documentos de pensamiento radical

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miércoles, 4 de noviembre de 2026

ILUMINACIÓN SOLAR



 

Las vías hacia la iluminación no están marcadas:
instalar placas de energía solar
en esta casa del Amazonas ecuatoriano

junto al río Napo

puede ser una.

 

Una muy directa.

Aquí solo se llega en canoa

desde Punta Ahuano
y hay, si contamos los dos tramos de escaleras

hasta llegar a la cabaña más grande

en cuyo tejado se pondrían las placas,

188 escalones.

 

Sería exagerada la comparación

con la construcción de las pirámides de Egipto,

digamos con elegancia que se trata

de una aventura iniciática más trabajosa

que montar una cómoda de Ikea

llena de cajones.

 

Acortemos este poema pensando que hay dinero

para pagar a los técnicos y a los transportistas.
Ahorrémonos las idas y venidas,
escaleras arriba, escaleras abajo,
río arriba, río abajo,

taxi a Tena, taxi exprés a Quito,

idas y vueltas
en busca de esa tuerca que falta

y que al final hubo que importar desde Alemania.

 

Visualicemos a vista de dron

entre todos los matices del verde

los espejos reflectantes de los paneles fotovoltaicos

montados sobre la chapa roja del tejado.

 

Sintamos el confort de la bombilla que se enciende

sin el contaminante generador de gasoil.

 

Disfrutemos del agua caliente cayendo a chorros

sobre nuestro cuerpo fatigado

y concentrémonos a continuación

en el momento que falla por primera vez.

 

“Ha sido la bobina de contacto”
o “la humedad que pudre las zapatas de los empalmes”,
“una tontería”, dirá el técnico venido desde Quito
tres semanas después del estropicio.

 

Para vivir aquí un occidental necesita
grandes dosis de paciencia, constancia

y una cierta confianza en el azar,

la confianza inquebrantable de que las cosas van a salir bien.

 

Somos gente insistente

y olvidamos rápido las tres semanas de espera

con un par de gozosos baños de agua ardiendo.

 

Ha llegado la estación de lluvias

pero los días se hacen menos largos con una televisión

y la posibilidad de leer a deshora.

Y qué buen invento el microondas para calentar la leche.

 

La crecida de los ríos hará que la segunda

y tercera vez que falle el sistema
el técnico tarde cuatro semanas en aparecer.

“Es el precio del progreso”,

dirá pasando una factura elevadísima por “otra tontería”.

 

En menos de medio año hemos aprendido

a cambiar las zapatas,

limpiar con aceite las bobinas de contacto,

pintar con brea cada mes las mangueras

para que los pájaros no las picoteen.

 

Hemos aprendido a lidiar con la nostalgia

de las duchas de agua fría

y de los tiempos pasados a la luz de las velas y las linternas.

 

Pero la gran enseñanza llega tras la sexta reparación.

 

Después de un año de disfrute intermitente de la energía solar,

reparada por el técnico y en perfecto estado de funcionamiento,

decidimos ir a dormir cuando oscurece,

regalar la televisión al vecino que cultiva piñas

y aceptar que en el paraíso no hay agua caliente.

 

Solo una vez a la semana encendemos el generador de gasoil

para poder lavar a máquina la ropa sucia.

 

Cuando los visitantes asciendan al mirador
y pregunten por la falta de electricidad,

señalando el brillo deslumbrante sobre el rojo del tejado

y el verde de la selva,

les diremos que esas hermosas placas solares en desuso

cumplieron de sobra con la función de iluminarnos.

 


Fidel Moreno. El hombre equivocado en el momento oportuno. Ed. Pre-textos. 

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