documentos de pensamiento radical

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miércoles, 28 de enero de 2026

Brevemente

 







La vida es un deporte de riesgo.


***


Si no quieres sufrir, no tengas hijos, no tengas padres, no te tengas.


***


Siempre hay motivo de esperanza: saldremos de esta, y si no, entraremos.


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Deja el amor en cualquier sitio. Alguien habrá que se lo quede.


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Seguimos dando guerra para que nos dejéis vivir en paz.


***


Escribo porque nadie lo va a hacer por mí.


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El hábito no hace al monje, pero sí al escritor.


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La correspondencia no es solo devolver la carta.


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Como sigas viendo la botella medio vacía te vas a morir de sed.


***


Hay personas del género masculino, hay personas del género femenino y hay personas del género idiota.


***


Todo vale, aunque sea para nada.







Juanjo Barral. El libro de los ensayos.

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martes, 27 de enero de 2026

Gratis total

 



Quizá sea yo. El incapaz. El desplazado histórico. El que se empeña en creer que la creación cultural tiene un valor, requiere un esfuerzo y conlleva una dedicación, que deben ser recompensados, y si la moneda de cambio es el euro, pues que sea en euros.


(Paréntesis. No tendría el más mínimo inconveniente en pagarle al agricultor que me vende las lechugas con unos versos de mi propia cosecha; no me importaría llegar a la mueblería e intercambiar mi libro de relatos por una modesta estantería; ni pasarme la vida de trueque en trueque, de cambalache en cambalache, sin arrimarme a un cajero automático, sin pervertirme con la banca digital, que me produce escozor mental, prurito de yemas…).


He mantenido peloteras importantes con la chavalada para que entienda que el “gratis total” es una engañifa (a ver si con expresiones así me acerco a su entendedera y lo pillan). Porque todo cuesta. Escribir un libro de poemas cuesta, aunque alguien lo piratee. Una canción hay que componerla, aunque la gente se la descargue gratis. Hacer una película bastante más, aunque luego.


Y lo que no te cuesta se desprecia. Cuando pagas por un disco le das importancia, al disco, al trabajo que hay detrás, al hecho de hacerte con él y llevártelo a casa. Cuando puedes disponer de mil quinientas canciones gratis en un dispositivo por el que (vaya) sí has pagado, las tratas como calderilla.


Pero yo no quería hablar de esto (aunque no puedo dejar de pensar en un colega libertario que tuve, en una época en la que estaba de moda ser libertario, de izquierdas y de derechas, aquí y en Estados Unidos de América, que defendía que la cultura debía ser gratis, al alcance del pueblo y/o de la gente, bla bla bla, no recuerdo muy bien el sintagma, lo que sí recuerdo es que él no creaba cultura y por tanto se podía permitir el lujo de exigir que los demás trabajaran gratis para él, escribiéndole los poemas y relatos y novelas y ensayos y componiéndole las canciones mientras él, que era abogado, cobraba todos los meses una nómina).


Cuando hacíamos el periódico de la Universidad de Oviedo, las Hojas Universitarias, a mediados de los ochenta, tuvimos un importante y decisivo debate sobre poner o no poner un precio a la publicación (que sufragaba la institución académica), aunque fuera simbólico. Ganó que sí, por unanimidad: 25 pesetas, pongamos 1 euro de hoy. Cuando era gratis la gente lo dejaba tirado (sin haberlo llegado a coger). Lo despreciaba. Recuerdo muy bien ir con algunas de las mentes más brillantes de mi generación, vendiendo Las Hojas por las facultades y bares de Oviedo, y en pocos meses ya despachábamos cientos, hasta algunos miles de ejemplares. La peña lo había entendido y pagaba encantada medio café por aquella publicación mensual que, sin duda valía más que aquel precio simbólico. Pero era justo. Era sano. Era emocionante. Gratis total, no gracias.


Otra cosa es a lo que iba.


Siempre se ha dicho que España no aprecia la cultura, no como Francia, Alemania o Gran Bretaña. Y es cierto. Aquí siempre ha habido periódicos que te encargaban gratis un relato, y tenías que sentirte afortunado por el hecho de que te lo publicaran (¡pero si me lo has encargado tú!). Aquí siempre ha habido compañías discográficas que pretenden que trabajes gratis para el videoclip de su artista superventas, porque “bastante suerte tienes que”. Ya saben.


Volviendo a lo que nos ocupa (aunque no nos salgamos del tema) yo nunca le he pedido a nadie que me arregle gratis el grifo, que me resuelva por la cara la declaración de la renta. Pero a mí me han pedido cosas que.


Otra cosa es la amiga que te solicita que crees un nombre para su establecimiento (algo por lo que Fernando Beltrán ha conseguido que se pague como corresponde con su empresa de invención de palabras). Otra cosa es que un colega me pida que escriba gratis una letra para una canción de su grupo, un texto para un homenaje, lo que habrá de leerse el día de su boda o en el acto de la despedida civil de un paisano querido. Otra cosa es que le haga el favor a un conocido y ofrezca una charla a sus alumnos sobre poesía, que me llevará una semana de trabajo preparar.


Eso es otra cosa.

Y no esta.



Juanjo Barral. El libro de los ensayos.

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lunes, 26 de enero de 2026

De Banksy

 



De Banksy se pueden decir muchas cosas. Se puede decir que hace “bobadas” (Jerry Saltz) o que es “un genio” (Carol Diehl). Yo diré que es alguien capaz de comprar un cuadro de segunda mano por 50 dólares, intervenirlo, lograr que paguen por él (The Banality of the Banality of Evil) 450.000 dólares en una subasta, y donar ese dinero a una entidad sin ánimo de lucro que ayuda a los seropositivos sin hogar en Brooklyn.


Se pueden decir muchas cosas de Banksy, pero ¿quién hace eso?


Juanjo Barral. El libro de los ensayos.

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domingo, 25 de enero de 2026

Wanted

 




El vecino de enfrente tiene un felpudo que pone Wanted. Tiene gracia porque el tipo está ahora mismo en busca y captura.


No lo estaba cuando lo compró, claro. Pero así es el destino de cachondo.


Llegó hace unos cuantos años al edificio. Era joven, apuesto y afable, con un coche descapotable y una novia rubia. Lo fuimos descubriendo todo por este orden.


Así era él. Como un encantador de serpientes, capaz de vender humo envasado.


De hecho era comercial. Nos enteramos de casualidad tiempo después por una amiga cuyo marido trabajaba en un concesionario. Nuestro vecino vendía coches.


Un día -el año que yo llevaba la comunidad, porque le tocaba a nuestra planta y yo fui el único por la labor- me picó a la puerta y me hizo un regalo en pago a mis servicios prestados, ya que él, por su trabajo, vino a explicarme, tenía que viajar mucho y no podía hacerse cargo. Me sorprendió que me regalara aquellas conservas de lujo. No quise darle más vueltas porque en la primera (vuelta) tuve la sensación de ser un sirviente del señorito, el pringao que iba a la mili (en su día era común en la España franquista) por el hijo del marqués de la Ensaimada a cambio de un donativo generoso.


Pero era tan encantador… Que no le di más vueltas.


Y de pronto desapareció.


Fue unos días después de que me ¿invitara?/¿obligara? a pasar a su piso para comprobar cómo había quedado de guay, convertido ahora en un apartamento de lujo neoyorquino tras tirar todas las pareces y dejar un espacio único tipo loft.


No volvimos de hecho a saber de él.


Con el tiempo fue acumulando una deuda (que ahí sigue creciendo) por impago continuado de la cuota de la comunidad. Cuando el administrador se puso manos a la obra descubrimos que había dejado pufos a tutiplén, que se encontraba (a saber dónde) en busca y captura, y que seríamos los últimos de la fila en cobrar.


El vecino encantador no volvió a dar señales de vida (perdón por la crueldad, que no pretendía), pero ahí sigue su felpudo.


Wanted.

Casi mejor vivo (ya puestos).

Nos debe miles de euros.

 

 

Juanjo Barral. El libro de los ensayos.

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sábado, 24 de enero de 2026

viernes, 23 de enero de 2026

Podría ser

 



Hay un tío que me mira raro. Es un hombre enjuto y poco agraciado. No lo conozco de nada. Camina rápido, nerviosamente, como si llegara tarde, como si le persiguiera un avispero de problemas.


La sensación que produce es la de ir siempre enfadado. Recuerda aquellos personajes bolingas de Forges, con la nariz colorada de chumar. Alguien de los años cincuenta del siglo pasado que no se ha actualizado, porque estamos en 2023, en la era de la inteligencia artificial, el 3D, la cuatricomía…, y él sigue en blanco y negro.


Me lo cruzo al menos una vez a la semana, a las muy pronto de la mañana, cuando voy al trabajo, y más o menos siempre a la misma altura. A veces aparece trazando una diagonal desde la otra acera.


Me mira, pero no lo hace cuando yo le devuelvo la mirada. Hoy me ha provocado un alud de interrogantes que desvío aquí para que no me sepulten.


¿Me odia desde niño por una movida ridícula que no recuerdo? ¿Está convencido de que me fui sin pagar del bar en el que trabajaba hace unos años aunque yo no me haya ido nunca sin pagar de ningún sitio… al menos conscientemente? ¿Salí de chaval con la chica de la que él estaba enamorado hasta las trancas?¿Me reconoce de haber formado parte de un piquete en la huelga general del 20-J contra la reforma laboral de Aznar que le obligó a chapar su ferretería?


No sé.


¿Habré acertado con alguna de estas preguntas? ¿Le preguntaré a él de qué se trata para salir de dudas, o para evitar que acumule más ira -injusta e innecesaria- y acabe apuñalándome por la espalda?


Si cuando lean esto yo ya, es que.


 

 

Juanjo Barral. El libro de los ensayos.

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jueves, 22 de enero de 2026

Sigue habiendo clases



Todavía hay clases”.


Quién no ha escuchado la expresión decenas de veces.


En fin, no se trata aquí de explicar la lucha de clases, que siempre han ganado las de arriba (y lo siguen haciendo por goleada, como ha certificado Warren Buffett, que sabe bien de lo que habla). Tampoco de desarrollar un ensayo académico sobre la aparición de nuevas clases sociales, como el precariado, que tan atinadamente describe Guy Standing.


Según la Oficina Holandesa de Planificación Social y Cultural habría hasta siete clases sociales: los que están en el escalón superior del empleo (20%); jóvenes con buenas oportunidades (9%); quienes viven de sus rentas (12%); nivel medio de ocupación (25%); pensionistas con pocos estudios (18%); trabajadores sin seguridad (10%); y los precarios (6%). Eso en Holanda.


En mi pueblo hay una izquierda que continúa (quizá apuntando a dianas que ya no existen, como señala Alba Rico) reivindicando “la lucha de la clase obrera”. La cuestión se peliaguda cuando el obrero que trabaja en una gran empresa siderúrgica (por poner un ejemplo) tiene ahora un empleo asegurado, gana cuatro veces más que el teleoperador, la cajera de supermercado o el repartidor de Globo, posee un coche como el del patrón, consume cocaína y pasa de preocuparse por mejorar las condiciones laborales del resto de la clase trabajadora. Que los hay. ¿Seguimos entonces hablando de clase obrera? Hay dudas razonables, porque en poco se parece este hombre (que también suele ser machista) al proletario tipo de hace un siglo (que también lo era: en eso sí coinciden, pero al menos aquél tenía “conciencia de clase” y luchaba por ella).


Hay quien defiende que la diferencia esencial entre la clase trabajadora y la clase media (además de la franja de ingresos) estriba en que la clase trabajadora conserva el deseo de mejorar “en general” las condiciones de vida y de trabajo de la gente, y pelea por ello, y la clase media a lo que aspira es a mejorarse a sí misma. Es decir, “no le preocupa” cómo se las apañe la clase trabajadora, si llega o no a final de mes, o cómo se las arreglará concretamente con su exiguo salario la mujer que les limpia en casa, el paisano que arregla el coche cuando se estropea, la camarera del bar donde toman los vinos. Dicho en pocas palabras, la clase media sería “egoísta” mientras que la clase trabajadora sería “solidaria”.


La clase alta… en fin, sabemos cómo se las gasta (porque puede). “Si vienes de una clase baja nunca te unirás a la clase alta. Fingen, pero luego te rechazan”. Lo dice Damien Hirst, que pertenece a ella y conoce bien el tinglado.


Otro tema (interesante) es el del ascensor social que funcionaba en Europa desde la Segunda Guerra Mundial, y cómo lo han detenido, incluso averiado adrede los actores y fuerzas neoliberales a partir de los años ochenta del siglo XX para que… Damien Hirst tenga razón y no haya que ampliar el número de socios del club de golf. Es más, como detalla Oliver Nachtwey, las liberalizaciones, y en especial las privatizaciones, se han convertido en los principales motores de la sociedad del descenso.


¿Qué se puede hacer al respecto? Los trabajadores precarios (y hay muchos precariados, explica el joven sociólogo alemán) “acuden menos a votar que los no precarios; por lo tanto la desigualdad hace que los mejor situados vayan ganando influencia de una manera asimétrica, y con ello se invierte la tendencia del desarrollo de la modernidad social, en la que la participación democrática había sido un vehículo clave para al generación de más igualdad social”.


Con lo cual habría que ir a votar. Y no hacerlo por la extrema derecha y su populismo demagógico, precisamente. Porque esa es otra. Como argumenta Vicenç Navarro, la izquierda dirigente se ha neoliberalizado, abandonando a las clases trabajadoras. Y la extrema derecha ha ido a por ellas.


Y luego está la meritocracia, que es otro tema (apasionante y engañoso). Estoy bastante de acuerdo con la máxima de José Antonio Marina, que defiende el “socialismo del acceso y la aristocracia del mérito”, pero también con César Rendueles cuando dice que “la paciencia es para quien puede permitírsela”. Es decir, en Finlandia, donde más de 90 por ciento de la enseñanza es pública y gratuita, incluso en la etapa universitaria, el sistema “iguala”, pero en España se ha puesto imposible evitar (como explicaba el ex premier Gordon Brown que ocurría en Gran Bretaña) que las clases privilegiadas se queden con los mejores empleos, porque “los heredan”, se pueden permitir pagar matrículas astronómicas para sus hijos en las mejores universidades “selectivas” o que realicen prácticas no remuneradas en las empresas punteras (periodísticas, por ejemplo, desde las que seguir luego reproduciendo el esquema) porque en casa hay dinero para costearlo.


En fin, a lo que iba es que en mi ciudad, curiosamente, las clase altas viven en las zonas altas y las clases bajas en la zonas bajas. Y en las zonas altas “se respira mejor”, explican por otra parte los expertos en clima.


Cuando yo era crío mi familia habitaba en la parte baja de la ciudad, en un barrio cerca ya del arrabal. Viví feliz en la arcadia hasta que nuestro padre abrió un despacho de confitería en la zona media de la ciudad y prácticamente nos trasladó a todos allí: pasábamos en el obrador la mayor parte del día. Por decirlo brevemente, los críos de la zona no me recibieron muy bien (venía “de abajo”) y los antiguos empezaron a odiarme porque había subido de clase, algo que en aquel momento ignoraba de qué iba (solo lo sufría).


Unos años después nuestro padre decidió abrir otro despacho, esta vez en la zona alta de la ciudad, donde (cierto es) tuvimos los mejores clientes imaginables, personas educadas, de profesiones liberales y clase media alta, pero cuyos hijos e hijas (aparte del lógico recelo, cuando no odio visceral, entre los de la confitería que ya existía en el barrio y a la que empezamos a hacer una competencia bien jevi porque nuestro material era mucho mejor que el suyo) tampoco me acogieron con los brazos abiertos. Esta vez yo venía de muy abajo, era el hijo del pastelero y… Damien Hirst lleva razón.

 

 

Juanjo Barral. El libro de los ensayos.

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viernes, 16 de enero de 2026

X

 



 

* para Patricia Quinn y Renée Nicole Good


 

 

Randall Mindy estaba enfermo

el día que el ultimátum

se cumplió en toda la Tierra,

pero por suerte nos dijo

lo que nos iba a pasar.

 

Robert Downey estaba allí

con propulsores de cromo

y Bob Ashmore era el Hombre

de las Viseras de Hielo.

 

Todo entonces salió mal

para Brad y Janet Weiss,

acabaron atrapados

en un ciclo de algoritmos.

 

Luego a intervalos mortales

algo vino del espacio

y su mensaje decía:

«Magia y ficción para todos,

vengan y saquen sus móviles».

 

Eso fue lo que pasó

el día que el ultimátum

alcanzó toda la Tierra.

 

Randall Mindy sigue enfermo

entre madejas azules

y los nodos de su sangre

brillan de pasmo y temor. 

 

Los circuitos de la bestia

descolgaron tu teléfono

y veinte notas de prensa

han incluido tu nombre.

 

No vienen para salvarte,

ya te avisó tu gobierno:

«Magia y ficción para todos

los que dormís protegidos».

 

Los muchachos de Rob Downey

han tomado el Capitolio

y han ocupado ciudades

con escuadrones de hielo.

Desfiles noche tras noche

con leves pasos de oca.

 

No es necesario que huyas;

basta, Magenta, que pienses

que Mindy seguía enfermo

el día que el ultimátum

se cumplió en toda la Tierra,

y que por suerte nos dijo

lo que nos iba a pasar.

 

Que acabaríamos dentro

de una rueda de algoritmos

antes de ser rodeados

por nuevas fuerzas del orden:

 

«Magia y ficción para todos

en la última emisión,

hombres que tosen y sueñan

con que seguíais a salvo».

 

 

 

Enrique Falcón. Inédito 



miércoles, 14 de enero de 2026

9. Camino


 

 

 La vida es un sueño despierto

y la muerte es un regreso al hogar.

Proverbio chino




Aquellos días esperaba

el amanecer brumoso

para salir a caminar

empujado por un ansia

enfermiza y ardiente.

 

En cada paso quería

construir un propósito

que mutara la existencia

marcada por una línea

—un horizonte alcanzado

a mi paso, con la sangre—,

confiando en una señal

del camino que indicase

la dirección propicia.

 

Tuve que caminar días

y noches, semanas y años

hasta percibir una condición

inicial: el vaciamiento.

 

Entonces las caminatas

me llevaban al límite

de los acantilados para pensar

en la facilidad de una caída

contra la espuma alterada,

los golpes contra la piedra,

ser succionado por el mar.

 

Habría de limpiar cuerpo

y mente de la oscuridad,

lo terrible, lo abisal

y tal vez así poder

ocupar la cavidad

con algo innominado,

sustancial e icónico:

un propósito para vivir.

 

Construir un buen propósito

que apenas me ha sostenido

durante un tiempo limitado

que me concedió señal

y espera infundada

sin saber deleitarse

por anhedonia mórbida.

 

He regresado a la casa,

encerrado tras el fulgor

del ruido y de la masa mundana,

he habitado entre paredes

más altas que murallas

—la decepción también

asesinó las caminatas—,

sin esperanza en nadie ni nada,

para vivir mi desasosiego

repasando las múltiples maneras

de acabar con la existencia.



Enrique Arias Beaskoetxea. País de Niebla. Ed. Passer. 2025