Volveremos a celebrar
en otoño
la llegada del verano,
la transpiración de los cuerpos,
el olor a espliego de tu sudor,
el pájaro que trina tu nombre
y asoma por el otero.
Volveremos
a subir las escaleras
agarrados de la mano
como niños que escapan
de la vista de sus mayores.
Madrid ya
no es ciudad de descampados,
pero hay sitios donde sucede lo improbable.
Somos dos
desconocidos estimulados
por un empatógeno de curso ilegal.
Este amor
es fruto de la química exógena
y de un aburrimiento anterior que nos empuja.
Aun así:
pasará el
verano y volveremos a celebrar una fiesta.
Los
pájaros tardarán en anunciar la aurora
y la última canción durará tres horas y media
en la oscuridad cegadora de la pista.

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