Quizá
sea yo. El incapaz. El desplazado histórico. El que se empeña en
creer que la creación cultural tiene un valor, requiere un esfuerzo
y conlleva una dedicación, que deben ser recompensados, y si la
moneda de cambio es el euro, pues que sea en euros.
(Paréntesis.
No tendría el más mínimo inconveniente en pagarle al agricultor
que me vende las lechugas con unos versos de mi propia cosecha; no me
importaría llegar a la mueblería e intercambiar mi libro de relatos
por una modesta estantería; ni pasarme la vida de trueque en
trueque, de cambalache en cambalache, sin arrimarme a un cajero
automático, sin pervertirme con la banca digital, que me produce
escozor mental, prurito de yemas…).
He
mantenido peloteras importantes con la chavalada para que entienda
que el “gratis total” es una engañifa (a ver si con expresiones
así me acerco a su entendedera y lo pillan). Porque todo cuesta.
Escribir un libro de poemas cuesta, aunque alguien lo piratee. Una
canción hay que componerla, aunque la gente se la descargue gratis.
Hacer una película bastante más, aunque luego.
Y
lo que no te
cuesta se desprecia. Cuando pagas por un disco le das importancia, al
disco, al trabajo que hay detrás, al hecho de hacerte con él y
llevártelo a casa. Cuando puedes disponer de mil quinientas
canciones gratis en un dispositivo por el que (vaya) sí has pagado,
las tratas como calderilla.
Pero
yo no quería hablar de esto (aunque no puedo dejar de pensar en un
colega libertario que tuve, en una época en la que estaba de moda
ser libertario, de izquierdas y de derechas, aquí y en Estados
Unidos de América, que defendía que la cultura debía ser gratis,
al alcance del pueblo y/o de la gente, bla bla bla, no recuerdo muy
bien el sintagma, lo que sí recuerdo es que él no creaba cultura y
por tanto se podía permitir el lujo de exigir que los demás
trabajaran gratis para él, escribiéndole los poemas y relatos y
novelas y ensayos y componiéndole las canciones mientras él, que
era abogado, cobraba todos los meses una nómina).
Cuando
hacíamos el periódico de la Universidad de Oviedo, las Hojas
Universitarias,
a mediados de los ochenta, tuvimos un importante y decisivo debate
sobre poner o no poner un precio a la publicación (que sufragaba la
institución académica), aunque fuera simbólico. Ganó que sí, por
unanimidad: 25 pesetas, pongamos 1 euro de hoy. Cuando era gratis la
gente lo dejaba tirado
(sin haberlo llegado a coger). Lo despreciaba. Recuerdo muy bien ir
con algunas de las mentes más brillantes de mi generación,
vendiendo Las
Hojas
por las facultades y bares de Oviedo, y en pocos meses ya
despachábamos cientos, hasta algunos miles de ejemplares. La peña
lo había entendido y pagaba encantada medio café por aquella
publicación mensual que, sin duda valía
más
que aquel precio simbólico. Pero era justo. Era sano. Era
emocionante. Gratis total, no gracias.
Otra
cosa es a lo que iba.
Siempre
se ha dicho que España no aprecia la cultura, no como Francia,
Alemania o Gran Bretaña. Y es cierto. Aquí siempre ha habido
periódicos que te encargaban gratis
un relato, y tenías que sentirte afortunado por el hecho de que te
lo publicaran (¡pero si me lo has encargado tú!). Aquí siempre ha
habido compañías discográficas que pretenden que trabajes gratis
para el videoclip de su artista superventas, porque “bastante
suerte tienes que”. Ya saben.
Volviendo
a lo que nos ocupa (aunque no nos salgamos del tema) yo nunca le he
pedido a nadie que me arregle gratis el grifo, que me resuelva por la
cara la declaración de la renta. Pero a mí me han pedido cosas que.
Otra
cosa es la amiga que te solicita que crees un nombre para su
establecimiento (algo por lo que Fernando Beltrán ha conseguido que
se pague como corresponde con su empresa de invención de palabras).
Otra cosa es que un colega me pida que escriba gratis una letra para
una canción de su grupo, un texto para un homenaje, lo que habrá de
leerse el día de su boda o en el acto de la despedida civil de un
paisano querido. Otra cosa es que le haga el favor a un conocido y
ofrezca una charla a sus alumnos sobre poesía, que me llevará una
semana de trabajo preparar.
Eso
es otra cosa.
Y
no esta.
Juanjo Barral. El libro de los ensayos.
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