Como un musgo que
espía entre los árboles, a una distancia prudencial, veo a mi madre de niña ––6
años tendrá–– junto al pozo de la Vega hechizada. Con sus manos está cortando
las pajitas verdes del mundo y tararea una canción que no existe, una que solo
los narcisos entienden. La brisa mueve su pelo y de fondo se escuchan las ranas
en las sombras del mediodía. Sube la mirada que se topa con él. Un caballero,
ataviado estilo Luis XVI, con peluca empolvada de violetas, traje bordado con
hilos de luna y un cubo de plástico azul como el cielo. No hablan. Se dan los buenos días con los
ojos, como hacen los seres de dos épocas distintas, que se reconocen en el
perfume del agua. El caballero baja su cubo al pozo, con el silencio
de siglos, y se aleja por el camino de hojas doradas. Mi madre sigue allí, con
los dedos llenos de tierra y juego, mientras termina la canción que nació antes
que ella. Y yo, desde la espesura, no sé si soy su hija o un árbol antiguo, que
la recuerda.
Esther Mañoso

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