documentos de pensamiento radical

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miércoles, 21 de septiembre de 2016

THEIOS ANÉR


 Entre 1900-1902, Arthur Evans, llevado por el entusiasmo y su magnífica formación en lenguas clásicas, emprende la excavación del Palacio de Cnosos, reconstruyendo, con cemento armado y pintura, varios pisos.

Las pinturas murales que se conservan, entre ellas La parisina y El príncipe de los lirios, son, en realidad, trabajos donde no se sabe muy bien dónde termina la mano del artista cretense y dónde empieza la de los hermanos Gilliéron, que audazmente embellecieron los mal conservados restos inspirándose en la glíptica cretense. En Raison présente, Pierre Vidal-Naquet se queja de hasta qué punto no están presentes en Cnossos, más que el arte minoico, el de los afamados ballets rusos de principio del siglo XX.

Las críticas al trabajo de Evans no terminan aquí, en realidad se extienden entre los colegas de toda la segunda mitad del siglo XX y se generalizan al resto de los aficionados a la arqueología de ese tiempo. Pero, ¿cuánto había, en realidad, en estos filólogos más de poetas que de arqueólogos? El palacio de Cnosos, Creta y hasta el arte minoico le deben más a Evans que a cualquiera de los siguientes investigadores que trabajaron sobre el período y, lo que es aún más fuerte, más que a sí mismos, pues, independientemente de lo que pudo haber sido aquella sociedad, el relato de Evans ha lastrado y lastrará cualquier otro que quiera plantear una alternativa al mismo; por muy científica que sea, tendrá primero que enfrentarse con esa ficción.

Aedos, demiurgos, adivinos, heraldos y brujos curanderos, una hermosa cofradía que atravesó los siglos disfrazada de sacerdotes, herreros, ingenieros, arquitectos, médicos, escultores, pintores, escritores, arqueólogos..., ¿dónde comienza la destreza técnica y dónde termina la hazaña mágica? Personajes ambulantes que dedican su vida a ordenar el mundo, íntimos del tiempo antiguo, la edad heroica, el tiempo primordial y originario del que ellos tienen una experiencia inmediata, pero que no son capaces de organizar ni mucho menos traducir más que como huellas que presentan enriquecidas de otras experiencias que sí les son familiares, racionales y, sobre todo, contemporáneas.

En Le défi cybernétique, André Robinet nos recuerda que la conciencia no es más que un islote extraviado en “la inmensidad de los procesos inconscientes”, que el pensamiento no se agota en el lenguaje, siendo el discurso comunicable una disminución de la velocidad del pensamiento, un residuo del lenguaje interno que puede tanto optimizar el significante como esquematizar el significado, pero que, en cualquier caso, el más hermoso arreglo es semejante a un montón de basuras juntadas al azar.

“Ya he sido, antaño, un muchacho y una muchacha, un bosquecillo, un pájaro y un pez mudo en el mar.” Hermosos montones de basura, diría Empédocles de Agrigento.
                                                                                                                                                   
Que Hefestos, patrón de todos ellos, fuera feo y contrahecho acaso sea la mejor metáfora de esa relación entre medios y fines que preside toda la vida de estos personajes.




Antonio Orihuela. La caja verde de Duchamp y otras estampas cifradas. Ed. El Desvelo. Santander, 2016

contacto: http://www.eldesvelo.com/

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