La poesía ha
caído en desgracia y las salamandras azules del mediodía entran en la ruina de
sus vasijas ceremoniales con los ojos desorbitados por el sol de la muerte.
Toda necesidad
ha desaparecido, la olorosa cebada en las alacenas vacías, el arca con las
semillas de sésamo.
Todo lo que ha
arrastrado el viento sobre la tierra húmeda había sido hermoso en la voz de mi
padre, la suave hierba del dialecto y la agonía de los petirrojos en el
avellano.
Ninguno de nosotros
ha sido escogido por la verdad, otros fueron los días destinados a la belleza,
otros los pasos del eremita que caminaba en la nieve, digno en la desolación
como un árbol sagrado.
Hemos entrado en
el silencio, ya no hay nadie tras los hayedos blancos, pero a veces el corazón
todavía escucha los celestes cuclillos del invierno, el ruido vivo de la muerte
frente a las ventanas cerradas.
Ahora, aún
jóvenes, soportamos la mudez ante las jaulas de la sabiduría.

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