documentos de pensamiento radical

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jueves, 6 de agosto de 2026

3 poemas de VÉRTIGO de BÁRBARA GRANDE






FUTURANDO

 

"Porque el amor te espera en la esquina,

y el dolor te espera en cualquier lado”

Andrés Calamaro

 

 

Me imagino en una terraza

al sur de aquella fría ciudad.

Con una taza de té en la mano,

calentándome los dedos

con el calor de la cerámica.

 

Me imagino de noche, necesitando aire,

porque la noche asfixia estando tan lejos.

Me imagino rodeada de no-geranios,

de no-golondrinas,

de gente rara y blanquecina con olor a rancio.

Me imagino en una era de sueños atascados,

recopilando material bello y horrible

del que cura y mata al mismo tiempo.

 

Me imagino que ya estaré dormida en aquella terraza,

en este momento, dentro de un año.

O tal vez, si hay suerte, estés tú allí, conmigo.

Sujetándome la taza mientras trato de dibujarte,

o de escribirte,

o de soñarte.

 




LA DUDA

 

Aún recuerdo 
cuando la taquicardia 
era una razón para quedarse.

Ya no se irme
ni sé si quiero volver.

 

 

 

EL HUECO

 

Déjame no existir contigo.

Enséñame a abandonarme 
en el vacío
y a irme a la ciudad 
donde los besos
ni se recuerdan, ni se olvidan.

Déjame no ser, 
para poder compartir 
este hueco infinito.

 

 

 


Bárbara Grande. Vértigo. Ed. La Isla de Siltolá, 2016

miércoles, 5 de agosto de 2026

2 poemas de VÉRTIGO de BÁRBARA GRANDE



 ELLOS

A Eva Vaz y Jose Luis Piquero

 

Te tengo impreso

en la incisión de una pregunta;

en el balance del pecado tranquilo y petulante.

Te veo fumando,

volcán en erupción

y lengua,

escapando del pincel

en tu calma y tu cuerpo breve,

chupando con cuidado

el borde del papel.

                                                    

Te veo en la cocina,

salvándonos a todos del vacío,

quemando el tiempo entre tus dedos,

que sólo a veces se sostienen.

-Están grabados aquí.-

Te veo y te veo en las fresas,

en el champagne.

En la ciudad vampira, en la gran broma final.

En cada historia que bebí de ti, y de ti.

 

Te veo hace diez, veinte años,

con otros cuerpos y otros ojos,

pero siempre tú.

Siempre aquel jardín y aquel cenicero,

lleno de risas.

Te veo en el dolor de la ausencia,

exangüe,

agarrándote al vino de una mano

y a la lejía con el cuerpo entero.

Te veo pequeña y enorme,

y frágil y bestia.

 

Te veo en mi cinturón,

en mi útero,

en mis brazos,

en mi garganta,

en mi boca.

 

Te veo en mí.

Me veo yo, y tú me ves.

 

Siempre me ves.

 

 


 ¡SUBE!


La culpa no es de uno.

¿Yo cómo iba a saberlo?

Sólo era polvo de cristal roto.

Estaba al fondo de un pozo,

sin luz, sin aire.

Había algo allí que gritaba: “¡Sube, sube!,

no estás muerta todavía.”

A mí se me salían las tripas del alma

y aquello las recogía,

las metía por mi ombligo,

por cada cicatriz,

y me decía sin decir nada:

¡Sube!.

Me tendía la mano

y mi boca no sonreía aún.

 

Se escuchaba a lo lejos,

allí en la vida,

aquella voz que ahora es suya:

“Bárbara, sube.”

 

Cómo iba yo a saberlo.

Las estaciones volvieron a significar

algo más que trayectos de ida y vuelta.

El universo colapsó en aquel abrazo.

 

La culpa no es de uno.

 

Los inconscientes y los inocentes

son casi nunca la misma persona.

En tu mundo parece que no existen las normas,

ni los locos, ni la culpa.

Este caos, nuestro caos,

se expande y es libre en cada idea.

 

Hay personas con las que es fácil

aprender la esperanza

y salir.

 


 Bárbara Grande. Vértigo. Ed. La Isla de Siltolá, 2016

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

martes, 4 de agosto de 2026

LA PRIMERA CITA




Con suerte, acabaremos convirtiéndonos en amigos,

haciéndonos desde esas consultas

propias de la adolescencia,

hasta las más sesudas.

Puede que terminemos montando un negocio,

o sosteniéndolo, al menos.

Pasándolo mal juntos,

apoyados el uno en el otro.


Con el tiempo,

nos veremos en actitudes ridículas

con total normalidad.

Trasmutaremos de lo tierno a lo franco,

en ocasiones, de lo franco a lo tosco,

sin venir a qué,

lo mismo que si fuéramos buenos hermanos,

lo mismo.

Nos limpiaremos la baba, la caca, los mocos;

nos echaremos en falta, nos recordaremos

si algo ocurre, cuando suceda.


Pero antes de eso, seguramente,

seremos

los dueños de un imperio,

el nudo de un árbol,

con brotes que tendrán tu nariz, mis pómulos

y unos ojos en los que mirarnos:

esa pavada gigantesca que te convierte en otra persona,

como una mella en los incisivos


o una leve cojera que se acentúa.


Y seremos, sobre todo, capaces de sentirnos felices

apenas estando tranquilos,

solo porque nos telefonearon para contarnos

que todo está bien,

que ya regresaron de su viaje.

Nada que ver con esto:

sin música, sin velas;

tú, en un sillón,

yo, en otro,

con suerte, frente al mismo televisor.




Andrés Ortiz Tafur. Traigo noche en los zapatos. Ed. La isla de Siltolá, 2023

lunes, 3 de agosto de 2026

4 poemas de TRAIGO NOCHE EN LOS ZAPATOS de ANDRÉS ORTIZ TAFUR






Perros de presa


Me quedan menos polvos por echar que los que ya he echado,

menos noches de farra con los amigos,

menos salidas al mar o a la montaña,

pocas ilusiones,

apenas esperanzas.

Ningún beso de mis padres.

Ninguno.

Ningún día.

Nunca.

Jamás.

Pero he de decir que estoy bien,

en la mejor época de mi vida

o en la más hermosa o en la más fructífera.

Y no de cualquier manera:

con convicción,

como un mandato divino,

para no situarme o sentirme por debajo de la media.


Los nuevos cuarenta,

los nuevos cincuenta,

los nuevos sesenta;

creer esa estúpida historia que solo sirve para envilecer la de los que ya pasaron por allí

y puede que para que se me emborrone la idea de rajarme las venas.


¿Qué nos diferencia?

¿Los pantalones de pitillo,

la barba desaliñada,

los piercings,

los tatuajes en idiomas que desconocemos,

la pulsera en el tobillo,

los viajes a Tailandia o Punta Cana?

Apretamos los dientes,

eso es todo,

y nos sacamos los mocos a escondidas y seguimos pedaleando,

como hizo el primer perro de presa que vio nacer a su vástago

y cayó entonces en la cuenta de que ese era el único momento idóneo de la existencia,

antes del primer beso siquiera,

justo antes del primer azote,

con todo por comer,

por beber,

por follar,

por sentir,

por hacer.




Con su paso


Cuando veo a una pareja de adolescentes dándose el lote

tomo conciencia de que el futuro es un tiempo

que va perdiendo sentido y fuelle antes de ser vivido,

la prueba irrefutable de que si algo nos enseña la vida

—con su paso—

es justamente a no saber vivir,

a confundir ocho con ochenta,

un Mercedes con un beso.




Veraneante accidental


Esta tarde he soñado

que vivía en un lugar sin nombre,

como uno de esos cantos rodados que,

por azar, termina en nuestro bolsillo

tras un baño en el arroyo del pueblo.

Me he visto en una estantería

mucho tiempo después,

junto a otros guijarros,

delante de unos libros.

Y he echado de menos el arroyo, el pueblo

y al veraneante accidental que me eligió.




Amores muertos


Hay amores que mueren

antes de haber nacido,

después de un buen polvo,

tras el último beso

que obedece al gusto.

Seguro que por esa manía tonta

de llamar amor

a lo que viene después,

cuando vamos juntos a la compra,

al médico,

o a la reunión con el maestro del chiquillo;

cuando el primer beso

que obedece al gusto

lo damos con los ojos cerrados

y pensando en otra u otro

al que no amamos todavía.


Andrés Ortiz Tafur. Traigo noche en los zapatos. Ed. La isla de Siltolá, 2023

domingo, 2 de agosto de 2026

EPIGRAMAS



 

I

 

Conócete a ti mismo y sé tú mismo.

Pero que no te baste.

Si eres un mangante,

un canalla, un chorizo, 

no digas: soy yo mismo.

Trata de mejorarte.

 

 

II

 

Según Baruch Spinoza, 

todas las cosas quieren persistir en su ser.

Y eso explica el porqué, 

inexplicablemente,

queremos seguir siendo nosotros, 

pese a ser,

en millones de casos,  

un desastre, un fracaso,

una calamidad.

O, dicho mal y pronto, 

un asco.

 

 

III

 

¿Un año nuevo? 

¡Ojalá! Yo los veo 

todos tan viejos 

y tan iguales...

Siempre la misma historia, 

los mismos males.

 

 

IV

 

Conócete a ti mismo.

Qué remedio te queda,  

si los demás se esconden, 

se ocultan, no se dejan.

Conócete a ti mismo

que te tienes más cerca

y a ti mismo no puedes

engañarte, aunque quieras.



 

Conócete a ti mismo.

Qué remedio te queda

si tendrás que aguantarte 

hasta el día que te mueras. 

Conócete a ti mismo.

Qué remedio te queda 


Javier SalvagoUna mala vida la tiene cualquiera. Ediciones de la Isla de Siltolá, 2014