documentos de pensamiento radical

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domingo, 11 de octubre de 2026

¡CUÁNTAS COSAS!




«¡Cuántas cosas […]

nos sirven como tácitos esclavos,

ciegas y extrañamente sigilosas!

durarán más allá de nuestro olvido;

no sabrán nunca que nos hemos ido.»

J. L. BoRGES / Las cosas / Elogio de la sombra (1969)




¡Cuántas cosas existiendo a mí alrededor!… y al mirarlas no puedo evitar un sentimiento de gratitud con todas ellas, también de deuda con quienes las engendraron transformando el entorno y mostrando una férrea voluntad de extender su alma. Alojadas en la naturaleza, las cosas ya forman parte del paisaje, un territorio de barro conquistado con tenacidad en el que hemos construido un tangible mundo de sueños. No ha importado ni el esfuerzo ni el riesgo, porque más fuerte que el desánimo o el miedo ha sido ese afán de superación y búsqueda de la belleza en lo práctico.

Probablemente durarán más allá de nuestro olvido, porque detrás de cada una de las cosas que nos acompañan hay un relato que explica nuestra genealogía.


A través de ellas podemos descubrir desde
las necesidades y obsesiones hasta los deseos y valores de la época a la que pertenecen.

Una profunda soledad determina que los hombres establezcamos un diálogo con las cosas a las que hemos otorgado caracteres considerados humanos para comprender cómo se podrían expresar mejor las propias inquietudes. Por ello desde el mismo instante de su alumbramiento las cosas participaron de cualidades que nos imitaban. Los prejuicios sobre la pesadez de la materia vienen de lejos. En las etéreas leyendas sobre dioses, héroes y mitos, escuchamos ciertos relatos con los que se procuraban aliviar incertidumbres y difuminar los rasgos más visibles de una inaceptable barbarie. Desde enfoques más recientes hemos comprendido que para un equilibrado desarrollo del ser humano no es posible prescindir de nada que esté vivo pero tampoco ya de lo inerte, pues ambos mundos conforman el complejo universo emocional en el que nos movemos, un sistema donde se muestra toda esa red de vínculos con las cosas que al saberse miradas nos aportan, con su propio lenguaje, toda su fluorescencia.

¿Puede un bosque que arde, abrazado a todos los seres que lo habitan, sentir la tristeza? Hoy esta pregunta se transforma en una inquietante 
sospecha sobre los límites y la capacidad de nuestra empatía. Es posible que nos mantengamos impasibles ante el sufrimiento.


Si es así, entonces la incapacidad para sentir ese dolor debería transformar la geología en la psicología del futuro. Sólo esa roca traumatizada nos recordará una existencia con biografía propia donde sus grietas representarán las heridas de una conciencia dormida.

El olvido acecha sobre el futuro como una terrible enfermedad. Para ese momento de fuga sólo nos cabe esperar que sean, precisamente, las cosas que siempre estuvieron cerca quienes, ofreciéndonos sus atributos, nos puedan hacer reaccionar volviendo la mirada hacia una humanidad que parece huyó sin rumbo dejando atrás los mapas y señales que alumbraban los caminos.

Para ir más allá de la imaginación y entender el mundo necesitamos a los objetos que lo explican, todas esas cosas que como una
extensión del pensamiento hemos ido proyectando para facilitar y acompañar la vida. Por eso las cosas merecen ser cuidadas y ese cuidado debe incluir la protección del lenguaje que las envuelve, pues sólo accediendo al modo en cómo se expresan las cosas, lograremos
comprenderlas.

El espejo que cada día nos refleja no sólo se ha habituado a ver nuestro cuerpo, 
al escuchar tantos lamentos y secretos ya es también cómplice de todas nuestras emociones. Con cierta candidez podríamos preguntarnos si no será esta identificación entre sujeto y objeto
la razón por la que hablamos de neuronas espejo.

Damos nombre a las cosas y esto, además de poder, nos otorga responsabilidad, pues jamás deberíamos utilizar las palabras como una
coartada para legitimar una supuesta apropiación de las cosas. Una extraña y estúpida codicia por acaparar todo lo que vemos, nos puede llevar a pretender el absurdo control sobre ese vasto territorio. Así de inmenso debe ser nuestro vacío, un delirio que jamás se harta.

Sin embargo, existe una concepción de la utilidad que podríamos asumir sin riesgos al ser utilizados por los demás cuando, a su vez, queremos resultarles útiles. Servir y que nos sirvan. Y para que ese utilizar mantenga su eficaz talante, lo diferenciaremos de instrumentalizar. Nadie desea ser tratado como una cosa, como un medio para conseguir fines. Y justamente por ello, tampoco ya las cosas que, progresivamente, comienzan a reclamar sus derechos. Naturalmente yo deseo utilizar al objeto y que él me ofrezca todas las facilidades para el vivir, pero no es sensato creer que esas cosas están ahí para mí, mucho menos imaginarlas relegadas a la función de servirnos como tácitos esclavos pues ya nadie, ya nada debería ser desposeído de su dignidad.




También las cosas, a las que se les ha posibilitado un lugar, logran asumir su compromiso. Ciegas y extrañamente sigilosas, con sus ojos vendados y manteniendo en su mano una balanza en sostenido equilibrio, representan esa imparcialidad a la que tanto decimos aspirar. Todas estas cosas aún nos podrían redimir.

No deberíamos desaprovechar ninguna oportunidad de aprendizaje pues de lo contrario seremos nosotros los únicos que no sabremos nunca que nos hemos ido. Quizás por ello, presagiando ese silencio abismal, depositamos nuestra memoria sobre las cosas sabiendo que durarán más allá de nuestro olvido pues, al menos, algunas de ellas
serán las únicas supervivientes de tanta batalla. Así, al menos por un tiempo, serán ellas quienes, como fiables testigos, podrán revelar
todo aquello que aconteció. Pero sólo por un tiempo, pues al dejar de ser miradas, también las cosas, como todo náufrago sin espejos,
terminarán ahogándose en un mar sin respuestas.



Juan Tormo A. & Miquel Mollá. La memoria de las cosas. Ed. Babilonia, 2022

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