Mujeres anarquistas abriendo huella
Las sin amo
Fernando Barbero Carrasco
Obreras que escribieron para extender la Idea y concienciar a sus compañeras
De un tiempo a esta parte se viene reivindicando la memoria de las mujeres de la Generación del 27; un libro escrito por Tania Balló de título Las sinsombrero habla de ellas, de sus poemas, pinturas, narraciones…, que fueron ensombrecidas por la brillantez y fuerza de los trabajos de sus compañeros de grupo generacional. Sin embargo, la obra de estas artistas es importantísima para comprender cómo se ha desarrollado la cultura en España.
Se trata de un grupo de mujeres que se hicieron fuertes en algunos espacios propios y burgueses como la Residencia de Señoritas y/o el Lyceum Club Femenino. Era el principio del siglo XX. Quizá las escritoras y poetas más importantes del 27 fueron María Zambrano, Carmen Conde, Concha de Albornoz y María Teresa León, pero hay un enorme número de ellas.
Eran en su inmensa mayoría hijas de familias económicamente poderosas, -muchas de ellas pudieron estudiar en la Universidad-, que no tenían la carga de atender a la prole y podían dar rienda suelta a su creatividad. No pretendían una transformación de la sociedad, sino que reivindicaban ante todo, el derecho al voto y a la enseñanza superior para las mujeres.
Paralelamente -y por tanto sin mezclarse o conocerse siquiera- surge una corriente creativa fascinante: mujeres obreras y anarquistas que después de sus largas jornadas laborales y de la atención a su hogar, escribían. Y lo hacían para despertar a sus compañeras de la pesadilla de sus vidas; de la doble condición de sometidas y explotadas: primero por el patrón o la empresa y después por el propio marido o compañero, que en sus propios trabajos se comportaba de determinada manera -según la ideología y el valor de cada uno- y que una vez llegado a casa, tenía unas maneras dictatoriales y a veces violentas con su compañera.
Hace un par de años, la editorial La Oveja Roja publicó un ensayo del poeta y ensayista Antonio Orihuela; en este libro podemos entrar en el asombro de la potencia transformadora de estas escritoras. No tenían el hálito recreativo que alumbra al resto de creadores al uso, sino que escribían como columna importante del movimiento obrero y más específicamente del ácrata. Normalmente, estas obreras no habrían tenido la menor ocasión de ser publicadas, pero la editorial La Novela Ideal -un apéndice de la libertaria Revista Blanca- se hizo cargo de la edición de este sorprendente torrente literario: entre 1925 y 1938, ya en plena Revolución Social, vieron la luz 594 títulos, con tiradas superiores a los diez mil ejemplares. Estos datos se producen cuando en España existen unos porcentajes terribles de analfabetismo: entre 30 y 45 % de la población no sabe leer ni escribir; en los ambientes de los trabajadores, posiblemente la realidad sería más dolorosa aún.
Federica Montseny, desde un ángulo familiar, personal y político diferente -hija de intelectuales y editores ácratas, con pedigrí constatado-, también se puede considerar perteneciente a este grupo literario de las que no querían amos.
De esta apabullante cifra de novelas publicadas por La Novela Ideal, el porcentaje correspondiente a las escritas por mujeres es de un 19% -ciento trece títulos-. Según los datos que Orihuela recabó de los archivos de la editorial, Federica firmó cuarenta y seis; Ángela Grupera, cuarenta y Regina Opisso, catorce. Las restantes escritoras, hasta las veinte que se hallaban en nómina, publicaron entre uno y seis libros. En cuanto a las diferentes ocupaciones de las novelistas: había enfermeras, maestras y sobre todo y ante todo, obreras. Pertenecían estas mujeres a la tradición -si se me permite la controvertida palabreja- de las trabajadoras y trabajadores anarquistas, más cerca del analfabetismo que de las excelencias universitarias, que con un arrojo e insensatez evidentes escriben y luchan por publicar; simplemente por tratar de extender la Idea.
En el apartado económico, hay que reseñar que como se ha dicho, la tirada habitual era de 10.000 ejemplares, pero a veces se llegaba a quintuplicar esta cifra. Las publicaciones eran de alrededor de 30 páginas, asequibles para cualquier persona iniciada en la lectura y su distribución se llevaba a cabo en ateneos libertarios y sindicatos por compañeros que no cobraban. La recaudación de una novela pagaba la siguiente; jamás se comercializaba a la manera capitalista, sino de una manera marcadamente ácrata.
Dice Antonio Orihuela al respecto de estas mujeres: “… anarquistas, movilizadas contra la carestía de la vida, el precio de los alquileres o el envío de sus maridos y sus hijos a la guerra. Intervenían en una lucha cotidiana por la vida contra la lógica burguesa y, en términos políticos, contra el Estado, el capitalismo y la explotación” Es decir, su horizonte, su objetivo, era la desaparición de las jerarquías -en el tajo y en la casa- y de la dominación. Su ideal de vida coincidía casi perfectamente con el de sus compañeros de sindicato: la subversión hasta la desaparición de las clases sociales y el cambio en los diferentes roles. Aunque las animaba un incipiente feminismo o mejor expresado: anarcofeminismo.
La obra de Orihuela es muy válida, porque ante un constructo mental y social que habla de un feminismo que emana de las clases altas y acomodadas, nos da a conocer unas modestas autoras que desde el mismo suelo fueron capaces de cambiar, en cierta forma, la mentalidad de muchas trabajadoras, demostrando que la literatura sirve para hacernos reflexionar y para posiblemente, plantearnos otras formas de vida y de lucha.
Fernando Barbero Carrasco.
Antonio Orihuela





