documentos de pensamiento radical

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martes, 11 de febrero de 2020

LA MIGA







Platero, yo fui uno de los últimos niños de Moguer que fue a “La Miga”. La Miga que yo conocí no estaba, como la de Juan Ramón, en la Plaza de las Monjas, dentro del convento de Santa Clara, aunque, casi cien años después muy pocas cosas habían cambiado en la escuela que, desde el jardín de infancia, era el primer contacto de los niños con castigos, maltrato, palizas, gamberradas y crueldades de todo jaez que se ejercían como disciplina por el maestro y se repetían, naturalizadas como comportamiento habitual, entre los alumnos. Qué suerte tuviste cuando Juan Ramón, sabiendo todo esto, te libró de las burlas, los ultrajes y los excesos de esos animales que se dicen racionales.
Años después, leyendo tu libro, pregunté a Antonio Rodríguez Almodóvar, qué podía significar “La Miga”. Según él, esta palabra esconde una contracción de “la amiga”, la (a)miga, tal vez porque era el sitio donde se hacían los primeros amigos, fíjate qué contradicción… pero yo pienso que tal vez fuera porque la miga es un trocito pequeño de pan como los niños son trozos pequeños del hombre, o  porque la miga es la parte blanca, luminosa y esponjosa del pan, igual que lo son los niños hasta que, en el tránsito a la madurez, la vida los va oscureciendo, desengañando y haciendo duros de corazón.
Tal vez el nombre venga porque allí, en “La Miga”, recibía uno los primeros alimentos de la instrucción, el a, b, c… las cuentas y los palotes… Yo, si te digo la verdad, debía ser tan pequeño que si aprendí algo no recuerdo nada. Sólo que un día mi madre cogió una sillita baja de enea que me había comprado y me llevó de la mano por la calle Carretería hasta la casita de dos hermanas poyetonas que hacían las veces de maestras en la plaza de la Iglesia. A una la recuerdo envuelta en un halo de bondad, siempre solícita a prestarme atención y auxilio. Era delgada y bien parecida. La otra, gorda y hombruna, daba clase a los mayores. A ésta la recuerdo huraña, gritona y antipática, era mejor mantenerte a distancia si querías conservar intactas las patillas, las manos o las orejas. Fíjate, qué ingrata es la memoria, por más esfuerzos que hago sólo recuerdo el nombre de ésta a quien todos teníamos verdadero pavor mientras que la otra, en nombre y figura, se ha diluido en el azúcar del tiempo. Ambas vestían hábito de la Virgen de Montemayor, un traje blanco con un cordón rojo que solían vestir hombres y mujeres como promesa. ¿Qué les habrían pedido ellas a la Virgen, un novio?
Los más pequeños éramos tarea de la maestra bondadosa. En el segundo portal de la casa no había mesas, solo teníamos la silla que cada uno había traído de su casa y que con el tiempo se convirtieron en nidos de chinches que nos llenaban las nalgas de ronchones. No recuerdo que hacíamos allí, si hacíamos algo, aparte de rezar el Padre Nuestro y cantar el Credo como autómatas, ajenos al sentido de aquellas palabras terribles y absurdas. Recuerdo pasar mucho rato sentado y que, llegada cierta hora, se nos permitía comprarles a ellas mismas unos pequeños cartuchitos de Cola-Cao que comíamos chupando regaliz. Años después volví a ver la casa abierta, porque todavía se conserva igual que entonces, y me asombré de lo pequeña que era y de cómo pudimos tantos niños convivir allí adentro.
Poco antes de ir a la escuela pública, recién construida en la Friseta, me pasaron al tercer portal, donde la maestra hosca tenía un aula de las de entonces, con mesas, sillas, libros, pizarra…  también recuerdo que un día salí a la pizarra… ¿pero, para qué? La memoria lo confunde todo y mi mirada se pierde por el corral que estaba al fondo, lleno de matas verdes y amarillas, buscando, como entonces, la libertad que también habían robado a los adultos en la calle.



Antonio Orihuela. Ruido Blanco. Ed. La Vorágine, 2018

1 comentario:

  1. Regaliz, altramuces, algarroba en polvo, pipas... y hostias, muchas hostias, tremendas ruedas de molino doctrinal... y aquel hedor a pasado rancio, oscuro y coagulado... espantosamente sin pecado concebido...

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