“Todavía
hay clases”.
Quién
no ha escuchado la expresión decenas de veces.
En
fin, no se trata aquí de explicar la lucha de clases, que siempre
han ganado las de arriba (y lo siguen haciendo por goleada, como ha
certificado Warren Buffett, que sabe bien de lo que habla). Tampoco
de desarrollar un ensayo académico sobre la aparición de nuevas
clases sociales, como el precariado,
que tan atinadamente describe Guy Standing.
Según
la Oficina Holandesa de Planificación Social y Cultural habría
hasta siete clases sociales: los que están en el escalón superior
del empleo (20%); jóvenes con buenas oportunidades (9%); quienes
viven de sus rentas (12%); nivel medio de ocupación (25%);
pensionistas con pocos estudios (18%); trabajadores sin seguridad
(10%); y los precarios (6%). Eso en Holanda.
En
mi pueblo hay una izquierda que continúa (quizá apuntando a dianas
que ya no existen, como señala Alba Rico) reivindicando “la lucha
de la clase obrera”. La cuestión se peliaguda cuando el obrero que
trabaja en una gran empresa siderúrgica (por poner un ejemplo) tiene
ahora un empleo asegurado, gana cuatro veces más que el
teleoperador, la cajera de supermercado o el repartidor de Globo,
posee un coche como el del patrón, consume cocaína y pasa de
preocuparse por mejorar las condiciones laborales del resto de la
clase trabajadora. Que los hay. ¿Seguimos entonces hablando de
clase obrera? Hay dudas razonables, porque en poco se parece este
hombre (que también suele ser machista) al proletario tipo de hace
un siglo (que también lo era: en eso sí coinciden, pero al menos
aquél tenía “conciencia de clase” y luchaba por ella).
Hay
quien defiende que la diferencia esencial entre la clase trabajadora
y la clase media (además de la franja de ingresos) estriba en que la
clase trabajadora conserva el deseo de mejorar “en general” las
condiciones de vida y de trabajo de la gente, y pelea por ello, y la
clase media a lo que aspira es a mejorarse a sí misma. Es decir, “no
le preocupa” cómo se las apañe la clase trabajadora, si llega o
no a final de mes, o cómo se las arreglará concretamente con su
exiguo salario la mujer que les limpia en casa, el paisano que
arregla el coche cuando se estropea, la camarera del bar donde toman
los vinos. Dicho en pocas palabras, la clase media sería “egoísta”
mientras que la clase trabajadora sería “solidaria”.
La
clase alta… en fin, sabemos cómo se las gasta (porque puede). “Si
vienes de una clase baja nunca te unirás a la clase alta. Fingen,
pero luego te rechazan”. Lo dice Damien Hirst, que pertenece a ella
y conoce bien el tinglado.
Otro
tema (interesante) es el del ascensor social que funcionaba en Europa
desde la Segunda Guerra Mundial, y cómo lo han detenido, incluso
averiado
adrede los actores y fuerzas neoliberales a partir de los años
ochenta del siglo XX para que… Damien Hirst tenga razón y no haya
que ampliar el número de socios del club de golf. Es más, como
detalla Oliver Nachtwey, las liberalizaciones, y en especial las
privatizaciones, se han convertido en los principales motores de la
sociedad del descenso.
¿Qué
se puede hacer al respecto? Los trabajadores precarios (y hay muchos
precariados, explica el joven sociólogo alemán) “acuden menos a
votar que los no precarios; por lo tanto la desigualdad hace que los
mejor situados vayan ganando influencia de una manera asimétrica, y
con ello se invierte la tendencia del desarrollo de la modernidad
social, en la que la participación democrática había sido un
vehículo clave para al generación de más igualdad social”.
Con
lo cual habría que ir a votar. Y no hacerlo por la extrema derecha y
su populismo demagógico, precisamente. Porque esa es otra. Como
argumenta Vicenç Navarro, la izquierda dirigente se ha
neoliberalizado, abandonando a las clases trabajadoras. Y la extrema
derecha ha ido a por ellas.
Y
luego está la meritocracia, que es otro tema (apasionante y
engañoso). Estoy bastante de acuerdo con la máxima de José Antonio
Marina, que defiende el “socialismo del acceso y la aristocracia
del mérito”, pero también con César Rendueles cuando dice que
“la paciencia es para quien puede permitírsela”. Es decir, en
Finlandia, donde más de 90 por ciento de la enseñanza es pública y
gratuita, incluso en la etapa universitaria, el sistema “iguala”,
pero en España se ha puesto imposible evitar (como explicaba el ex
premier
Gordon Brown que ocurría en Gran Bretaña) que las clases
privilegiadas se queden con los mejores empleos, porque “los
heredan”, se pueden permitir pagar matrículas astronómicas para
sus hijos en las mejores universidades “selectivas” o que
realicen prácticas no remuneradas en las empresas punteras
(periodísticas, por ejemplo, desde las que seguir luego
reproduciendo el esquema) porque en casa hay dinero para costearlo.
En
fin, a lo que iba es que en mi ciudad, curiosamente, las clase altas
viven en las zonas altas y las clases bajas en la zonas bajas. Y en
las zonas altas “se respira mejor”, explican por otra parte los
expertos en clima.
Cuando
yo era crío mi familia habitaba en la parte baja de la ciudad, en un
barrio cerca ya del arrabal. Viví feliz en la arcadia hasta que
nuestro padre abrió un despacho de confitería en la zona media de
la ciudad y prácticamente nos trasladó a todos allí: pasábamos en
el obrador la mayor parte del día. Por decirlo brevemente, los críos
de la zona no me recibieron muy bien (venía “de abajo”) y los
antiguos empezaron a odiarme porque había subido de clase, algo que
en aquel momento ignoraba de qué iba (solo lo sufría).
Unos
años después nuestro padre decidió abrir otro despacho, esta vez
en la zona alta de la ciudad, donde (cierto es) tuvimos los mejores
clientes imaginables, personas educadas, de profesiones liberales y
clase media alta, pero cuyos hijos e hijas (aparte del lógico
recelo, cuando no odio visceral, entre los de la confitería que ya
existía en el barrio y a la que empezamos a hacer una competencia
bien jevi
porque nuestro material era mucho mejor que el suyo) tampoco me
acogieron con los brazos abiertos. Esta vez yo venía de muy abajo,
era el hijo del pastelero y… Damien Hirst lleva razón.
Juanjo Barral. El libro de los ensayos.
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