huelgas generales exitosas, como la de 2002 contra el
Gobierno de Aznar) para inducir su desprestigio mientras el Ejecutivo
de Mariano Rajoy imponía los recortes y reformas más lesivos para
la clase trabajadora desde que vivimos en democracia, con el pretexto
de que no había más remedio y lo imponía Europa para hacer frente
a la crisis de 2008. Fin de la sinopsis. “No es una crisis, es una
estafa”, ¿recuerdan?
Paréntesis.
En principio era todo muy consecuente: es lo que se espera de la
derecha, que gobierne para los pudientes y recorte hasta el aire que
respiran las clases populares. Y mal que bien los sindicatos se
preocupan por estos últimos y resultan ser, con todos los defectos,
los únicos capaces de hacer frente a las políticas antisociales
llevadas a cabo por el neoliberalismo desde la era Reagan-Thacher.
Pero, lo llamativo de todo este proceso fue que se sumaran a la
lapidación supuestos
pensadores, activistas, políticos, intelectuales “de izquierdas”.
Para no sonrojar a nadie obviaré dar nombres propios y de partidos
(algunos en vías de extinción). Cierro paréntesis.
Decíamos
ayer que dentro de esta estrategia tan bien orquestada teníamos el
estribillo de que los sindicatos son unos subvencionados que deberían
dejar de serlo. Algunos se atrevían incluso a sugerir que dejaran de
existir, directamente, que mucho mejor tratar con los patrones sin
intermediarios. Incluso mejor si no hay nada que tratar, mucho mejor
si obedeces y te callas. En fin.
Conste
por adelantado que yo soy muy crítico (con los sindicatos también)
con el tema de las subvenciones (en general) porque, por ejemplo, en
el caso de la cultura, acaban en la arbitrariedad absoluta, por la
cual cuando gobierna el PSOE subvenciona a los de su cuerda y cuando
gobierna el PP a los de la suya. Conozco por cierto a un director de
teatro, precisamente del PSOE, que no hacía su curro si no le
subvencionaban. Está claro.
Un
día leí en un periódico local que el ayuntamiento de Oviedo había
otorgado a la Ópera una “ayuda extraordinaria”, para la
siguiente temporada, de 300.000 euros. Tres cientos mil euros…, son
unos cuantos, pensé.
Entonces
me dio por rastrear hemerotecamente hasta que descubrí la lista de
las organizaciones y entidades (civiles y religiosas) que recibían
subvenciones del ayuntamiento de Oviedo, lista que encabezaba Amigos
de la Ópera, precisamente.
Y
eran un montón.
Y
no aparecía Comisiones Obreras.
Y
pensé que podía no ser una anécdota, sino una revelación. Que
quizá estaba ocurriendo en todas partes, en todas las capitales de
provincia, en todas las comunidades, en todos los gobiernos, con lo
cual.
También
pensé que algún día merecería la pena contarlo. Sin más.
Juanjo Barral. El libro de los ensayos.
Puedes hacerte con un ejemplar aquí: