documentos de pensamiento radical

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domingo, 17 de marzo de 2024

EL GRAN AZUL




He aquí lo que dijo el viejo:

yo he visto el mundo; y era el gran azul


Sentaos a mi lado vosotros

cuyo poder irradia plomo y llaga

Sentaos Señores del fusil Mayordomos de la hoja ensangrentada


Me quedaré ante ustedes

ahora que mis pies ya no tocan el suelo

ahora que los astros más antiguos ya tomaran posesión de lo que yo era


Sentaos

Siéntate aquí, oh! Gran Exterminador del Tigre,

y tú allí sacerdote

profeta

inquisidor

verdugo de tus propios semejantes

y allí tu Matador del Lobo

y tú Ejecutor que abatiste al último Zorro

y diezmaste al Oso

y allí tu Maestro Asesino Viejo de la Montaña

tu Verdugo Azotador de los humildes y pacíficos

y también tu que has destruido los pequeños mundos

y cortaste la última rama del baobab

sentaos todos todos vosotros

los que mataran

y devastaran

y descuartizaron a los que

no tenían la vuestra misma forma

o la vuestra misma fe

o la vuestra misma voz

o el vuestro mismo color

aquellos que no eran de vuestro barrio

de vuestra tribu

de vuestro clan

de vuestra iglesia

de vuestra sinrazón

allí tu Carnífice

allí tu Torturador


Así lo escuché:

¿Habéis visto en los ojos de los muertos el pasto y la brasa?

¿Habéis exhalado con ellos el último aliento de la tierra?

Nuestros corazones son el alfa y el omega

lagos infinitos donde el bien y la sordidez flotan

y flotan el mal y la belleza

pero en vuestros triunfos sólo el espíritu inicuo

el lado laminar de la tiniebla.

Y habéis creado a Dios, a los dioses,

criaturas fantásticas —¡oh! tan fantásticas!—

para que justificasen todas las fechorías

todas las torpezas

todas las fiestas del crimen.

Y os habéis atribuido vosotros mismos todos los títulos

y los más grandes honores

regulus caesar tsar califa negus führer vizir

generalísimo conde dux cardenal emir

pero

en verdad reináis sobre reinos de cenizas

tarareáis canciones de cantantes descuartizados

coplas de putas y de caporales de guerra

y vuestro reino apesta

vuestro reino exhala putrefacción

las puertas baten sólo a los golpes del viento

las campanas que tañen son momificadas salamanquesas

y Ruth llora todavía en el trigal extranjero


Pero esta era esta era la hora del gran azul

cuando los abuelos abrían las puertas y saludaban cada llegada tuya

y los pájaros piaban en las hombreras

y la luna era feliz incluso sin ser plenilunio


Yo sabía hablar con los gorriones y las palomas

saltaban de las palabras a sus nidos y palomares

y sonreían sin hacer sonidos

conocían el significado de todo

tierra

puesta de sol

mares que se abrían a horizontes claros

y nosotros extrañábamos a los poetas que cantaban lejanas

fronteras

sin haber hablado nunca con los pájaros


Hermanos

también vi la gloria y la decadencia del mundo

y los poderosos títeres que e hartos de oro morían

y eran sólo cadáveres después de todo cadáveres

polvo devuelto al polvo

materia de estiércol

azotaban el Helesponto que no les obedecía

fusilaban a todas las españas y a los campesinos

que frente a las balas levantaban el canto de las antiguas Jacqueries

destruían las ciudades desobedientes al Imperio

Profundo

y hoy se pudren

y hoy se pudren

y hoy se pudren


Yo sabía cómo hablar con los animales de la tierra y ellos

a veces se dignaban responder

desde sus madrigueras siempre vino un buen viento que

decía libertad

decía bienaventuranza

decía beatitud


Y antes que llegara la Bestia Suprema

la bestia racional

la que camina en pie

el pulgar para manejar el arma

el índice para el gatillo

antes que llegase El que Consume Todo

El que Violenta la Casa de Todo

yo conocía la voz del Oso

el lenguaje del Ciervo

el discurso planetario del Águila

y un uro trotaba ya más allá de la piedra

dejaba su sombra sobre toda la hierba que pudiera existir

y vimos como subían y bajaban reinos y condados

papas y emperadores

condottieri y fanáticos de dios

Dieu le veut! Dieu le veut!

También vi la gloria y la decadencia del mundo

y tampoco me hice más rico ni más pobre

y vi cómo extinguieron especies para instalar industrias

y bosques talados para construir comercios

y tribus esclavizadas para aumentar las fortunas

y loaran a Dios por la ruta de las rapiñas

y cómo continuaron coronando idiotas

empoderando rufianes

incensando a criminales

regalando el cetro a putas y tontos

y levantando cruces y lunas

y hogueras y sables

y degollaban y quemaban para decían, siempre mayor gloria de Dios,

a cualquiera

y alfombraban de cuerpos los caminos

sacrificaban humildes

destruyen nidos y apriscos

columbarios y cuevas

recuerdos y canciones

y cómo masacraban cuanto fuese diferente

u osara ser libres

que tienes ruiseñor dentro de la garganta

que haces rosas de plata de tu melancolía?

y yo que nunca fui el pequeño judío que escribió la Biblia

ni el humilde felá que levantó la pirámide

o el albañil que construyó Tebas la de las Siete Puertas

ni el pobre burlaki que arrastraba las barcazas del Volga

yo vi el futuro mis hermanos

yo vi el futuro hermanos pájaros

yo vi el futuro hermanos osos

mis hermanos mamuts

yo vi el futuro mis hermanos bastardos de carabina preparada


An it is Murder

It is murder


Y todos fuimos más pobres

y más muertos


Así lo dijo el Viejo.

Y miré y vi que después de todo era solamente uno el que lo escuchó

sólo uno sobre sus dos pies

y ese era el exterminador y diezmador de mundos

sacerdote y profeta y verdugo y destructor de vidas y esperanzas

no era más de uno de pie siendo el mismo y siendo muchos

uno uno uno

escuchando pero nada atendiendo

escuchando pero sin querer saber

escuchando pero acariciando el cañón del revólver

y era hijo del Hombre


y ya no era el Gran Azul.


Fernando Cabrita. El sermón del fuego. Ed. Baile del Sol, 2024

sábado, 16 de marzo de 2024

TODO ESTÁ EN LLAMAS




Y por la noche teníamos frío

no estábamos acostumbrados a las grandes fantasías del viento

rocas extremas donde batía el extremo anhelo de la tierra

¿recuerdas?

encendíamos fuegos en el borde de la casa

podría ser una playa repentinamente iluminada en noches de verano


una biblioteca ardiendo

un lamento coral de dioses entretenidos bebiendo las ampollas de néctar


el aire que quemaba

la ambrosía divina escurrida pared a pared

sabíamos: el amor es fuego que arde sin que lo veamos

sabíamos.

Así lo escuché, el Bienaventurado en Gayasisa.

Tomó la palabra y la conciencia de que todo está

ardiendo.

No solo los bhikkhus, cuya túnica ya de por si lleva la llama

no solo la flor de la ume donde nace el fogonazo

sino también lo que pudimos ver y lo que no pudimos ver

extraña gente que nos gobierna y no sabemos quién es

cada cuerpo que habitamos en los años que han pasado

el magnífico ojo la montaña que celebra el paso de los hombres


14

esto que tenemos en las manos

lo que nos huye

el inalcanzable


la antigua presencia de un ángel cubierto de andrajos en

los vastos caminos de la noche.

Te hablaría de Abigail

nunca más vi desde ese día.

Te hablaría de las extrañas noches en las que todo comienza

y nunca nada termina

Aquí están las estrellas que son fuego a lo lejos

y brillan en ellas destellos de épocas pasadas

aquí está el sol que calienta los campos justo al amanecer

y luego nos dábamos cuenta de que habían quemado todos esos años cuando


nos amamos y amamos a los demás

como un viejo vendaval tras nosotros se arrastraban las cosas

recuerdos que eran y a veces todavía son

y no eran luz Víctor no eran luz estas

chispas de montañas que colisionaban y se erguían

eran fricción de piedras contra piedras chispas de donde venía el fuego

pero de este fuego no vimos todavía no vemos que la luz brotase


Te hablaría de Abigail si

realmente la hubiera conocido

y no fuera tan sólo un encuentro cita casual

en un bar de la vieja Edimburgo.

Llegó en el último tren de la noche, procedente del sur,

y durante más de una hora esperaría

otro transporte a Inverness.

Nos unió la casualidad en esa pequeña mesa;

y la conversación fue corta y afable.


15


Éramos dos personas de quien la juventud poco a poco se despedía.


Saludamos en nuestras beamish

los encuentros que la vida rebelde proporciona

Me sonrió.

Le sonreí.

Y estas sonrisas son casi siempre

la lámpara que ilumina el límite nocturno del crepúsculo

Ardamos pues, en serenatas y rosales.

Cada día es un poniente.

En cada fuego vimos la vida que se iba

la que se había ido

nos alimentamos de nuestra propia existencia

y seguimos y seguimos

ahora que todo se termina seguimos

y ya poco se demora la barca.

Y por la noche teníamos frío

no estábamos acostumbrados a las grandes fantasías del viento.



Fernando Cabrita. El sermón del fuego. Ed. Baile del Sol, 2024

viernes, 15 de marzo de 2024

2 poemas de 90" Y ETERNIDAD de IVONNE SÁNCHEZ-BAREA


 

 

La civilización
regresará
al mismo
punto
donde
no aprendió
qué significa
existir.

*

En pupilas,
con ojos
abiertos al otro;
entramos en el otro,
vaciamos al otro,
comunicamos con el otro...
y el otro
nos hace ser.


 

 

Ivonne Sánchez – Barea
Libro. 90” y Eternidad (2024)
Ivonne-art.com
Creative Safe:: 2402066855309-
ISBN: 9798878505536

jueves, 14 de marzo de 2024

3 poemas de Crepúsculos Muiscas de Ivonne Sánchez-Barea


 

Voces
en fuentes,
cantan
en plazas desiertas.


*

Quizás
en nombre
del pez
que huye
corriente arriba,
desove
su luz
entre sombras.


*

El color del cielo
habla en prismas y
adorna cada gota,
ese diamantino
vigor perdido
del agua.



Ivonne Sánchez - Barea
Del libro CREPÚSCULOS MUISCAS -2024
Nº Registro DNDA: 1-2024-9013/
Nº RPI Creative: 2401316808713-64NPF5
ISBN: 9798878775557

miércoles, 13 de marzo de 2024

Relatoría



    

Mala cosa si aprendes

a contar la sangre por unidad.

Eso estudiamos en el prescolar

los hijos de los fantasmas

que salían con una camisa

y regresaban con otra,

de los que llegaban un lunes

después de un finde de parranda,

con los huevos rotos y un blackeye,

sin olor a güisqui ni beso en la camisa

y tampoco lengua para dar explicaciones.

El viejo también faltó a mi comunión

puntualidad de fantasma, qué curioso,

y nunca le alcanzó su mirada clandestina

para hacerlo venir a un acto del cole.

Es que todo tiene una razón de ser.

Sus atardeceres todos comprometidos

viendo venir el escuadrón de la muerte.

Lo secuestraron en La Romana del 67

y todavía no tenemos su cadáver.

En la Costa Rica lo balearon en el 70

y nueve días después un pulmón le traicionó.

Aquella vez sí que pudimos enterrarle.

En el 73 le asesinaron en la calle Mercedes

y en el 75 paseando por la universidad.

Resulta que lo asesinaban por deporte

como si nadie le esperara en casa.

 

Yo siempre fui un niño tan pequeño

cuando se trataba de recibir esa noticia.

 

Porque en serio:

Como si nadie le esperara volvían

a matarle una y otra vez.

 

Como si la mecedora blanca de mi casa

me pudiera mecer por cuenta propia.

 

Como si las voces de mi memoria

hubieran aprendido a cantar sin él.

 


Farah Hallal. Besar la pólvora. Isla Negra Ed. 2022

martes, 12 de marzo de 2024

Nana de rojos




La Banda Colorá es de compleja gramática,

en especial por todos sus accidentes.

 

En algún estudio de fonología

aún se analiza el caos de su pronunciación

y el grito mudo de sus fusilados.

 

A veces la ciencia se confunde y echa un ojo

al campo semántico de la viuda y el huérfano.

 

En resumen, hay evidencia científica:

Muerte segura es el sujeto de toda oración. 

 

Pero lo más curioso viene a ser

que la Banda Colorá también es roja

y el signo cromático perdió el sentido

y la dimensión pragmática de su color.

 

Hay que decirlo, es una pena para el pasado

que su comunicación visual salga perdiendo.

 

Y la cosa no fue a más para los rojos

gracias al arsenal de una canción de cuna

que cada noche -sin falta- nos cantaban:

“Bebe de su sangre y morirás fuerte y sano”.

 

Así las cosas,

este análisis no puede quedar chungo,

pues los hijos también éramos rojos.

Simplemente la mala yerba del vecindario.

Por eso entre noche, luna y canturreo

también de rojo nos tintaron los chupetes.



Farah Hallal. Besar la pólvora. Isla Negra Ed. 2022

lunes, 11 de marzo de 2024

Doctrina de barrio



 

Cuando aún contabas deditos en mi cuna 

desde afuera nos gritaban ¡comunistas!

Y tiraban piedras a la casa.

Pero una vez la Banda Colorá se dispersaba

con su odio colectivo y bien pagado,

las vecinas generosas te ofrecían café.

Pronto vendría el registro de la casa,

la guardia indignada en las habitaciones,

la búsqueda incesante de alguna prueba

que demostrase la verdad que se sabía.

Esa era la vida en nuestro barrio

doctrinas perdidas y balas encontradas,

la misma oración en fe distintas

“que agarren al comunista rápido

y nos perdones Señor

por haberle permitido pecar tanto.”

Como se ve

se puede odiar en todos los idiomas,

pero es penoso acabar odiando

en el único lenguaje de tu infancia.



Farah Hallal. Besar la pólvora. Isla Negra Ed. 2022


domingo, 10 de marzo de 2024

[Recuerdos de una visita a la casa de Trotski en Coyoacán]



Crecieron las buganvillas en el jardín de la casa de Trotski, las buganvillas que nunca pusieron color a los horizontes teatrales de las gafas de Trotski.

El mismo jardín, con sus esquinas enrocadas, con sus ventanas sin luz, y el musgo de la primavera invadiendo los cerrojos inútiles de las puertas blindadas.

Las conejeras vacías, siempre verdes.

La placa que lamenta la muerte de Sheldon Hart, un día héroe, y en su cadáver, cráneo de traiciones.

Y en medio,

ajenos a las miradas curiosas y los verbos interrogantes,

siguen creciendo los cactus que un día Trotski eligió en sus paseos, como si el tiempo se hubiera detenido en las púas de los “viejos”.


En medio del jardín,

en el corazón de la casa,

reposan las cenizas de Trotski,

las cenizas de Natalia,

revolucionario amor perpetuo enlazadas para siempre.


El sol inventa su propio horario en la tarde nublada, en los relojes agonizantes de aquel veinte de agosto, aquel instante de muerte a las cinco de la tarde.

El escuálido río de otros tiempos, de las horas de Trotski, se ha convertido en una ruidosa, contaminada carretera.

Las aceras se llenan desde entonces del polvo anónimo de la vida cotidiana, de las tragedias entregadas al ritual del silencio y de las frases hechas.


Nada en la calle recuerda que en esta casa vivió Trotski.

Nada en las aceras recuerda ni su nombre ni su altura, la bandera inmensa que ondea sobre el mito, que convierte su sombra en islas habitadas de idealismo.

Nada desde los tristes muros continuamente levantados, inútilmente protegidos por espirales de verdad y de denuncia, recuerdan el orden preciso y arrogante de su escritorio.


Nada.


Pero ahí está como una música callada, como la melodía de venganza que ni los motores contaminan, a pesar del tiempo, a pesar del olvido.

Sobre el escritorio permanecen al lado de la pluma roja sus últimas palabras escritas sobre la biografía de Stalin, líneas cortantes como el filo de las verdades no deseadas, aquellas que uno nunca hubiera tenido que escribir.

Libros de consulta, diccionarios y las obras completas de Lenin en las estanterías, miradas y sueños de otros tiempos, de aquellos que aún se recuerdan con las sonrisas de la esperanza.

Un calendario marca las citas que nunca se dieron la mano, los compromisos que se quedaron vacíos en el aire de la espera, las hojas amarillas y los números inútiles de los días.

En el estuche se intuyen sus gafas, la circunferencia de una mirada que un día conmovió al mundo, que le sigue poniendo delante de los ojos un espejo de figuras espantosas, monstruos que se multiplican en las promesas proletarias, en la traición perpetua a la hoz y al martillo.

Una vieja caja permanece cerrada, misteriosa, silenciosa encima del escritorio, y dos lapiceros siguen tranquilos en un bote negro de ausencias.

El dictáfono Edison Dictating Machine, se quedó mudo y mudo ha permanecido hasta hoy, en una negrura insolente, en un silencio atronador a los cuatro vientos.

Un flexo apagado que un día llenó de sombras el estudio mientras marcaba el ritmo frenético de la pluma roja de Trotski sobre el papel.


La luz entra por la ventana, por las rendijas de los ladrillos, frontera inútil, una vez más, de los miedos del pasado.


Y aquí, en el aire de su estudio, sigue su grito.

Y aquí su denuncia, la enmudecida tos del destino.

Y aquí permanece el polvo de los miles de visitantes que día a día se va posando sobre el recuerdo de la historia.

Miles y miles de turistas, de caras y acentos anónimos que, como yo, turista accidental en el triángulo mexicano de los mitos, no pueden dejar de preguntarse sobre una vida que gozó de pleno sentido en el instante del asesinato.

Una vida condenada a la tortura del silencio, y de los equívocos lacerantes de la palabras y que, en su asesinato, se recuerda por su grito, por ese grito que desde entonces no ha dejado de romper tímpanos y conciencias.


Y aquí, en este instante, la vida cobra todo su sentido.

Como si antes de aquel grito, todo hubieran sido sombras,

revolución permanente confiscada por los datos de una biografía,

anulada en los gestos de una vida exiliada, incierta, robada, una vida que solo muchos años después se ha llenado de palabras.


Delante del escritorio inmaculado,

el escritorio perdido en la espiral suicida de nuestros tiempos, grises y agotados.

Delante del escritorio congelado en su último instante de vida, petrificado por la mirada de acero de la historia,

me descubrí diciéndome entre labios, apretando los puños:


Algún día escribiré sobre este instante.

Algún día recuperaré en versos los últimos días de Trotski.

 

José Manuel Lucía Megías. Los últimos días de Trotski. Calambur, 2014



sábado, 9 de marzo de 2024

Nos han dado un día más de vida

 




¿Qué más da que fuera exista la sombra de un río, calles que evocan la geografía de Europa: Berlín, Roma, Viena… con sus aceras angostas y el polvo que levantan los escasos coches que se acercan a las esquinas?


¿Qué más da el olor de las flores recién cortadas y el azul de fuego que inunda el atardecer, los olores picantes de los puestos del mercado y la explosión de rojo en los vestidos de las mujeres?


Esta cárcel,

la de los muros levantados,

las ventanas cegadas,

los impactos de las balas en la pared,

el miedo en cada uno de los gestos,

me recuerda a la primera de mis cárceles.

¿Cómo llamar hogar a esta casa, a esta prisión medieval, que me aleja de tu sonrisa, Natalia, de las ganas de vivir contigo?


¿Ya ves?

Anoche no nos mataron después de todo. Nos han dado un día más de vida

Doscientas balas llovieron sobre la cama y sobre tu cuerpo protector.

Y nada.

¿Ya ves?

Nos han dado un día más de vida.


¿Pero qué más da el paraíso de sol de Coyoacán si tenemos que vivir con las puertas blindadas, las esquinas levantadas y las manos siempre escondidas?


Sonrisas de caucho en la cara de los guardaespaldas.

Los bananos dan todavía una sombra temblorosa y ni rastro de las buganvillas,

rosa, oro y sangre,

que treparán curiosas por las fachadas del mañana.

Nos han dado un día más de vida


¿Qué más da que fuera exista la sombra de un río, calles que evocan la geografía de Europa: Berlín, Roma, Viena… con sus aceras angostas y el polvo que levantan los escasos coches que se acercan a las esquinas?


¿Qué más da el olor de las flores recién cortadas y el azul de fuego que inunda el atardecer, los olores picantes de los puestos del mercado y la explosión de rojo en los vestidos de las mujeres?


Esta cárcel,

la de los muros levantados,

las ventanas cegadas,

los impactos de las balas en la pared,

el miedo en cada uno de los gestos,

me recuerda a la primera de mis cárceles.

¿Cómo llamar hogar a esta casa, a esta prisión medieval, que me aleja de tu sonrisa, Natalia, de las ganas de vivir contigo?


¿Ya ves?

Anoche no nos mataron después de todo.

Doscientas balas llovieron sobre la cama y sobre tu cuerpo protector.

Y nada.

¿Ya ves?

Nos han dado un día más de vida.


¿Pero qué más da el paraíso de sol de Coyoacán si tenemos que vivir con las puertas blindadas, las esquinas levantadas y las manos siempre escondidas?


Sonrisas de caucho en la cara de los guardaespaldas.

Los bananos dan todavía una sombra temblorosa y ni rastro de las buganvillas,

rosa, oro y sangre,

que treparán curiosas por las fachadas del mañana.


¿Qué más da si fuera parece explotar el verano cuando uno lleva en el corazón el frío del silencio,

el de la muerte atrapado en la mirada,

el de el invierno en los recuerdos de Siberia?


Natalia, nos han dado un día más de vida para esperar

en esta cárcel

la muerte.


¿Qué más da si fuera parece explotar el verano cuando uno lleva en el corazón el frío del silencio,

el de la muerte atrapado en la mirada,

el de el invierno en los recuerdos de Siberia?


Natalia, nos han dado un día más de vida para esperar

en esta cárcel

la muerte.


 

José Manuel Lucía Megías. Los últimos días de Trotski. Calambur, 2014

viernes, 8 de marzo de 2024

3 poemas de LOS ÚLTIMOS DÍAS DE TROTSKI

 


La gran purga


Los titulares vuelven a escribirse con brochazos rojos.

La propaganda ha vuelto a poner en marcha los ventiladores de la calumnia y de la mentira.


Las noticias, como palomas mensajeras, parten del Kremlin y se pierden en el océano lingüístico del comunismo.

No hay rincón donde no llegue la sombra de destrucción que hace temblar con su rastro los rostros más cotidianos en los relucientes libros que se enseñan en las escuelas.

Una nueva bandada de noticias anuncian repetidas oleadas de fusilamientos sumarios en nombre de la Revolución.

Nadie está a salvo. Nadie está libre del veneno lento de la sospecha, de la intriga, del engaño.

De la traición.


León Davídovich escucha a cada momento la radio,

escucha cómo se filtra su nombre en las lejanas conversaciones y en los juicios en el Salón de Columnas de la Casa de los Sindicatos.

Su nombre se repite al ritmo de una oración fúnebre, padre de todas las intrigas, parca de todos los hilos de las marionetas en que se ha convertido al pueblo.


León Davídovich apaga la radio, cierra los periódicos, se aleja de su escritorio lleno de cartas y de confesiones.

Y pasea por el jardín de la Casa Azul en el corazón de Coyoacán.

Pasea imaginándose el dulzor metálico de la piel de Frida,

el sonrosado abrazo de Natalia en la soledad de la noche,

las sombras milenarias de las pirámides

y el mole poblano que le han dejado un regusto de historia en los labios.


De nuevo su nombre vuelve a estar en boca de todos.


De nuevo su nombre,

que no sus escritos, cada vez más anónimos,

que no sus pensamientos, cada vez, más circulares,

vuelve a protagonizar portadas y titulares en las noticias de medio mundo.


León Davídovich en la soledad del jardín de la Casa Azul,

rodeado de las sombras de los cuadros de Diego y de Frida, y de sus besos y de sus abrazos impregnados de alcohol,

sabe que estos nuevos titulares son palomas mensajeras que difunden en sus garras una única sentencia:

la muerte de cualquier bolchevique que aún conserve la memoria.

 

 

***

 

 

El viejo


Hay viajes que no deben comenzarse.

Hay lugares que se deben evitar, personas que mejor no haber conocido. Territorios de calumnias y de miedos que se esconden tras los abrazos y los peldaños previsibles de las escaleras.


Hay vidas que no podemos vivir.

Vidas que tan solo podemos soñar en las tardes inagotables del otoño cuando el día parece perezoso y la noche un presagio de sábanas mudadas en las esquinas de la cama.


Pero esas son las vidas de los otros,

de los otros yo que yo pude ser, que quizás fueran más yo que estas costumbres cotidianas que me abrazan y me reflejan en los espejos metálicos, en el corredor interminable de mi cárcel.


Si no hubiera comenzado aquel viaje,

si no me hubiera empeñado en estudiar y abandonar el lugar sagrado de mis abuelos;

si no me hubiera cruzado en el azar de las calles y de las aulas abarrotadas con aquellos ojos que gritaban Revolución,

quizás ahora yo sería un viejo como tantos otros viejos que sobreviven en la corteza de los recuerdos y remordimientos; un viejo que habría pasado su vida entre plumas y entre libros y escritos, rodeado de clases cada más amarillentas.

Un viejo con los ojos humillados y las manos temblorosas, ausentes.

Un viejo de sonrisa fácil y de palabra certera, como el filo de una hoja. Uno de tantos viejos que se levantan en las sudorosas mañanas con la esperanza de un nuevo atardecer, uno de esos perezosos atardeceres de ritmos lentos y de explosión unánime en el cielo.


Pero, ¿acaso tú, León Davídovich, no eres un viejo como tantos otros viejos, rodeado de libros, de papeles, de recuerdos y de ojos cansados y de añoranzas matutinas, de historias siempre en los labios y de un público cada vez más sordo?

¿Qué te hace a ti único, León Davídovich Trotski?

¿Acaso los cactus que sobrevivieron a la lluvia de metralla o los conejos que aún conservan en el hocico el olor ácido y dulzón de la muerte nocturna?

¿Acaso tus escritos que nadie quiere publicar?

¿Tus ideas que se están quedando huérfanas en una época que se ha arrancado la lengua y los oídos y los ojos ansiosos de futuro?

¿Acaso no estás tan solo como todos los viejos de este mundo, de este previsible presente de amaneceres y de invasiones que inauguran los titulares de los periódicos, y que cruzan el Atlántico con el vuelo rasante de las trompetas inminentes de guerra?


¿Quién eres, en realidad, León Trotski, ahora que has sido declarado Enemigo del Pueblo?

Un viejo.

Tan solo uno de tantos viejos.

Un viejo que se aferra al dactilógrafo como si tu voz pudiera multiplicarse en el desierto de un presente sin memoria, como si aún hubiera alguien, aunque solo fuera uno, esperando a oír de tus labios, León Trotski, la frase certera, la condena justa, el análisis atinado.


Tú que eras capaz de cambiar, con tan solo un gesto de tu voz, el rumbo del ejército rojo, te estás quedando mudo y solo y viejo.

Terriblemente viejo.

Irremediablemente solo.

Absolutamente mudo.


Hay viajes que nunca debieran comenzarse.

El de la vejez es, sin duda, uno de ellos.



***

 

 

Los tiempos han cambiado


Porque nada sé de ti

que no sea el paso de los bueyes por el rostro.


Enrique Falcón, La marcha de los 150.000.000 (2009).



Vivimos un tiempo gris,

de un gris de suicidio que nunca llega,

de un gris de acero sin filo ni aristas,

de un gris de amaneceres sin luz y de primaveras sin flores derramadas, ni arco iris en la sonrisa de los niños,

un gris de manifestaciones sin puños levantados ni consignas revolucionarias cosidas en los labios.


Vivimos un tiempo gris,

un tiempo de altavoces mudos, de ideas enchaquetadas e intercambiables, de poemas ahogados en el gris de la luna y en los ojos vacíos de las multitudes de las bayonetas y los tiros en las gargantas, del niño aquel que le abrieron el cráneo, las lágrimas de una madre que no recuerda gritar, mientras el lodo gris de los recuerdos se llenan de escenas del Acorazado Potemkin.

Una mano pisoteada.

Toda la libertad que un día pudo soñar un pueblo en armas pisoteada.


Vivimos un tiempo gris,

el gris de las prostitución de las palabras,

donde todo vale y nada de lo que vale importa.

Digo libertad y me sangran los labios.

Digo revolución y me escondo tras las sombras de las cenizas de los libros de historia.

Y escucho progresismo en el Parlamento y la sangre de los vientres me abrasa e inunda de rojo los diccionarios enfermos, la putrefacta visión de los abortos clandestinos.


¿En qué barro gris abandonamos los ideales, los sueños de una Revolución permanente, que nos hiciera a todos más libres, más espejos?

¿Acaso no tenemos sangre para seguir respirando, acaso no es necesaria esta sangre para seguir luchando, para comenzar de nuevo a hacerlo?


Quizás otro mundo sea posible.

Pero no en este.

Pero no ahora.


Tan lejos de los ideales soñados del ayer, esos que hoy se han convertido en cadenas, las que nos atan a las escaleras fusiladas, a las mentiras fabricadas en los titulares torturados.

Los de todos los días.

Los que todos los días olvidamos.


La Revolución permanente es posible.

La Revolución permanente es necesaria.

Ahora más que nunca.

Pero no en este tiempo gris en que vivimos, este tiempo de muertos, de noches sin luna, de vientres sin hijos, de miradas ensangrentadas y de gargantas y sueños sin ideales, sin futuro, sin voz.


Ahora más que nunca.

Ahora, antes que se borre el rastro de los bueyes por nuestros rostros.



 

 

José Manuel Lucía Megías. Los últimos días de Trotski. Calambur, 2014