«La
eternidad está en las cosas del tiempo, que son formas presurosas.»
J. L. Borges / Al hijo / El otro, el mismo (1964)
Para quien el rescate de las cosas
abandonadas es una pasión, no debería resultarle difícil reconocer, con la
simple mirada, a todos aquellos que comparten ese placer secreto que va más
allá de la razón consciente, pues se manifiesta sin poder articular las
palabras que lo explicarían.
Este deseo se transforma en intangible, precisamente, cuando se tie-ne entre las manos al objeto redimido. Para comprenderlo un poco mejor podríamos preguntarnos, ¿qué es lo que salvaríamos de una hoguera cuando rescatáramos ese objeto que sólo un instante más tarde iba a convertirse en cenizas? Salvaríamos, claro está, al objeto, pero también su memoria y es a través de esa experiencia de auxilio como se nos revela un sentimiento de compasión que genera un vínculo con el objeto que acaba por rescatarnos a nosotros mismos.
Aparentemente el rastro
es la necrópolis de las cosas que un día existieron, la playa donde tras la tormenta descansan
los restos de todos
los naufragios. Sin embargo, todas
esas cosas aún palpitan,
aunque aquí se presenten con la sombra de quien se sabe herido. Recorriendo su laberinto observo a cada paso señales que
anuncian una
despedida que todavía
se resiste a ser confirmada.
Unas veces es un contenedor abierto el que
capta irremediablemente la atención, otras son las cosas abandonadas sin
consideración. Un ejército de rescatadores profesionales, arqueólogos urbanos y
buscadores de recompensas recorren la ciudad, escudriñando y recuperando con
sus manos esos cuerpos ahogados. Sólo la suerte y el tesón permiten reanimar y salvar sobre la orilla algunos de
esos objetos apresuradamente descartados.
En el camposanto cada losa nos recuerda la efímera vida de los otros mientras en silencio barruntamos lo que le ocurre a toda existencia desde su comienzo. La vida se muere sin que nosotros podamos, profundamente, tomar conciencia de que sólo es una cuestión de tiempos. Somos un claro ejemplo de la obsolescencia programada pero no somos capaces de admitirlo. La prueba de ello es que normalmente pensamos en dejar las despedidas para cuando nos vayamos. Parece difícil entender que uno sólo se puede despedir antes de marchar. Aquí no se trata del por si acaso, sino más bien de que ese es el caso. No controlamos ni los tiempos ni las formas, tampoco, por cierto, el estado mental en el que nos marcharemos.
Quien piense que es pronto para despedirse,
quizás se crea fuerte y por ello piense
que el asunto no va con él o quizás
sólo se trate, sencillamente, de un ser frágil desconcertado y con miedos. Normalmente las dos opciones nos suelen acompañar cada día posponiendo un testamento de objetos y deseos. Si finalmente no logras firmar esa confesión, debes tener la
certeza de que los objetos lo harán por ti. Las cosas nos acompañan para
prolongar el duelo hasta hacerlo asimilable, pues son ellas las que perpetúan
nuestra memoria.
Todo aquello que no pudiste revelar quedará expuesto a una nueva luz que asumirá
otras posibles interpretaciones. Al menos, para evitar más confusión, deberías hablar seriamente con los objetos
que te rodean.
Juan Tormo A. & Miquel Mollá. La memoria de las cosas. Ed. Babilonia, 2022





