Un virus
nos dice la
ciencia
es un
conjunto
pequeñito
de
información genética
protegido
por una membrana.
Es algo que
no está vivo
ni muerto.
Es apenas una nada
casi sin
peso.
¿Está vivo
un virus?
Como dice el
astrobiólogo Charles S. Cockell,
quizá el
concepto de vida sólo es una palabra.
Algo que no
sabemos muy bien en qué consiste,
que
vinculamos al carbono,
pero quién
sabe.
Y si esto
sabemos de la vida,
qué de la
muerte.
Un virus es,
ya ves, una casi nada, una ocurrencia
que se
olvida casi a la vez que surge
pero que se
cuela en una célula
y la pone a
trabajar
y en ella se
replica
y de ella se
alimenta
y a través
de ella se extiende
y a eso lo
llamamos infección.
La infección
crece a cuenta de y finalmente mata a su portador
si este no
es capaz de adaptarse.
Un virus es
una metáfora radiante
del capital:
otra forma parasitaria de existencia
que se
alimenta de los seres vivos.
Aunque
habíamos quedado
en que
«vida» puede ser solo sólo una palabra,
una
convención para entendernos.
Si así
fuese, en todo caso
el virus /
el capital
elimina esa
convención
mata —por
tanto — el entendimiento.
La vida deja
de existir hasta como palabra:
sólo queda
un arrastrarse abyecto hasta esa muerte de la que nada sabemos.
Se busca el
factor cero,
el
importador de la miasma,
un culpable
aceptable
bien
consensuado,
se envenena
el aire de sospechas.
Extiende el
virus
su entramado
invisible en las alas del miedo
y las
mentiras venenosas.
Se rompe la
célula,
se disuelven
los lazos,
La gripe del
año 1918
se extendió
a lomos de la guerra,
un siglo más
tarde,
del mezquino
afán de lucro
al que
bautizaron
con el noble
nombre
de
austeridad.
Austeridad
es una palabra hermosa,
significa no
malgastar, no despilfarrar,
significa
ajustarse a recursos limitados,
respetar el
equilibrio entre el deseo infinito
y la
naturaleza finita.
Austeridad
no significa sacrificar
personas en
el ara de la deuda,
en nombre de
la paz mental de los acreedores
y del
pacífico disfrute de sus intereses.
Anteponer
las necesidades del capital
a mera
supervivencia de las de las personas
es otra
cosa,
es dejar que
la infección se extienda
y alimentar
la matanza.
Entre virus
nos entendemos y nos ayudamos:
Fuck you, portadores,
que te den,
infectada,
no haber
querido tanto,
no haber
cuidado tanto,
no haberte
acercado,
no haber
envejecido,
que pareces
tonta.
La plusvalía
es sagrada
más que la
vida de los imprescindibles trabajadores prescindibles:
que vayan al
trabajo, que vayan, que vayan, que vayan.
A fin de
cuentas, decíamos, no sabemos qué es eso de la vida
pero sí
tenemos claro qué es el beneficio y como cómo se reparte.
Mientras
discutimos
si los niños
pueden salir a la calle
a jugar
simplemente
porque pese
a las décadas de entrenamiento
en
entretenimiento solitario
y en
onanismo social
-—pantallas,
pantallitas, (inter)faces- —
el animalito
humano sale y corre a buscar a otro
para saltar,
gritar, fantasear, empujarse
juntos
se empuja a
los trabajadores no esenciales
a la calle:
con distancia, con máscaras,
con el gesto
ausente y el miedo convertido
en buena
educación.
Los holas se
dicen en voz baja,
las miradas
luchan por no cruzarse,
medimos las
distancias,
cuesta un
poco al principio
pero te vas
haciendo
a este
deshacerse
colectivo.
Con los ojos
espantados miro
con los ojos
abiertos a todo lo que dan
miro
espantado
el virus
fascista desfilando
bajo las
banderas de colores
los vecinos
vigilándose
haciendo de
la delación
virtud.
Mis ojos que
no se cierran
—que
quisiera cerrar
pero que
sólo el sueño vence—
miran
espantados
la legión de
embusteros
armados de
la técnica que nos iba a hacer libres
y que
alimenta ahora las peores pesadillas,
las
fantasías calientes de los deportadores,
de los
racistas que proclaman un modo de vida europeo
que hunde
sus raíces en Dachau
y en la
expulsión de Sefarad,
y mis ojos,
sí, mis ojos, escuchan
cómo se
ríen, risa de hienas,
al olor que
brota de las morgues
saturadas.
Mis ojos
escuchan porque mis oídos lloran
o se cierran
anhelando un silencio real
sin mensajes
ni basura
informacional
mientras el
gobernador de Texas
-—un tipejo
llamado Dan Patrick—-
llama al
sacrificio humano en nombre de la economía,
perdón, de
la patria,
porque hay
cosas más importantes que vivir:
el aborto es
un crimen
pero la
muerte evitable de ancianos y pobres es salud pública.
Gracias, Sr.
Gobernador,
que su pira
funeraria ilumine el mundo
y cubra de
cenizas a sus alegres seguidores.
¿Podríamos
llenar de luz ultravioleta
una botella
y bebernos la luz y así matar al virus?
pregunta el
presidente.
¿podría un
desinfectante
—un trago,
por ejemplo, de lejía,—
limpiarnos
por dentro?
Siempre
quise estar limpio
por dentro y
por fuera
como un vaso
recién lavado
con esa
transparencia que invita
a tragarse
la vida, la luz, a grandes sorbos,
tragos
sanadores que eliminan del todo
el
inevitable virus de la muerte ahogado en el brillo verde del jabón,
vivir eterno
en una burbuja majadera.
Es un poeta,
el presidente, y no lo sabíamos.
Recibo un meme
por la mañana temprano:
"«que
todo fluya y nada te influya"»,
panta rei,
nos enseñaban en el instituto,
panta rei al
marisco
es la
sensación
el ruido de
fondo
que
reverbera en todos los mensajes,
panta rei a
tomar por culo,
al carajo,
a la mierda,
pero que no
me influya
que resbale
sin empapar
como algunas
cremas corporales,
buen mensaje
para empezar el día.
Empezando,
como los caracoles, a asomar los cuernos,
alguien se
asusta y vuelve a sus cuatro paredes
extendidas
por la virtualidad que nos rodea:
encuentros
virtuales, fiestas virtuales, cumpleaños
virtuales.
Virtual: lo que tiene existencia aparente
y no real.
¿Es real nuestra vida aparente, no son virtuales
tantas cosas
que dimos por cimientos,
no es
nuestra vida sino un fruto de la casualidad
y la
imaginación? Tal vez sólo el hambre sea real,
material
presencia, y el deseo, qué es sino otra
forma de
hambre. Lo demás se deshace al golpe
de un
volandero virus cruzando nuestras calles
volviéndolas
imaginarias como nuestros trabajos.
Paul Krugman
en un artículo sobre la crisis
nos pide que
recordemos tres normas:
La primera,
que la Bolsa no es la economía.
La segunda,
que la Bolsa no es la economía.
Y la
tercera, que la Bolsa no es la economía.
Virtual: lo
que tiene existencia aparente
y no real.
Pero lo
virtual muerde, araña a lo real
y nos hace
preguntas:
¿Cómo somos
si nuestros actos no tienen consecuencias?
¿No tienen
consecuencias nuestros actos virtuales?
¿De verdad
que no?
¿No
acabaremos siendo una nada en lo real,
ahí donde
sangras sangre cuando te cortas,
donde duelen
los golpes,
las lágrimas
empapan las mejillas,
para ser
apenas sombra de una fantasía virtual?
¿Piensas que
no vas a morir
flotando en
algún fluido posthumano?
Cuando se
inició la cuarentena
nos lanzamos
a hacer cosas:
conciertos,
lecturas de poemas,
quedadas,
eventos, brindis,
raves en los balcones,
todo menos
aceptar la parada,
todo menos
no hacernos oír,
todo menos
ser un poquito invisibles,
todo menos
aceptar un ritmo más pausado,
aceptar el
silencio o al menos un silencio
por un rato.
El hambre
por los otros se expresa inevitable
ya sea para
la fiesta o la pelea,
todo menos
aceptar una cierta quietud,
al menos por
un rato nada más.
Tenemos un
problema. 4
Pero no nos
rindamos.
La pequeña
burguesía,
motor de la
historia,
despliega un
horizonte
de nuevos y
virales derechos virales:
derecho a
bajar al apartamento en la costa /
derecho a
subir al chalé en la sierra /
derecho al
golf / derecho a una patria vernácula y limpia de extranjeros /
derecho a
sufrir pesadillas
con el
fantasma del comunismo que agita Slavoj Zizek /
derecho a la
abolición factual
del salario
mínimo interprofesional /
derecho a
sostener mis mentiras
como
verdades absolutas /
y, sobre
todo,
consolidar
dos viejos y principales:
derecho a
dejar morir /
derecho a
hacer cuentas con la muerte ajena.
Non debe
el coronista dejar fascer su oficio,
clamaba
Antonio de Herrera
pero todo ha
de mirar
si quiere
hacer justicia
no perderse
en la sutil atracción de la catástrofe,
la atracción
suprema de lo oscuro:
mira a la
doctora, al enfermero
cuidando sin
protección a los enfermos,
mira al
soldado tratando de desinfectar
los
sumideros de almas que son nuestros asilos
mientras
lloran con él las cuidadoras su impotencia y su rabia,
al gris
odiado funcionario picando datos en la noche
para que los
parados (miles, cientos de miles de un día
para otro)
puedan cobrar su paro cuanto antes
y hacer cola
ante la cajera
del
supermercado, de pie hace ya diez horas
ante la fila
deslavazada -—mantengan las distancias-—
interminable.
Mira la
infinita solidaridad de los barrios,
de los
vecinos. Míralo y concluye que ya lo vimos antes:
igual que
los mineros de Chernobyl,
que la
cuadrilla de ingenieros en Fukushima.
Cuando la
cosa se jode,
se jode bien
jodida,
sólo queda
el coraje de los trabajadores,
sólo queda
la fuerza de las trabajadoras,
no otra cosa
queda.
Recuérdalo y
no olvides.
Desescalemos,
pues.
Habíamos
escalado
a una cumbre
siniestra,
nos helaba
el frío
y,
alrededor, un mar infinito
de nubes nos
aislaba.
Des-escalemos
con pasos
inseguros
porque de
poco valen las viejas certezas,
de poco lo
aprendido
en aquel
ascenso hacia la nada.
Titular de
un medio digital: La poesía,
bálsamo
de tinta contra la pandemia.
El tópico
otra vez del poder curativo
del poema:
refugio, consuelo, pócima sanadora,
perdonen que
no pueda evitar una risa.
Mucha
nostalgia de los sortilegios
y el tiempo
de las palabras mágicas,
poetas
buscando el manto del druida
o del gran
hechicero, del sumo sacerdote
o al menos
una beca.
Ya lo dije
en otro sitio: no cura
la poesía,
es sal sobre la herida abierta.
Si pica es
que cura, decían nuestras madres
en su
sabiduría mojando en alcohol las rozaduras.
No hay
curación fuera de la justicia:
Puede
haber
consuelo,
tal vez
en un poema,
pero,
honestamente: un abrazo,
ciertas
formas de mirar, un beso,
a veces un
beso soñado o intuido
-—ahora que
toca mantener las distancias-—
pero
presente como una cicatriz,
ganan.
El gesto
silencioso,
el mero
roce,
gana a la
palabra
casi
siempre.
Llega el
calor, el tiempo
parece
acomodarse
e ir más
lento, largos
se hacen los
días y podemos
pasear con
mascarilla
siempre que
corra el aire:
dos metros
de distancia
es tu
espacio seguro.
Va,
despacio, bajando
el conteo
diario de los muertos.
El virus
puede menos
que el ansia
de vivir
business
as usual
y que los
muertos
a los
muertos entierren.
La prensa
inglesa aplaude
que en julio
se podrá
volver a
Benidorm.
Benidorm
or burst!
Magaluf,
Playa de las Américas,
Ibiza,
ansían frescas libras
esterlinas,
o euros o dinares.
Hay que
seguir viviendo.
Desciende en
mi país
lentamente
el número de
muertos
diario
por la
pandemia,
-—compleja
contabilidad la de muerte y sus causas- —
y crece el
pánico
ante las
incertidumbres
que desvelan
otras cifras desvelan.
En otros
lugares la ola crece
y sin poder
respirar la gente
muere. No
puedo respirar.
It's been too hard living, but I'm afraid to die
'Cause I
don't know what's up there, beyond the sky.
Por favor,
por favor, por favor
no me mate,
Oficial.
Tell me
when destruction gonna be my fate
Gonna be
your fate, gonna be our faith
Peace to
the world, let it rotate
Sex,
money, murder, our DNA
No.
Puedo.
Respirar.
Señor.
Finaliza en
mi país el estado de alarma.
UN RESUMEN:
Nos hacemos
al virus, ya es vida o muerte
cotidiana.
En la muy
moderna capital
de un
moderno país europeo
se declara
el abandono de ancianos
una
eficiente política de gasto
por su joven
presidenta regional.
Desde
oscuras esquinas oscuras se disparan teorías enloquecidas:
no puede
haber epidemia sin su judío expiatorio
y hay
alientos que huelen al ansia de progromo.
El mapa de
las guerras civiles
se extiende
por el mundo.
Un idiota
declara la división
entre
globalistas y patriotas
mientras
cuida su jaula con mimo, la adorna
con banderas
y retratos del amo.
Micro
guerras civiles en pisos diminutos,
represión
invisible, dictaduras domésticas,
gulag de
bolsillo de apenas cuatro esquinas.
Investigamos
murciélagos
buscando
cepas de virus
pero somos
portadores
de un mal
que no se extingue.
Un mal que
no se extingue porque vive en nosotros.
Islas
Canarias, 21 de Junio de 2020
NOTAS:
Las
referencias a acontecimientos y noticias surgidas durante el estado de alarma
declarado en España por la pandemia de coronavirus Covid 19 son fácilmente
localizables en la Red.
"«Non debe el coronistra dejar
fascer su oficio", », deja dicho Antonio de Herrera en uno de los
poe-mas de "El estrecho dudoso", de Ernesto Cardenal.
"«It's been
too hard living..." ...»
son versos de la mejor canción jamás escrita, "A change is gonna come",
de Sam Cooke.
"«Tell me when destruction...»" son versos de la canción DNA, de Kendrick Lamarr.
“La balada de los drones y otros poemas de la Gran
Transición” de Daniel Bellón (ediciones El Transbordador, 2021)

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