documentos de pensamiento radical

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martes, 21 de septiembre de 2021

Ficcionario, al atardecer



        El Ficcionario de madrugada de Rafael Alcalá es un magnífico libro: sus textos pequeños esconden y exhiben una grandeza: siendo mini cuentos son algo más: son jirones de vida, potente testimonio de la existencia. En cada una de estas viñetas, en pocas líneas se compendia una vida. Los finales (como el fin de la vida misma) son inesperados, sorpresivos, irónicos, cáusticos, poéticos, risueños, tiernos, dolorosos... Todo el abanico del arcoíris en la paleta de este gran escritor que estallan como un cohete en un segundo deslumbrante.

        Que el autor califique a este Ficcionario como en la madrugada, al alba, es sólo una referencia a las horas de insomnio e iluminación que da la promesa del día. La madera del texto —que ahí es de carne— viene curtida con la paciencia de los años: no es un libro para los que vienen llegando sino para los que se están yendo. No se pueden escribir historias tan estrujantes y nítidas más que cuando uno trae toda la vida vivida a cuestas, los recuerdos todos; y de ese álbum que representan todas nuestras páginas personales, Rafael Alcalá toma las suyas y nos las entrega concentradas en relatos concentrados en la experiencia pero con un toque del sabor infantil del que festeja haber vivido y lo celebra con palabras optimistas: verdaderas llaves que abren las ventanas por las que se mira el mundo.

        Estos relatos que tanta añoranza nos dejan no son el viaje: son la crónica del viaje. En ellos el lector descubrirá que el alba es sólo el final del atardecer.


Dante Medina

Guadalajara (México)



lunes, 20 de septiembre de 2021

MORNING GLORY



El sol ha dejado esta tarde
un rayo de verano junto a mí,
me gustaría llamarte para decírtelo,
pero solo tengo el teléfono de la mente para hacerlo
y lo manejo como un mandril manejaría un iPhone,
así que vete a saber qué te habrá llegado
de esta tarde en la que te decía
que me he tumbado sobre la hierba
y me he puesto a mirar los ojos azules de este viejo mundo
y a pensar en tus muslos
y en los días que sellaba con mi lengua la puerta del universo
-un poco de peyote, una pizca de popping acid, unas semillas de morning glory-
y tú veías a Dios
y yo te veía a ti
y con eso tenía bastante.
Me siento como sacado de una película underground.
Estoy mirando cómo vienes a mi mente,
ahora que no puedo ir a la tuya.
Me gustaban más los días en que se derretían las paredes
y el techo de la habitación se llenaba de yantras
y tú bailabas la sagrada danza de la destrucción
y la renovación del universo sobre mi vientre.
Haz vida normal, me dijiste,
resuelve los problemas del universo
si no quieres resolver los tuyos,
juega a policías y ladrones
mientras bajas a tirar la basura,
haz lo que quieras menos venir
o llamarme para decirme
que durante todo el día el sol
estuvo posado sobre el pétalo de un lirio.
Ahora tienes que esperar,
tengo que decidir qué ha sido de todos estos años
de bolsitas de manzanilla con anís
y agua caliente,
porque a veces me parecen una montaña de cristales rotos
que escalo descalza
o un tesoro que nadie conoce porque está en un pozo.
Eso pasa. Tú no ves el problema,
pero el problema te ve a ti como un pelo púbico en la sopa
o un bote de anfetas falsas hechas de harina
o una red de araña en la que me siento atrapada,
¿entiendes?
Claro que entiendo, hace cinco mil años que te entiendo, te digo
abriendo mi cráneo en dos para ver si así llego hasta ti
cantando Om Namah Shivaya
y tratando de volverme tan suave como la corteza de este laurel,
tratando de entender por qué mi pensamiento se resiste
a ser materia o energía
o por qué estoy viviendo en esta dolorosa película,
esperando encontrar alguna manera de volar hasta ti.
¿Puedes escucharme? ¿Me escuchas?
Tu foto cuelga en las mejores galerías de mi mente,
puedo verte moviéndote como un ángel tántrico
montada sobre mí, eres un espíritu irradiando luz.
Alguna vez, en el clímax de nuestros juegos,
llegaste a decirme que me querías
antes de desaparecer entre la pesada luz dorada que te rodea,
otras veces me echabas de casa
y yo me consolaba escribiéndote poemas
en los que te contaba cómo nos habíamos conocido
hace cinco mil años
y luego otra vez, hace dos mil, cuando te sentaste
muy cerca de mí en el teatro,
solo que entonces aún te había querido peor que ahora.
Mientras tanto, escríbelo todo, me dijiste.
Siento que el sol me traspasa, ya podías tú ser el sol
y no esta estúpida energía que me trae luz y calor,
pero no te trae a ti.
Escríbelo todo, me dijiste.
Como si fuera fácil encontrar algo sobre lo que escribir.
Encuentra al menos una nueva forma de decirle que la amas, me digo.
Te pones en pie, miras las estrellas,
cómo pasa el tiempo cuando estás mirando las estrellas,
recordando vidas pasadas, niños en columpios,
amores cósmicos, flores de energía naranja,
gente hermosa, viejas mansiones,
la gran nada del ácido
en la que fui derribado, aceptado
y resucitado,
aunque luego volviera el hambre
y eso de bajar a tirar la basura no se haya acabado.
Miro los desconchones del cielo
mientras silenciosamente me pregunto:
¿quién soy?,
antes de apagar la luz
y pedirle a los espíritus tutelares
que me concedan la flor eléctrica de tu amor.
Escríbelo todo, me dijiste,
y la próxima vez que vengas
tráeme un pasaporte de un país libre,
no quiero estar sola
y no veo otra forma de sobrevivir,
tienes que ensuciarte las manos
por esta causa justa,
no me hagas perder más tiempo
esperando que te aclares,
tienes que decidir como un adulto,
tienes que enfrentarte,
tienes que saber qué deseas,
decir las palabras mágicas
para que no vuelva a darte con la puerta en las narices.
Lo haría, si no tuvieras miedo de escuchar
lo que me da miedo decir
acerca del amor.
Cierro los ojos, no viene el sueño, pero da igual,
cierro los ojos y no paro de preguntarme
qué está pasando
y si les podremos echar la culpa de todo
a los comunistas.

Antonio Orihuela. Repertorio de venenos. Ed. Invasoras, 2021

domingo, 19 de septiembre de 2021

ESTRATEGIAS FALLIDAS


 

 

Nuestra forma de entender el comunismo nos hizo capitalistas.

Nuestra forma de ser modernos nos hizo primitivos y crueles.

Nuestra forma de viajar terminó siendo nuestra forma de no salir de casa.

Nuestra forma de vivir la libertad nos convirtió en esclavos.

Nuestra forma de resistir se volvió nuestra forma de aceptar.

Nuestra forma de atesorar riqueza nos hizo pobres.

Nuestra forma de pensar bloqueó todo pensamiento.

Nuestra forma de escuchar nos dejó sordos.

Nuestra forma de amar nos alejó del amor.

Nuestra forma de mirar nos dejó ciegos.


Nuestra forma de ascender

resultó que era nuestra forma de caer aún más bajo.



 Antonio Orihuela. El amor en los tiempos del despido libre. Ed. Amargord, 2014

sábado, 18 de septiembre de 2021

EL SERMÓN DE LA MONTAÑA de FERNANDO CABRITA (fragmentos IV-VIII)

 


IV

 

                        Sobre a cama, silêncio. Tudo está quieto.

                        O vento lá fora acalmou. Ouvimos a história de Circe, os mortos

                        insepultos, o largo voo das abelhas à tarde, após as chuvas.

                        O seu zumbido é vasto como a memória das coisas,

                        traz as cidades e os lugares, os nomes e os caminhos.

                        Nairobi, Masai Mara, Benson, o motorista que cria

                        em deus mas só respeitava os leões.

                        Lembras-te dele?, perguntávamos. Lembras-te?

                        Mas de quem nos lembramos, afinal? De quem nos podemos lembrar?

                        De quem é ou de quem foi?

                        De quem fomos como outrora fomos e já não somos?

                        Dos locais, do mundo, desses passos que já esquecemos?

                        Tóquio? A sagrada cor do momuji? Esse alto Tajo em Ronda,

                        o silêncio das procissões  à voz sacra das saetas?

                        Como o vento deslizaram

                        os nossos dias por essa espiral

                        onde houve novembros e primaveras. Estão em quietude os

                        campos, onde a terra molhada rescende. O zumbido sobe,

                        lento, sacudido, arrastado, quase confundido

                        no penoso respirar do comboio, um zumbido

                        grosso, de abelhas livres, zumbido que permanece

                        como o fumo, como o vário grito do metal nos trilhos,

                        como o fumo, o fumo, o fumo. São palmeiras,

                        ou aves longínquas e néons de gelo?

                        Mercedes e José Luís ensinaram-nos os caminhos

                        de El Teide, a paisagem lunar na tarde branca.

                        Longíquo, o fumo assinala o pico, o cimo,

                        o fumo, sempre o fumo a transfundir-se

                        nos sonhos, nos sons do metal, a casa de José Txo

                        na praia solitária, o pôr do sol magnífico sobre o mar,

                        o fumo, o gelo, o fumo...

 

*

 

                        Há outra neve feita de areia e sol por todas essas praias

                        de Tel Aviv, onde o crespúsculo é morno e o mar é quente.

                        A longa linha de hotéis debruça-se sobre os pequenos molhes,

                        sobre as ondas que minúsculamente vão e vêm, perfeitamente.

                        Mediterrâneo, velho bucaneiro que foste nosso berço

                        e do mundo, palco azul onde decorrem as nuvens

                        e as dinastias, e as nossas vozes já vazias de todo o sentido.

                        Meu velho pirata, que tiveste as ânforas e os navios

                        e enrolaste os náufragos de encontro às praias, que visitaste

                        as dunas e delas ouviste os cânticos do levante.

                        Ó velho marinheiro, que ensinas o silêncio às ilhas, e as rotas a orfeu,

                         contigo eis-nos rumo ao infinito,

                        velas altas, cheias, içadas ao largo como bandeiras,

                        singrando os dias, nós fantasmas de nós mesmos,

                        nós os nossos corpos, nós os descendentes de Odisseu,

                        nós os ténues filhos de Afrodite, nós as nossas almas vazias,

                        nós que Pala Atenas celebra, nós os antigos argonautas

                        que as tuas àguas embalaram, nós os ventos

                        nós as cordas e as âncoras e as civilizações

                        mortas e eis que contigo vamos,

                        sobre ti como deuses determinados -- e que nos importa

                        já saber que o mar tem fim se em ti, olhando,

                        não alcançamos mais que toda a imensidão?

                        Um ancião canta a tua história, uma lira toca,

                        a voz do vento tange as casas e as colinas altas.

                        A tua carne é de sol e de oliveiras

                        docemente entretecidas nos primeiros vinhos,

                        docemente, como Penélope, na meiga escuridade

                        bordando e desbordando as horas e os silêncios.

                        É essa a tua carne, de àguas e de sereias,

                        velho gentil que com Neptuno entregaste nas mãos

                        do vento as naus e as antigas luzes.

                        Nas praias de Tel Aviv vi-te chegar, meu velho,

                        em suaves toadas de espuma, como se foras da noite gémeo,

                        e vi-te em Hydra, ainda distante, sob o olhar clássico dos gatos

                        com o egeu a confundir-se em ti

                        fraternas àguas, fraternos animais, cavalos livres à desfilada.

 

*

 

                        É preciso crer que vivemos tempos de desordem.

                        O noticiário das oito alertou-nos para o assassino

                        que esquarteja mulheres por puro prazer e falou-nos da bomba

                        que excarnificou trinta pessoas e lhes destruiu

                        os sonhos e os ossos -- mas pouca gente quis saber

                        porque há lá coisa mais habitual que a morte dos outros?

                        e porque também havia algo em boa verdade realmente importante,

                        casos que ocupavam todo o

                        grande momento do horário nobre, conversas de imbecis,

                        conversas de tolos engravatados, discursos de débeis

                        que os débeis exalçam, casos em que o mundo

                        gira derredor de um tal que dá tantos pontapés numa bola

                        e o mundo grita e o mundo uiva e o mundo vibra e o mundo aplaude.

                        Vivemos na verdade um tempo desordenado.

                        Um escritor não sabe se houve deus -- e está condenado a

                        morrer lentamente, vilmente, dessa longa secura que é a espera,

                        dessa cinzenta escuridão que há no medo. Em nome de

                        deus, dizem, em nome de deus ou do povo, ou em outro nome.

                        Em nome dele se mata,

                        Em todos os nomes se mata, como de ontem, e vagamente

                        nos incomodamos já. Em todos os nomes se mata -- e se

                        deus se importa, não se sabe, se deus se importa não se sabe.

 

*

 

                        Sobre a cama silêncio. Tudo está quieto.

                        Passou um carro veloz, lá fora, mas o seu rumor

                        já pela noite se perdeu, nessas longínquas avenidas.

                        O velho porto de Jaffa! Ó becos e ruelas! Zohar e Offer

                        passeiam comigo as antigas ruas, os largos, os lugares.

                        Ricardo, que tinhas o coração de leão e o braço dos fortes,

                        será que ainda por estas vielas te moves, de peito aberto,

                        sem medo, gritando ameaças e canções de guerra?

                        Será a tua voz aquela sirene de navio que ao longe se ouviu,

                        será a tua voz? Aqueles passos que ressoaram no

                        lajedo e se foram, eram teus? Jaffa velha, velho pórtico

                        dos mundos onde os bravos vieram cantando desafiar a morte,

                        ainda em teus becos velará algum fantasma

                        o sono dos seus companheiros?

                        Em nome de deus mataram, em nome de deus morreram.

                        Que deus, ó deusa, que deus quis assim a morte dos

                        seus filhos? Que deus, ó misericordiosos, quer ainda

                        no seu nome a morte inscrita?

                        Ó divinas misericordiosas entidades! Ó santas figuras,

                        excelsas deidades! Ó ninfas, faluas e naus

                        dos céus, visões de velas brancas:

                        que nome é esse vosso que tanta dor comporta?

                        Ó velha Jaffa, será de Saladino a sombra que passou?

 

 

V

 

                        Uma senhora presumida escreveu dois versos

                        e suou muito para encontrar uma rima.

                        Satisfeita, chamou-lhes poesia. Um sujeito de barba de seis

                        meses arrancou de si um panfleto em ira contra vizinhos

                        e conhecidos -- e também lhe chamou poesia.

                        Um rapaz cujo pai tem uma editora redigiu um embrulho épico,

                        cheio de divindades mitológicas que se deixavam dormir, com os leitores,

                        ao serão. O pai editou-lhe a obra;

                        e chamou-lhe poesia, claro.

                        Vive só uma velhinha que faz rendas e que faz quadras.

                        Um tonto exibe as menções honrosas com que os

                        demais tolos lhe distinguiram os versos às centenas.

                        Vive contente e quer

                        que o tratem por poeta.

                        Aquele senhor grave, que foi ministro, decretou-se cansado das

                        finanças e das pautas. Pediu que lhe trouxessem papel, muito papel,

                        três lápis bons e algumas ideias que tivessem filosofia.

                        Compôs duas rimas em três tercetos e ficou exausto: tinha feito

                        poesia.

                        Ó Petrarca, manso adorador da beleza, como no teu caule

                        se albergam inexistências tantas!...

                        À sombra da memória o comboio segue, por entre a neve.

                        Sonhos, ideias, lembranças? Confusão. Fumo, gemidos de metal,

                        confusão. É tarde. Faz frio. É Haifa, que da encosta diviso

                        confundindo o calor e o gelo? Será aquela neve o mar verde que

                        cerca a cidade aos pés das colinas? Roma? As velhas ramblas?

                        A sóbria Barcelona, onde as pedras são elegantes,

                        e as memórias vívidas?

                        A sonolência suspende o tempo, traz de volta os mortos queridos,

                        as saudades, abril e março, as antigas tardes em que

                        havia paz e a família se sentava junta à mesa para cear.

                        Naquele natal de 1981 já não éramos cinco,

                        já não éramos cinco à mesa, já não cinco à vida.

                        Os solavancos do comboio embalam as recordações,

                        vamos devagar, lentamente, quase imóveis como deuses velhos

                        sobre nós próprios pairando, como tu, meu velho Ginsberg,

                        meu pai espiritual, grã-capitão da poesia que

                        a morte colheu já, tornando real essa fotografia

                        junto ao túmulo de Kerouac, em

                        Lowell, Mass., outubro de 1969, como tu

                        completamente nu, deitado nesse pequeno compartimento

                        do comboio de Santa Fé, giant train so slowly moved

                        a man can touch the wheels, sobre nós pairando

                        nessa inenarrável melancolia.

                        Pagas-me uma cerveja? E penso em nós, nos vivos e nos mortos.

                        Córdoba, onde o rumor das àguas canta entre os laranjais?

                        Palácio Grande, onde Buda mais iluminado é? Milão sob a chuva?

                        A minha vida é simples. Fiz dela um mapa de viagens feitas

                        e de viagens por fazer, e vou lembrando os amigos onde

                        quer que vá, escrevo, dou notícias, frases curtas, dichotes,

                        expressões sem sentido, palavras, desenhos, novidades.

                        Lembro os que morreram aos poucos, a rapariguinha que nunca

                        saberei quem era e que se suicidou no metropolitano entre

                        Paddington e Aldgate, para fugir talvez

                        de um amor falhado,

                        de uma trágica paixão, de uma virtude, de um segredo,

                        para fugir talvez de si, e penso em Camilo morto para que a velhice o

                        não derrotasse e em Mayakovsky que como disseste

                        se suicidou para evitar a Rússia, e Antero que também se

                        suicidou para evitar Portugal e esse altivo imortal cego,

                        tão veloz e sábio como os anjos, que se suicidou com palavras

                        geniais no dia em que escreveu que havia uma linha de

                        Verlaine que não mais recordaria e havia uma rua próxima

                        vedada aos seus passos e havia um espelho que o viu pela

                        última vez e havia uma porta que fechara até ao fim do

                        mundo. Como a ele, a morte incessantemente

                        vai-nos desgastando. E há um silêncio que pesa e que oprime,

                        e um cheiro a neve e a penumbra

                        e há frio, e há fumo, e há gritos de metal e o sono

                        entretecido em cada palavra, em cada gesto.

                        Que caiam sobre ti as pétalas e sobre nós a noite.

                        Aqui perto, o cimo toca os céus -- e persiste o frio.

 

 

 

 

 

 

VI

 

                        Nous naviguons, ô mes divers amis, navegamos

                        neste espiral de ventos e marés, navegamos

                        como Mallarmé saudando os seus e como Ulisses

                        perdido entre ilhas, a nossa ítaca distante,

                        inacessível, navegamos em cada hora perdida, em

                        cada esquina onde o tempo espera por

                        nós e nos rouba aqueles que mais queremos, os maiores, os mais

                        queridos, os melhores de nós, os que eram de todo luminosos,

                        àgeis, voláteis como anjos, tão sensatos, tão puros, tão gentis.

                        Na verdade fomos como fomos

                        e já não somos. O sonho foi célere como a cor dos dias.

                        Que é do verão de outro tempo? Fiz da minha vida uma

                        rota incessante de cidades e pessoas -- e na memória as

                        as cultivo e adoro, Berlim, Veneza, os amigos que ficaram, os que partiram,

                        Coimbra, Sevilha, a minha doce Sevilha, cujas ruas passeei

                        sob essa felicidade leve que há no ar andaluz, Sevilha

                        cujas noites tive por praças e margens, Sevilha magnífica

                        que tem o rosto de Maria Paz, o seu sorriso doce e adorável,

                        Gomecello, onde escrevi esse poema de que gosto tanto pensando em Cristina

                        que me esperava lá longe, em Lisboa, Bolonha, Paris,

                        a pequenina Mujácar onde sonhámos e fomos livres

                        e atentos,a velha Macau,

                         Londres que tanto em mim ficou,

                        um barco dolente nos canais, um barco no porto de Amsterdão,

                         Colónia, essa misteriosa e encantadora Jerusalém.

                        Do cimo do Monte das Oliveiras, vendo o pôr do sol:

                        Zohar explica-me as casas, os sinais do vento, a história das

                        pedras, o remoto nome das coisas. O crepúsculo cai. Pela porta

                        de Jaffa um vulto passa, anónimo, misterioso, a caminho da

                        noite. É só um vulto, nada mais que um vulto, que segue

                        os seus próprios passos nesse desconhecido rumo que as muralhas

                        altas assinalam -- e na cinza dos tempos ficará para sempre

                        ali eterno, perpétuo, desafiando o repouso e o movimento,

                        sempre um vulto, nada mais que um vulto que os deuses

                        no seu solene critério celebram e vigiam, a pacata Longholmen,

                         Glasgow sob um céu pesado de nuvens, de mão dada

                        com Cristina vou suavemente deslizando as ruas, vendo os

                        largos, as igrejas, as grandes montras no bulício da tarde.

                        No rio alguém desapareceu, lançando-se de uma das pontes.

                        Os polícias buscam o corpo, dragam as àguas, percorrem as

                        margens. Também tu, desconhecido suicida, também tu

                        quiseste usufruir dessa última liberdade -- e nesse voo inábil de

                        pássaro ferido, nesse momento que ficou suspenso entre rio e céu,

                        procuraste a morte para evitar algo que só tu poderias decifrar.

                        Não esperaste pelo desígnio dos tempos, não

                        esperaste pela vontade que aos deuses

                        se atribuiu, não quiseste que a morte, como a nós todos,

                        incessantemente te fosse desgastando. Que as àguas, se

                        assim o queres, se fechem só em ti e nelas se te recolha

                        e guarde o corpo! E houve Akko, Madrid,

                        a babilónica Hong-Kong que os aviões atordoam,

                        os navios demandam e as montanhas velam, Atenas e as ilhas,

                        a branca Moguer onde te vi e ao teu Platero, meu

                        velho poeta, por sobre essa bruma indefenível que há

                        na tarde quente de Espanha, como um só, centauro

                        fantástico que na distância se vai em vago passo,

                        por toda essa Rua de S. José

                        que o mau vento negro cruzou -- e também eu

                        ouço esse Curros, mais pai do que poeta,

                        perguntando à borboleta de Galiza pelo seu filhinho morto,

                        volvoreta d'alinãs doradas..., e por esse céu

                        onde Platero trota para toda a Eternidade,

                        Vigo, a noite fria em Lubeck, junto aos sem abrigo,

                        o café quente, a cerveja, todas essas vozes e palavras que

                        são calor e conforto entre o silencioso e vasto vulto

                        dos comboios, Toledo à tarde quando o sol descansava

                        nos telhados, Assuão, as àguas

                        altas, Interlaken e todas já na lembrança se me

                        confundem em ruas e datas, em pessoas que correm à

                        pressa avenidas e pontes, em sonolentos barcos, New Haven,

                        Dieppe, o cais onde o mar repousa adormecido de ventos,

                        Urs e Antoinette,

                        o Rio, em demorados aeroportos, estradas e casas,

                        Dublin buliçosa tão apressadamente percorrida, a

                        verde e suave Edimburgo. Quantas portas, quantos degraus!

                        Na Royal Mile, num desses obscuros becos por onde espreitam

                        casas e àrvores até aos Princess Garden: é noite, e

                        festivamente trocamos canções e cervejas. Dentro de

                        um ano voltarei, dizia-lhes, espero encontrar-vos de novo,

                        dizia, e as luzes tropegamente iluminavam os recantos

                        das ruas, o Jolly Judge, as passagens sob as pontes, os páteos e as estátuas

                        que guardavam esse grande mistério que há no silêncio.

                        Edimburgo em cujas colinas passeei, cansado e feliz,

                        pedalando a minha bicicleta,

                        vendo os turistas apressados, os festejos, o ruidoso

                        movimento. Frederick Edwin Church, que essas tuas

                        perpétuas àguas continuem a correr para sempre! Que

                        nesse imóvel estranho gesto em que sobre nós se precipitam,

                        haja ainda o ligeiro som de um arco-irís a visitar-nos

                        a memória. E Geneve, e Tuy, e esse calor inexcedível

                        em Kata, esse pôr do sol imenso e súbito no Lago Nakuru?

                        Onde estão? Em que estranhos salões do tempo se perderam?

                        Em que colinas distantes se deixaram de nós, que de repente

olhamos para trás e não os vemos? Granada e as procissões e os               poemas e o meu gin que a lua celebrou?

                        Vicenza, tão serena e clássica. Ditza e João Miguel

                        abrigando-se da chuva sob uma sombrinha amarela, a casa dos vinhos,

                        um ligeiro rumor cinza de fim de inverno

                        e o reflexo das luzes na calçada.

                        Nous naviguons, ô mes divers amis!

 

 

 

 

VII

 

 

                        Pireu antigo e doce onde o vento corre.

                        Vê como as tuas velas já sobre o mar se prolongam

                        quais memórias. E delas nada mais sabemos, ou que

                        destino têm, que destino tiveram, em que rumos

                        se deixaram vogar perdendo os dias. Porque me lembro

                        de ti, agora que vou em lenta sonolência, ouvindo

                        esta canção monocórdica, este cântico hipnótico que

                        o comboio compõe nos trilhos? O espírito alcança

                        a vastíssima dimensão da luz, tudo é cor e o branco

                        abrange os olhos pesados da memória.

                        Onde estou? Uma estação. Paderborn? Aí

                        procurei Danielle, filha de um sírio. Conhecera-a

                        uns meses antes. Era inteligente, arguta, simpática.

                        A sua pele era de uma tonalidade encantadora, a que

                        a luz da fogueira dava mais encanto. Waeverly?

                        Dortmund? Recordo Dagmar. Passam mulheres protegidas do frio,

                        em grossos abafos de lã. O vento é cortante, a

                        chuva miudinha, quase despercebida. O inverno deixou em

                        todos nós a sua marca. Salamanca?

                        Que terras são estas, que destinos, que tão por entre

                        os carris confluem misteriosamente? Poucos são os

                        segredos que a alma verdadeiramente guarda, poucos

                        são já os mistérios, nenhumas as fronteiras. Toda a terra

                        se reduz a um longo caminho de ferro, a um vasto

                        destino que as locomotivas procuram na escuridão, a uma

                        rota que os trilhos marcam, inexoráveis. O olhar perde-se

                        no horizonte. O sono é mais forte, a noite vence-nos.

                        Quem velará por nós quando a escuridão ensombrar

                        as planícies? Plaza de Catalunya? A cada solavanco

                        um sobressalto, um nome que acode, uma memória, uma

                        incerteza breve. Os fantasmas têm rosto e estão sentados

                        junto a nós, gentis, suaves, lhanos, atentos ao nosso

                        sono. Velar-nos-ão, eles, quando a noite pousar em nós o seu punho frio?

                        Wood Green? Vê como vão os cavalos, essas

                        ágeis palmeiras tocadas pelo vento, as suas crinas,

                        os seus longos meses, o horizonte em que cada barco

                        expõe as velhas àrvores, o anil cru dos dias, a cinza acre das ruas

                        -- e como eu, que as tenho percorrido para evitar Portugal,

                        me sinto cada vez mais português!

 


 

VIII

 

                        Deste vigésimo terceiro andar, olhando toda a

                        vastidão do Central Park. As torres vigiam por entre

                        o ténue nevoeiro, e oh God -- como mesmo sem o saber -- I

                        had forgotten how the Hudson burns in indian autumn.

                        (há que anos eu já não lia Ferlinghtti...)

                        Eis a alta chaminé de um alto arranha céus. Expele um fumo

                        cinzento, escuro, as sombras recordam Spirit, esse estranho

                        mascarado que se movia na penumbra dos edifícios e dos

                        becos, vivendo o crepúsculo nos quarteirões decadentes onde

                        a luz vagamente vigia as trevas, e os seres se movem

                        em infinita inexactidão. Batman, Clark Kent, onde estão?

                        Em que escuridão, em que viela morreram às mãos do sonho

                        americano? In God we trust, se deus for -- e decerto é -- americano.

                        A América move-se, as cidades movem-se, o sonho move-se,

                        os heróis fenecem, as memórias perdem-se. O sonho americano

                        dorme ao frio num adro de uma igreja da 57º Rua, vai triste

                        e vergado no carrinho cheio de trastes inúteis

                        que o velho sem abrigo empurra pelas ruas,

                        sem destino certo. In God we trust? God dorme ao frio,

                        como tantos, sob o portal da Fith Avenue Presbiterian Church.

                        Deus passou descalço nas veredas de Central Park,

                        seguido de bandos de anjos em patins de linhas

                        e calções Nike.

                        Uma àrvore confia ao vento os

                        seus cânticos, as folhas gemem, as suas velozes crinas

                        espalham-se nas sete direcções da terra, um cansado veterano

                        dorme o passado embalando-o nos

                        braços frios sob um toldo. Uma àrvore

                        confia ao vento esse vasto incêndio que o Hudson traz

                        ao outono indio. Please, man, have you got some spare change?

 

*

 

                        Descendo toda a 9 th Avenue: a imensa feira trouxe gente

                        de toda a cidade, os judeus cruzam-se com os árabes, e os gregos

                        gritam gyros, e há chineses

                        que por ora deixaram Chinatown, e negros pesados, e indianos

                        velhos com largos turbantes que oscilam ao passo  por sobre

                        a multidão compacta. Jambalaya. French toast. Sushi.

                        Ouço os sons, a música, os gritos.

                         Para lá do vidro o olhar alcança essa enorme

                        mancha escura que se acomoda no coração da cidade,

                        os cânticos de néon sobre a noite aberta por

                        profundas veias, táxis que as correm

                        como aves loucas, pégaso morto, dedos que apontam o céu,

                        as sirenes que são alvos rios, lagos na memória.Union Square?

                        Um novo solavanco e o comboio segue congregando os

sons e as figuras. Andreas Eigensatz, o construtor de violas e essa encantadora    noite de Berna, entre vizinhos,

                        saboreando o queijo derretido e os sonhos?

                        Laurie Anderson, repetitivamente fazendo

                        singrar em nós O Superman?

                        Há neve, ainda? Há neve, lá fora?

                        Ó Nova York infinita, maçã velha

                        que os ventos fustigam! Quando a tempestade de súbito se

                        abate, as ruas molhadas proclamam as luzes e as cores, e

                        os sons; e por toda a terra se ouve o vasto silêncio da chuva.

                        Um avião passa. Será esse deus que Blake ouviu,

                        esse deus que again speaks in thunder and in fire?

                        Ou esse anjo azul de Klee, ou um tabernáculo quebrado,

                        um sétimo selo desfeito, a voz dos cavaleiros, paraíso

                        e terra? Ou um dia chegando ao fim, uma vida que

                        se acaba, um ser que finda? Uma vela gasta que treme a derradeira luz?

                        Um som. Alguém  bateu com a porta na Casa do Bravo.

                     Ou será apenas o comboio, o árduo comboio, o cansado

                        e paciente comboio que arrasta os sonhos e as recordações

                        pela encosta fria? Ou será apenas esse fumo que ténuamente

                        veste o horizonte e aos poucos já se desvanece?

 

                        Um velho e os seus gatos ensinam-nos a alta beleza que há

                        na paz, ensinam-nos a amar o silêncio e a voz do vento.

                        Nas montanhas de Wengen fomos absolutamente felizes.

                                                                      

 

 

1997

Olhão, 2 de Abril -- Nova York, 19 de Maio

 

 

IV

En la cama, silencio. Todo está tranquilo.  

El viento en la calle se calmó. Escuchamos la historia de Circe, los muertos

sin enterrar, el amplio vuelo de las abejas en la tarde, después de las lluvias.  

El zumbido es vasto como la memoria de las cosas,

trae las ciudades y los lugares, los nombres y  los caminos.  

Nairobi, Masai Mara, Benson, el conductor que crea

en dios pero sólo respetaba a los leones. ¿ Lo recuerdas?, preguntábamos. ¿Recuerdas?

Pero, ¿ de quién nos recuerdamos, de todos modos? ¿A quién se acuerda?  

¿Quién es o quién ha sido?  

¿De lo que éramos como alguna vez fuimos y no somos más?  

¿De los sitios, el mundo, de estos pasos  que los hemos olvidado?  

¿Tokio? ¿El color sagrado de momuji? ¿Ese alto Tajo de Ronda,

el silencio de las procesiones a la voz sagrada de  la saeta.?

Como el viento deslizaran

nuestros días por esta espiral

donde hube noviembres y primaveras. Están en paz

los campos, donde la humedad de la tierra asciende. Sube el zumbido                 

lento, sacudido, arrastrado, casi confundido

en la dolorosa respiración del tren, un zumbido

grueso,  de abejas libres, zumbido que permanece

como humo, como el variado grito  del metal en los raíles,

como el humo, humo, humo. ¿Son palmeras

o pájaros distantes y neones de hielo?  

Mercedes y José Luís nos enseñaron los caminos

de El Teide, el paisaje lunar en la tarde blanca.  

Longíquo, humo marca el pico, la cumbre,

 el humo, el humo en transfusión

dentro los sueños,  dentro los sonidos de metal, la casa de José Txo

en la playa solitaria, la magníficas puesta de sol sobre el mar,

el humo, el hielo, el humo..               

                                                                                                         

 

*

Hay otra nieve hecha de arena y el sol en todas estas playas

de Tel Aviv, donde el crepúsculo es calentito  y el mar caliente.  

La larga línea de hoteles se inclina sobre los pequeños muelles,

sobre las olas que minúsculamente van y vienen, perfectamente.  

Mediterráneo, viejo bucanero que fuiste la cuna y

la del mundo, palco azul donde transcurren las nubes

y las dinastías, y nuestras voces ya vacías de cualquier sentido.

Mi viejo pirata,  que tenías las ánforas y las naves

y enrollabas los náufragos contra las playas, que visitaste

las dunas y escuchaste de ellas los cantares del levante.  

O viejo marinero, que enseñas el silencio a las islas y las rutas a Orpheus,

nos vamos contigo hacia el infinito,

velas altas, llenas, alzadas al lejos como banderas,

singlando los días, nosotros fantasmas de nosotros mismos,

nosotros nuestros cuerpos, nosotros los descendientes de Odiseo,

nosotros los tenues hijos de Afrodita, nosotros nuestras almas vaciadas,

nosotros que Pala Atena celebra, nosotros los antiguos argonautas

 que tus aguas animarán, nosotros los vientos,

 nosotros cuerdas y anclajes y civilizaciones

 muertas y he aquí que contigo nos vamos,

 sobre ti como se fuésemos dioses decididos...  – ¿y que nos importa

ya saber que el mar es finito si mirando en ti,

no podemos alcanzar más que todo la inmensidad?  

Un viejo canta tu historia, se escucha una lira,

la voz del viento tañe las casas y las colinas altas.

Tu carne es hecha de sol y de olivos

 dulcemente entretejidos en los primeros vinos,

dulcemente, como Penélope, en blanda oscuridad

bordando y desbordando las horas y los silencios.  

¿Es esa tu carne, de aguas y sirenas,

viejo suave que con Neptuno entregaste en manos

del viento las naves y las luces antiguas.  

En las playas de Tel Aviv te vi llegar, viejo mio,

en dóciles melodías de espuma, como si las fueras de la noche el gemelo,

y te vi en Hydra, aún muy distante, bajo la mirada clásica de los gatos

con el egeo a confundirse en ti,

fraternales aguas, fraternales animales, caballos libres  a cabalgue en cabalgue.                                                   

                       

                       

                       

*

Hay que creer que vivimos tiempos de desorden.  

Las noticias de las ocho nos alertaran sobre el asesino

que despedaza  mujeres por puro placer y nos contó sobre la bomba

que escarnificou treinta personas y destruyó

sus sueños y sus huesos --, pero a pocas personas le interesó

por que no hay cosa más habitual que la muerte de los demás,

y porque también había algo realmente realmente muy importante,

casos que ocupaban por completo

toda el gran momento del horario noble, conversaciones de imbéciles, 

conversaciones de tontos de corbata, discursos de débiles

que los otros débiles alaban, casos donde el mundo

gira alrededor de uno que da tantas patadas a una pelota

y el mundo grita y el mundo aúlla y el mundo vibra y el mundo aplaude.  

Realmente vivimos un tiempo desordenado.  

Un escritor no sabe si  hay dios-- y es condenado a

morirse  lentamente, vilmente, en esa larga sequedad que es la espera

de esa gris oscuridad que hay en el temor. En nombre de

dios, dicen, en nombre de dios o del pueblo o en otro nombre.

                         

En su nombre se mata,

en todos los nombres se mata,  como de ayer, y vagamente

nos molestamos ya. En todos nombres se mata -- y si

dios se preocupa, no sabemos, si dios se preocupa, no sabemos.

.

 

*

En la cama silencio. Todo está tranquilo.  

Afuera, un coche pasa, rápido, pero su rumor

Por la noche iba ya perdido, en las avenidas distantes.  

O viejo puerto de Jaffa! O callejones y callejuelas! Zohar y Offer

caminan conmigo las calles antiguas, las plazas, los lugares.  

¿Ricardo, que tenías el corazón de un león y el brazo de los fuertes,

todavía para estos callejones te mueves, pecho altivo,

sin miedo, gritando amenazas y canciones  de guerra?                   

¿Será tu voz esa sirena de barco  que en la distancia si escuchó,

será esa tu voz? ¿Esos pasos que resonaron

en el lajeado y se han ido, eran los tuyos? ¿Casco antiguo de Jaffa, antiguo pórtico

de los mundos donde los valientes vinieron a cantar desafiando  la muerte,

aún en tus callejones velará cualquier fantasma

el sueño de sus compañeros?  

En nombre de dios dieran muerte, en nombre de dios  se murieran.  

¿Que dios, diosa, que dios ha querido así la muerte de

sus hijos? ¿ Que dios, o misericordiosos, quiere  en  todavía

la muerte insculpida en su nombre?

                                              

¡O divinas misericordiosas entidades! O santas figuras,

admirables  deidades! ¡O ninfas, falúas y naves

del cielo, visiones de blancas velas:

que nombre es ese lo tuyo, que tanto dolor contiene?  

¿O casco antiguo de Jaffa, es Saladino la sombra que pasó?

                       

                       

 

V

Una señora presumida escribió dos versos

y le ha costado mucho encontrar una rima.

Satisfecha, los nombró poesía. Un hombre con una barba de seis

meses sacó de si un panfleto en ira contra los vecinos

y conocidos -- y también le nombró poesía.  

Un chaval cuyo padre tiene una editora elaboró un paquete épico,

relleno de deidades mitológicas que  se dormían, con los lectores,

por la noche.  Su padre  le editó la obra;

 y la nombró poesía, por supuesto.  

Vive sola una anciana que hace encaje y fabrica rimas.

Un tonto muestra las  honrosas citas con los

otros tontos distinguen a sus versos, por cientos.   

Vive feliz y quiere

Que lo traten de poeta.

Ese otro caballero serio, que era ministro, se decretó  cansado de

finanzas y de lo prepecptos. Pidió  que le trajeren  papel, un montón de papel,

tres lápiz buenos y algunas ideas que tuviesen filosofía.

Compuso dos rimas en trillizos y se quedó agotado: había hecho

poesía.

O Petrarca, manso adorador de la belleza, como en tu tronco

se albergan tantas inexistencias!...

A la sombra de la memoria el tren sigue, a través de la nieve.  

¿Sueños, ideas, recuerdos? Confusión. Humo, gemidos de metal,

confusión. Es tarde. Está frío. ¿Es Haifa, que desde la cuesta veo

confundiendo el calor y el hielo? ¿Es esa nieve  el verde mar

alrededor de la ciudad cerca los pies de las colinas? ¿Roma? ¿Las ramblas viejas?  

¿ Barcelona sobria, donde las piedras son elegantes

y vívidos los recuerdos?  

La somnolencia suspende el tiempo, trae los muertos añorados,

nostalgia, abril y marzo, las tardes antiguas en las que

había paz y la familia toda se sentaba en la mesa para la cena.  

 En esa Navidad de 1981 no  más éramos cinco,

no éramos ya cinco en la mesa, no ya cinco a la vida.  

Los bamboleos  del tren embalan los recuerdos,

Y vamos despacio, despacito, casi inmóviles como dioses viejos

sobre nosotros mismos flotando, como tú, mi viejo Ginsberg,

mi padre espiritual,  gran-capitán de la poesía que

la muerte segó ya,

tornando realidad esa foto junto a la tumba de Kerouac,

Lowell, Massachusetts, octubre de 1969, como tu

completamente desnudo,  tumbado en ese pequeño compartimiento

del tren de Santa Fe, giant train so slowly moved

a man can touch the wheels, por encima de nosotros flotando

en esta indescriptible melancolía.  

¿Me pagas una cerveza? Y pienso en nosotros, los vivos y los muertos.  

¿Córdoba, donde canta el rumor de las aguas entre los naranjos?  

¿Gran Palacio, donde Buda es más iluminado? ¿Milán bajo la lluvia?  

Mi vida es simple. Hice con ella un mapa de viajes cumplidas

 y viajes por cumplir, y donde quiera que vaya recuerdo mis amigo,

les escribo, les remito noticias, frases cortas, bromas,

expresiones sin sentido, palabras, diseños, novedades.  

Recuerdo a aquellos que se han muerto poco a poco, la niña que nunca

sabré quién era y que se suicidó en el metro entre

Paddington y Aldgate, para escapar,  quien lo sabe,

de un amor fallido,

de una pasión trágica, de una virtud, de un secreto,

para huir de si misma, tal vez, y pienso a Camilo muerto para que la vejez

 no lo derrotara, y a Maiakovski que como dijiste

se suicidó para evitar Rusia, y Antero que también se

suicidó para evitar Portugal y ese altivo ciego inmortal,

tan rápido y sabio como los ángeles, quien cometió suicidio con palabras

geniales en el día escribió que había una línea de

Verlaine que ya no más recordaria y tenía una calle cerca

prohibida a sus pasos y tenía un espejo que lo vio por

última vez y había una puerta que el cerrara hasta el fin

del mundo. Como a él, la muerte nos dilapida 

sin cesar. Y hay un silencio que pesa y abruma

y un olor de nieve y l de penumbra

y hay frío, y hay humo y hay gritos de metal y el sueño

a entretejerse en cada palabra,  en cada gesto.

Caigan sobre ti los pétalos y sobre nosotros la noche!  

Cerca de aquí, la cumbre toca el cielo... y persiste el frío.

 

 

 

 

VI

Nous naviguons, ô mes divers amis, navegamos

este espiral de vientos y mareas, navegamos

como Mallarmé saludando a los suyos y como Ulises

perdido entre islas, nuestra Ítaca distante,

inaccesible, navegamos cada hora perdida, en

cada rincón donde  el tiempo nos espera y

nos roba aquellos  a quienes queremos más, los más grandes, los más

amados, los mejores de nosotros , quienes eran en todo esplendentes,

agiles, volátiles como los ángeles, tan sensibles, tan puros, tan amables.  

En verdad, fuimos como fuimos

y no somos más. El sueño ha sido célere como el color del día.  

¿Donde el verano de otra época? Hizo  de mi vida una

ruta interminable de ciudades y personas--y en la memoria

 las cultivo y amo, Berlín, Venecia, los amigos que se quedaron, los que se fueran,

Coimbra, Sevilla, mi dulce Sevilla, cuyas calles caminé

bajo esta felicidad grácil que vive en el aire andaluz, Sevilla

cuyas noches  he tenido por plazas y márgenes, de Sevilla magnífica 

que tiene el rostro de Maria Paz, su sonrisa dulce y encantadora,

Gomecello, donde escribí este poema que tanto me encanta pensando a Cristina

que me esperaba allá, en Lisboa, Bolonia, París,

Mujácar pequeño donde nos sentimos libres

y galantes, el viejo Macao,

Londres que tanto en mi se quedó,

un barco doliendo en los canales, un barco en el puerto de Amsterdam,

Colonia, este misteriosa y encantadora Jerusalén.  

Desde la cima del Monte de los Olivos, viendo la puesta de sol:

Zohar me explica las casas, los signos del viento, la historia de

las piedras, el alejado nombre de las cosas. Cae al atardecer. Por la puerta

de Jaffa una figura pasa, anónima, misteriosa, camino de

la noche. Es sólo una figura, nada más que un figura, que sigue

sus propios pasos en esa dirección desconocida  que las murallas 

altas marcan--y en el gris de los tiempos se quedará para siempre

 ahí, eterno, perpetuo, desafiando a la inmovilidad y el movimiento,

siempre una figura, nada más que una figura que los dioses

en su solemne criterio celebran e vigilan la pacífica Longholmen,

Glasgow bajo un cielo pesado de las nubes, mano en la mano

con Cristina voy suavemente deslizando las calles, observando las

plazas, las iglesias,  los grandes escaparates en el bullicio de la tarde.  

En el río alguien desapareció, lanzándose de uno de los puentes.  

Policías buscan el cuerpo, dragan las aguas, rondan por

las margines. También tú, desconocido suicida, también tu

quisiste disfrutar de esa última libertad --y en ese torpe vuelo de

pájaro herido, en ese momento suspendido entre río y cielo,

buscando la muerte  para evitar algo que sólo tu podías descifrar.

No esperaste el designio  de los tiempos, no

esperaste el deseo que a los dioses si atribuye,

no permitiste que la muerte, como a todos nosotros,

constantemente te dilapidara.  Que las aguas, si quieres,

si cierren sólo  para ti y en ellas se si recoja 

y resguarde tu cuerpo! Y hubo Akko, Madrid,

el babilónico Hong Kong aturdido por los aviones,

que los buques demandan y las montañas velán, Atenas y las islas,

Moguer blanco donde te he visto y a tu Platero, mi

viejo poeta, por encime de esa indefinible bruma que hay

en la calurosa tarde de España, como se fueren uno, centauro

fantástico que en la distancia va en paso vago,

por todo esa Calle de San José

por donde  el malo viento negro pasó --y también yo

oigo Curros, más padre que poeta,

preguntando a la mariposa de Galicia por su bebé muerto,

volvoreta d ' alinãs doradas…, y  por ese cielo                                

donde Platero trota para toda la Eternidad,

Vigo, la fría noche en Lubeck, entre los sin hogar,

el café caliente,  la cerveza, todas esas voces y palabras  que

son calidez y consuelo entre la silueta  silenciosa y amplia

de los trenes, Toledo por la tarde cuando el sol se holgaba  

en los tejados, Aswan, las aguas

altas, Interlaken y todos ya en la memoria si me

confunden en calles y fechas, y personas que marchan  

precipitadamente avenidas y puentes, en soñolientos buques, New Haven,

Dieppe, el muelle donde el mar se calma dormido de vientos,

Urs y Antoinette,

Río en tardados aeropuertos, carreteras y casas,

Dublín agitada tan apresuradamente recorrida,

la verde y suave Edinburgh. ¿Cuántas puertas, cuántos peldaños!                                    

En la Royal Mile, en uno de esos oscuros callejones donde nos miran  

las casas y árboles hasta Princess Garden: es por la noche y

festivamente cambiamos canciones y cervezas. Dentro de

un año volveré, les decía, espero volver a encontrarles,

decía, y las luces tropezosamente encendían las esquinas de

las calles, el Jolly Judge, los pasajes bajo los puentes, los patios  y las estatuas

que guardaban ese gran misterio que habita el silencio.

Edimburgo en cuyas colinas  vagué, cansado y feliz,

pedaleando en mi bicicleta,

vendo a los turistas que se apresuran, las fiestas, el movimiento

ruidoso. Frederick Edwin Church, que esas tuyas

aguas perpetuas sigan corriendo para siempre! Que

en ese inmóvil gesto raro en qué sobre nosotros se despeñan ,

todavía haya el leve sonido de un arco iris a visitarnos

la memoria.  ¿Y Geneve, y Tuy,  y ese calor inalcanzable

en Kata, esa inmensa e súbita puesta del sol en Lago Nakuru.?  

¿Dónde están? ¿En que insólitos salones del tiempo se fueron perdidos?  

¿En que colinas distantes si apartaran de nosotros, que de repente

miré hacia atrás y no los veo? ¿Granada y las procesiones y los

poemas y mi Gin  que la luna celebró?  

Vicenza, tan serena y clásica. Ditza y João Miguel

a refugiarse de la lluvia bajo un paraguas amarillo, la casa del vino,

un leve rumor gris  de finales de invierno

y el reflejo de las luces en la acera.                          

Nous naviguons, ô mes divers amis!            

                       

                         

                        

VII

 

Piraeus viejo y dulce donde corre el viento.  

Mira como  tus velas ya sobre el mar se agrandan

como si recuerdos fuesen. Y nada  más de ellas sabemos, o  a que

destino van, a que destino han ido, en que rumbos

se dejaran pairar  perdiendo los días. ¿Porque te recuerdo,

ahora que estoy en sueño lento, escuchando

esta monótona canción, este cántico  hipnótico que

el tren compone  en los raíles? El espíritu sube

a la vastísima  dimensión de la luz, todo es color y el blanco

cobija los ojos pesados de memoria.  

¿Dónde estoy? Una estación. ¿Paderborn?  Ahí entonces

busqué a Danielle, la hija de un sirio. La había conocido

unos meses antes. Era inteligente, perspicaz, amable. 

Su piel era de un tono encantador, a el cual

la luz del fuego concedía  más encanto. ¿Waeverly?  

¿Dortmund? Me acuerdo de Dagmar. Pasan mujeres protegidas del frío

en gruesos abrigos de lana. El viento es tajante, la

lluvita  casi inadvertida. El invierno ha dejado su huella

en todos nosotros. ¿Salamanca?  

¿Quiénes son estas tierras, que fados, que tanto

entre las vías de hierro misteriosamente convergen? Pocos son

los secretos que el alma verdaderamente guardia, pocos

son ya los misterios,  ninguna  frontera. Toda la tierra

se reduce a un largo camino de hierro, a un gran

punto que las locomotoras buscan en la oscuridad, una

ruta que los raíles asignan, inexorables. La mirada se pierde

en el horizonte. El sueño es más fuerte, la noche nos gana.  

¿Quien nos cuidará  cuando la oscuridad eclipsar

las llanuras? ¿Plaza de Catalunya? Cada sacudida un

estremecimiento, un nombre que viene, un recuerdo, una

breve incertidumbre. Los fantasmas tienen rostro y están sentados

al lado de nosotros, gentiles, suaves, galantes, atentos a nuestro

sueño. ¿ Nos cuidaran, ellos,  cuando la noche aterrize en nosotros su puño frío?  

¿Wood Green? Mira cómo van los caballos, estas

palmeras ágiles tocadas por el viento, sus crines,

sus largos meses, el horizonte donde cada barco

expone los árboles viejos,  el índigo crudo  de los días,  la ceniza acre de las calles

--y como yo, que las he travesado a evitar Portugal,

me pienso cada vez más portugués!

                                   

           

  

VIII

Desde este vigésimo tercer piso, mirando

la inmensidad del Parque Central.

Las torres vigílan en medio de la niebla débil, y oh God -- cómo incluso sin saberlo --, I

had forgotten how the Hudson burns in indian autumn.

(hace años ya no leía  Ferlinghtti...).

Mira la alta chimenea de un alto rascacielos. Expulsa un humo

gris, oscuro, las sombras recuerdan al Spirit, este extraño

enmascarado que se movía en la penumbra de los edificios y

callejones, viviendo el ocaso en las manzanas decadentes donde

la luz vagamente vigila la oscuridad, y los entes se mueven

en infinita inexactitud. Batman, Clark Kent, ¿dónde están?  

¿En que oscuridad, en que calleja vosotros sucumbiste a manos del sueño

americano? In God we trust, si Dios es--y seguramente es -- americano.  

América se mueve, las ciudades se mueven, el sueño se mueve,

los héroes mueren, los recuerdos son perdidos. El sueño americano

duerme se bajo el frio, fuera, en el adro  e de una iglesia de la calle 57,  va apenado,

doblegado al carro lleno de basura inservible

que un viejo vagabundo sin cobijo empuja a través de las calles,

sin rumbo cierto. ¿ In God we trust? God duerme a la intemperie,

como muchos otros, bajo el portal de la Fith Avenue Presbiterian Church.

Dios pasó descalzo en los senderos del Central Park,

seguido por bandadas de ángeles en patines en línea

e pantalones Nike.  

Un árbol otorga al viento

sus cánticos, las hojas gimen , sus veloces crines  

se separan en las siete direcciones de la tierra, un veterano cansado

duerme el tiempo pasado  bamboleándole   en  sus

brazos fríos debajo de un toldo. Un árbol

otorga al viento este vasto fuego que el Hudson trae

al otoño indio. Please, man, have you got some spare change?

                       

*

 

Por toda la 9ªAvenida: la feria inmensa ha traído

a gente de toda la ciudad, los judíos se cruzan  con los árabes y los griegos

gritan gyros, y se notan chinos

que dejarán por ahora Chinatown y negros pesados, y indios

viejos con amplios turbantes que oscilan mientras caminan sobrepasando

la multitud compacta. Jambalaya. French toast. Sushi.  

Oigo los sonidos, la música, los gritos.   

Más allá del cristal la mirada logra apercibirse de esta gran

mancha oscura que se instala en el corazón de la ciudad,

el canto de neón sobre la noche abierta por

venas profundas, taxis que las recorren 

como pájaros  locos, pegasus muerto, dedos apuntando hacia el cielo,

las sirenas que son blancos ríos, lagunas en la memoria. ¿Union Square?  

Una nueva sacudida y el tren sigue congregando los

sonidos y las figuras. ¿Andreas Eigensatz, el constructor de guitarras y esa

noche encantadora en Berna, entre vecinos,

saboreando el queso fundido y los sueños?  

¿Laurie Anderson, repetidamente haciendo

navegar en nosotros O Superman?  

¿Todavía hay nieve? ¿Hay nieve, afuera?                

                                  

                       

O infinita Nueva York, manzana vieja

que los vientos azotan. Cuando de repente cae

la tormenta, las calles mojadas proclaman las luces y  las colores y

los sonidos; y en la tierra entera se oye el vasto silencio de la lluvia.  

Pasa un avión. ¿ Podrá ser ese dios que Blake  ha oído,

ese dios que again speaks in thunder and in fire?  

¿O ese ángel azul de Klee, o un tabernáculo roto,

 un séptimo sello quebrado, la voz de los caballeros, el paraíso

y la tierra? ¿O un día llegando a su fin, una vida que

se acaba, un ser que se termina? ¿Una candelilla derretida que tiembla la última luz?   Un sonido. Alguien cerró con fuerza la puerta en el Hogar de los Valientes.                      O ¿es sólo el tren, el tieso tren, el cansado

y paciente tren que arrastra sueños y recuerdos

por la ladera fría? ¿O es que no más es que el humo que tenuemente

adorna el horizonte y lentamente desvaneciese  para siempre?   

 

 

Un viejo y sus gatos enseñan la alta belleza que hay

en la paz, nos enseña a amar el silencio y la voz del viento. 

En las montañas de Wengen fuimos completamente felices,

 

                                              

 

                       

1997

Olhão, 2 de Abril -- Nova York, 19 de Maio


Fernando Cabrita. El sermón de la montaña. Ed. Baile del Sol, 2015