documentos de pensamiento radical

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jueves, 29 de enero de 2026

Incertidumbre



Viviendo en Lanzarote se me apareció un colega asturiano, fotógrafo, con el que había coincidido tiempo atrás en La Nueva España y que llevaba una temporada vagando por ahí en plan Dharma. Venía de Fuerteventura, adonde había llegado desde Las Palmas, y me contaba cosas espeluznantes de la supervivencia en la cara B de las Islas Afortunadas, en barrios marginales rodeado de lumpen. Había vendido su cámara de fotos para comer.


Le conseguí curro donde yo trabajaba en Arrecife -en un conglomerado de revista, emisora de radio y delegación del periódico La Provincia- y se vino a vivir con nosotros al Charco de San Ginés. Le presté mi Olimpus OM 10 y… supongo que me tiene desde entonces en un altar.


Meses después de aquello me volví para Asturias y le perdí la pista. Era el año 1990.


En 2003 estaba en un café de Gijón recitando poemas contra la guerra de Irak, cuando se me apareció de nuevo. Menuda sorpresa. Era la penúltima persona que me podía esperar allí. Pero, bien pensado, el chaval ¡era de Gijón!


Me contó que ahora vivía en La Palma, en modo zen. Y nunca se me olvidarán las cuatro palabras con las que definió el lugar, y su sitio en él: “Allí no hay incertidumbre”.


Volví a recordarlas el 19 de septiembre de 2021 cuando, en el paraje de Cabeza de Vaca, cercano a la localidad de El Paraíso, municipio de El Paso, en la isla de La Palma, entró en erupción el Volcán de Tajogaite.


Fueron 85 días de incertidumbre hasta que dejó de expulsar cenizas y lava.



Juanjo Barral. El libro de los ensayos.

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miércoles, 28 de enero de 2026

Brevemente

 







La vida es un deporte de riesgo.


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Si no quieres sufrir, no tengas hijos, no tengas padres, no te tengas.


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Siempre hay motivo de esperanza: saldremos de esta, y si no, entraremos.


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Deja el amor en cualquier sitio. Alguien habrá que se lo quede.


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Seguimos dando guerra para que nos dejéis vivir en paz.


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Escribo porque nadie lo va a hacer por mí.


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El hábito no hace al monje, pero sí al escritor.


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La correspondencia no es solo devolver la carta.


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Como sigas viendo la botella medio vacía te vas a morir de sed.


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Hay personas del género masculino, hay personas del género femenino y hay personas del género idiota.


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Todo vale, aunque sea para nada.







Juanjo Barral. El libro de los ensayos.

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martes, 27 de enero de 2026

Gratis total

 



Quizá sea yo. El incapaz. El desplazado histórico. El que se empeña en creer que la creación cultural tiene un valor, requiere un esfuerzo y conlleva una dedicación, que deben ser recompensados, y si la moneda de cambio es el euro, pues que sea en euros.


(Paréntesis. No tendría el más mínimo inconveniente en pagarle al agricultor que me vende las lechugas con unos versos de mi propia cosecha; no me importaría llegar a la mueblería e intercambiar mi libro de relatos por una modesta estantería; ni pasarme la vida de trueque en trueque, de cambalache en cambalache, sin arrimarme a un cajero automático, sin pervertirme con la banca digital, que me produce escozor mental, prurito de yemas…).


He mantenido peloteras importantes con la chavalada para que entienda que el “gratis total” es una engañifa (a ver si con expresiones así me acerco a su entendedera y lo pillan). Porque todo cuesta. Escribir un libro de poemas cuesta, aunque alguien lo piratee. Una canción hay que componerla, aunque la gente se la descargue gratis. Hacer una película bastante más, aunque luego.


Y lo que no te cuesta se desprecia. Cuando pagas por un disco le das importancia, al disco, al trabajo que hay detrás, al hecho de hacerte con él y llevártelo a casa. Cuando puedes disponer de mil quinientas canciones gratis en un dispositivo por el que (vaya) sí has pagado, las tratas como calderilla.


Pero yo no quería hablar de esto (aunque no puedo dejar de pensar en un colega libertario que tuve, en una época en la que estaba de moda ser libertario, de izquierdas y de derechas, aquí y en Estados Unidos de América, que defendía que la cultura debía ser gratis, al alcance del pueblo y/o de la gente, bla bla bla, no recuerdo muy bien el sintagma, lo que sí recuerdo es que él no creaba cultura y por tanto se podía permitir el lujo de exigir que los demás trabajaran gratis para él, escribiéndole los poemas y relatos y novelas y ensayos y componiéndole las canciones mientras él, que era abogado, cobraba todos los meses una nómina).


Cuando hacíamos el periódico de la Universidad de Oviedo, las Hojas Universitarias, a mediados de los ochenta, tuvimos un importante y decisivo debate sobre poner o no poner un precio a la publicación (que sufragaba la institución académica), aunque fuera simbólico. Ganó que sí, por unanimidad: 25 pesetas, pongamos 1 euro de hoy. Cuando era gratis la gente lo dejaba tirado (sin haberlo llegado a coger). Lo despreciaba. Recuerdo muy bien ir con algunas de las mentes más brillantes de mi generación, vendiendo Las Hojas por las facultades y bares de Oviedo, y en pocos meses ya despachábamos cientos, hasta algunos miles de ejemplares. La peña lo había entendido y pagaba encantada medio café por aquella publicación mensual que, sin duda valía más que aquel precio simbólico. Pero era justo. Era sano. Era emocionante. Gratis total, no gracias.


Otra cosa es a lo que iba.


Siempre se ha dicho que España no aprecia la cultura, no como Francia, Alemania o Gran Bretaña. Y es cierto. Aquí siempre ha habido periódicos que te encargaban gratis un relato, y tenías que sentirte afortunado por el hecho de que te lo publicaran (¡pero si me lo has encargado tú!). Aquí siempre ha habido compañías discográficas que pretenden que trabajes gratis para el videoclip de su artista superventas, porque “bastante suerte tienes que”. Ya saben.


Volviendo a lo que nos ocupa (aunque no nos salgamos del tema) yo nunca le he pedido a nadie que me arregle gratis el grifo, que me resuelva por la cara la declaración de la renta. Pero a mí me han pedido cosas que.


Otra cosa es la amiga que te solicita que crees un nombre para su establecimiento (algo por lo que Fernando Beltrán ha conseguido que se pague como corresponde con su empresa de invención de palabras). Otra cosa es que un colega me pida que escriba gratis una letra para una canción de su grupo, un texto para un homenaje, lo que habrá de leerse el día de su boda o en el acto de la despedida civil de un paisano querido. Otra cosa es que le haga el favor a un conocido y ofrezca una charla a sus alumnos sobre poesía, que me llevará una semana de trabajo preparar.


Eso es otra cosa.

Y no esta.



Juanjo Barral. El libro de los ensayos.

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lunes, 26 de enero de 2026

De Banksy

 



De Banksy se pueden decir muchas cosas. Se puede decir que hace “bobadas” (Jerry Saltz) o que es “un genio” (Carol Diehl). Yo diré que es alguien capaz de comprar un cuadro de segunda mano por 50 dólares, intervenirlo, lograr que paguen por él (The Banality of the Banality of Evil) 450.000 dólares en una subasta, y donar ese dinero a una entidad sin ánimo de lucro que ayuda a los seropositivos sin hogar en Brooklyn.


Se pueden decir muchas cosas de Banksy, pero ¿quién hace eso?


Juanjo Barral. El libro de los ensayos.

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domingo, 25 de enero de 2026

Wanted

 




El vecino de enfrente tiene un felpudo que pone Wanted. Tiene gracia porque el tipo está ahora mismo en busca y captura.


No lo estaba cuando lo compró, claro. Pero así es el destino de cachondo.


Llegó hace unos cuantos años al edificio. Era joven, apuesto y afable, con un coche descapotable y una novia rubia. Lo fuimos descubriendo todo por este orden.


Así era él. Como un encantador de serpientes, capaz de vender humo envasado.


De hecho era comercial. Nos enteramos de casualidad tiempo después por una amiga cuyo marido trabajaba en un concesionario. Nuestro vecino vendía coches.


Un día -el año que yo llevaba la comunidad, porque le tocaba a nuestra planta y yo fui el único por la labor- me picó a la puerta y me hizo un regalo en pago a mis servicios prestados, ya que él, por su trabajo, vino a explicarme, tenía que viajar mucho y no podía hacerse cargo. Me sorprendió que me regalara aquellas conservas de lujo. No quise darle más vueltas porque en la primera (vuelta) tuve la sensación de ser un sirviente del señorito, el pringao que iba a la mili (en su día era común en la España franquista) por el hijo del marqués de la Ensaimada a cambio de un donativo generoso.


Pero era tan encantador… Que no le di más vueltas.


Y de pronto desapareció.


Fue unos días después de que me ¿invitara?/¿obligara? a pasar a su piso para comprobar cómo había quedado de guay, convertido ahora en un apartamento de lujo neoyorquino tras tirar todas las pareces y dejar un espacio único tipo loft.


No volvimos de hecho a saber de él.


Con el tiempo fue acumulando una deuda (que ahí sigue creciendo) por impago continuado de la cuota de la comunidad. Cuando el administrador se puso manos a la obra descubrimos que había dejado pufos a tutiplén, que se encontraba (a saber dónde) en busca y captura, y que seríamos los últimos de la fila en cobrar.


El vecino encantador no volvió a dar señales de vida (perdón por la crueldad, que no pretendía), pero ahí sigue su felpudo.


Wanted.

Casi mejor vivo (ya puestos).

Nos debe miles de euros.

 

 

Juanjo Barral. El libro de los ensayos.

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sábado, 24 de enero de 2026

viernes, 23 de enero de 2026

Podría ser

 



Hay un tío que me mira raro. Es un hombre enjuto y poco agraciado. No lo conozco de nada. Camina rápido, nerviosamente, como si llegara tarde, como si le persiguiera un avispero de problemas.


La sensación que produce es la de ir siempre enfadado. Recuerda aquellos personajes bolingas de Forges, con la nariz colorada de chumar. Alguien de los años cincuenta del siglo pasado que no se ha actualizado, porque estamos en 2023, en la era de la inteligencia artificial, el 3D, la cuatricomía…, y él sigue en blanco y negro.


Me lo cruzo al menos una vez a la semana, a las muy pronto de la mañana, cuando voy al trabajo, y más o menos siempre a la misma altura. A veces aparece trazando una diagonal desde la otra acera.


Me mira, pero no lo hace cuando yo le devuelvo la mirada. Hoy me ha provocado un alud de interrogantes que desvío aquí para que no me sepulten.


¿Me odia desde niño por una movida ridícula que no recuerdo? ¿Está convencido de que me fui sin pagar del bar en el que trabajaba hace unos años aunque yo no me haya ido nunca sin pagar de ningún sitio… al menos conscientemente? ¿Salí de chaval con la chica de la que él estaba enamorado hasta las trancas?¿Me reconoce de haber formado parte de un piquete en la huelga general del 20-J contra la reforma laboral de Aznar que le obligó a chapar su ferretería?


No sé.


¿Habré acertado con alguna de estas preguntas? ¿Le preguntaré a él de qué se trata para salir de dudas, o para evitar que acumule más ira -injusta e innecesaria- y acabe apuñalándome por la espalda?


Si cuando lean esto yo ya, es que.


 

 

Juanjo Barral. El libro de los ensayos.

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