«[…] un libro y en sus páginas la ajada violeta, mo-numento de
una tarde sin duda inolvidable y ya olvi-dada.»
J. L. Borges / Las cosas / Elogio
de la sombra (1969)
Hoy he comprado un viejo libro en el Rastro y
al abrirlo he descu-bierto en su interior una disecada flor de violeta. En
principio me ha contrariado romper
ese caparazón que la protegía como a un cangrejo ermitaño, pues esta violeta ha
reposado durante años pro-tegida entre sus hojas, como lo hace un fósil
adherido a la cadencia geológica entre estratos de tierra aguardando, quizás
para un porve-nir, la única prueba de un estremecimiento. En ese instante he sen-tido que
transgredía un íntimo secreto, pero también que liberaba una pasión
enclaustrada.
Y tal como sucede con las lámparas acariciadas de las que emerge con euforia un genio que otorga deseos, yo tomo conciencia de que redimir esa emoción escondida durante tanto tiempo me concede ahora a mí el honor de poner letra a ese dibujo aplastado y descolorido que un día fue flor. Es la forma en la que los objetos halaga-dos devuelven agradecidos el haber recuperado su protagonismo, invitando a compartirlo con alegría. Al fin y al cabo, la nostalgia necesita recordarse hermosa.
Ahora esa ajada violeta, en un último gesto
de conquistada vani-dad, parece tener
más que contar
que el propio libro que la guarda
y aunque sabe que sólo puede invocar un relato en parte imaginado,
también sabe que precisa de un interlocutor comprometido y vo-luntarioso en la
investigación.
Eso significa que hay que seguir la pista un
poco más allá. En este caso averiguamos por su exlibris que alguien llamado
Federico To-rres Laguna sosteniendo sobre sus manos una luminosa violeta qui-so
depositar en esta pequeña flor toda la emoción de una tarde que sintió como
inolvidable. Seguramente con este gesto quiso proteger y prolongar en el tiempo todo el cariño
a la que ya era la mujer
de su vida, su amada Gloria,
tal como escribió en la última página.
Sentí una corazonada y volví al Rastro con la única esperanza de encontrar en aquél puesto de libros y trastos algún indicio. A veces sucede la suerte, aunque a decir verdad ésta suele apoyarse más en la voluntad, en la perseverancia y en el olfato. Dentro de un antiguo saco de yute, utilizado en su día para guardar perdigones de caza, encontré algunos libros, varios documentos sellados, algunas fotos y una pequeña caja de madera. No me entretuve demasiado en exponer a la luz el contenido del lote pues eso encarece el precio y excita el apetito de otros que imaginan hallazgos que no tienen nombre, pues en realidad lo que algunos desean sólo es lo que de-sean los otros.
Y así, sin un detallado inventario de lo localizado en el saco,
se pactó un precio más ajustado al riesgo de no encontrar
nada de interés que al improbable descubrimiento de algún documento, fotografía
o carta de valor, aunque ese sea el tesoro que todo rastreador
sueña con descubrir algún día.
Los libros y las fotos tenían su interés,
pero los documentos me parecieron especialmente valiosos pues se trataba de
escrituras de compraventa de terrenos y casas fechados a finales del XVIII.
Aun-que para mí lo más destacable fue aquella humilde cajita de madera que
contenía una carta, algunas fotografías de muchachos ataviados con trajes
militares y algunas canicas de barro flotando en serrín de carcoma.
La carta, a modo de poema, estaba escrita desde el campo de concentración de Argelès-sur-Mer y fechada en marzo de 1940. Era una despedida. La firmaba Federico Torres Laguna.
“No
pensar sobre el tiempo debe ser un signo de juventud. Los años me han proporcionado muchas dudas,
también algunas certezas.
Nadie, nada permanece sin cambio.
Sé
que en un instante todos nosotros seremos olvido. Estoy aquí preso
por mis ideas,
por mis sueños,
pero
sobre todo por la mala fortuna.
A todo se llega a acostumbrar el ser humano, incluso a dejar de ser humano.
Nada
material echo de menos, pues aquí todo me sobra.
Tan
sólo temo que un día se me desdibuje su rostro, dejar de amarla sé que no
puedo.
Deberíamos de vivir varias
existencias
y en alguna
de ellas, sencillamente, disfrutar.
Sólo sé que he llegado a conocer a la mujer con la que quisiera
vivir mi próxima eternidad, mi querida Gloria.”
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