documentos de pensamiento radical

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domingo, 9 de agosto de 2026

BASADO EN HECHOS REALES





1

Ardía lo existente todo ardía

ciudades bosques dignidad humana

y entonces se quemaron a sí mismos –como bonzos, decimos–

porque arde el desespero más que la gasolina



Ardían los campos de Vietnam y ardía Praga

El monje Thich Quang Duc en Saigón

Jan Palach ante los tanques soviéticos

Joseba Elosegi en el frontón de Anoeta

Mohamed Buazizi en Túnez: todos ellos en llamas



Prenderse fuego a sí mismo: la forma de protesta más extrema



Ahora se acercan las llamas a Pinares Llanos

los territorios amados de la Sierra

de Guadarrama los pinares los prados las dehesas

Arde la memoria ¿se está quemando a lo bonzo?



Arden las pérdidas –decía Gamoneda–

Heráclito mostraba cómo todo lo gobierna el fuego

Fantaseamos con tener y poder pero

¿quién es dueño de nada salvo el fuego?

Arden las trenzas de las muchachas y las cometas de los niños

arden pasado y futuro como dos hermanos enemigos

lo existente arde ¿no veis cómo está ardiendo?



Nos acostumbraremos, dicen – y ¿puede ser verdad tanto fracaso?

Aquí no puede pasar –nos engañábamos, sabiendo

que estaba el incendio cada vez más cerca



¿Quién es dueño de nada salvo el fuego?

¿Quién sobrevive al incendio de lo que más se ama?



El fuego devora estos versos

Yo no me quemaré a lo bonzo

Este poema sí lo hace



2

Catástrofe basada en hechos reales

Megaincendio basado en hechos reales

Fin de mundo basado en hechos reales



reales y tan bien conocidos

que hacerse de nuevas

debería hacernos arder la cara

de vergüenza



Jorge Riechmann. inédito

24 de julio de 2026

 

sábado, 8 de agosto de 2026

LOS ETERNOS



 

Nos une una catástrofe:

la hecatombe de enamorarse.

Una catarsis desastrosa

de la que ambos salimos heridos.

Una tragedia:

la sinopsis definitiva,

el llanto primigenio,

la saliva en la saliva,

la lengua que se despide

con un trago de otra lengua,

la garganta que acoge

un alma que no es suya.

 

Contigo vuelo sin estar contigo.

Cierro los ojos y estás aquí,

pero nadie más te ve;

nadie más lo sabe.

Somos el eterno secreto,

la aventura de un cuarto cerrado,

el beso escondido en un coche.

El segundo que se repite

desbordante.

Cada momento insomne del delirio.

 

Somos eternos.

 

El modelo trágico de un amor puro,

incierto.

Somos el mito.

 

Somos, aquí dentro,

lo perfecto;

allí fuera,

despojos de una sociedad

henchida de tristeza.

 


Bárbara Grande. Vértigo. Ed. La Isla de Siltolá, 2016

viernes, 7 de agosto de 2026

EL ELEFANTE QUE NO QUISO METERSE EN LA BOTELLA



 

La paradoja está en el porqué.

Por qué la felicidad de los días luminosos
el sinsentido de la vida y los impulsos
los delirios nocturnos, el éxtasis
el sueño y los ideales;

por qué los límites de la sociedad
frente a las voluntades incorruptibles
de los desterrados.

Por qué la mancha instructivista 
en el expediente del mundo, 
desmantelando óperas primas 
e idearios.

Los patrones y las mofas
de las ovejas blancas,
la cárcel del mundo.

 

Por qué empeñarnos en meter
un elefante en una botella.

Por qué la ropa.

 

 


Bárbara Grande. Vértigo. Ed. La Isla de Siltolá, 2016

jueves, 6 de agosto de 2026

3 poemas de VÉRTIGO de BÁRBARA GRANDE






FUTURANDO

 

"Porque el amor te espera en la esquina,

y el dolor te espera en cualquier lado”

Andrés Calamaro

 

 

Me imagino en una terraza

al sur de aquella fría ciudad.

Con una taza de té en la mano,

calentándome los dedos

con el calor de la cerámica.

 

Me imagino de noche, necesitando aire,

porque la noche asfixia estando tan lejos.

Me imagino rodeada de no-geranios,

de no-golondrinas,

de gente rara y blanquecina con olor a rancio.

Me imagino en una era de sueños atascados,

recopilando material bello y horrible

del que cura y mata al mismo tiempo.

 

Me imagino que ya estaré dormida en aquella terraza,

en este momento, dentro de un año.

O tal vez, si hay suerte, estés tú allí, conmigo.

Sujetándome la taza mientras trato de dibujarte,

o de escribirte,

o de soñarte.

 




LA DUDA

 

Aún recuerdo 
cuando la taquicardia 
era una razón para quedarse.

Ya no se irme
ni sé si quiero volver.

 

 

 

EL HUECO

 

Déjame no existir contigo.

Enséñame a abandonarme 
en el vacío
y a irme a la ciudad 
donde los besos
ni se recuerdan, ni se olvidan.

Déjame no ser, 
para poder compartir 
este hueco infinito.

 

 

 


Bárbara Grande. Vértigo. Ed. La Isla de Siltolá, 2016

miércoles, 5 de agosto de 2026

2 poemas de VÉRTIGO de BÁRBARA GRANDE



 ELLOS

A Eva Vaz y Jose Luis Piquero

 

Te tengo impreso

en la incisión de una pregunta;

en el balance del pecado tranquilo y petulante.

Te veo fumando,

volcán en erupción

y lengua,

escapando del pincel

en tu calma y tu cuerpo breve,

chupando con cuidado

el borde del papel.

                                                    

Te veo en la cocina,

salvándonos a todos del vacío,

quemando el tiempo entre tus dedos,

que sólo a veces se sostienen.

-Están grabados aquí.-

Te veo y te veo en las fresas,

en el champagne.

En la ciudad vampira, en la gran broma final.

En cada historia que bebí de ti, y de ti.

 

Te veo hace diez, veinte años,

con otros cuerpos y otros ojos,

pero siempre tú.

Siempre aquel jardín y aquel cenicero,

lleno de risas.

Te veo en el dolor de la ausencia,

exangüe,

agarrándote al vino de una mano

y a la lejía con el cuerpo entero.

Te veo pequeña y enorme,

y frágil y bestia.

 

Te veo en mi cinturón,

en mi útero,

en mis brazos,

en mi garganta,

en mi boca.

 

Te veo en mí.

Me veo yo, y tú me ves.

 

Siempre me ves.

 

 


 ¡SUBE!


La culpa no es de uno.

¿Yo cómo iba a saberlo?

Sólo era polvo de cristal roto.

Estaba al fondo de un pozo,

sin luz, sin aire.

Había algo allí que gritaba: “¡Sube, sube!,

no estás muerta todavía.”

A mí se me salían las tripas del alma

y aquello las recogía,

las metía por mi ombligo,

por cada cicatriz,

y me decía sin decir nada:

¡Sube!.

Me tendía la mano

y mi boca no sonreía aún.

 

Se escuchaba a lo lejos,

allí en la vida,

aquella voz que ahora es suya:

“Bárbara, sube.”

 

Cómo iba yo a saberlo.

Las estaciones volvieron a significar

algo más que trayectos de ida y vuelta.

El universo colapsó en aquel abrazo.

 

La culpa no es de uno.

 

Los inconscientes y los inocentes

son casi nunca la misma persona.

En tu mundo parece que no existen las normas,

ni los locos, ni la culpa.

Este caos, nuestro caos,

se expande y es libre en cada idea.

 

Hay personas con las que es fácil

aprender la esperanza

y salir.

 


 Bárbara Grande. Vértigo. Ed. La Isla de Siltolá, 2016

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

martes, 4 de agosto de 2026

LA PRIMERA CITA




Con suerte, acabaremos convirtiéndonos en amigos,

haciéndonos desde esas consultas

propias de la adolescencia,

hasta las más sesudas.

Puede que terminemos montando un negocio,

o sosteniéndolo, al menos.

Pasándolo mal juntos,

apoyados el uno en el otro.


Con el tiempo,

nos veremos en actitudes ridículas

con total normalidad.

Trasmutaremos de lo tierno a lo franco,

en ocasiones, de lo franco a lo tosco,

sin venir a qué,

lo mismo que si fuéramos buenos hermanos,

lo mismo.

Nos limpiaremos la baba, la caca, los mocos;

nos echaremos en falta, nos recordaremos

si algo ocurre, cuando suceda.


Pero antes de eso, seguramente,

seremos

los dueños de un imperio,

el nudo de un árbol,

con brotes que tendrán tu nariz, mis pómulos

y unos ojos en los que mirarnos:

esa pavada gigantesca que te convierte en otra persona,

como una mella en los incisivos


o una leve cojera que se acentúa.


Y seremos, sobre todo, capaces de sentirnos felices

apenas estando tranquilos,

solo porque nos telefonearon para contarnos

que todo está bien,

que ya regresaron de su viaje.

Nada que ver con esto:

sin música, sin velas;

tú, en un sillón,

yo, en otro,

con suerte, frente al mismo televisor.




Andrés Ortiz Tafur. Traigo noche en los zapatos. Ed. La isla de Siltolá, 2023

lunes, 3 de agosto de 2026

4 poemas de TRAIGO NOCHE EN LOS ZAPATOS de ANDRÉS ORTIZ TAFUR






Perros de presa


Me quedan menos polvos por echar que los que ya he echado,

menos noches de farra con los amigos,

menos salidas al mar o a la montaña,

pocas ilusiones,

apenas esperanzas.

Ningún beso de mis padres.

Ninguno.

Ningún día.

Nunca.

Jamás.

Pero he de decir que estoy bien,

en la mejor época de mi vida

o en la más hermosa o en la más fructífera.

Y no de cualquier manera:

con convicción,

como un mandato divino,

para no situarme o sentirme por debajo de la media.


Los nuevos cuarenta,

los nuevos cincuenta,

los nuevos sesenta;

creer esa estúpida historia que solo sirve para envilecer la de los que ya pasaron por allí

y puede que para que se me emborrone la idea de rajarme las venas.


¿Qué nos diferencia?

¿Los pantalones de pitillo,

la barba desaliñada,

los piercings,

los tatuajes en idiomas que desconocemos,

la pulsera en el tobillo,

los viajes a Tailandia o Punta Cana?

Apretamos los dientes,

eso es todo,

y nos sacamos los mocos a escondidas y seguimos pedaleando,

como hizo el primer perro de presa que vio nacer a su vástago

y cayó entonces en la cuenta de que ese era el único momento idóneo de la existencia,

antes del primer beso siquiera,

justo antes del primer azote,

con todo por comer,

por beber,

por follar,

por sentir,

por hacer.




Con su paso


Cuando veo a una pareja de adolescentes dándose el lote

tomo conciencia de que el futuro es un tiempo

que va perdiendo sentido y fuelle antes de ser vivido,

la prueba irrefutable de que si algo nos enseña la vida

—con su paso—

es justamente a no saber vivir,

a confundir ocho con ochenta,

un Mercedes con un beso.




Veraneante accidental


Esta tarde he soñado

que vivía en un lugar sin nombre,

como uno de esos cantos rodados que,

por azar, termina en nuestro bolsillo

tras un baño en el arroyo del pueblo.

Me he visto en una estantería

mucho tiempo después,

junto a otros guijarros,

delante de unos libros.

Y he echado de menos el arroyo, el pueblo

y al veraneante accidental que me eligió.




Amores muertos


Hay amores que mueren

antes de haber nacido,

después de un buen polvo,

tras el último beso

que obedece al gusto.

Seguro que por esa manía tonta

de llamar amor

a lo que viene después,

cuando vamos juntos a la compra,

al médico,

o a la reunión con el maestro del chiquillo;

cuando el primer beso

que obedece al gusto

lo damos con los ojos cerrados

y pensando en otra u otro

al que no amamos todavía.


Andrés Ortiz Tafur. Traigo noche en los zapatos. Ed. La isla de Siltolá, 2023