documentos de pensamiento radical

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jueves, 1 de enero de 2026

DONDE EL AMOR, ALLÍ EL MUNDO de JORGE RIECHMANN (fragmento V)

 


Escasez y auge de la ultraderecha

 

Ahora deberíamos volver al “¿me estás diciendo que sobran mil millones de negros?” que fue casi nuestro punto de partida. Pues, como señalan diversas autoras y también entre ellas Eliane Brum o Yayo Herrero, la anticipación de escasez está relacionada con la emergencia y el auge de la ultraderecha de corte racista, antiecologista, homófobo, misógino y machista, “porque se empieza a advertir que el modelo de privilegio, donde existen países, territorios o núcleos de población que sobreconsumen muy por encima de lo que les tocaría, es porque hay, obviamente, otros territorios que son saqueados” (Herrero). Daniela Zyman introduce el concepto de Silicon Reich: “Asistimos al colapso de una forma de vida que se ha vuelto insostenible, llámese globalismo neoliberal, capitalismo extractivo o modernidad neocolonial. Y la derecha lo sabe. La Nueva Derecha intelectual, el Silicon Reich, la clase tecnoautoritaria, entienden lo que pasa a la perfección. Sus soluciones son terroríficas: cerrar fronteras, esquilmar recursos, desmantelar gobiernos, aplastar la disidencia, privatizar los bienes comunes”.[1]

 

El auge de la ultraderecha es una reacción distópica frente a la crisis ecosocial y al decrecimiento material global:[2] estos sectores sociales deciden desprenderse de la igualdad moral y afirmar, como Trasímaco, el derecho del fuerte a dominar al débil.

Y el discurso que de alguna manera señala o criminaliza a la población migrante, que señala a las mujeres que, de repente –dicen– “quieren hacer lo que no les es propio”, está detrás de toda esa conciencia ya de límites. Es decir, ahora, para mantener las tasas de ganancia del capital de determinados sectores, hace falta expropiar o expulsar a sectores cada vez más grandes de población. Así, el discurso de la ultraderecha (al menos aquí en España) trata de capitalizar el descontento de un montón de varones forjados en la masculinidad heteronormativa y convencional que no tienen trabajo, y que padecen una auténtica falta de autoestima porque lo que se supone que les era propio y que marcaba su éxito como hombres no lo pueden cumplir.[3]

 

Sólo cabe plantear una disminución del consumo, un modelo de austeridad no represiva, planteando al mismo tiempo la redistribución del ingreso y la cuestión de la propiedad desde una posición fuerte de igualdad social. Y esto, ya lo sé, son palabras mayores.

 

 

Consideraciones penúltimas

 

Recordemos siempre que no cabe pensar sobre abundancia y escasez sin supuestos normativos y valorativos.

 

Peter Sloterdijk sugiere que, en vez de considerar que los ricos deberían compartir más, uno debería aplicarse a desear menos.[4] ¿Cuesta tanto asumir las dos orientaciones a la vez? El elemento epicúreo y ascético del ecosocialismo no debe nunca eclipsar el elemento igualitario. Epicuro y Espartaco, même combat.[5]

 

“La escasez de recursos obliga a la abundancia de sentido”, dice el arquitecto chileno Alejandro Aravena. Sociedades frugales, con un uso autolimitado de energía y materiales y espacio ecológico, no tienen por qué ser culturalmente pobres, como ha señalado Joaquim Sempere en más de una ocasión. La complejidad cultural no va necesariamente de la mano de la complejidad económica.[6] Podríamos entender (con Arne Naess) la frugalidad como la cualidad de una vida rica en logros de valor intrínseco, aunque simple en los medios utilizados.[7]

 

No debemos olvidar nunca la lección de la antropología (social y filosófica): abundancia y escasez son esencialmente nociones relativas. Más allá de la satisfacción de las necesidades humanas básicas, la riqueza o la abundancia no es un hecho social objetivo; es una relación entre medios y fines. Si cambian las metas humanas, una situación de escasez puede tornarse en una de abundancia. Si cambiamos los fines (si “cambian los dioses”, diríamos con Rafael Sánchez Ferlosio), podemos ir hacia formas de riqueza diferentes, de hedonismo frugal o de “lujosa pobreza”.[8]

 

Escribí en mi libro Otro fin del mundo es posible: ¿escasez de energía y materiales? Sí, relativamente. Sólo si la escasez en cooperación, solidaridad e igualdad nos impiden ajustar nuestras expectativas y deseos a lo biofísicamente posible. Ésas son las escaseces últimas que amenazan con acabar con nuestra civilización y precipitarnos al colapso ecosocial.

 

Salvo en situaciones extremas (que comprometan la satisfacción de las necesidades básicas), si hay amor, no hay escasez. Si hay comprensión y conocimiento compartido, no hay escasez. Pero en cambio la antropología dominante –el maldito Homo economicus– vuelve escasos incluso los bienes más abundantes, como el agua o la arena.[9]

 

La abundancia no es una cuestión de acumular bienes o acaparar territorio: es un asunto de amor. No prosperamos cuando atesoramos dinero, sino cuando compartimos (y esto, además, está profundamente inscrito en nuestra naturaleza de simios supersociales). Éstas son verdades económicas básicas. Pero que ni siquiera reconozcamos estos asuntos como pertenecientes a la economía nos da la medida de nuestro extravío…

 

Nos resulta antipática la idea de autolimitación, pero sin ese movimiento no hay ni vida ética (autolimitarme para que pueda existir el otro) ni sustentabilidad (ha de haber un mañana). No se puede obviar el elemento ascético del ecologismo… Recordemos: lo que es abundancia para el asceta resulta escasez para el despilfarrador.

 

Jorge Riechmann. Donde el amor, allí el mundo. Ed. El Desvelo, 2025

 



[1] Daniela Zyman, “Diseñar un planeta en transición”, Icon Design 17, verano de 2025, p. 20.

[2] “La contradicción entre el capital y la vida que los ecofeminismos denuncian desde hace decenios se expresa de forma cada vez más violenta. El decrecimiento de la materialidad de la economía no es tanto una opción ética como una necesidad. Se sostiene en datos. Atajar el calentamiento global requeriría dejar de quemar combustibles fósiles, contraer la escala de la actividad pesquera, de la ganadería industrial, de los extractivismos energéticos, minerales o hídricos, reducir el regadío en zonas de secano… Todas esas actividades, además, son penalizadas a escala global —y de forma más intensa en unos territorios que en otros— por el declive de la disponibilidad de recursos fósiles y minerales.

La cuestión es cómo se aborda la contradicción capital-vida. Grosso modo, hay dos formas de hacerlo. O se recorta por el lado de la vida o se apunta a una transición ecosocial justa basada en la suficiencia, la redistribución y la garantía de la vida decente para todas las personas. Para hacer este segundo camino, no hay atajos. Se requiere una transformación colosal que algunos sectores dan por perdida de antemano, aunque, en realidad, no se haya intentado. Ésa es mi opción.

Si prima la primera, la crisis ecosocial se gestiona con lógicas capitalistas. Quien puede pagar, merece lo que desea y quien no, se aguanta sin lo que necesita, ya sea vivienda, luz o alimentos suficientes y de calidad. Bajo esta lógica, parte de la población es tratada como humanidad sobrante. Ello exige construir una visión deshumanizada de aquellas personas a las que se quiere excluir.

La ultraderecha subhumaniza de forma explícita. Su auge es una reacción distópica a la crisis ecosocial y al decrecimiento material global. Algunas de las profundas fuerzas estructurantes de la sociedad (culturales y mediáticas, económicas y políticas) están desplazándose hacia ese polo. Cuanto peor se percibe o se imagina la crisis, mayor es el atractivo de los chivos expiatorios. El fascismo del siglo XXI es una propuesta capitalista de reorganización material y política que se realiza desde visiones racistas, misóginas y coloniales. El punitivismo y la represión constituyen el principio de precaución contra la aparición de las resistencias que, sin duda, surgen y crecerán.” Yayo Herrero, “La emergencia de la ultraderecha”, La Marea, 2 de octubre de 2024; https://www.lamarea.com/2024/10/02/la-emergencia-de-la-ultraderecha-yayo-herrero/

[3] Herrero, Ecofeminismos, op. cit., p. 103.

[4] Peter Sloterdijk, “Las clases medias insatisfechas son la fuerza impulsora de las revoluciones” (entrevista), El País, 14 de julio de 2024.

[5] “La posesión de las mayores riquezas no resuelve la inquietud del alma ni da origen a ninguna alegría extraordinaria; ni tampoco lo hace el honor de las multitudes, ni ninguna de las cosas que surgen de los deseos incontrolados”. Epicuro, Sentencias vaticanas 81. En Cartas y sentencias, Olañeta, Palma de Mallorca 2007.

[6] Véase por ejemplo Joaquim Sempere, La Tierra exhausta. Conversaciones sobre crecimientos y colapsos, Pasado & Presente, Barcelona 2024, p. 110-113.

[7] Alicia Irene Bugallo, “Prólogo” a Naess, Ecología, comunidad y estilo de vida, Prometeo, Buenos Aires 2018, p. 20.

[8] Emilio Santiago Muíño, “Será una vez Móstoles 2030: una prefiguración utópica de la transición ecosocial”, capítulo 11 de José Albelda, J.M. Marrero y José María Parreño (eds): Humanidades ambientales: pensamiento, arte y relatos para el Siglo de la Gran Prueba, Catarata, Madrid 2018.

[9] Cf. sobre esto el capítulo –muy hermoso– “Las Tres Hermanas” en Una trenza de hierba sagrada de Robin Wall Kimmerer (sobre todo p. 153-156).