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e dice el sistema
que mi contraseña caducará en 60 días
y sé que ya nunca más la cambiaré.
Me llega el calendario de las próximas
sesiones.
Jueves a las 8:15, salón de actos, y repaso
los títulos
como quien repasa el panel de la
estación:
lleno de trenes que nunca se han de
coger.
Acabo de salir de mi última reunión
de la comisión de usos off label
de enfermedades autoinmunes sistémicas.
Cargo el busca por última vez, escribo
el último email, la última validación
de un tratamiento
el último ajuste en insuficiencia
renal de un antibiótico
el último café con las compañeras que
aprecio
que conozco bien y que tanto me
enseñaron.
Recogeré el cuadro de Vinuesa, las
fotos, los premios
y el tarrito de los bolígrafos que me
regalo Roberto Marín.
Echaré las batas y pijamas al
contenedor de ropa sucia
y cruzaré la puerta por última vez.
Y sí, claro, ¿quién lo niega? algo se
rompe, es un dintel,
un puente, casi una tirolina en Costa
Rica
es como cruzar El Estrecho sin billete
de vuelta
es la linealidad de la memoria que
todo se lo come
pues todo acaba y, a la vez, todo
siempre
comienza desde el instante anterior.
Tuvo un sentido, aún en el fracaso de
los sueños,
porque hemos vivido rápido,
peligrosamente, ajustando
las fuerzas al máximo que daba la
caldera, no se puede negar
que no hayamos movido el esqueleto por
estos hospitales
que no hayamos metido la cuchara en
todas las sopas
que no hayamos reído y sufrido lo
indecible
para saber que estábamos vivos, vivos,
vivos.
Bernardo Santos. Farmacia hospitalaria. La Imprenta, 2026

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