documentos de pensamiento radical

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domingo, 14 de julio de 2024

19 aforismos de SÓLO FALTA QUE LEVITE ▪ BREVELITURAS ▪ de JM García


 


§A•22

Escribe lo que otros miran y olvidan.
 
§A•23
La poesía a los ojos, a los labios. ¿Y la nariz?
¿Y las orejas? ¡Ah! Quevedo.
 
§A•24
Engarzar palabras: alhajas del asombro.
 
§A•25
Recrear sin misterios el leve misterio de las cosas.
 
§A•26
Una por una, las palabras escaparon
de esta frase a otra más perfecta.
 
§A•27
Esta frase tampoco pudo llegar a ser un aforismo.
 
§A•28
Inútil logro. Haber escrito en un verso
los tormentos del amor fallido.
 
§A•29
Llegó a escribir todo un aforismo vacío.
 
§A•30
Cualquier parecido de este aforismo
con la realidad es pura coincidencia.
 
 
§A•69
¿Por qué no sumar como experiencia vital
los años que soñamos?
 
§A•70
Los recuerdos son los sitios secretos de una vida.
 
§A•71
Lo que no hicimos, también nos define.
 
§A•72
¿Cuántas capas de verdad tiene la cebolla de la memoria?
 
§A•73
Consigna. A cada quién según su nostalgia,
a cada cuál según su infierno.
 
§A•74
Convicción. Ya no son lo que fueron, ni son lo que serán.
 
§A•75
Cálculo. A 100 millas por hora, el aquí es una fantasía.
 
§A•76
Una es la voz de la muerte que te nombra.
 
§A•77
A partir de los 50, los años son heridas.
 
§A•78
La fama es una trampa de primera necesidad.
 


▪ SÓLO FALTA QUE LEVITE ▪
 
▪ BREVELITURAS ▪
JMGarcía

Ed. EÑE

2018

sábado, 13 de julio de 2024

3 poemas de LA PERSISTENCIA DEL TIEMPO de ALFREDO ORIHUELA GUTIÉRREZ


 



SEDUCCIÓN EN CÍRCULO

La noche

rompe el enigma que nos oprime,

la circunscripción

 de nuestro deseo

entrega nuestros cuerpos

a una persistente seducción mutua.

El hambre de reencontrarnos

devora al tiempo

       que aún no existe.

¿Dónde estará el refugio

donde tú y yo

éramos inmunes al tiempo?

 

 


 

PASADO

Asoma de nuevo

ese espejo que clama,

esa puerta que se abre

   y llama a la carne,

al cuerpo terrenal que regresa al barro,

al círculo de Osiris,

al hedor que consumió la caída densa, honda,

y a la tarde que emergió

como una nueva plegaria.

Ahora somos

mar de silencios,

    un trance

donde la nada es un alba,

donde el espacio es un campo de almas.

Mi cuerpo

se ha entregado ya al tiempo,

a una nube densa, blanca,

y no recuerdo nada,

ni tu nombre ni el mío.

ni tu imagen, ni mi rostro.

Caigo en una voz

que llama a mis instantes,

pero, ya no soy quien soy…

Un nuevo aroma

extiende mi tacto

e inunda mis latidos,

el reloj

oscila en el nuevo paisaje.

Espero el retorno al mundo,

otra vez desnudo

otra vez inerme.

 

 

 

 

RETORNO

Hoy hemos regresado

con la luz cruenta

                              que brota del tiempo,

con la llama

                  que nos despojó del cuerpo.

Y nos hemos castigado

con la piel de los escombros,

con la lengua amarrada

a la furia de los relojes.

Hoy hemos retornado

a despertar el beso

que duerme en la noche,

a componer

la música de los acantilados.

Y desde allí

asediamos a la cima

que sube del abismo,

mientras mi fémur

se acurruca en tu vientre,

mientras la lluvia

moja la sed de nuestra agua.

 



Del poemario “La Persistencia del Tiempo”

Autor: Alfredo Orihuela Gutiérrez

Ayacucho, Perú.

 

 

 

viernes, 12 de julio de 2024

4 poemas de ELVIA NATERA





Preguntas

 

El silencio de su alma

mata mi sonrisa

al ver mis ojos

su rostro callado.

 

Su cuerpo se mece

a duras penas,

al pasarse a su cama

sigue con su desdén.

 

Cómo darle mi vida

para que su pena sea leve.

Su nobleza abundante

no lo permitiría.

 

Los días transcurren,

su mirada baja

su belleza

apagada.

 

Solo sonríe

olvido las carcajadas.

¿Será que está enamorado?

Me asusta saber

Su pena.




Bondad

 

El regalo más amado

sigue firme en mis recuerdos,

aquella cama

donde descansaban mis huesos.

 

En su hombro

yace por siempre mi cuello.

Mi espalda sobre el colchón,

relajada junto a su cuerpo.

 

Mis manos amarradas a su alma

tocaban su corazón,

sobre su pecho, sintiendo sus latidos

a un ritmo perfecto.

 

El silencio de la habitación

cómplice de la oscuridad

escoltaba nuestros cuerpos

al mecerse con bondad.

 

 


Alas  

 

Un hombre imperfecto,

al que es fácil amar.

Sus palabras

me hacen soñar.

 

Sufre a mi lado

cuando tengo dolor

y ríe cuando veo

el amanecer.

 

Me ofrece su mano

al subir,

sabe que si resbalo

él caerá junto a mí.


 

 

Clavos

 

A punto de caer y

unos cuantos agujeros,

las armellas y

las roscas desechas.

 

Los tornillos

afean más tu estampa.

Con voz firme taladro,

con orgullo te levantas.

 

Qué importa…

si los dos nos tenemos.

 

Tus dedos y los míos

están entrelazados,

construyendo el refugio

de nuestros cuerpos.

 

 

Elvia Natera

 

 

 

 

 

jueves, 11 de julio de 2024

Cómo ser un buen Dios




¡Cállate, no grites!

¡Deja de amenazar!


Olvídate de plagas y de maldiciones.

De sacrificios y desmembramientos.

No bendigas la mutilación.


¡Deja en paz los genitales!


Cree en Ti,

pero no Te creas El Único.


Sé más humilde.

Controla tu dejadez de funciones.

Trabaja un poco y no delegues tanto

ni en charlatanes de feria,

ni en psicópatas, ni reprimidos

ni en infanticidas, ni en violentos.


Y mucho menos

en crueles locas mojigatas.


No te reveles en libros

que puedan ser falseados.

¡Dale un repaso a tu política de comunicación!


Sé un poco más claro

no te confíes a hermenéuticas espurias.

No.

No externalices tanto.


Haz tu trabajo,

mueve tu culo inmaculado

y haz milagros de calidad.


¡Cuida el producto!


Revela un número futuro


a un pobre de espíritu.


Por ejemplo.


O multiplica cosechas

o fulmina poderosos.

Regala tus imágenes y oropeles,

calma las olas y las tormentas.


Y los niños...¡Por Dios, haz algo con eso!

¿Cómo permites que sufran?


Si te hicimos a nuestra imagen y semejanza...

¿cómo te atreves a no tener corazón?

¿Cómo osas?

Acaso

¿no eres nuestra madre y nuestro padre?

¿no te conmueve su quedo llanto?


Tú,

que te comportas como una criatura

¿cómo puedes ser tan mala madre?


¿Cómo te atreves?

¿Cómo te atreves?


¡Qué ejemplo nos das!


No pidas hijos en sacrificio

no hagas bromas pesadas con eso.


¡No tienen puta gracia!

¡Ni puta gracia!

No mandes al Tuyo a que lo claven a un madero.


No lances arcángeles a confundir

a alumbrados con armas,

a defensores de libros sacrosantos.

Ni bendigas tribus errantes,

ni sacralices rocas

o ríos.


¡Déjalos tranquilos!

¡Déjanos tranquilos!


Por Dios, déjanos tranquilos.

Vende el infierno y el purgatorio

o traspásalos como after hours,

como spas, como saunas.


Ya no asustan a nadie

y

tienen buen mercado.


Tú,

tú tampoco asustas a nadie

ya no asustas a nadie

y nuestra paciencia tiene un límite.


Te perdonamos

únicamente,

solamente,

porque no sabes lo que haces.



Aurelio Alonso.

martes, 9 de julio de 2024

Sesenta años de soledad 2.0




“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel

Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que

su padre lo llevó a conocer el hielo.” G.G.M. Cien años de soledad.


Madrid finales de los años veinte.

Un sol manchego entra por la ventana del cuarto de la Residencia mientras

los tres jóvenes ríen y juegan. Nadie pensaría que en este cuartucho se

incuba una de las revoluciones más importantes del siglo: la revolución

surrealista.


Margarita 2.0

Treinta años después, frente a la muerte expectante, Margarita Manso

había de recordar aquella tarde remota en que Federico la llevo a conocer la

tristura honda que en él habitaba.

Fue la única mujer a la que Federico amó carnalmente. Era su amiga, su

cómplice, su compañera, pero no la amaba ni la deseaba en modo alguno.

Fue la primera, la última, la única.

El suceso, según la fuente, fue pergeñado por Salvador. Lo hizo para evitar

a Federico, que insistía en acceder carnalmente a él. Además, quiso usar a

Margarita como vínculo, como vehículo para consumar un amor para el

que no estaba preparado; y porque en su mente centrifugada había

recovecos de crueldad que el ser humano corriente no alcanza a

comprender.


Estaban solos. Ellos dos: el núcleo duro, Lennon, McCartney; y ella, el

verso suelto. O dicho de otra forma: el binomio creativo y la incógnita.

Fue una tarde tonta en la que los chicos estaban exultantes. Federico

perseguía a Salvador y este casi, casi, se dejaba querer; sin embargo, como

siempre, no se entregaba del todo. No lo tenía claro y le aterrorizaba el

dolor. Ella ya se había acostumbrado a sus juegos, a sus conatos, a que

estuvieran todo el día como dos peces sorprendidos, culebreando en su

deseo como los signos de interrogación en el teclado.

Salvador prometió a Federico que accedería a amarlo si antes se acostaba

con ella. Lo prometió pensando que no lo harían y luego, por supuesto, no

lo cumplió.

Era el tipo de juego que acostumbraba a maquinar. Juegos crueles de

psicópata que solo piensa en su objetivo y coloca los sentimientos ajenos

en la casilla de lo relegable.

A ella le resultó divertido y le dejó entrar. Y no solo por diversión. Le dejó

porque ella era un espíritu libre, porque le quería, porque le admiraba como

le admiraban todos. Como le admiraba Buñuel, Pepín, Maruja Mallo, todos

los sinsombreristas, todos los que le conocieron en esa España anciana.

Anciana como un niño anciano que era la España de la dictadura de

Miguel Primo de Rivera.


Cómo se divertían, qué bien se lo pasaban. Esa generación mágica que se

juntó en aquel mágico cruce del espacio/tiempo.

Como cuando fueron al Escorial y los chicos les dejaron las chaquetas para

que ella y Maruja se hicieran pasar por hombres, para poder ver los frescos

de ese convento agustino misógino; como “dos travestidos al revés”, que

diría Maruja.

O como cuando inauguraron el sinsombrerismo descubriendo sus cráneos

en la Puerta del Sol. Casi los matan. Pornografía dura para la época.


Esa tarde, Salvador se sorprendió mucho cuando comenzaron a amarse. No

se fue, se quedó mirando. Se aconchabó en su timidez. En la extraña

timidez del pintor más exhibicionista de la historia. Tenía el

remordimiento y la envidia de la gata Flora que si se la meten grita y si se

la sacan llora. Se mordía los labios autoflagelándose como un

escarmentado perro hortelano andaluz.

Deseó que no lo hicieran, y sino, al menos que, al acabar él se separara de

ella con desdén y que la despreciara. Pero Federico era Federico, un santo

civil, el avatar de una deidad caló que por contra, la acunó con ternura y le

cantó bajito, susurrando, aquello de “en tus pechos altos hay dos peces que

me llaman, y en las yemas de tus dedos rumor de rosa encerrada”.

Luego la vida les distanció.

Pasaron los años y llegó la guerra y por fin, la victoria del Frente Popular.

Qué alegría cuando Azaña proclamó la victoria y mandó fusilar al

franquito.


Después vino lo de después: primero la euforia y luego el desencanto. Las

hambrunas en un país devastado y agotado. Una guerra fría mundial que

seguía jugando sus peones en nuestra península. Las purgas del PSUC y del

PCE. Stalin ordenando parar el guateque y otra vez a puntito de volver a

entonar el “Ay jaleo, jaleo” y meternos otra vez en otra.

Los fríos cincuenta de infausto recuerdo. En definitiva, el “no era esto, no

era esto”.

Salvador se fue a Francia con Buñuel, con el “maño machista” que lo

separó definitivamente de Federico. Este se hundió en el corazón del

demonio, regalando su talento al imperialismo, fletando panfletos

capitalistas en el Hollywood decadente.


Ella se quedó hasta el final en la República Democrática Española. Un país

admirado por vencer a la reacción en esa guerra impía de dimensiones

bíblicas. En el único país socialista al oeste de los Urales.

Como era de esperar, la epidemia de la purga la fue rodeando como la lava

de un volcán. En la hermética y opresiva paranoia del totalitarismo, ella no

iba a ser una excepción. Tuvo que torear la presión tirando de antiguos

camaradas, para evitar ser depurada como iba a ocurrir con toda certeza.


Hasta que otra vez, ella. Ella, otra vez, tuvo que encabezar otra revolución.

La avanzada pintora surrealista, la feminista libertaria, el espíritu libre de

cincuenta y un años se encuentra con que tiene que desladrillar el férreo

bloque interno del socialismo esclerótico ibérico.


Y al fin, cuando ha conseguido que un millón de madrileños recorten la hoz

y el martillo de la bandera republicana y se presenten en la Puerta del Sol,

cuando ha conseguido que el pelele de turno tenga que despertar a Nikita

Kruschev en su dacha para pedirle ayuda, cuando han logrado que el bueno

de Nikita Sergueievich ordene aflojar, le viene este cáncer que la tumba en

dos meses y se la lleva con la sonrisa de un granadino que la acuna con

una nana imposible.


En este momento, a pesar de ser consciente de que le quedan minutos de

vida le viene a la mente aquella tarde luminosa. Viene la muerte y tiene la

tristeza de sus ojos negros de gitano legítimo.


Federico 2.0


Sesenta años después, frente a la muerte expectante, Federico había de

recordar aquella tarde remota en que Salvador le obligó a conocer el fuego.


Frente a los negros ojos de un enfermero negro, el autor del “Romancero

gitano” vuelve a esa tarde tonta y a esos tiempos olvidados. No piensa en

Salvador, del que lleva años distanciado, ni en Buñuel ni en ninguno de los

otros, solo recuerda a aquella mujer brava y limpia como un junco ribereño.


Por alguna razón desconocida, su mente se va a Margarita y a Salvador en

aquella tarde otoñal. Hubo otras tardes tranquilas, de amores más

memorables. Hubo relaciones duraderas en los años de Hollywood.

También destellos de pasión, que podrían ser colacionables en este

momento de tránsito, y una lista interminable de mercenarios de lance,

aprovechados que visitaron su lecho buscando un papel, una oportunidad o

un recuerdo de él, del mito.


El enfermero no alcanza a dimensionar la importancia del hombre que va a

dejar la vida frente a él en este cuarto de clínica-balneario de la Costa Este,

a trescientos dólares la noche. Sabe quién es, sabe que es Lorca, el poeta, el

guionista, el hombre que revolucionó la literatura y el cine, el artista que

periódicamente aparece en alguna televisión. Lo recuerda de las primeras

campañas contra el SIDA; recuerda verlo ya renqueante en alguna

alfombra roja con sus trajes rosa palo, su elegancia de vieja bujarra latina,

pero no llega ni a intuir frente a qué portento se encuentra.

No sabe de sus cargos en la postguerra de una República gloriosa, su

impulso a la enseñanza universal, su lucha por culturizar una España pobre

y en el punto de mira de un mundo convulso. Tampoco supo de su huida

cuando los acólitos de Stalin arramplaron con todo, no caben los maricones

en una república proletaria de trabajadores que se precie. No sabe cómo

lloró en la cubierta mientras se despedía de España y de la esperanza.


No quiso volver. No pudo volver. Ni siquiera con la apertura de los

cincuenta. Sabía que le recibirían con los brazos abiertos, pero no podía, no

quería, era tarde ya.


A esta hora señalada, confunde en los ojos del atónito enfermero de

Brooklyn el destello de deseo reprimido de un ampurdanés manipulador.

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Margarita 1.0


Treinta años después, frente a una muerte paciente, Margarita había de

recordar aquella tarde remota en que se llevó a Federico a conocer el amor

claro.

Ahora viene la muerte y le recuerda su risa, sus ojos y esos versos que le

cantó.

No recuerda a los demás, los que vinieron después ni los que estuvieron

antes.

Solo el dolor que sintió cuando supo que habían fusilado a Federico ese

maldito año, en esa maldita guerra. Solo el dolor de que unos acabaran con

su amigo, su gran amigo, su confidente.

Solo el dolor de que los otros le levantaran en la cara a su Alfonso y lo

fusilaran también. La misma checa impía que fusiló a su suegro y a sus dos

cuñados.

A escasos meses en la otra cara de la misma España.

Esa España, esa viva moneda que nunca cae de perfil.


Fue un golpe mortal, bíblico. La quebró, le arrancó las vértebras de cuajo.

La persona que escapó por La Junquera ya no era la Margarita Manso

anterior.

Desde Italia volvió a Burgos dos años después, a la zona nacional a llevar

una vida de perfecta casada, de devota esposa franquista, de beata burguesa

provinciana, que oculta su pasado a su marido y a sus hijos.

Olvidó su juventud libertaria y libertina. Quemó los cuadros y todo lo que

recordaba el pasado. Se murió en vida.

Ahora solo tiene tiempo para acordarse de Federico. La muerte está

llegando y tiene prisa. La muerte nunca tiene tiempo, siempre tiene prisa

cuando quiere llevarse un alma que ya está en pena, que ya está muerta.


Salvador 1.0

Sesenta años después, frente a una muerte paciente, Salvador había de

recordar aquella tarde remota en que obligó a sus amigos a hacer el amor.

Le recome la culpa. Le corroe el remordimiento por los rechazos, los

abandonos. Le duele haber sido tan injusto, tan mezquino con su alma

gemela.

Le avergüenza haber sido tan mojigato, tan estrecho. No haberse entregado

como hoy querría haberlo hecho.

Le avergüenza recordar las veces que lo negó, las cartas que quemó. Cómo

lo traicionó riendo las gracias de Buñuel. Con que crueldad le hizo

postergar publicaciones, con que aspereza lo criticaba, lo hundía.


Desde que muere Gala, se ha enredado en el bucle. Ha vuelto a aquella

época gloriosa y solo se acuerda de Federico.


No come, no bebe y con treinta y cinco kilos no para de hablar en la

antesala del viaje. Como una cotorra rayada repite una perorata balbuceante

e ininteligible. Ni siquiera se puede saber si es catalán, castellano o las dos

cosas a la vez. Digna lengua onírica para el hombre que encarnó el

surrealismo.


La enfermera que limpia el cadáver del Duque solo puede traducir una

frase que repitió hasta el final: “el meu amic, el Lorca.”


Federico 1.0

Diez años después, frente al pelotón de fusilamiento, Federico García había

de recordar la tarde en que Margarita Manso le llevó a conocer el hielo.




Aurelio Alonso. 

¿Qué pájaro soy yo?





¿Qué pájaro soy yo? ¿Qué jaula

soy yo?


Conrado Santamaría Bastida. Lóbiter (Archivo de crisis), 2019

lunes, 8 de julio de 2024

3 poemas de PENÍNSULA AMARTIA de ISRAEL ROJAS



 


La hoja de otoño que agrega

un signo a la forma del azar: 

No existe.

Parece no caer.

Su verbo no pesa.


No hay en su alud

un sustantivo para asirla de la cadera. 

Tempano aéreo, núbil sílaba 

sólo alcanzada por un relámpago

que libera el diamante de la pavesa.

Expectantes tres puntos:

Péñola la atarraya que atraviesa la lumbrera.

 


 

 

Amortaja, sí,

la risa ante el escombro porque la lengua de fuego sigue en la penumbra tu rastro.

No te muevas,

de ser posible cierra los ojos y 

estréchate contra el silencio hasta que en mineral molido

el nervio de tu epidermis se adormezca.

 

Amortaja, sí,

los motivos de la desesperación que te mueven a pensar en la fuga (que siempre es retorno)

anticipada por el único ojo del cazador de arañas.

No hables,

no pulses el hilo de sus redes

y guárdate de las confesiones de amor que exhiben en el muro azul

donde penden las orejas de los ejecutados.

 

Amortaja, sí,

el cuerpo de la segunda sombra en la evanescente melodía

que en los finos hilos se devana.

No abras los ojos,

de entre las cenizas que ha dejado el fuego una parvada de luz asciende

y desgarra la última risa


que desploma los hermosos monolitos de todas las eras.

 

Amortaja, sí,

tu ciudad deshabitada, tus esfinges y rascacielos, con la fina tela de polvo

que aniquila imperios, poemas y nombres.

 

 

 

Hamartia

 

Si me dejaras ser,

abriría la luz y pondría en tus manos

los ojos de las sombras para que te observes 

como te observan los arcanos:

pequeño y fugaz espectáculo del polvo.

 

 

 Israel Rojas. Península Hamartia

Editorial: El viaje y el camino. 2021