documentos de pensamiento radical

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domingo, 2 de febrero de 2020

Estrategias duales




“La normalidad se ha roto: ya nada volverá a ser como antes de 2007”, nos recuerda Emilio Santiago Muiño.[1] Hoy vamos hacia grandes discontinuidades históricas: el futuro no se parecerá al pasado –en los decenios próximos menos que nunca. Pero ¿se convertirán estas perspectivas en conciencia de masas –y conciencia crítica y activa, capaz de llevar a cabo la clase de Gran Transformación que necesitamos?

A corto plazo, advertimos perspectivas de descenso energético y crisis económica prolongada, con elevados niveles de paro y desprotección social. A escala planetaria, y pese a la tremenda crisis económica que empezó en 2007, la hegemonía del neoliberalismo apenas ha sufrido quebranto. En este corto plazo la capacidad para emprender un cambio de modelo socioeconómico es sin duda muy limitada. Y las perspectivas de colapso civilizatorio no dejan de hacerse más reales y cercanas. Todo ello aconseja, en mi opinión, una estrategia compleja que incluiría, en primer lugar, prever oleadas de “depresión social” y desencanto e ir ingeniando desde ya mismo formas de “vacunar” contra las mismas…. En algunas dimensiones muy básicas de las luchas sociopolíticas no hay atajos. Y el fascismo va a ser –ojalá me equivoque— un peligro constantemente presente a lo largo de los decenios que vienen.[2]

En segundo lugar, hemos de potenciar las iniciativas autogestionadas de construcción comunitaria a todos los niveles. Sin grandes avances en las dimensiones de igualdad, cooperación y cuidado resulta difícil imaginar buenas salidas a la crisis presente (o al menos salidas no tan malas). Construir iniciativas comunitarias de base –siempre que logren esquivar los peligros del particularismo, el ensimismamiento identitario y el tribalismo agresivo resulta esencial en este horizonte incierto. La tarea de construir espacios liberados debe sin duda ocupar lo mejor de nuestros esfuerzos.[3]

Y en tercer lugar, quizá deberíamos practicar una estrategia dual, en el sentido siguiente: por un lado, pelear con fuerza por las máximas cuotas posibles de poder institucional, para democratizar las instituciones (buscando esos avances en las dimensiones de igualdad, cooperación y cuidado). Pero al mismo tiempo, por otro lado, deberíamos no ilusionarnos con esas perspectivas institucionales y ser bien conscientes de los muy estrechos límites impuestos al ejercicio de ese poder, y los muchos condicionantes a que estará sometido.[4] Y propiciar entonces como mínimo la “tolerancia” de esas nuevas autoridades electas, y siempre que sea posible el apoyo activo, para formas extensas de experimentación social poscapitalista autoorganizada desde abajo.[5] Manuel Casal Lodeiro emplea en estos contextos el símil de permacultura social.[6] Joaquim Sempere ha teorizado también las acciones intersticiales –a partir de la doble constatación de que, a comienzos del Siglo de la Gran Prueba, el capitalismo es a la vez invencible e inviable.
“El capitalismo desregulado que impera en el mundo es, en las actuales circunstancias, lo peor que nos podía suceder, pues las tareas necesarias para salvar la civilización humana requieren dosis importantes de intervención deliberada en la vida pública, regulación y planificación (con todos los correctivos que se desprenden de los fracasos del siglo XX en materia de planificación). Pero no se ve cómo introducir cuñas en un sistema tan compactamente interdependiente para introducir regulaciones conscientes. A mí, este sistema capitalista, asociado a una megamáquina, como decía Mumford, se me aparece como invencible. Sin embargo, se me aparece tan invencible como inviable: creo que camina hacia su autodestrucción. Si esto es así, tras la autodestrucción del capitalismo tecnológico desregulado surgiría la oportunidad de reconstruir una sociedad nueva desde las ruinas de la vieja. Pero esto sólo sería posible si hubiese una masa crítica de personas con la suficiente consciencia ecosocial (y la suficiente mochila de experiencias alternativas previas, aunque fueran modestas y locales) para tomar el relevo y marcar la dirección a seguir. Si en el momento oportuno no existe esa masa crítica, la ruina de la megamáquina puede desembocar en el caos más espantoso, en una ‘nueva Edad Media’ dominada por grupos armados y mafias que impongan la ley del más fuerte en un planeta devastado. Por eso creo en las pequeñas acciones, en las intervenciones modestas para construir desde hoy embriones de futuro en los intersticios de la sociedad existente. Estas experiencias pueden parecer insignificantes hoy, pero pueden ser decisivas mañana. El futuro no está escrito en ninguna parte: dependerá de lo que hagamos desde hoy mismo. Y no debemos despreciar ningún ámbito de acción: ni esta construcción de experiencias locales que sean embriones de futuro, ni la acción política, ni la acción cultural, ni el desarrollo del saber, ni la transformación personal…”[7]

Esto no queda lejos de la posición de Ted Trainer, el pensador y activista australiano autor de La vía de la simplicidad.[8] En una entrevista explicaba:
“Es verdad que la mayor parte de la gente está atrapada en la sociedad de consumo debido a los sistemas y estructuras defectuosos que, por ejemplo, obligan a la gente a ir conduciendo [su automóvil] al trabajo. Pero insisto en que la demanda de la opulencia es un motor clave en los principales problemas mundiales hoy. Por tanto el principal objetivo, el grupo problemático más importante no son las empresas o la clase capitalista. Ellos tienen poder porque la gente en general se lo concede. El grupo problemático, la clave de la transición, es la gente en general.
Si llegan a ver lo extremadamente inaceptable que es la sociedad capitalista-consumista, y ven que The Simpler Way [la Vía de la Simplicidad] es la vía a la liberación, el actual sistema sería abandonado rápidamente. La batalla es por tanto ideológica o de conciencia. Tenemos que ayudar a la gente a ver que el cambio radical es necesario y atractivo, de manera que empiecen a construir de forma entusiasta nuevas economías locales sobre principios principalmente colectivos.
El capítulo 13 de mi libro argumenta que la mayor parte de las estrategias, incluidas las verdes y rojiverdes, así como las estrategias convencionales, están equivocadas. El objetivo esencial no es luchar contra la sociedad consumista-capitalista, sino construir una alternativa a ella. Esta revolución no se puede conseguir desde arriba, ya sea mediante gobiernos, partidos verdes o revoluciones proletarias. Sólo puede ser una transición desde la base llevada a cabo por la gente normal resolviendo cómo puede hacer viables cooperativamente sus comunidades locales a medida que la economía global fracasa progresivamente en su suministro.
Los movimientos de ecoaldeas y Comunidades en Transición han empezado el desplazamiento general, pero iniciativas locales autosuficientes como huertos comunitarios y permacultura deben ser conscientes de que las reformas de la sociedad consumista capitalista no pueden conseguir una sociedad sostenible y justa.”[9]



[1] En la presentación de su libro No es una estafa, es una crisis (de civilización), librería Enclave de Libros, Madrid, 17 de diciembre de 2015.
[2] Un fascismo del siglo XXI que incluiría el reparto autoritario, violento y excluyente de los pedazos de naturaleza que queden, como ya está pasando a través del expolio de recursos del Norte a las poblaciones del Sur. Un libro que vale la pena releer: Carl Amery, Auschwitz, ¿comienza el siglo XXI? Hitler como precursor, Turner/ FCE, Madrid 2002.
[3] En esto insiste, con razón, Jérôme Baschet en Adiós al capitalismo: vale la pena releer con atención todo el capítulo 5 del libro, lleno de análisis y sugerencias útiles. Por ejemplo: “La dinámica revolucionaria se inicia aquí y ahora. Las circunstancias planetarias y, en especial, el ritmo acelerado del ecocidio en curso imponen la urgencia, al mismo tiempo que la paciencia de quien se prepara como se debe. Iniciar desde ahora invita a combinar todas las escalas de construcción que pueden contemplarse o crearse. Las y los zapatistas (pero también otros, como el Movimiento de los Sin Tierra, en Brasil) han llevado las experiencias de autonomía a una escala notable, si bien es cierto que siguen estando sometidas a la presión de un entorno francamente adverso. Pero otras experiencias más limitadas tampoco pueden desestimarse.
Lo que hacemos y podemos hacer es, bajo todas las formas posibles, crear espacios liberados. No necesariamente son espacios físicos ni tampoco son totalmente libres de la dominación capitalista. Pero basta con que estén en proceso de devenirlo o bien que, siéndolo en parte, luchen para no dejar de serlo. ¿En qué consisten estos espacios? Para empezar, sería muy útil darnos cuenta de los espacios (liberados o, de por sí, libres) que ya tenemos. De hecho, para que la sociedad capitalista pueda reproducirse ha sido necesario, por lo menos hasta ahora, que subsistan en ella relaciones sociales no capitalistas. Vivimos en un universo dominado por las normas de la sociedad de la mercancía, pero nuestros vínculos de compañerismo, de amistad, de amor, nuestra intimidad y nuestros sueños no se rigen enteramente por ellas. De otra manera, la vida en el mundo capitalista, de por sí insoportable, se volvería literalmente imposible. Al tomar conciencia de eso, podemos identificar los lugares y tiempos en que se están dando relaciones parcialmente preservadas de las obligaciones del trabajo, la rentabilidad y la competencia, para colocar mentalmente ahí la bandera que identifica nuestros «espacios libres». Este gesto puede ayudarnos a tomar conciencia de su existencia, a hacerlos más visibles (para nosotros mismos) y así defenderlos con más energía, pues están en proceso de ser invadidos y colonizados por las categorías de la sociedad de la mercancía, por la angustia del trabajo o del desempleo (hasta el grado extremo de una succión completa de la capacidad vital, cuando el estrés laboral o el despido lleva al suicidio), por la preocupación del dinero y los signos visibles del éxito (en este mundo, uno vale lo que gana), por las estimulaciones de la pulsión de consumir, por la omnipresencia de las pantallas de la des-comunicación, por las reglas mortíferas de la competencia (adaptarse o desaparecer), los estereotipos de vida, la falta de atención a los demás, etc. Estos espacios que de por sí existen tienen que defenderse, pues van restringiéndose, al igual que los espacios libres que, en cierta medida, los pueblos indígenas han sabido mantener, a lo largo de cinco siglos de imposición colonial, en torno a sus prácticas comunitarias y sus cosmovisiones, y que hoy en día siguen brutalmente agredidos por los avances del capitalismo depredador. El primer paso, entonces, sería hacer un inventario de estos espacios libres, manantiales de una vida no totalmente sometida a la lógica de la mercancía. En lugar de atravesarlos aprovechando, simplemente, los sabores variados de esas experiencias sensibles, podríamos transfigurarlos en puntos de apoyo a partir de los cuales fortalecer nuestro caminar anticapitalista y obrar para la recuperación de nuestra capacidad de hacer y de nuestra libertad.
A partir de ahí, se puede seguir empujando alrededor nuestro para contener la presión de la realidad sistémica y ganar más «espacios liberados», o para liberar más profundamente a los que ya tenemos. Todas las escalas, por modestas que sean, son pertinentes. La tarea empieza desde lo personal, lo familiar, los pequeños colectivos que podemos formar con algunos vecinos o compañeros, hasta los grupos u organizaciones más amplios. Todas las prácticas que permiten reducir el peso de la lógica de la mercancía son valiosas, al igual que todas las formas de desobediencia que demuestran que el automatismo del conformismo social y de la pasividad no es la única vía posible” (Baschet, Adiós al capitalismo, op. cit., p. 148-150).
[4] Más de tres decenios de vigorosa construcción de institucionalidad capitalista neoliberal han creado en casi todas partes estructuras blindadas contra el cambio –como los “ayuntamientos del cambio” en España, por ejemplo, han aprendido dolorosamente en sus propias carnes desde 2015. Se peguntaba Alfredo Apilánez:
“¿Existe alguna posibilidad de revertir los procesos de aguda expropiación financiera a través de las palancas institucionales? Carlos Fernández Liria, uno de los fundadores de Podemos, piensa que sí: ‘Algunos pensamos que a ese caudillismo del capital financiero es posible aún pararle los pies por vía parlamentaria’. Desgraciadamente, y lo anterior debería servir de fundamentación de la divergencia, no comparto en absoluto éste optimismo. La apelación a ‘pararle los pies’ al capital con reformas legales choca de lleno con el ‘talón de hierro’ con el que la dictadura de la ‘renta financiera’ ha triturado las palancas de la soberanía nacional. En las sabias palabras de Miren Etxezarreta del Seminari Taifa de Economía Crítica: ‘No mandan los políticos, hay poderes fácticos mucho más importantes detrás. Hay que innovar en las maneras de hacer política y de transformar la sociedad. Crear partidos nuevos no supone otra cosa que volver a lo viejo, a las formas de los siglos XIX y XX, y a reforzar la dinámica del capitalismo que queremos cambiar’.
Pugnar por arrancar migajas al poder real a través de las instituciones sólo puede ser fuente de frustración y de desactivación de las potenciales efervescencias populares, anestesiadas con la falsa expectativa de realizar cambios en el statu quo. Implica asimismo ignorar la evidencia de la desaparición definitiva del capitalismo keynesiano, fenecido cuarenta años atrás, cuando el embate neoliberal hizo saltar por los aires el sueño reformista-socialdemócrata de pacto social basado en la redistribución de rentas, el pleno empleo y la ampliación del Estado del bienestar. Habrá que buscar pues otras vías, ya que debería resultar meridianamente claro que sin un sistema económico radicalmente diferente será imposible evitar el lúgubre pero certero diagnóstico del filósofo greco-francés Cornelius Castoriadis: La sociedad capitalista es una sociedad que corre hacia el abismo, desde todos los puntos de vista, porque no sabe autolimitarse. Y una sociedad verdaderamente libre, una sociedad autónoma, debe saber autolimitarse”. Alfredo Apilánez, “¿De qué hablamos cuando hablamos de financiarización?”, ponencia expuesta el 12 de noviembre de 2016 en el marco de la jornada “Financiarización y consumo: el asalto de las finanzas a la vida cotidiana” organizada por AICEC-ADICAE. Luego en rebelión, 19 de noviembre de 2016; http://www.rebelion.org/noticia.php?id=219352
[5] Algunas sugerencias para las dos patas de esta estrategia dual de transición en sendos números de la REC (Revista de Economía Crítica) monográficos sobre Pensar la transición, coordinados por Óscar Carpintero y Jorge Riechmann (num. 16 y 17, publicados en 2014). Así como en el volumen coordinado por Jorge Riechmann Alberto Matarán, y Óscar Carpintero Los inciertos pasos desde aquí hasta allá: alternativas socioecológicas y transiciones poscapitalistas. Univ. de Granada/ CICODE, 2014. Y especialmente (por su complementariedad con lo expuesto en este capítulo) el capítulo 1 de este último libro: “Cómo pensar las transiciones poscapitalistas”.
[6] En una entrevista, el activista gallego de Véspera de Nada sostiene que ayudar a construir el poder ciudadano desde las instituciones locales es conveniente, “por dos motivos principales. Primero, porque es más eficiente energéticamente. Es decir, que si no tenemos que malgastar energías luchando contra el Ayuntamiento, podremos dedicarlas a la mejora de la resiliencia, a proyectos reales… Segundo, porque siempre tienen a su disposición una serie de recursos (físicos, económicos, de alcance social y mediático…) que nos vendrían muy bien para acelerar la transición y realizarla más suavemente. En resumen, pueden ayudar de dos maneras básicas: no poniendo frenos (legales, burocráticos, económicos, políticas en sentido opuesto…) a la transición liderada por la ciudadanía, y en un segundo nivel, poniendo sus recursos al servicio de esa transición dándole una cobertura lo mayor posible.
Este optar por aprovechar las instituciones creo que encaja muy bien con los principios de la permacultura. Es decir, tenemos un factor de innegable relevancia en nuestro ecosistema sociopolítico, que está ya ahí, que son los ayuntamientos, que no podemos controlar del todo, pero que podemos estudiar cómo aprovechar e influir en su funcionamiento para que nos ayude a cumplir los objetivos del conjunto del sistema que queremos diseñar. O sea, no ser tan ingenuos como para apostarlo todo a esa carta (sería equivalente en la analogía permacultural a optar por un monocultivo con agroquímicos) ni tan puristas como para renunciar a usarlos y sacarles partido a la hora de construir resiliencia local (equivaldría a echarse al monte a comer bellotas abandonando los campos de cultivo). Yo lo veo como una aplicación posible de la permacultura social…” Manuel Casal Lodeiro, “La izquierda ante el colapso civilizatorio” (entrevista), El Topo, Sevilla, 14 de junio de 2016; http://eltopo.org/la-izquierda-ante-el-colapso-civilizatorio/
[7] Joaquim Sempere entrevistado por Nuria del Viso, Rebelión, 16 de diciembre de 2016; https://www.rebelion.org/noticia.php?id=220492
Sobre la transformación personal, Sempere apunta en la misma entrevista que, además de practicar “por un lado, la lucha política (en sentido amplio) para detener la carrera hacia el abismo, tratando de influir en la cultura, en la vida pública, en la política, para encaminar nuestras sociedades hacia la sostenibilidad”, también es necesario “por otro lado, adoptar personalmente, y con la gente que te rodea, estilos de vida congruentes con la consciencia de la crisis, tratando de reducir el impacto ecológico propio: andar, ir en bicicleta, viajar poco o nada en avión, prescindir del coche particular, instalar fotovoltaicas, vigilar lo que comes y lo que consumes en lo que atañe al despilfarro de recursos y energía, etc. El cambio personal de estilo de vida no resuelve el problema, que es de dimensiones colectivas inmensas, pero determina la ejemplaridad de la conducta adoptada como conducta deseable: en este sentido tiene que articularse con la acción política contribuyendo a señalar el camino correcto. Y a la vez, es una manera de avanzar en calidad de vida congruentemente con la toma de conciencia del desastre ambiental”.
[8] Ted Trainer, La vía de la simplicidad, Trotta, Madrid 2017.
[9] Ted Trainer, “El problema es el capitalismo consumista” (entrevista), Espai Marx, 20 de octubre de 2016; http://www.espai-marx.net/en?id=10171 . La entrevista prosigue:
“No se conseguirá nada significativo y duradero a no ser que se entienda claramente que nuestros esfuerzos en estas iniciativas locales son los primeros pasos para una sustitución final de la sociedad actual por otra no dirigida por las fuerzas del mercado, el beneficio, la competición, el crecimiento o la opulencia. Esta conciencia está lejos de ser lo suficientemente evidente en las actuales iniciativas verdes. Así que, izquierdistas, ¿queréis libraros del capitalismo? Entonces la cosa más subversiva que podéis hacer es uniros a movimientos de comunidades en transición... y trabajar para ampliar su muy estrecha y completamente reformista visión para incluir el librarse del capitalismo... y el crecimiento y el mercado y todo/cualquier interés en la opulencia o las ganancias.”
                En cuanto a su propuesta de The Simpler Way, en la misma entrevista la sintetiza en los siguientes términos: “La Vía de la Simplicidad es una visión de una sociedad basada en estilos de vida no opulentos con economías locales básicamente pequeñas y muy autosuficientes bajo control participativo local y no dirigidas por las fuerzas de mercado o la búsqueda del beneficio y sin crecimiento económico. Debe haber un enorme cambio cultural que nos aleje de la codicia competitiva individualista”.
En otra entrevista Trainer sintetiza: “Hay tres elementos principales para entender lo que está sucediendo en el mundo. Estamos utilizando muchos más recursos de los que deberíamos. La cantidad de producción y consumo es totalmente insostenible y se puede documentar detalladamente mirando gráficas de extracción de minería, petróleo, pesca... En los últimos años se ha producido un aumento increíble en el consumo en general. Por eso tenemos que decrecer. Tenemos que diseñar otro modelo donde podamos seguir viviendo bien, pero al mismo tiempo, que la cantidad de recursos consumidos per cápita sea mucho más pequeña en comparación con la actualidad. Por otro lado, tenemos la economía global que solo se centra en la sobreproducción y el sobreconsumo. Es ridículo. Todo se enfoca hacia el crecimiento, los mercados deciden lo que sucede con la población y los ricos se hacen más ricos y los pobres cada vez tienen menos.
El segundo elemento importante de esta idea es que no hay múltiples alternativas. Todo pasa por crear una ‘vida simple’. Esto implica niveles de consumo de recursos muy bajos, niveles de autosuficiencia muy elevados a nivel local, economía local, autogestión local, y producción en función de las necesidades, no de los beneficios. Estos elementos no son discutibles. Es una vida sencilla donde tendrás comida, tiempo, actividades y acciones con la comunidad. Ninguna persona tiene que estar sola o aislada. Tampoco habrá problemas de seguridad relacionados con el desempleo ya que no habrá desempleo. Es una sociedad donde se detectan las necesidades productivas que existen y se busca a las mejores personas para realizarlas. Es una manera muy sencilla de organizar una alternativa real.
La tercera parte de la historia es que intentamos confeccionar una estrategia para la transición entre los dos modelos para que la gente pueda venir aquí, a las huertas comunitarias, a los pueblos en transición para participar y construir en ellos. Con el tiempo esta alternativa se volverá mainstream, ya que cada vez más gente se quedará sin empleo. La gente será empujada por el sistema actual hacia esta alternativa. Si tenemos suerte, habrá veinte años para organizar todo el trabajo que nos queda por delante, publicitarlo y volvernos mainstream. No podemos distraernos. La dificultad más grande: la gente tiene que cambiar y dejar de valorar la calidad de la vida en términos de riqueza material y posesión y pasarse al modelo alternativo. Es muy difícil. Por eso tendremos que trabajar duro para lograr que se entienda esta nueva visión…” Ted Trainer (entrevistado por María Rúa), "El ejemplo más completo e ilusionante en términos de un mundo sostenible, justo y pacífico es el de los anarquistas españoles", web de Viento Sur, 7 de junio de 2017; http://www.vientosur.info/spip.php?article12672


Jorge Riechmann. Otro fin del mundo es posible, decían los compañeros. Sobre transiciones ecosociales, colapsos y la imposibilidad de lo necesario. MRA Ediciones. 2019

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