La vida es un sueño despierto
y la muerte es un regreso al hogar.
Proverbio chino
Aquellos días esperaba
el amanecer brumoso
para salir a caminar
empujado por un ansia
enfermiza y ardiente.
En cada paso quería
construir un propósito
que mutara la existencia
marcada por una línea
—un horizonte alcanzado
a mi paso, con la sangre—,
confiando en una señal
del camino que indicase
la dirección propicia.
Tuve que caminar días
y noches, semanas y años
hasta percibir una condición
inicial: el vaciamiento.
Entonces las caminatas
me llevaban al límite
de los acantilados para pensar
en la facilidad de una caída
contra la espuma alterada,
los golpes contra la piedra,
ser succionado por el mar.
Habría de limpiar cuerpo
y mente de la oscuridad,
lo terrible, lo abisal
y tal vez así poder
ocupar la cavidad
con algo innominado,
sustancial e icónico:
un propósito para vivir.
Construir un buen propósito
que apenas me ha sostenido
durante un tiempo limitado
que me concedió señal
y espera infundada
sin saber deleitarse
por anhedonia mórbida.
He regresado a la casa,
encerrado tras el fulgor
del ruido y de la masa mundana,
he habitado entre paredes
más altas que murallas
—la decepción también
asesinó las caminatas—,
sin esperanza en nadie ni nada,
para vivir mi desasosiego
repasando las múltiples maneras
de acabar con la existencia.

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