documentos de pensamiento radical

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viernes, 31 de enero de 2020

No todo aquello que se afronta se puede cambiar, pero nada se puede cambiar hasta que se afronte




“Incluir conciencia ecológica en nuestras decisiones políticas significa incluir tanta muerte como podamos gestionar, y en tantas modalidades diferentes (psíquica, filosófica, social) como nos resulte posible”, ha escrito Timothy Morton. Huelga decir que esto no es plato de gusto para nadie, y que nuestras sociedades se defienden con uñas y dientes frente a esas perspectivas “catastrofistas”. Asumir de verdad la condición humana y la situación social en el siglo XXI (yo lo llamo desde hace años el Siglo de la Gran Prueba) implica: no puedes seguir haciendo prácticamente nada de lo que haces como lo has venido haciendo hasta ahora. Incluyendo volar, usar automóviles, comer carne, tener (varios) hijos, quemar combustibles fósiles, u organizar la vida económica de la entera sociedad.

Como resulta abrumador, en general apartamos la vista de semejantes perspectivas, y nos dedicamos a actividades compensatorias (Odo Marquard: somos Homo compensator) –cuando no nos instalamos directamente en el cinismo y la denegación.

El ensayista estadounidense Roy Scranton escribe en la Red: “No asustar a la gente con el cambio climático significa no decir la verdad sobre el cambio climático. Es así de simple. La situación es aterradora, cataclísmica, urgente; y está fuera de nuestro control. Cualquier cosa menos que eso sólo son paparruchas.”[1] Y a continuación cita a James Baldwin: “No todo aquello que se afronta se puede cambiar. Pero nada se puede cambiar hasta que se afronte. (...) La mayoría de nosotros estamos tan ansiosos por cambiar como lo estábamos por venir a este mundo, y sobrellevamos nuestros cambios en un estado de shock similar”.

Un interlocutor le responde: “Lo que realmente me sorprende, y no lo entiendo por más vueltas que le doy, es que de alguna manera esto se convirtió en un problema de derecha contra izquierda. ¿Cómo sucedió?” Ay, amigos y amigas… Y sin embargo nada más fácil de entender. Cuando se comenzó a poner sobre la mesa la cuestión del calentamiento global como un elemento de la crisis civilizatoria, en los años setenta, se hizo evidente para todo el que analizase la cuestión sin prejuicios (a partir del informe The Limits to Growth de 1972, por ejemplo) que se trataba de un problema sistémico. Y que abordarlo de verdad significaba poner en entredicho el capitalismo. Las clases dominantes lo vieron, y eso fue uno de los elementos de la reacción neoliberal que se llevó el gato al agua en los setenta-ochenta. Los verdes, para los beneficiarios del capitalismo, eran los nuevos rojos (la metáfora de la sandía): y verdes consecuentes, y rojos consecuentes, fueron combatidos con el mismo tesón.



Jorge Riechmann. Otro fin del mundo es posible, decían los compañeros. Sobre transiciones ecosociales, colapsos y la imposibilidad de lo necesario. MRA Ediciones. 2019

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