Hipernormalidad
Un concepto al que tendríamos que haber prestado atención desde hace tiempo es el de hipernormalidad. Lo acuñó el antropólogo Alexei Yurchak (nacido en la URSS en 1960, emigrado luego a EEUU) para describir la forma en que las sociedades se enfrentan a la inminencia de un cambio drástico o un colapso, pero continúan funcionando como si nada estuviera mal. Es una especie de “vida fingida” donde la gente mantiene una apariencia normal y continúa con su rutina diaria, a pesar de saber que el sistema está en crisis o que la realidad está a punto de cambiar drásticamente.
Yurchak acuñó el término hipernormalidad en su libro de 2005 Todo era para siempre hasta que dejó de serlo (en castellano: Siglo XXI, 2024). El libro se centró en las condiciones políticas, sociales y culturales durante lo que él denomina “socialismo tardío” (el período posterior al estalinismo pero anterior a la perestroika , de mediados de la década de 1950 a mediados de la de 1980), que finalmente condujo al colapso y disolución de la Unión Soviética en 1991.
Según Wikipedia, los hermanos y autores de ciencia ficción Arkadi y Boris Strugatski describieron la realidad que Alexei Yurchak posteriormente denominaría hipernormalización en su novela de 1971 Roadside Picnic. Este libro sirvió de inspiración para la película de Andrei Tarkovski de 1979 Stalker (1979). En 2016, el cineasta británico Adam Curtis lanzó su documental HyperNormalisation, llevando el concepto a un público más amplio.
En el contexto de la Unión Soviética antes de su derrumbe, Yurchak observó que, aunque la gente sabía que el sistema era insostenible, continuaban con sus vidas como si fueran eternas, perpetuando una “normalidad” que ya no se correspondía con la realidad. Esta “hipernormalidad” se manifiesta en la persistencia de rituales, costumbres y formas de representación que se mantienen a pesar de la evidencia de su inadecuación. Otra paradoja destacada por Yurchak: “Si bien la caída del sistema era inimaginable antes de que comenzara, no sorprendió a nadie cuando sucedió”.
El concepto, surgido del análisis de la vida soviética, ¿no tiene incluso más pertinencia aplicado al capitalismo actual? Así lo desarrollan Iván de la Nuez (“la hipernormalización —un concepto fértil donde los haya— nos sirve para entender las crisis respectivas del comunismo, del capitalismo y de lo que hoy se ha dado en llamar mundo postdemocrático”) o Gil-Manuel Hernàndez i Martí:
Como sucedió en la Unión Soviética, el sistema ‘no sabe’ o no quiere saber de su desplome, que es bien real y se manifiesta en múltiples evidencias. De ahí tanto negacionismo promovido por el poder. El sistema en crisis terminal no se quiere conocer a sí mismo, pues se ha basado en la fe en su eternidad, en estar hecho para siempre (…). El porvenir del capitalismo era radiante y también se nos anunció que era para siempre, pero cada día que pasa se atisba más su hundimiento, su finitud, es decir, su colapso.
Vidas dañadas que se obstinan en prolongar una vida fingida… hasta que el colapso impide seguir con la función.
Sobre clivajes, decrecimientos y crímenes
Politólogos y politólogas emplean un concepto básico en su disciplina, cleavage (a menudo españolizado como clivaje, sobre todo en América latina), que sirve para ordenar el campo de la política. Tenemos para empezar (desde los tiempos de la Revolución francesa en nuestra pequeña Europa) una divisoria izquierda-derecha y después se nos añaden otras: patriarcal-antipatriarcal o ecologista-productivista, y se va organizando un campo político más complejo.
Creo que decrecimiento es como una nueva divisoria básica, que tiene que ver algo con la divisoria ecologismo-productivismo, pero no es exactamente lo mismo: porque si hay algo que marca buena parte de los fenómenos sociales y ecológicos a que asistimos es la extralimitación (en inglés overshoot).[15] Es el fenómeno básico y más importante al que deberíamos prestar la mayor atención, aunque apenas lo vemos.
Lo más importante de lo ocurrido en los últimos decenios ha sido esa extralimitación ecológica: el chocar de las sociedades industriales contra los límites biofísicos de la Tierra y seguir empujando. Estamos lejos de tener ni siquiera mínimos de racionalidad social, porque nos fijamos en mil cosas antes que en eso: como sociedad, concedemos mil veces más importancia a las frivolidades anuales en torno al festival de Eurovisión que a la posible interrupción de la corriente termohalina del Océano Atlántico.[16] Y así la cuestión decrecimiento-crecentismo se convierte en una divisoria política fundamental: éste es mi punto de partida desde hace tiempo.
Podríamos partir de lo que decía Emilio Santiago Muiño hace algunos años de forma muy lapidaria, antes de su giro hacia el “pragmatismo verde”: “o nos empobrecemos o matamos”. Ésa es una disyuntiva veraz: o nos empobrecemos (luego cabe precisar en qué sentido) o nos convertimos en asesinos (en realidad: más asesinos todavía de lo que somos ya ahora), sabiendo que después de todos modos moriremos matando.
“Empobrecerse”, en términos ecológicos, no significa vidas peores o vidas humanas indeseables, pero sí quiere decir hacer menos cosas, emplear mucha menos energía y muchos menos materiales, vivir de otra manera. Lo cual, desde el conjunto de valores que ahora prevalece, se ve como mero empobrecimiento: una vida cuantitativamente menos próspera (aunque pueda ser cualitativamente más rica).[17] De hecho, si lo pensamos un poco, una parte importante de los debates en ecología política y en el antiecologismo de los últimos años lo que hacen es situarse en esa línea divisoria política decrecimiento-crecentismo, y ahí tenemos a una ultraderecha antiecologista gritando de manera cada vez más estridente: “queréis empobrecernos”. Y frente a ella tenemos a los sectores (minúsculos en términos sociales) con una visión algo más ajustada de dónde estamos, y que por eso defendemos el decrecimiento. Nosotros les decimos: “queréis que nos convirtamos aún más en asesinos de lo que ya somos” (para acabar colapsando de todas maneras).
En resumen, el decrecimiento no es una cuestión más que podamos situar en el mismo plano que reciclar bien o eliminar los plásticos desechables. La cosa va de vida o muerte, de asesinar y ser asesinados. Decrecimiento o crimen, podríamos decir: ecocidio, genocidio, antropocidio.
Sin cambio sistémico estamos perdidos
“El uso adecuado de la ciencia no es dominar la naturaleza, sino vivir en ella” —sentenció Barry Commoner en 1970, en su famosa alocución televisada por la CBS el 22 de abril, el primer Día de la Tierra. Ah, si pudiéramos superar el narcisismo de especie, la pulsión de dominio y el automatismo de la acumulación de capital...
Estamos llamando “transición ecológica” a algo que no es una transición ecológica. Estamos llamando “lucha contra el cambio climático” a algo que no lo es. Nuestra respuesta a los mayores peligros a que se ha enfrentado nunca la especie humana es desplegar una gigantesca ideología del “como si”: hagamos como si estuviésemos respondiendo de verdad… Palabras como greenwashing o “ecopostureo” se quedan cortas a la hora de captar esa realidad.
Estamos en un proceso de progresivo colapso ecosocial, beyond the limits: chocando con fuerza contra los límites biofísicos de la Tierra, y desbordándolos. La respuesta adecuada —si hubiera un mínimo de racionalidad ecosocial— sería un decrecimiento justo, más allá del capitalismo. Como las fuerzas que defendemos esto estamos en minoría (en minúscula minoría), el camino que se va siguiendo es muy diferente: auge de la ultraderecha (con su proyecto de violencia y exclusión), militarización de la sociedad, degradación democrática, guerras por los recursos… Eliane Brum pide “hoy, ya ahora, una respuesta a la altura de una especie en peligro de extinción”, nuestra especie:
Los mensajes de esperanza, en la época actual, se limitan a ser ficción de mala calidad. Entramos en una época de total incertidumbre sobre cómo se comportará el sistema planetario ante la destrucción sistemática de la naturaleza, que, increíblemente, continúa. Tiempos como estos exigen que los adultos se comporten como adultos, algo que afirmo con poca o casi ninguna esperanza, ya que, como periodista, lidio con la realidad, que es la de generaciones de adultos frágiles, moldeados por el consumismo, que se derrumban ante cualquier crítica o adversidad y que prefieren el escapismo a afrontar las dificultades.[18]
José Antonio Marina diagnostica una especie de impotencia confortable: “No hay esperanza en el futuro… pero bueno, ya me arreglo bien los fines de semana”.[19] Sin embargo, se diría que hay cada vez más impotencia y cada vez menos comodidad. Yo mismo hablo, desde hace muchos años y pensando en el Norte global, de confort dentro del crimen: pero va aumentando la proporción de crimen y menguando la de confort, incluso en los centros privilegiados del sistema…
Qué extravío caracterizar la ecología como una especie de bien de lujo –cuando nos ilustra sobre los aspectos más básicos de lo que somos y podemos ser… Llamamos al agua o al suelo “recurso natural”, pero son vivos medios vitales. Llamamos al petróleo “recurso natural”, pero es un regalo fósil recibido del pasado. Llamamos a las criaturas “recursos naturales”, pero son vida que vive. No somos los amos de una hacienda esclavista; somos los huéspedes de la casa común. Y se trata de ser buenos huéspedes…
Se fantasea con un capitalismo que no sea capitalismo, y a eso lo llaman capitalismo verde y economía circular.[20] Hemos hablado de decrecimiento con justicia: ello exige (ojalá las cosas fuesen más fáciles) superar el capitalismo… Ay, compañeros y compañeras: sin cambio sistémico estamos perdidos.
Jorge Riechmann. Donde el amor, allí el mundo. Ed. El Desvelo, 2025
Ilustración: Collage de Ana Deacracia