documentos de pensamiento radical

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sábado, 6 de mayo de 2023

2 poemas de DAVID F. en VOCES DEL EXTREMO: POESÍA Y TECHO



 

Disfunción patriarcal

 

I

 

No dudes

somos una herramienta sexual

a favor del sistema

y toda estructura sexual

está sometida al sistema

pero un cuerpo bien pudiera ser otra cosa

quiero construir un cuerpo contra el sistema

tejidos

extrañezas

los cuerpos son gramaticalmente incorrectos.

II

 

No poseo tierra que perder

no poseo futuro

mi ejercicio siempre fue hacia lo inasible

quizás puedo ser lo que no soy

pura actitud

consciencia y reparación

desobediencia.

III

Quiero ser padre

madre e hijo a la vez

y partir así de la inocencia.

 

 

Capitalismo, esa jaula mental

 

 

A veces, os lo juro, no sé quién soy,

y es que no sé si soy el perseguido

o soy, tal vez, el perseguidor.

Os digo que no sé quién soy,

y es que voy corriendo en círculos,

y es que voy corriendo tan rápido,

que creo que soy al mismo tiempo

el perseguido y el perseguidor.


 

VV. AA. Voces del Extremo Madrid: poesía y techo. Ed. Petalurgia, 2023

viernes, 5 de mayo de 2023

2 poemas de MATÍAS ESCALERA CORDERO en VOCES DEL EXTREMO: poesía y techo



1

 

(De Pero no islas, 2009)

 

ACERAS SIN BARRO / Y FIRMA

 

Si las aceras están barridas

Si no hay apenas barro en las calles

Si mis zapatos están siempre aseados y lustrosos (como

            mis manos)

 

Si ahora todo está tan limpio

Si tenemos esta vista diáfana y espléndida al jardín

 

¿Por qué me siento tan sucio? (por qué se siente

tan sucio: musita apenas justo antes

            de la firma)

No se preocupe: firme usted (dice el notario: que ha comprendido

            que conoce el alma humana mejor –muchísimo

mejor– que cualquier filósofo) Firme y no piense en esas cosas

Le perjudicarán (añade: con cierto deje de lejanísima tristeza)

 

No son las aceras que no tienen barro

Ni la vista franca y transparente al jardín

 

Ni las calles

Ni las manos

Ni los zapatos

Ni el alma

Ni el notario

Ni el miedo

Ni la sabiduría

Ni la firma

Ni la lejanísima tristeza

Ni la vida

Ni los años

Ni el cansancio

Ni la euforia

Ni el barro

Ni la muerte

 

No sabría explicarlo



 

2

(De Versos de invierno, 2014)

EXACTITUDES (VARIAS)

VI

 

 

Son unos muertos de hambre: dicen los muertos de hambre

con una ración de pulpo en las manos

 

 

Miras las calles limpias (y las ves tan rectas

tan ordenadas y silenciosas) Hay algo de presagio maligno

En ellas: piensas

 

– Y te sientes cohibido: lo sé

 

(pero) Vuélvete: mira –otra vez– y ahora presta

Atención: verás

Que son –exactamente– cementerios

 

            …

 

Ordenados limpios

(rectilíneos) Silenciosos jardines

 

Y avenidas… (por donde pasa –a veces– la convulsión

de la muerte sin historia…)

 

… en ellas jamás nos encontraremos…

 

 

 

VV. AA. Voces del Extremo Madrid: poesía y techo. Ed. Petalurgia, 2023

 

Matías Escalera Cordero (Madrid, 1956), es autor de varias novelas: la última publicada, Sollozos del fin del mundo (2023); de una colección de relatos, de varios ensayos y de media docena de poemarios: el último publicado, Recortes de un corazón herido: por la esperanza (2019). También ha sido premiado por su pieza teatral El refugio (2009). Su obra ha sido traducida a diversas lenguas e incluida en numerosas antologías y libros colectivos. Su página web, en donde se puede encontrar gran parte de su obra, es https://matiasescalera.com/; y su blog: https://matiasescalera.com/category/blog/. En Instagram: https://www.instagram.com/matiasescaleracordero/

jueves, 4 de mayo de 2023

2 poemas de ALBERTO GARCÍA-TERESA en VOCES DEL EXTREMO: poesía y techo

 


LA SEXTA GRAN EXTINCIÓN

 

Para Jorge Riechmann

 

 

Miramos a los ojos

a todo lo que va a desaparecer

no para zambullirnos en la tristeza

o deambular por la desolación,

sino para sentir la plenitud

del brillo de lo vivo.

 

 

 

**

 

Levantarse y buscar

la alegría entre la gente, celebrar

la risa, construir el abrazo

entre las ropas polvorientas de salario,

quizá sea,

cuando aún los días

se nos pegan a las muñecas

y duelen las manecillas

del hambre y de la soledad

porque todavía desconocemos

los colores de la lluvia

y el río donde brota el arco iris,

quizá sea,

si no se nos ahogan la carcajada

ni el fulgor de los ojos,

si en los pies repiquetea el baile

y los dedos tamborilean infancia,

quizá

con el trote del perro y el

piar del gorrión por la mañana,

sin enaltecer el brillo del sudor

ni la angustia de la fractura,

con la lenta paciencia del callo,

sea, quizá, alumbrados

por besos de tormenta, con el júbilo

del viento de los brazos trenzados,

porque no escondemos cigüeñas bajo la piel,

porque las uñas las tenemos guardadas

y decrecen con el alboroto

de las caricias, quizá

si ya estamos aprendiendo a hablar a las flores,

a dormir en el bosque con los sueños abiertos,

a palpar la luz entre el dolor,

y no nos seduce la melodía de los cerrojos,

quizá, cuando los ojos se miran

sincerándose con las pestañas desplegadas,

reconociéndose en el humo y en las manos

y están los pulmones listos para soplar

nuestros anhelos,

quizá sea,

para acoger y cuidar lo dañado,

para hilvanar la vida con la empatía

y aprender a caminar al ritmo

del más lento

 

quizá sea, quizá.



VV. AA. Voces del Extremo Madrid: poesía y techo. Ed. Petalurgia, 2023

 

miércoles, 3 de mayo de 2023

TODO




Todo lo que te rodea,

bien mirado,

invita a entrar.



Antonio Orihuela. Camino de Olduvai. Ed. Irrecuperables, 2023

martes, 2 de mayo de 2023

REFUGIO (fragmento IV)




En los peores días del invierno casi nadie subía al refugio y David pasaba mucho tiempo solo. A veces, durante muchos días seguidos, no subía nadie y podía dedicarse a las cosas que más le gustaban, como resolver problemas de ajedrez, releer sus libros, tallar madera o mirar durante horas por la ventana que se abría sobre el espectáculo de las crestas. Esa soledad compensaba un tanto el barullo de otras ocasiones, cuando el refugio se llenaba de gente, en verano o los fines de semana de la primavera, justo en el momento en que la nieve empezaba a fundirse y resultaba más sencillo transitar por los caminos del Isarre. En invierno venían pocos, es cierto, pero eran auténticos alpinistas: esquiadores de montaña o escaladores ensimismados y audaces con los ojos absortos en la cara sur del Escalinata, dispuestos a escalar su resbaladizo muro cubierto de verglás o el corredor central que lo escinde en dos. El pico Escalinata quedaba detrás del refugio, cerrando el circo por su parte superior, junto al Obispo. Ambos vigilaban el silencio, administraban las ventiscas y las nubes. Poca gente la del invierno, y silenciosa, y con las manos agrietadas de tanto tratar con el hielo y la roca en busca de agarres. Los escaladores pedían consejo a David sobre las vías y las aproximaciones. Algunos le conocían por la revistas y se sorprendían de que ahora trabajase en un modesto refugio. A esos pocos del invierno los trataba con el mayor esmero, les preparaba magníficos desayunos y espléndidas cenas con las que reparar las fuerzas gastadas en el monte. Luego se sentaba con ellos junto al fuego y compartían vino y cerveza mientras se contaban historias de montaña.

Fue un día de invierno así, solitario, oscuro, en el que subí hasta el Isarre para contarle a David lo que pasaba. No quería que se enterase de otra forma, por medios que quizás alterasen los detalles, distorsionasen la secuencia de los hechos y los pormenores. También quería estar cerca de él cuando tomase conciencia de lo que realmente sucedía, porque no sabía cómo iba a reaccionar cuando le anunciase el final del refugio, el final del Isarre, el final de su trabajo y, sobre todo, la manera abyecta en que todo ello se estaba produciendo. Por eso remonté las laderas nevadas con los esquís de travesía, lijando la nieve, atravesando pendientes inclinadas, obviando el intenso frío que se agazapaba en un paisaje silencioso. El mundo era, esa mañana, pura niebla estática en la que se insinuaban las sombras de las hayas, sus desnudas ramas como lanzas de un ejército inmóvil. Más arriba, a los pies de los pinos, vestidos de delgadas y negras acículas, se formaban halos y socavas, producidos por el mayor calor que desprenden las coníferas. Más que indignada, me sentía decepcionada, abúlica, por una sobrecarga de asco, helada por haber visto a Ancho herido de verdad, por haber oído de sus labios la historia de una ejecución política. Por eso me atreví a cruzar la montaña con los esquís de travesía, en busca de David y del Isarre, sumiéndome en niebla y nieve, combinación ideal para perderse, para extraviarse en una nebulosa indiferente. David solía decir que mezclar ambas cosas es lo más parecido a caminar en un puré de patatas.

No sabía cómo iba a explicarle a David lo que había sucedido. Pero no porque fuera complicado de contar o comprender, sino por puro pudor, porque hay cosas que revelan una condición tan triste de la gente que resultan indecibles.

Nosotros habíamos aprendido a esquiar en Navacerrada, Jaime. Sabíamos que tenía que haber estaciones de esquí, pero no en cualquier sitio, no a cualquier precio. Nunca en contra de la voluntad de un valle.

David abrió la puerta con sorpresa. Luego sus ojos buscaron el deseado paquete que Isabel solía enviarle, un paquete primoroso de pasteles y viandas oculto en los macutos de los que subían hasta allí, de los que se dejaban engañar o seducir por ese peso exquisito. Pero aquella costumbre de otras ocasiones no se produjo, sino mi huida hacia el resplandor del fuego y mi manera intensa de mirarle mientras acercaba las manos a la lumbre; y mi forma débil de sentarme luego en una silla y, mientras me tapaba la cara con las manos, en un gesto agotado, decirle tensa:

—Necesitó un té caliente, por favor.

—Nadie tenía derecho a cambiar la decisión del valle. Lo que estaba en juego era quién decidía la realidad: si la gente o una empresa.

El relato apenas duró media hora. Yo calentaba mis manos en torno a un cuenco de té. Bebía pequeños sorbos precavidos mientras explicaba a David que algo importante había pasado abajo. No una muerte, eso no, sino una traición de baja estofa. Algo que quizás acabase con sus sueños.

—Y quizás acabe con algo más, David —recuerdo que le dije—, algo más importante si cabe: la posibilidad de un proyecto colectivo y de una identidad colectiva en la que poder mirarnos dignamente, en la que refugiarnos al final de todo. Una proyecto que nos diga que el mundo que dejamos tras nosotros es un poco mejor que el que nos tocó en suerte. Porque acabar con ciertas cosas, cosas que se han de dejar a los que vendrán detrás, es renunciar a cualquier forma de identidad razonable. El expolio no es una identidad razonable.

David se revolvía en su silla, todavía incauto, todavía sin comprender ese torrente de dolor, ese caudal de injurias moduladas por mi rabia rigurosa, por mis gestos desabridos. Nunca me había visto en ese estado de indignación, helada, gesticulante y sorda, y por eso mismo quizás más precisa. Sabía que yo tenía carácter, arranques de rabia, pero aquello era otra cosa: una pulsión desgarrada, un rapto evidente.

David preguntó detalles, nombres, fechas. Y supo cuál sería el destino del lugar en el que estábamos, ese lugar que nos acogía en esos instantes limpiamente, con su fuego encendido y sus brebajes modestos: convertirían todo en un centro de ocio. Lo harían pedazos. Lo cubrirían de asfalto, tendidos eléctricos, remontes, un edificio termal. Algunos se embolsarían el dinero, pillarían la pasta y a correr. Se comprarían ferraris y horteradas, casoplones en Marbella, cosas de esas. Así que se quedó mirando el fuego y sintió que la rabia empezaba a trastornarle. Un tremor indefinido apareció dibujado en su mandíbula. Un ahogo creciente. Luego supo que esa rabia no era contenible. Ni ganas.

La puerta del refugio se abrió de par en par. David iba con los esquíes en las manos. Los arrojó sobre la nieve. Volvió a entrar. Salió de nuevo. Llevaba las botas ya calzadas. Se acopló a las tablas con gestos precisos. Clic, clac. Un primer impulso de bastones y cadera. Enseguida estaba bajando. Y yo tras él. La puerta del refugio se quedó temblando, boqueando, entreabierta. Salía humo de la estufa. Graznaban chovas.

Nos deslizamos hacia el pueblo, a todo trapo, en medio de la densa niebla, saltando entre las piedras y los troncos, rozando los cortados del barranco, esquivando los pinos repentinos, que aparecían y desaparecían ante nosotros velozmente. Entramos en Asomo con los esquís en la espalda: la nieve acababa poco antes de llegar al pueblo. La puerta del ayuntamiento no era alta y David quedó bloqueado por los esquís en el dintel. Así no podía pasar. Se quitó la mochila y la tiró sobre las losas. Yo hice lo mismo. Subimos los escalones de madera, de dos en dos, de tres en tres, entre crujidos ominosos. Entramos en el despacho de Ostos. No nos preocupamos de llamar. Ostos era apenas mayor que nosotros, aunque parecía más viejo: tenía los pómulos sumidos en una contracción bajo las gafas, tenía gestos esquivos y pausados, tenía el aire somnoliento de quien ha estudiado mucho. Pero nos conocíamos desde niños, casi parientes, y hermanos, por su amistad con Ancho, en cuya casa pasaba más tiempo que en la suya, examinando asuntos locales, discutiendo de cuestiones personales, asistiendo a cumpleaños y onomásticas, cenando muchas veces en ella porque era tarde y llovía. Cuando nos vio entrar, en su despacho, de aquella forma abrupta, su expresión viró hacia el pánico. David se acercó a él y le tiró encima las llaves del refugio, que no eran precisamente pequeñas.

—Yo también presento mi dimisión. Pero ahora me vas a explicar de qué va esto.

—Sal de mi despacho.

—Con los pies por delante, capullo.

Esa fue la primera escaramuza de aquella guerra perdida, de aquella guerra que dividió al pueblo en dos bandos antagónicos, de aquella guerra en la que se enfrentaron formas de entender la vida con intereses inconfesables, en la que se enfrentó la voluntad de un valle contra una conjura mercantil. Unos estaban, es cierto, a favor del proyecto, pero había muchos más que estaban en contra.

Aquel día David no salió del ayuntamiento con los pies por delante, pero sí con las manos esposadas y sendos agentes de la guardia civil a sus costados. Los viejos de la plaza se frotaban las manos con el espectáculo. Lo mismo que muchos de aquellos cuyas tierras serían recalificadas, aunque no todos. Para muchos más, sin embargo, aquello era un crimen de lesa democracia y también un impresentable caso de especulación rampante.

Se creó una plataforma, se celebraron asambleas, se convocó a los medios y se trazó una estrategia de acción contra el proyecto. La lucha por el Isarre comenzaba de ese modo. Pero era una lucha de la que Ancho se había descolgado, quizás en el mismo instante en que verbalizó su desazón ante mí, como si pensase que su abatimiento, su orgullo herido o su peso político nada aportaban a una causa de la que él era parte. Después de todo, su formación política figuraba como impulsora del plan. Después de todo, su sobrino aparecía como principal damnificado. Y finalmente, el chantaje y la posibilidad del oprobio pesaban sobre sus años intachables. Poco a poco, como consecuencia del daño y la impotencia, comenzó a deslizarse hacia la oscuridad. Su mundo, él mismo habían sido abolidos. Como mecanismo de defensa, supuse, empezó a desinteresarse aparentemente de todo. Un día me dijo que se sentía fuera de la vida.

Mientras tanto, los trámites burocráticos avanzaron a una velocidad digna de mejor causa. La proverbial morosidad de la burocracia administrativa se trocó en este caso en una diligencia admirable. Muy pronto el proyecto fue publicado con todas las bendiciones municipales y autonómicas. Recibió miles de alegaciones, que fueron rechazadas. Fue denunciado ante los tribunales porque carecía del preceptivo estudio de impacto ambiental y porque invadía espacios protegidos. Pero eso no lo detuvo, siguió su camino impertérrito, inasequible a las críticas, a las manifestaciones y a la posibilidad de una suspensión cautelar. Los promotores jugaron la baza de los hechos consumados. Una urbanización, una infraestructura, una vez levantadas, no encontraban en España un juez que se atreviera a tirarlas por muy ilegales que fuesen, salvo contadas excepciones. O sí. El proyecto del Isarre tuvo suerte: el juez decidió paralizar las obras, cautelarmente, pero para ello exigió a la parte demandante una fianza de dos millones de euros, en previsión de que hubiera que cubrir los daños y perjuicios que la promotora pudiera sufrir, en el caso de resolverse el pleito a su favor. Buscamos dinero debajo de las piedras: ahorros personales, rifas variadas, conciertos solidarios, camisetas en venta, gorras molonas, llaveros de madera, pegatinas indelebles, cuadernos estampados, cosas así, ingenuas, candorosas y risibles. Conseguimos recaudar 500.000 euros. Pero nos faltaban todavía 1.5000.000. Las obras, por tanto, prosiguieron su curso, generando un daño que en cualquier caso sería ya irreparable. Nos enfrentábamos a enemigos excesivos: gobiernos, entidades bancarias, constructoras, leyes ad hoc, abogados estupendos, periodistas venales. Nos enfrentábamos al poder del dinero y a sus inmensos medios de persuasión, capaces de montar campañas para enjuagar sus desmanes, de comprar voluntades o, cuando fue necesario, que lo fue, de recurrir a la intimidación pura y dura. Sí, aprendimos muchas cosas en esos tiempos magníficos.

Pero, antes de que eso sucediese, antes de que las obras empezasen, en el otoño siguiente, el hecho es que el pueblo quedó dividido y se llenó de tensión. Una tensión que se mascaba en el silencio de los bares, en las miradas esquinadas, en la ausencia de saludos o, cuando los ánimos se calentaban en exceso, lo que ocurría con frecuencia, en airadas discusiones que en algún caso terminaron en riña. Así Julián, nuestro amigo, a quien teníamos que sujetar para que no se liase a bofetadas en cualquier momento. Desde siempre le habían llamado el loco, propenso como era a la extravagancia, al exabrupto y a decir sus verdades en un tono que insinuaba la riña o la convocaba. Salía de los bares gritando en la noche, con gritos de borracho, temblando sobre el pavés, empapado por la lluvia, por la indignación, bajo la luz de las farolas, increpando a los zaguanes y a los coches aparcados, tambaleándose sobre su sombra, gritando consignas improvisadas en la rabia del alcohol: «Que salgan los traidores, los que han vendido a Ancho y al Isarre. Que salgan los mentirosos y los mierdas». A veces se quedaba llorando en las esquinas, borracho, derrumbado en las aceras, con las manos sangrantes tras haber golpeado un árbol o una pared. Entonces teníamos que llevarlo a casa y acostarle.

Sí, el paraíso del Asomo se había puesto en marcha. Era magnífico. Hasta los viejos de la plaza, tan pacíficos y bien avenidos, sufrieron aquella enfermedad que a todos afectó.


Pedro Sáez Serrano. Refugio. Ed. Desnivel, 2021

lunes, 1 de mayo de 2023

REFUGIO (fragmento III)





 

Uno siempre responde con su vida a las preguntas más importantes […]. ¿Quién eres? ¿Qué has querido de verdad? ¿Qué has sabido de verdad? ¿A qué has sido fiel o infiel? ¿Con qué o con quién te has comportado con valentía o con cobardía?

Sándor Márai


1

 

Me miré las uñas. Primero de cerca y luego estirando completamente el brazo. Me quedé silenciosa y disimulé mirándome las uñas, la fina urdimbre de los dedos, los cables bien matizados de los tendones. Pero en realidad estaba viendo cosas que habían sucedido muchos años atrás, Jaime, cosas que ya no existen, salvo en mi cabeza. Por eso disimulaba.

Luego —continué, sin mirarte— pasó un verano en el que se remozó el refugio, en el que David y una cuadrilla de albañiles se dedicaron a rehabilitarlo. El valle de Asomo volvía a ocuparse de lo suyo. Subíamos al Isarre y los encontrábamos enfrascados en el trabajo, haciendo cemento, pintando paredes, lijando muebles, aceitando bisagras. Los veíamos subidos en el tejado de la casa, con el torso desnudo, tostándose al sol mientras fijaban lajas de caliza sobre la trama de madera, resueltas a resistir los inviernos. Luego David se quedaba sentado en el alero, abriendo una lata de cerveza que, a veces, a causa de la presión, se derramaba sobre sus muslos.

De vez en cuando, Samuel, yo y otros amigos les ayudábamos en la faena, pero sin descuidar los paseos y las escaladas por el valle. Comprobábamos, por ejemplo, la solvencia de los baños y admirábamos el trabajo de los que levantaron la casa, de los que cortaron y labraron allí mismo piedras, tallaron sillares, jambas, dinteles y los transportaron y colocaron en su lugar, sin más herramientas que las manos. Hicimos fiesta el día en que un helicóptero descargó materiales en la explanada, frente a la casa. Traía sacas de arena, cemento, pintura, clavos, herramientas, tablones y cajas de cerveza, muchas cajas de cerveza, las suficientes como para aguantar un verano. Ahora ya se podía trabajar en serio. Dos o tres veces por semana subían desde Asomo mulas con serones repletos y muchos amigos montañeros también se acercaban hasta arriba con las mochilas llenas. Traían viandas y ganas de escalar en el Isarre. Nos levantábamos temprano y salíamos contentos y dormidos hacia los cantiles. Los domingos David se iba con nosotros. Juntos escalábamos las vías. Desde las cumbres y las crestas contemplábamos el mundo.

Luego volvíamos al refugio, decorado con herramientas esparcidas por el suelo. La música salía por las ventanas entreabiertas, perturbando a las vacas. Algunos preparaban entonces la cena mientras otros ordenábamos el espacio. Limpiábamos todo, escogíamos el mejor lugar para las mesas, encendíamos velas en cuencos de caliza. Después, tras un largo día de montaña, con la comida bien ganada, contemplábamos el sol ocultándose tras las crestas grises, de repente púrpuras, moradas, y la neblina rompiéndose contra la proa de los picos. Sentados en el porche, en los bancos lustrados con linaza, bebíamos vino en vasos de peltre o aluminio, y comíamos y reíamos mientras los perros nos miraban y se reían también a su manera.

Así pasaron muchos días de aquel verano, uno de los más felices que recuerdo. Igual que recuerdo la alegría de los perros corriendo hacia las vaguadas y a David de nuevo sonriendo sin motivo, solo porque sí, porque estaba vivo.

Un día Julián le encontró regando el haya. Lo había plantado delante de la casa. Había construido a su alrededor un pequeño alcorque de piedras con el fin de protegerlo, de delimitar su territorio. Lo había tutelado también con viejos bastones de trekking. Ese día intuimos por primera vez que habría nubarrones en el futuro. Concentrado como estaba en su tarea, David no advirtió la llegada del otro. Se volvió y le encontró intentando contener la risa, sin lograrlo.

—¿Te has vuelto loco? ¿Desde cuándo se riegan los árboles de las montañas?

—Se riegan desde que a mí me da la gana. Y por favor, procura que tus vacas no se acerquen a mi árbol.

David y Julián se conocían desde niños, desde una tarde de verano en que David vio surgir del bosque un rebaño de vacas somnolientas. Las conducía un chaval orejudo, que caminaba al frente de ellas con pasos de atleta y una apostura militar. Volvían de las estivas, a través de los hayedos, y David se quedó impresionado por los silbidos del chico y las extrañas órdenes que transmitían, y que sus perros cumplían de inmediato, como si estuvieran tratando con un almirante. David supo enseguida que quería unirse a esa tropa parsimoniosa y acre, y acompañar a su dueño por el monte, cuyos senderos debía conocer a la perfección.

—¿Dónde vas? —le preguntó, intentando un primer acercamiento.

—Te conozco —le dijo el otro sin mirarle—. Eres el sobrino de Ancho y te gusta mucho trajinar por el monte.

—¿Puedo ir contigo?

—Puedes, pero no sabes dónde voy.

—Eso no importa

—¿Sabes silbar?

David se llevó los dedos a la boca y silbó con todas sus fuerzas. Los perros se volvieron.

—Vale, ven.

David sonrió y se puso a seguir los nerviosos pasos del otro.

—No creas —le dijo, mientras saltaba detrás de él—, yo ya he guiado vacas con mi tío.

Y fue así como se hicieron amigos, aunque nunca llegaran a entenderse del todo, entre otras cosas porque Julián no podía entender, ni quería hacerlo, a los escaladores: que hubiese gente que se subía por los cortados le parecía ridículo.

A Julián le llamaban el loco porque vestía a su manera, porque era irascible y orgulloso, porque hablaba en un tono duro, un tono que su voz áspera parecía elevar hasta los límites de la riña. Trabajaba en Asomo, pero también en otros valles. Le gustaba leer (siempre iba con libros y periódicos atrasados) y los ganaderos se rifaban sus servicios, a pesar de su carácter imposible, ya que conocía los mejores pastizales y tenía mano y un oficio comprobados. Siempre llevaba noticias y rumores de un sitio para otro. Aún no sabía nada de lo que ocurriría, pero debía intuirlo, por lo que pasaba en otros valles. David le hizo entrar en el refugio. Le mostró orgulloso las mejoras. Le sentó ante una mesa recién restaurada. Julián agachó la cabeza y respiró los aromas recuperados de las tablas. Volvió a incorporarse y asintió con la cabeza a lo que veía y olía.

—Siempre conocí este lugar como un henil. Ahora parece el Hilton.

—Tú nunca has estado en el Hilton, mentiroso.

David puso en sus manos un vaso de tinto. Brindaron por el futuro. Se rieron a modo recordando viejas historias. Julián sacó tabaco de liar y una talega con almendras.

Salieron afuera. Las vacas tomaban posesión de sus dominios. Los pastos se extendían hasta los cantiles como manteles adornados. El perro de Julián olisqueaba las botas de David y mordía sus cordones con barro.

—Te cambio el perro por un trago.

—Ese perro es mi hermano y no se cambia por nada.

Permanecieron un buen rato en silencio, mientras trasegaban almendras y bebían el tinto de los vasos. Observaban los círculos que los buitres trazaban a lo lejos. Eran de los que no necesitaban hablar para sentir la compañía. Al rato, Julián dijo:

—En los valles vecinos veo cosas que no me gustan. Oigo explosiones desde los pastos. Están construyendo una carretera nueva, ¿lo sabías? Ampliarán las estaciones de esquí. Construyen mucho y rápido. Casi nunca bonito. Eso que llaman progreso lo acercan con su dinamita. Se llevan la montaña y traen otra cosa: asfalto, ladrillos, cables, torretas, remontes, aparcamientos. Se llevan media montaña en camiones llenos de escoria. Traen otro mundo. Algunos prosperan con el cambio. Hay gente que está a favor y gente en contra. Yo estoy en contra.

A continuación rebuscó en uno de sus bolsillos. Sacó una china de hachís y empezó a quemarla sin prisas.

 

 

2

 

Andrés pensaba que yo era otra abuela que le había nacido de repente.

—Tiene el pelo blanco, papá, como las abuelas.

—No todas las mujeres con el pelo blanco son tus abuelas, egoísta —le contestabas tú.

—Pero Lucía sí, ¿verdad?

—Lucía tampoco.

Ese afán posesivo de Andrés no podía dejar de halagarme. Me había elegido como abuela. Me cogía las manos como un experto que examina las pezuñas de un caballo para comprobar su salud. Luego ponía su cabeza en mi regazo como si fuera allí donde latiera el corazón. ¿Qué oía? ¿Mi pasado? ¿Mi futuro? Yo no había tenido hijos, no me había reproducido, Jaime, pero no por falta de ternura, sino por exceso de algo, de miedo o de responsabilidad, no sé. En la perspectiva del colapso, ¿cómo hacer frente al sufrimiento de los niños que heredarán nuestro infierno? ¿Cómo gestionar, por otro lado, su mirada ante semejante robo? Cada vez que traemos una vida al mundo, debemos explicarle quiénes somos. Somos Auschwitz y la Quinta Sinfonía. Somos la batalla del Marne y un poema de Gelman. No es fácil. Pero a nuestra generación le encomendamos además otra tarea: os damos un mundo que muere. Lo hemos matado para vosotros.

Aquel día era el segundo que venías con Andrés y nos sentamos en un banco del parque. Andrés estuvo un rato observándome y luego se puso a jugar sobre la yerba, con un camión en miniatura que transportaba ramas. Cuando se cansaba, se acercaba hasta mí para poner su cabeza en mi falda. Yo le acariciaba y te contaba esto:

—En aquellos momentos, no sabíamos lo que se estaba tramando —te dije—. El refugio se inauguró con total normalidad. Subieron Ancho y otros concejales. Hubo un pequeño convite y las fotos de rigor. La prensa habló de la apertura. Las revistas de montaña dieron cuenta de la novedad y se felicitaron por ello: aquel refugio venía a paliar un déficit histórico. Pronto empezaron a llamar para reservas. David vio a los primeros excursionistas y escaladores superar la morrena y acercarse hasta el refugio. Todos elogiaban la calidad de las instalaciones. Los fines de semana acudía un refuerzo para las comidas. Las primeras nevadas ralentizaron la llegada de clientes y redujeron su perfil a montañeros duros. El valle volvió al silencio. David veía nevar mientras leía frente al fuego. A veces salía con los esquís, o los piolets, a pasear o escalar una arista. De vez en cuando bajaba al pueblo. Luego volvía con la mochila cargada de víveres. O subía leña desde el límite del bosque, en cuévanos nepalíes que se había fabricado él mismo. En Nepal había aprendido eso, entre otras cosas, como sabes. Creo que le gustaba el trabajo.

Luego te expliqué que de aquella estampa surgiría el desastre, no todo iba a ser bucolismo new age, hipismo guay, porque la vida no es guay, no siempre. Pero no ocurrió de repente, sino en un proceso lento, insidioso, secreto, como una conspiración o una de esas enfermedades larvadas y fulminantes, que se manifiestan siempre demasiado tarde. Durante meses apenas se insinuó más allá de algunas murmuraciones extendidas débilmente por los pueblos, de ciertas insistencias en torno a Ancho y una creciente incomunicación de este con sus concejales. Quizás fue su avanzada edad, casi setenta años, lo que le hizo perder reflejos, no darse cuenta de lo que estaba sucediendo. O quizás fue su inquebrantable confianza en los demás, a los que era incapaz de atribuir otras malicias que no fueran las relacionadas con el mus o el pago a regañadientes de las tasas municipales. Nada grave, nada por lo que un alcalde o un simple vecino debieran perder ni un minuto de su sueño.

Aquella tarde, mientras Andrés se cansaba de nosotros y regresaba a la pradera del parque, donde vivían las hormigas y volaban la mariposas, y su camión transportaba briznas de hojas y pinochas secas y quebradizas, incansablemente, en medio de ese tráfico pequeño, yo me miraba las uñas al recordar aquellos días en que todo empezó a cambiar para nosotros.

 


Pedro Sáez Serrano. Refugio. Ed. Desnivel, 2021