documentos de pensamiento radical

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sábado, 19 de septiembre de 2026

ELLAS



 

 

Todas íbamos a ser reinas…

GABRIELA MISTRAL

 

 

Posiblemente se acaben de levantar y oigan a lo lejos un olor a pájaros dormidos. Posiblemente todo lo que era el mundo, hierba y galaxia, aún es sueño. Saben planchar, posiblemente dan de comer a hijos que no son suyos. Vuelven insignificantes a la vida, regresan al suburbio donde pensaron algún día no estar solas, ser As de Corazones entre las manos de crupier del sábado. Quitan el polvo a libros que jamás leerán, cambian las sábanas del catre donde se amaron otros. Nadie sabe qué dios de las pequeñas cosas aún les hace sonreír en las fotografías. Caminan hacia el metro, beatrices de Dante, julietas, lisas marias di noldo gherardini. Sobreviven sin culpa, ávidas, fervientes, despreciadas. Posiblemente odian, posiblemente sueñan.


 


Juan Carlos Mestre. La desobediencia de las palabras. Bartleby Ed. 2024

viernes, 18 de septiembre de 2026

EL POETA



 

 

Para Rafael Pérez Estrada

 

 

Recorrimos los suburbios,

anduvimos juntos entre la maleza,

dormimos en los cobertizos.

 

 

El poeta barba de maíz roedor de los sembrados,

el poeta bobina sin hilo de las cometas.

El que bajo los párpados de lino del verano

es la voz ronca del vendedor ambulante,

la mirada del viento que seca la tierra mojada.

 

 

Lo que el poeta dice,

lo que dice el poeta a la adivina,

al solitario de boina gris,

al que oye sus palabras como relato de un robo.

 

 

El poeta vidrio de los cuatro colores de la atmósfera,

el poeta oscuro llave de las alacenas.

El que está sentado a la diestra del padre

junto al jugador de baraja que lee la fortuna,

el que le dice a la muerte, oye muerte,

y se acuesta con ella.

 

 

Lo que dice el poeta,

lo que el poeta dice

al que se creyó dueño de algo,

propietario del reflejo de algo,

amo de la discordia de algo.

 

 

El que deambula de noche por los cercados,

el poeta amigo de las hormigas

que construye una casa de harina.

El que guarda en su artesa cuero de tambor

y pan nublado del sábado.

 

 

El poeta cera amarilla de las iglesias

que baila con el agua de las pecadoras,

el poeta barco de papel

que duerme con la muchacha sin labios.

 

 

Sus manos escriben el rótulo de las mercerías,

saludan en la iglesia al dueño del alambique.

El que se llama Niebla, Pelirrojo Crepúsculo,

el que no sabe a quién besarán ahora los ojos de Triste Boca de Nuez,

el que silba como el pájaro de las colinas,

el hijo del panadero que conversa con el martín pescador.

 

 

Lo que el poeta dice,

lo que dice el poeta a la muchacha con calcetines blancos

y pequeños ojos de colibrí.

El viejo pastor comensal del otoño,

el poeta ruido de las semillas, carpintero del Arca de los animales.

El delirante bajo el filamento de las bombillas

para el que aún tiene sentido seguir dándole vueltas.

El que vive en la patria de una mujer desnuda,

el hijo de la locura que llora médula de caballos

sumergido en el humo de su choza de adobe.

 

 

El que vino a barnizar con leche la jaula de los cantos,

aquel cuya cabeza ha rodado como una peonza

por la tarima de los burdeles

y ha recorrido todos los templos

pidiéndole favores al crucificado.

El consentido por el vínculo de las zurcidoras,

el que padece una enfermedad inmortal

y levita en los parques tumbado de espaldas.

 

 

El poeta que cruza en ambulancia los campos de girasoles,

el poeta ángel de los pesebres,

brizna de los acantilados.

El poeta reloj de lluvia de las epidemias,

vapor de los harapos hervidos contra la peste.

El que ha hipotecado la hacienda de varias generaciones

y ahora es el ánima de un bolchevique embriagado de vodka.

 

 

El patriarca que abrió una tienda de ultramarinos

y compra por cuatro centavos un ramito de sífilis,

el que conoce el comercio de especias y el tráfico de resinas,

el compadre de los anarquistas

con su escarabajo negro ante el eclipse de mar.

El que rodeado de profecías y pájaros

vive en las manos de una arpista,

el que tiene dedos de trébol y cerillas,

aquel cuyas cenizas alimentarán las carpas de los estanques.

 

 

Recorrimos los suburbios,

anduvimos juntos entre la maleza,

dormimos en los cobertizos.

 

 

Lo que el poeta dice,

lo que dice el poeta a la adivina,

al bisabuelo judío que dormía en la comuna

y aún vaga con su barba blanca por ahí

proclamando su consigna a las abejas:

Las estrellas para quien las trabaja.


 


Juan Carlos Mestre. La desobediencia de las palabras. Bartleby Ed. 2024

jueves, 17 de septiembre de 2026

LOS REFUGIADOS



 

 

Como si nadie oyese en la cripta del corazón las espinas del pájaro de la barbarie, nadie es nadie. Nadie el senador de los tirantes elásticos. Usted es nadie, sombrero de las recepciones, y vos pamela de la medusa, vuesa esquiva merced arrinconada en el trato con otra clase de nada. Nadie en la multiplicación son hoy los felices, y nadie el giróvago antílope que danza en los subterráneos. Yo soy nadie. Tú, el vocalista en la boca moderna de nadie. Y tú, poesía, oca viuda de los quitasoles, linterna de los espías tras la limusina de los ataúdes.

 

 

A qué viene eso de la mancha de los espíritus, a cuento de qué decir ahora que tras esta compuerta aúllan en las bandejas los ojos del refugiado. Dicho así, el placer y los cubitos de hielo son corrupción en los recintos de música, fechas acuñadas en plata sobre los capítulos de la fatalidad.

 

 

Algún día lo que ahora escribo será inteligible. Algún día, en el perímetro de las cosas sabidas, la época de los sufrimientos que hicieron visible el mercado de las heridas será entendida como edad de una sábana rota, órbita de nuestra desnudez recubierta de insectos como lengua del gran pez moribundo.

 

 

Cuando nadie sea ya nadie en la dentadura fósil del universo, y nadie, es decir, nosotros, los rumiantes en el dolor de los sobrevivientes, hayamos arrancado de raíz la palabra destino para referirnos a la compasión, hayamos enterrado los cargamentos de misericordia y las heces de hiena, hayamos aceptado la infamia como conducta de época.

 

 

Cuando nadie sea ya nadie y no haya huellas de nadie ni frutos de nadie en los mercados del pensamiento, esto se olvidará, esto también ha de ser olvidado por el magnetófono aéreo de lo que oscila en el cosmos, y la podredumbre de nuestro silencio y la bisutería de los diplomáticos alrededor de las fosas comunes.

 

 

Nadie es nadie, escritura de las elocuentes cifras que suman dolor al oprobio, cinta azul de los legajos de la minuciosidad. Nadie es nadie bajo la lente de los archiveros. Nadie con su puñado de tierra, el oferente y el lúcido, el préstamo de jerarca invisible en nosotros, huyendo en el taxi de la conciencia de las columnas de humo.

 

 

Para qué sirves entonces poesía de las hojas incendiadas por las pavesas de la justicia, vieja poesía de los herbolarios, mostaza de los cónsules que predicaron el amanecer. Hacia dónde, hacia quién, venerable Whitman, junto al apacible río de los pensamientos sagrados sumerge la mujer su criatura en el agua antes de la incineración.

 

 

Como si nadie oyese las espinas del pájaro de la barbarie, parece ser que aquí nadie es nadie. Nadie el silencio y su caldero de cal sobre los desaparecidos. Codicia, eso dice aquí la palabra codicia.


 

Juan Carlos Mestre. La desobediencia de las palabras. Bartleby Ed. 2024

miércoles, 16 de septiembre de 2026

CAVALO MORTO


 


 

 

Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lêdo Ivo. Un poema de Lêdo Ivo es una luciérnaga que busca una moneda perdida. Cada moneda perdida es una golondrina de espaldas, posada sobre la luz de un pararrayos. Dentro de un pararrayos hay un bullicio de abejas prehistóricas alrededor de una sandía. En Cavalo Morto las sandías son mujeres semidormidas que tienen en medio del corazón el ruido de un manojo de llaves.

 

 

Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lêdo Ivo. Lêdo Ivo es un hombre viejo que vive en Brasil y sale en las antologías con cara de loco. En Cavalo Morto los locos tienen alas de mosca y vuelven a guardar en su caja las cerillas quemadas como si fuesen palabras rozadas por el resplandor de otro mundo. Otro mundo es el fondo de un vaso, un lugar donde lo recto tiene forma de herradura y hay una sola calle forrada con tela de gabardina.

 

 

Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lêdo Ivo. Un lugar que existe en un poema de Lêdo Ivo es un río que madruga para ir a fabricar el agua de las lágrimas, pequeñas mentiras de lluvia heridas por una púa de acacia. En Cavalo Morto los aviones atan con cintas de vapor el cielo como si las nubes fuesen un regalo de Navidad y los felices y los infelices suben directamente a los hipódromos eternos por la escalerilla del anillador de gaviotas.

 

 

Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lêdo Ivo. Un poema de Lêdo Ivo es el amante de un reloj de sol que abandona de puntillas los hostales de la mañana siguiente. La mañana siguiente es lo que iban a decirse aquellos que nunca llegaron a encontrarse, los que aun así se amaron y salen del brazo con la brisa del anochecer a celebrar el cumpleaños de los árboles y escriben partituras para el timbre de las bicicletas.

 

 

Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lêdo Ivo. Lêdo Ivo es una escuela llena de pinzones y un timonel que canta en el platillo de leche. Lêdo Ivo es un enfermero que venda las olas y enciende con su beso las bombillas de los barcos. En Cavalo Morto todas las cosas perfectas pertenecen a otro, como pertenece la tuerca de las estrellas marinas al saqueador de las cabezas sonámbulas y el cartero de las rosas del domingo a la coronita de luz de las empleadas domésticas.

 

 

Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lêdo Ivo. En Cavalo Morto cuando muere un caballo se llama a Lêdo Ivo para que lo resucite, cuando muere un evangelista se llama a Lêdo Ivo para que lo resucite, cuando muere Lêdo Ivo llaman al sastre de las mariposas para que lo resucite. Háganme caso, los recuerdos hermosos son fugaces como las ardillas, cada amor que termina es un cementerio de abrazos y Cavalo Morto es un lugar que no existe.


 

Juan Carlos Mestre. La desobediencia de las palabras. Bartleby Ed. 2024

martes, 15 de septiembre de 2026

LA TUMBA DE KEATS (Fragmentos)



 

 

Esto sucede ante la hora izquierda en que mi vida,

violenta juventud contra el poder de un príncipe,

llama jauría a la verdad y belleza a los puentes derrumbados.

Llama flor del frío a la tumba de los náufragos,

astrolabio muerto a la nieve de los locos.

Hornea un talco negro el hambre de la muerte,

la edad de los sentidos, el obstinado aliento

de la cansada luz de octubre en el baúl de abejas.

Brota sobre esta duna blanca la vehemente hierba de las islas,

la implacable hormiga en el blando bulbo de la boca helada.

Con guantes de forense sale la noche verde de su estuche

y la tempestad retumba por el otoño roto de las ánforas.

Tiene aquí mi corazón la edad del mundo,

el pez de piedra bajo el que los recién nacidos duermen.

Sufre el impaciente un reloj de sol bajo los párpados,

la aguja inmóvil como retina fría de los caballos muertos.

Mi vida es el temblor del consternado y el indigente ciego,

la constelación del triste en un festín de víctimas.

No conozco otra conciencia que la oscuridad translúcida,

la sábana de vidrio sobre la que la infernal razón se acuesta.

Vivo separado del rumbo de las cosas, hablo el miedo

de un heredero alzado contra el funesto monarca de las ciénagas.

No espero nada de los dioses, nada de la memorable epidemia de sus jueces.

Soy distinto ante el esclavo y el enano, soy el mismo suplicante y el eunuco.

Soy el transeúnte de la atmósfera, el anhelante oscuro del relámpago.

Oigo voces, oigo al temeroso y al anciano, sé que un caballo es un momento.

Oigo pasos, oigo el lastimoso trueno que al perenne huérfano perturba.

Tengo por amigo al penitente mar y al anticuado otoño,

amo la imperturbable soledad del hombre y la confidencia de los pájaros.

Llamo inalcanzable a la distancia que hay entre dos cuerpos,

alternativamente invado el país del fracaso y el suelo natal de la victoria.

Fui adolescente y me envenené con lumbre, fui déspota incansable

contra la vanidad que hastía la fiesta de los cuerpos.

No he llegado más lejos de mí mismo que una moneda del avaro está de otra,

considero estéril el invierno, considero el azul imprescindible.

Me ocupo con horror de los esfuerzos que hace cada día el sol por elogiar la tierra,

siento simpatía por el primitivo lúcido y por el débil infeliz metódico.

Prefiero la melancolía del cobarde a la furia invencible de los héroes,

prefiero el desamparo de los campos a la rígida ambición de los sepulcros.

Dios está cansado de escucharnos, están cansados los hombres y los perros,

la nostalgia es una canoa a la deriva por el río blanco de la muerte.

 

(…)

 

He pasado la tarde junto a la tumba de Keats,

me he apostado ante la guarida donde la divinidad no es un ser poderoso,

no he descendido a ningún otro infierno que no fuese mi vida.

He llamado día amarillo al día semejante a un íntimo color amarillo,

día imperfecto al día en que he sufrido menos que cualquier hombre.

Alguna vez he dicho: usted es alguien que provoca en mí una súbita emoción,

y ellos han detenido su paso y hemos tenido que compartir luego la ausencia de separarnos,

pero aun así he convivido bajo el mismo techo con la jibia de los menesterosos

y la triste benevolencia que le brota a los cuerpos tras el lenguaje de lo cotidiano,

lo que da cuenta de uno sin ser más que la sombra de otro,

esa vida, ese aire que respira el préstamo de las palabras con que se describe la fatiga en una cuerda de presos, el dolor de la coincidencia de dos hermanos en el mismo pabellón de enfermos, el favor del fuerte ante el abatimiento, la emoción del aliviado.

Dichas de este modo las tres palabras que mi padre ha puesto sobre la mesa no deberían ser repartidas entre los hermanos sino destinadas a permanecer como bobinas de hilo entre las cosas inútiles, la hebra que sostiene el peso de la memoria, el traje de franela del difunto, la carta que nunca fue abierta,

dichas de este modo las palabras tienden a desaparecer como desaparece el vendaje blanco de las cumbres en la primavera incipiente.



Juan Carlos Mestre. La desobediencia de las palabras. Bartleby Ed. 2024

Ilustración de Antonio Orihuela

lunes, 14 de septiembre de 2026

LA POESÍA HA CAÍDO EN DESGRACIA

 



 

 

La poesía ha caído en desgracia y las salamandras azules del mediodía entran en la ruina de sus vasijas ceremoniales con los ojos desorbitados por el sol de la muerte.

 

 

Toda necesidad ha desaparecido, la olorosa cebada en las alacenas vacías, el arca con las semillas de sésamo.

 

 

Todo lo que ha arrastrado el viento sobre la tierra húmeda había sido hermoso en la voz de mi padre, la suave hierba del dialecto y la agonía de los petirrojos en el avellano.

 

 

Ninguno de nosotros ha sido escogido por la verdad, otros fueron los días destinados a la belleza, otros los pasos del eremita que caminaba en la nieve, digno en la desolación como un árbol sagrado.

 

 

Hemos entrado en el silencio, ya no hay nadie tras los hayedos blancos, pero a veces el corazón todavía escucha los celestes cuclillos del invierno, el ruido vivo de la muerte frente a las ventanas cerradas.

 

 

Ahora, aún jóvenes, soportamos la mudez ante las jaulas de la sabiduría.


 


Juan Carlos Mestre. La desobediencia de las palabras. Bartleby Ed. 2024

domingo, 13 de septiembre de 2026

LE GUSTABA TODO



(Reinterpretando a Manuel Alcántara)


Le gustaban las películas del Oeste,

las amapolas y África,

llevarme al baño de noche

montada sobre sus pies.


Le gustaba guardar tesoros

en un saco de arpillera,

recoger lavanda en las cunetas,

los besos de mariposa.


Le gustaba sacar brillo a las manzanas,

chupamieles de merienda,

subir montañas, los ríos,

y su querida Vega.


Le gustaban los fantasmas,

fundir bombillas con la mirada,

las lilas, los tilos, los robles

la madreselva y los narcisos.


Le gustaba soplar dientes de león

pidiendo quién sabe qué deseos.

Tan fuerte sopló la vida

que la apagó antes de tiempo.



Esther Mañoso. Tanque de tormentas. Ed. Cuadranta, 2025