Con suerte, acabaremos convirtiéndonos en amigos,
haciéndonos desde esas consultas
propias de la adolescencia,
hasta las más sesudas.
Puede que terminemos montando un negocio,
o sosteniéndolo, al menos.
Pasándolo mal juntos,
apoyados el uno en el otro.
Con el tiempo,
nos veremos en actitudes ridículas
con total normalidad.
Trasmutaremos de lo tierno a lo franco,
en ocasiones, de lo franco a lo tosco,
sin venir a qué,
lo mismo que si fuéramos buenos hermanos,
lo mismo.
Nos limpiaremos la baba, la caca, los mocos;
nos echaremos en falta, nos recordaremos
si algo ocurre, cuando suceda.
Pero antes de eso, seguramente,
seremos
los dueños de un imperio,
el nudo de un árbol,
con brotes que tendrán tu nariz, mis pómulos
y unos ojos en los que mirarnos:
esa pavada gigantesca que te convierte en otra persona,
como una mella en los incisivos
o una leve cojera que se acentúa.
Y seremos, sobre todo, capaces de sentirnos felices
apenas estando tranquilos,
solo porque nos telefonearon para contarnos
que todo está bien,
que ya regresaron de su viaje.
Nada que ver con esto:
sin música, sin velas;
tú, en un sillón,
yo, en otro,
con suerte, frente al mismo televisor.
Andrés Ortiz Tafur. Traigo noche en los zapatos. Ed. La isla de Siltolá, 2023



