ABRAZO
Escribo porque no puedo decir
lo que no puedo decir
y porque al salir por las manos
las palabras se saltan con ventaja
el nudo de la garganta,
ese que apenas deja pasar
un hilo de aire,
un hilo de voz.
Escribo para no huir,
para no caerme tanto,
para encontrar en el fondo
esas palabras escurridizas
que dibujen
mi idea de las cosas.
Escribo para no ir a terapia,
porque cada palabra vertida
sana un poco los agujeros
de metralla de mi pecho.
Escribo por mí
porque me abraza fuerte
y largo.
Escribo por ella,
porque sé que sabía
que podía hacerlo
y hacerlo bien.
LO QUE ME HACE
Si me privan de morder una cereza,
del roce de una sábana blanca de algodón,
––suave de tan usada––
en el interior del tobillo.
Si no puedo andar descalza
por las rocas o el bosque,
transportar un libro en el bolso
como si fuera un arma.
Beber agua fría de la mano
como cuando me la daba mi madre.
Si me impiden abrazar y parar
el mundo
o reír a carcajadas haciendo el amor.
Si no tengo sus besos diminutos
cada mañana
o no me dejan bailar
como si nadie me viera.
Regocijarme en la nostalgia,
beber vino juntos.
Si no tengo todo esto,
¿para qué estar vivo?
RUINAS
Templo calcinado por las llamas
ya no huesos, ya no sangre.
Cuerpo latente bajo una capa
espesa de cenizas, de lodo.
Piel erizada, garganta bendita,
fuente de leche y agua
dulce túnel de miel
espectáculo de gemidos.
Este hogar ya solo habitado
por las corrientes de aire
de una casa en ruinas.
CHARCOS
Saltar dentro de un charco después
de una tormenta
es pensar en el abismo y topar con el suelo
bajo el espejo.
Es rebelarse contra los zapatos limpios,
los calcetines planchados
y el qué dirán.
Es volver al lugar donde se era
una misma,
volver a la capacidad de asombrarse.
La primera vez que llovió cuando
ellos ya andaban
los llevé a pisar los charcos
que dejó la tormenta.
No vi mejor forma de sembrar
la revolución.
Esther Mañoso. Tanque de tormentas. Ed. Cuadranta, 2025


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