documentos de pensamiento radical

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martes, 27 de enero de 2026

Gratis total

 



Quizá sea yo. El incapaz. El desplazado histórico. El que se empeña en creer que la creación cultural tiene un valor, requiere un esfuerzo y conlleva una dedicación, que deben ser recompensados, y si la moneda de cambio es el euro, pues que sea en euros.


(Paréntesis. No tendría el más mínimo inconveniente en pagarle al agricultor que me vende las lechugas con unos versos de mi propia cosecha; no me importaría llegar a la mueblería e intercambiar mi libro de relatos por una modesta estantería; ni pasarme la vida de trueque en trueque, de cambalache en cambalache, sin arrimarme a un cajero automático, sin pervertirme con la banca digital, que me produce escozor mental, prurito de yemas…).


He mantenido peloteras importantes con la chavalada para que entienda que el “gratis total” es una engañifa (a ver si con expresiones así me acerco a su entendedera y lo pillan). Porque todo cuesta. Escribir un libro de poemas cuesta, aunque alguien lo piratee. Una canción hay que componerla, aunque la gente se la descargue gratis. Hacer una película bastante más, aunque luego.


Y lo que no te cuesta se desprecia. Cuando pagas por un disco le das importancia, al disco, al trabajo que hay detrás, al hecho de hacerte con él y llevártelo a casa. Cuando puedes disponer de mil quinientas canciones gratis en un dispositivo por el que (vaya) sí has pagado, las tratas como calderilla.


Pero yo no quería hablar de esto (aunque no puedo dejar de pensar en un colega libertario que tuve, en una época en la que estaba de moda ser libertario, de izquierdas y de derechas, aquí y en Estados Unidos de América, que defendía que la cultura debía ser gratis, al alcance del pueblo y/o de la gente, bla bla bla, no recuerdo muy bien el sintagma, lo que sí recuerdo es que él no creaba cultura y por tanto se podía permitir el lujo de exigir que los demás trabajaran gratis para él, escribiéndole los poemas y relatos y novelas y ensayos y componiéndole las canciones mientras él, que era abogado, cobraba todos los meses una nómina).


Cuando hacíamos el periódico de la Universidad de Oviedo, las Hojas Universitarias, a mediados de los ochenta, tuvimos un importante y decisivo debate sobre poner o no poner un precio a la publicación (que sufragaba la institución académica), aunque fuera simbólico. Ganó que sí, por unanimidad: 25 pesetas, pongamos 1 euro de hoy. Cuando era gratis la gente lo dejaba tirado (sin haberlo llegado a coger). Lo despreciaba. Recuerdo muy bien ir con algunas de las mentes más brillantes de mi generación, vendiendo Las Hojas por las facultades y bares de Oviedo, y en pocos meses ya despachábamos cientos, hasta algunos miles de ejemplares. La peña lo había entendido y pagaba encantada medio café por aquella publicación mensual que, sin duda valía más que aquel precio simbólico. Pero era justo. Era sano. Era emocionante. Gratis total, no gracias.


Otra cosa es a lo que iba.


Siempre se ha dicho que España no aprecia la cultura, no como Francia, Alemania o Gran Bretaña. Y es cierto. Aquí siempre ha habido periódicos que te encargaban gratis un relato, y tenías que sentirte afortunado por el hecho de que te lo publicaran (¡pero si me lo has encargado tú!). Aquí siempre ha habido compañías discográficas que pretenden que trabajes gratis para el videoclip de su artista superventas, porque “bastante suerte tienes que”. Ya saben.


Volviendo a lo que nos ocupa (aunque no nos salgamos del tema) yo nunca le he pedido a nadie que me arregle gratis el grifo, que me resuelva por la cara la declaración de la renta. Pero a mí me han pedido cosas que.


Otra cosa es la amiga que te solicita que crees un nombre para su establecimiento (algo por lo que Fernando Beltrán ha conseguido que se pague como corresponde con su empresa de invención de palabras). Otra cosa es que un colega me pida que escriba gratis una letra para una canción de su grupo, un texto para un homenaje, lo que habrá de leerse el día de su boda o en el acto de la despedida civil de un paisano querido. Otra cosa es que le haga el favor a un conocido y ofrezca una charla a sus alumnos sobre poesía, que me llevará una semana de trabajo preparar.


Eso es otra cosa.

Y no esta.



Juanjo Barral. El libro de los ensayos.

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