ESOS SERES EXTRAÑOS
Llegan las palabras a
nuestro encuentro y nos dicen
que la vida ya ha cerrado
sus puertas al comercio entre los hombres,
que la gloria y el infierno
ya han pasado,
que ya no tenemos tiempo que
matar,
que apenas quedan razones
para justificar lo que hemos sido.
Llegan las palabras sin que
hayamos reclamado su presencia
a nuestro lado y nos
recuerdan todos esos aleteos
que habíamos olvidado y que,
debido a su ignorancia,
nos hicieron dichosa la
existencia.
Llegan las palabras como
regresan las olas a la playa
en invierno y se alejan
inmediatamente después
llevándose con ellas el
vuelo de los pájaros
y la memoria de unos días de
sol enterrados en la arena.
Llegan las palabras, rasgan
con su violencia azul
la armoniosa cadencia de un
mundo innominado
y virgen todavía, el perfil
remoto de la lluvia
y la garganta delicada y
perfecta de los homicidas del silencio.
Llegan las palabras, esos
seres extraños que nos sitúan
en un espacio y un tiempo
sin medidas, atraviesan el óxido
de nuestros corazones y de
un zarpazo nos arrebatan cuanto fuimos,
todo, las posesiones que
tuvimos, aquellas causas que perdimos
y dieron al fin sentido al
sueño de nuestras vidas.
Llegan las palabras al
atardecer y,
sin hacer ruido, cuidan el
regreso del silencio.
ABANDONO
Pasas de largo como pasan
los años
y al final ves cómo la vida,
ese familiar lejano y apenas
conocido
que te hizo diestro en el
manejo del idioma
y el comercio con los
hombres,
que te enseñó con singular
perfección
el poder de la evasiva y el
control severo
de las pasiones y los
instintos,
que supo reconciliarte
con el orgullo y la miseria
de tu propia naturaleza de
ángel caído
y acallar con su silencio
las voces y los gestos,
la vida, digo, llega hoy a
tu lado
para enseñarte con la
serenidad
que el paso del tiempo
proporciona
su lección más entrañable,
algo que en realidad ya
sabes
pero tiendes a olvidar:
vivir es enloquecer de
abundancia y belleza
en un instante y luego, sin
desearlo aunque
sin temerlo también, pasar,
dejarlo todo, irse.
LAMENTO POR LOS VENCIDOS
Dejarlo todo, pasar de
largo, irse sin más para después
ser un ir indefinido que
vaga sin desplazarse a ninguna parte,
sin rumbo fijo, a la deriva,
la sombra de lo que fuimos
en el encuentro con la nada,
acumulación de ruina sobre ruina.
Si ante los demás las
palabras dicen lo que somos
o el sueño que nos delata
distintos y mejores,
si en actuaciones ante un
público horrorizado
por la barbarie las palabras
nos regalan una existencia
real o imaginada y nos
convierten después
en seres sin rostro cuya voz
es como un hilo
diluyéndose en el polvo, si
como el agrimensor
nos servimos de las palabras
para conocer la medida
de lo que nombran y luego
arrebatársela de un zarpazo,
así el poema, sabiéndose
emplazado con el despertar
de un alumbramiento y una
despedida,
dice entre sus líneas el
origen y el final de lo que somos
o la fortaleza vana que nos
presenta vencidos por la vida.
La belleza: tener el mundo
entre las manos y en ese instante
abandonarlo todo, irse sin
hacer ruido hacia el silencio.
Alfredo Saldaña. Sanar la herida. Huerga & Fierro Ed. 2025




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