documentos de pensamiento radical

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miércoles, 17 de septiembre de 2014

Dos poemas de TODO EL MUNDO ESTÁ EN OTRO LUGAR de ANTONIO ORIHUELA






LAS CARTAS SOBRE LA MESA


Cuando se desmoronen las imágenes de la pasión
y de lo trabajosamente construido.

Cuando todo lo sientas como escombros innecesarios,
afanes polvorientos, aburrido juego que se abandona,
ligero dolor de lo perdido.

Cuando llegues a esa suma de la vida
donde todo se congrega
en identidad, presencia,
y constante intercambio.

Cuando llegues a la casa
donde desde siempre se te espera.

Cuando llegues,
ya hecho solo verdad,
vuelto en ti,
hecho red con todo lo creado y lo increado,
libre para responderte sobre quién eres tú
en este sueño sin fin del amor.

Cuando veas que todo no es más, finalmente,
que filamentos entretejidos, rotos
y vueltos a entretejer
en una danza imaginaria y fortuita.

Cuando estas olas de tu propio verte
sean la única certeza que tengas de ti.

No habrá nada que decir,
nadie a quien decir
ni palabras con que decir
lo iluminado.

*

MENTE Y CORAZÓN

Esto no se acaba nunca
porque, en realidad, ni pasa nada
ni vamos a ningún lado.

Esto es esto
y también esto no es esto.

Todo es aquí y ahora,
no hay nada que buscar,
nada por lo que sufrir
o por qué suspirar.

No más vigas, ni arena, ni ladrillos
para esta casa de lamentaciones
donde vivir atrapados
en el valle de las lágrimas.

La práctica es no siempre así,
porque no hay nada sobre lo que practicar,
nada que iluminar,
ningún nido que construir.

Solo respirar, comer, limpiar, fregar, hacer la colada,
tender,
planchar,
tender,
planchar.

Una cosa cada vez en su momento
para tratar con ella no de crear la belleza
sino para despertar a la belleza.

Amar, dar limosna, estar presente,
trabajar por los demás, dejar a Dios en paz,
tener paciencia, ser indulgente,
y también no hacer
y disfrutar de un mundo cada vez.

Antonio Orihuela. Todo el mundo está en otro lugar. Ed. Baile del Sol, 2011




martes, 16 de septiembre de 2014

EL LENGUAJE SECUESTRADO (VII)




Frente a la vulgata marxista, los anarquistas tenían claro que de nada valía transformar la infraestructura esperando que de ella emanase una superestructura nueva, porque o bien ambas se modifican a la vez, incluso adelantándose uno, desde lo personal, en su propia transformación ideológica, o bien las viejas formas de vida, en su asombrosa consistencia, llegan a neutralizar, socavar y finalmente dar al traste con las nuevas estructuras conquistadas cuando lo indiscutible no se pone en duda, es decir, cuando la propiedad privada se vive y se piensa como natural y cuando el trabajo y la cultura se viven como esferas escindidas.
Y es que a la Anarquía se la puede temer por los que la traducen en caos, falta de autoridad y gobierno, pero también se la puede mitificar como la situación social donde falta el comienzo (arché), el principio; donde el mando y la ley han sido desterrados y todo puede comenzar entonces como posibilidad; donde los materiales históricos se resisten a una lectura lineal y positiva porque la ausencia de autoridad impide cualquier relato de poder o, lo que es lo mismo, hace de cualquier relato un relato con el mismo estatus que otro, pues ninguna resistencia encuentra para ello ni ninguna institución impide que suceda tal cosa. Estamos pues ante un orden superior a cualquier otro, un orden que no tiene que recurrir a la violencia, la represión, la censura o la opresión porque este orden tiene que ser descubierto y puesto en práctica por cada individuo de la única manera que los anarquistas conocen, es decir, viviéndolo como resultado del rechazo de toda dominación y negando cualquier modelo de conocimiento preestablecido.

Antonio Orihuela. Palabras raptadas. Ed. Amargord, 2014

lunes, 15 de septiembre de 2014

EL LENGUAJE SECUESTRADO (VI)




Mucho menos conocido es el plan mejor guardado de la dictadura franquista, tal vez por haber sido también continuado por el Estado democrático surgido de la transición. Nos referimos a la destrucción no sólo del patrimonio material de los anarquistas españoles, sino también a su persecución y aniquilación física y espiritual hasta hacer desaparecer esa otra manera de pensar, de estar, de entender y practicar esa sociabilidad igualitaria y colectivista sobre la que los anarquistas querían edificar el mundo nuevo. Desprestigiados por idealistas. Desautorizados, estigmatizados y perseguidos por violentos. Desaparecidos ellos y sus prácticas, la silueta de los vencidos se conservó en la memoria popular hasta poco más allá de lo biológicamente posible y aún ésta, tras siete décadas de represión, miedo y descomposición material y moral poco tenía que oponer a la visión mucho más interesada que desde el poder se había fijado de ellos y de ese tiempo: El anarquista de la bomba y la pistola, el malhechor abominable que sembraba el terror se construyó como propaganda desde los medios de comunicación burgueses al servicio del Capital, pasó a la historia oficial como otra herramienta más en la defensa y consolidación del Estado nación y, después, sencillamente, el esperpento se convirtió en un personaje histórico que hoy nadie discute en señal de supina ignorancia sobre lo que en realidad fue el anarquismo para los españoles y especialmente para los andaluces.
Los anarquistas que un día ostentaron la más alta autoridad moral, la que emanaba de su coherencia y rectitud personal, de la confianza de sus vecinos y el compromiso con sus compañeros fueron borrados como esa posibilidad que ellos ejemplificaron con sus vidas de querer vivir en la Anarquía. Un vivir que nada tendría jamás que ver con el Estado proletario soviético entonces reivindicado y admirado por la izquierda europea, ni con una pretenciosa redención que sólo alcanzara a la clase obrera, sino que, como queda dicho en un manifiesto de la FAI gaditana de 1933, en él caben “todos los seres humanos, sin distinción de sexo, nacionalidad, edad, profesión o posición social”, porque para ellos el anarquismo suponía el final del egoísmo humano y el despertar a la armonía y la felicidad común, cualquiera que hubiera sido la actividad o la posición de la persona en el capitalismo. El 7 de junio de 1936 tiene lugar en Jerez de la Frontera un pleno de la Federación Provincial de Grupos Anarquistas de Cádiz, allí confluyen delegados de Sanlúcar de Barrameda, Medina Sidonia, Alcalá de los Gazules, Lebrija, Jerez, Sean Fernando, Paterna de Rivera y Puerto Serrano para decir esto mismo, “que el hombre no es malo ni obra mal por naturaleza. Es el ambiente capitalista el que lo degenera y, a veces, lo transforma en un monstruo”.
¿Pero quiénes eran estas personas? En octubre de 1931 son más de trescientos mil los trabajadores afiliados a la CNT andaluza, también hay abogados, profesores, artistas, son muchos los que viven encandilados por el Ideal. En 1933, el comandante del puesto de la Guardia Civil de Casas Viejas declara a la prensa que la tragedia se veía venir “porque aquellos jornaleros estaban siempre leyendo”. ¿Qué queda de aquellos hombres y mujeres que entregaron sus vidas a la Idea? Una figura paradigmática de esta actitud fue reclamada por el estudioso José Luis Gutiérrez Molina en su libro sobre la figura del chiclanero Diego Barbosa, campesino, autodidacta, antimilitarista, vegetariano, animalista, naturista, nudista, hombre de una sensibilidad social sin igual, novelista y articulista en la prensa ácrata de los años veinte y treinta, tribunas desde la que denunció los toros como espectáculo macabro y embrutecedor y el flamenquismo como fenómeno alienante de las clases populares en la medida que las alejaba de todo horizonte de redención. También se cebó en sus textos contra el trabajo infantil, la prostitución, el alcoholismo, la democracia burguesa, los gobiernos, las supersticiones religiosas, la explotación de los trabajadores y sus malas condiciones de vida, mientras que en otros hace una encendida defensa de la educación popular, la eugenesia o los derechos de la mujer y de la necesidad de ésta de abandonar su papel subalterno y emprender el camino de su  liberación... Barbosa desconfiaba de las mayorías silenciosas, dominadas por la ignorancia, prestas a formar bajo el látigo del poder y en torno a intereses que nunca son los intereses de los de abajo, como ocurrió durante la Iª Guerra Mundial, esa brutal masacre de obreros. Asesinado por los fascistas en 1936 hoy, Diego Barbosa, es sólo un nombre en la larga lista de los olvidados que lucharon y soñaron con una sociedad nueva.

Otro personaje igualmente desconocido del anarquismo español es Isidre Nadal Baqués, alias Llum de la Selva (18??-1983), rescatado del olvido por Eduard Masjuan en su libro Medis obrers i innovació cultural a Sabadell (1900-1939). Llum de la Selva, que conocerá de primera mano las colonias tolstoianas de finales del siglo XIX instaladas en Cataluña, participa, durante los años veinte, en la dinamización del grupo anarquista Idea i Cultura, mientras se embarca en el proyecto de poner en marcha la Granja Natura de Can Rull, que se convierte rápidamente en un gran huerto con árboles frutales donde construye con sus propias manos la que será desde entonces su casa, el Jardí de l’Amistat, un lugar para la reflexión y el intercambio de conocimientos sobre la agricultura orgánica, el respeto a la naturaleza como espacio sagrado y la extensión del ideario de la no violencia. Allí llevará una vida ascética, frugal, desprovista de todo lujo material. En 1936 participará en las colectividades agrícolas de Sabadell, construye una biblioteca que se nutre de libros naturistas y pacifistas, impulsa proyectos de colonias naturistas, agrícolas y artesanas para familias que quisieran vivir en pequeñas comunidades con objeto de conseguir la autosuficiencia alimentaria en ellas y fundar un régimen de vida basado en el desarrollo de la vida espiritual, el estudio de la naturaleza, etc. sin acumular bienes y rechazando el uso del dinero que para Llum eran dos de los más importantes factores de disputas y violencias entre los seres humanos. 

Antonio Orihuela. Palabras raptadas. Ed. Amargord, 2014

domingo, 14 de septiembre de 2014

EL LENGUAJE SECUESTRADO (V)



Las Misiones Pedagógicas se pueden ver como el máximo exponente de la actividad revolucionaria de nuestros intelectuales de la Edad de Plata de la cultura española, o bien como parte del programa político republicano que aquí se materializa en la pretensión por llevar el imaginario cultural de la burguesía  (la poesía, el teatro y la pintura del Siglo de Oro) y las tecnologías de la cultura urbana de consumo espectacular (museo, teatro, cine, gramófono) a zonas todavía insertas en dinámicas propias del Antiguo Régimen que había que redimir para el capitalismo.
En pueblos donde la gente aún utiliza el arado romano ellos llevaran documentales sobre las fábricas Ford y allí donde se iluminan con candiles, enseñan cómo se construyen las presas hidroeléctricas que iluminan las ciudades. Es la fe en el nuevo régimen político lo que llevan a los pueblos los misioneros republicanos, y como todo misionero, su labor es que el pueblo crea en el mensaje, aunque lo que anuncia ese mensaje de progreso material aún quede lejos y poco más que las imágenes fantasmales del cinematógrafo puedan argüir como pruebas los nuevos misioneros del progreso.

Sin embargo, frente al  optimismo en el mundo futuro, dominando por la producción en cadena y las tecnologías, ni el krausista ministro de Instrucción Pública ni los cuadros de la intelectualidad orgánica republicana son capaces de pensar o mostrar un arte y una cultura igualmente de vanguardia. Al contrario, defienden como propia la del Siglo de Oro, paradójicamente asentada en los mismos modelos socioeconómicos del Antiguo Régimen que critican, dando lugar a una cultura neopopulista dominada por el romancero, las músicas populares, tradicionales o cultas, y el teatro de Calderón. Estamos, en fin, ante un conglomerado que remite a una estética españolista, tradicionalista, católica y rural, defendida también por otros proyectos republicanos como La Barraca de García Lorca, que será asumida sin grandes conflictos por el fascismo español como propia.

Antonio Orihuela. Palabras raptadas. Ed. Amargord, 2014

jueves, 11 de septiembre de 2014

UN POEMA DE "VERSOS DE INVIERNO (PARA UN VERANO SIN FIN) DE MATÍAS ESCALERA CORDERO


             

 Penal de Burgos
                                                        A los miembros de la tertulia “La aldaba”
                                                        A todos los viejos camaradas que murieron con un libro en la mano
                                                        A Marcos Ana (quien nos lo contó; o algo parecido…)

El patíbulo se ha vestido de sábado: y los sábados son
Día de saca (esto es: de matanza) El libro ha quedado sin marca…

      (en el último momento) ha olvidado plegar la esquina
O marcar la página exacta
Que señala (abierta o doblada: piensa justo antes
de caer al olvido) El final de su vida

Las palabras así descoyuntadas carecerán de memoria
            (se desalienta) De la página exacta
Y del patíbulo
Y de los hombres que eligieron el bando de los hombres…

Desalentadas acaso se creyeron vencidas también: pero
Luego/ahora renacen
Del abandono
      (pues) Aun en la oscuridad o en el silencio: el ansia

Incesante
De saber y de vida
O la página doblada –o abierta– se alzan igualmente contra la muerte…

Muerte menos exacta: y seguro –o por contra– el triunfo
Al fin
Sobre la oscuridad y el silencio… (y renacer con el goce
      del coloquio
      y del estudio: juntos…)

Creían sus asesinos que con la muerte les arrebataban sus libros…
No los conocían… (y no nos conocen: aún)


Matías Escalera Cordero, Versos de Invierno (para un verano sin fin), Amargord, 2014.


martes, 9 de septiembre de 2014

EL LENGUAJE SECUESTRADO (IV)




La Guardia Civil se puede ver como el primer cuerpo de seguridad pública de ámbito nacional que actuó en España con la misión primordial de proteger el libre ejercicio de los derechos y libertades de los españoles y garantizar la seguridad ciudadana, bajo la dependencia del Gobierno de la Nación o bien como otro episodio más de la socialización de pérdidas y privatización de beneficios al que el capitalismo nos tiene tan acostumbrados. En este caso, la creación de la Guardia Civil por parte del Gobierno en 1844 se justifica por la necesidad de solventar el grave problema de seguridad pública que, según ellos, existía en las zonas rurales. ¿Pero, cuánto hay de verdad en esto? A las tímidas medidas reformistas que se van sucediendo entre el reinado de Carlos III y la segunda Guerra Carlista por colocar a España en la modernidad capitalista, la nobleza territorial, cuya concepción de España no iba más allá de la su cortijo, reaccionó cerrando filas para preservar sus privilegios a través de una sabia mezcla de victimismo, compensación de agravios ante las medidas que le perjudicaban y violencia organizada. Esta última materializada a través del sostenimiento de pequeños grupos armados a su servicio, destinados no sólo a guardar el orden en sus extensas propiedades, cortijos y aldeas; también tenían por misión asustar a los alcaldes de los pueblos que no respetaran su jurisdicción y quisieran ir por libre, secuestrar competidores, extorsionar rivales, arrimar disidentes a sus causas e intereses y disuadir a los jornaleros hambrientos de asaltar sus propiedades, ejercer la rebusca en trigales u olivos, dedicarse a la caza furtiva o romper los vínculos vasalláticos que los adscribía a la tierra igual que en la Edad Media. Como el mantenimiento de esta cuadrilla, ociosa, levantisca, sediciosa y en la mayoría de los casos reclutada a base de elementos marginales de la sociedad, resultaba caro, y la generosidad de los terratenientes tenía sus límites, los mismos patronos también hacían la vista gorda, u ofrecían protección e inmunidad cuando por su cuenta y riesgo estas partidas cometían todo tipo de excesos o recurrían al lucrativo negocio del contrabando o el asalto de diligencias como forma de completar sus ingresos, eso sí, siempre fuera de la jurisdicción del señor al que servían. Obviando su auténtica función y naturaleza mafiosa, será este segundo tipo de actividades las que recogerá y exaltará la historiografía romántica dando carta de naturaleza al complejo fenómeno del bandolerismo. En lo que aquí nos interesa, esta alianza estratégica entre la oligarquía agraria y una parte del lumpemproletariado se fortalece con la guerra de la independencia hasta el punto que muchos de ellos serán redimidos por la sangre y se quiebra años después, cuando a cambio de su  encuadramiento en el Estado Nación la oligarquía rural recibe como contrapartida la creación de  la Guardia Civil. Así pueden dejar de contribuir con su patrimonio al sostenimiento de esas mesnadas que aseguraban su poder y su dominio sobre el medio rural, tareas en las que la Guardia Civil los viene a sustituir con indudables ventajas. A través de los impuestos estatales, los que han de ser vigilados y controlados serán entonces los que asuman el coste de su vigilancia y control. To lo tienen preparao/ los civiles en los cortijos;/ por eso matan a los obreros/ para agradar a los ricos, denunciarán cantando bulerías por soleá los flamencos más conscientes, aunque bien es verdad, como recoge Andrés Martínez de León en su libro de 1938, Oselito extranjero en su tierra, que incluso antes de que existiera la Guardia Civil, “nunca ha faltado quien le pegue un tiro a un pobre hambriento en defensa del amo”.
Con la pérdida paulatina de sus apoyos, el bandolero enaltecido por los viajeros y escritores románticos comienza su lenta transformación; en el último cuarto del siglo XIX ya no es más que un vulgar delincuente. Disfrazados con camisa azul y protegidos por la retórica fascista volverán a hacer su aparición en el verano de 1936, cuando de nuevo las tareas de “saneamiento social”  exigidas por la oligarquía caciquil se hayan vuelto tan urgentes como ingentes en las zonas controladas por los sublevados, pero eso es otra historia.
La Mano Negra la podemos seguir considerando como aquella organización anarquista, secreta y violenta que actuó en área de Jerez de la Frontera a finales del siglo XIX, asesinando, destruyendo cosechas e incendiando edificios o bien considerarla en su justo término como otro montaje policial más, en este caso para incriminar y desbaratar el potente movimiento obrero que se estaba fraguando en el campo andaluz al calor tanto de la extensión de la Federación de Trabajadores de la Región Española (FTRE), de corte anarco-colectivista, creada en 1881, como de la pésima situación que viven los jornaleros del campo. Así, al asesinato de un campesino en 1882, las fuerzas del orden respondieron con una oleada represiva que llevó a la cárcel durante meses a más de seis mil personas en toda Andalucía, de ellas, dos mil en Cádiz y tres mil en Jerez, que sigue con multitud de torturas, palizas y vejaciones, y concluye con diez cadenas perpetuas y  siete asesinatos tras una farsa judicial escandalosa donde, una vez más, se dieron la mano la judicatura, las fuerzas del orden y la prensa, todos ellos al servicio de los intereses de los grandes terratenientes de la zona.
Cincuenta y dos años después del crimen legal, durante el golpe de Estado militar, los descendientes de dos de los asesinados, los hermanos Corbacho, constataron hasta qué punto la derecha jerezana podía dilatar su sed de sangre a la hora de volver a colocar a los obreros en el lugar que, según ellos, les correspondía, bajo su yugo o en las fosas comunes.
¿Pero qué es lo que en realidad estaba en juego en esta guerra social donde los de abajo intentaban, organizándose, cambiar su penosa realidad de abusos y miseria? Bastaría echar una ojeada a los datos del catastro para ver cómo, a finales del siglo XIX, el 42% de las tierras de España pertenecen a algo más de cien familias. La Iglesia, por su parte, conserva otro 20%; a ambas habría que sumarle un sinfín de propiedades inmobiliarias. En un país con más de 18 millones de habitantes, esta minoría acapara más de los dos tercios de toda la riqueza del país. Al otro lado, en su extremo, una masa de obreros intenta desarrollar un sindicalismo moderno que expresase sus reivindicaciones, y que, concentrados sobre todo en la mitad sur peninsular, encadenan, entre 1878 y 1905, un motín tras otro en su lucha por cambiar sus condiciones de vida.  La alarma entre los terratenientes de la baja Andalucía por la creciente conflictividad que las organizaciones campesinas estaban promoviendo a favor de los derechos de los trabajadores (salarios mínimos, fin del destajo, limitación de la jornada, repartos de tierra, etc.) será lo que ponga en marcha la maquinaria represora del Estado, maquinaria que, con las lógicas variantes y acomodo a los tiempos, continúa hoy vigente como bien saben los trabajadores del SAT.
Pero no todo lo explica la creciente conflictividad organizada de los obreros. También tendríamos que tener en cuenta que el sistema político caciquil que instaura la Restauración necesita de la docilidad y el beneplácito de los trabajadores para funcionar, para que las clases dominantes pudieran seguir haciendo su política libre por completo de injerencias obreras y donde se entendía que los derechos de estos no podían existir más que otorgados por la gracia y largueza de sus patronos, y para todo ello, para mantener a la masa en la más absoluta obediencia, nada mejor que tenerlos sometidos por el hambre. Incluso un gobernador civil, como Carlos Solsona, lo dejó así escrito en sus memorias sobre el campo andaluz, afirmando que el señorito andaluz no es avariento, que de hecho se puede gastar en una sola noche de juerga muchos miles de duros, “más, mucho más, que lo que pudiera importar la diferencia de jornales que tanto se discutió… el propietario andaluz no es tacaño. Lo que no quiere es que la gente de abajo se acostumbre mal. En este juego está la realidad de la vida en la campiña andaluza. Y uno piensa con tristeza que todo esto desgraciadamente no lo acaba más que la violencia”. La amenaza no está pues en lo que reivindican los trabajadores sino en el mismo hecho de que reivindican, porque es la reivindicación lo que pone en tela de juicio la autoridad suprema y absoluta de una oligarquía que se ve amenazada así en sus privilegios.
Pareciera que el proletariado agrario andaluz tiene, un siglo después, los mismos problemas, que por él no ha pasado el tiempo y, por supuesto, tampoco las reformas. Que aquella guerra abierta que se inició a finales del siglo XIX lo que ha ido haciendo es cambiar de intensidad en función de la energía que las organizaciones jornaleras han sabido o han querido imprimir a la lucha de clases, porque del otro lado, la burguesía rural sigue todavía hoy jugando las mismas cartas que hace un siglo: obstaculizar las vías legales e impedir el desarrollo de políticas reformistas que pudieran modificar su estatus, mantener, al fin, las muchas injusticias, desigualdades y abusos que se siguen dando en el campo andaluz.

Hace un siglo, las derivas de la guerra social se trataban en la prensa burguesa desde la exageración, la tergiversación y la manipulación constantes y, si venía al caso, desde el terror, en la idea de fomentar un estado de alarma social propicio a los intereses de la oligarquía caciquil y la Iglesia a la que servían, señalando, de paso, contra quién debían dirigirse las fuerzas represivas y, por otra parte, deteriorar la imagen de los colectivos obreros al punto de disuadir de ellos nuevas adhesiones, desprestigiarlos y denigrarlos  para aislarlos socialmente. Las campañas contra las acciones emprendidas por los sindicatos o contra personas vinculadas a ellos fueron el ingrediente básico de las noticias que la prensa burguesa ofrecía a sus lectores. Poco importaba que lo que se dijera fuera completamente falso, lo importante es que cumpliera con su función, que hicieran el mayor daño posible. Basta echar una ojeada a sus periódicos, no del siglo XIX, sino los de ahora, para constatar la saña con que se sigue persiguiendo al jornalero andaluz, tachado hasta la saciedad de vago, defraudador, subvencionado, tabernario, etc. Estamos ante la construcción interesada de una imagen que no sólo difama al obrero sino que, y esto es lo es más importante para la oligarquía, desacredita cualquier lucha que los jornaleros decidan emprender contra sus enemigos de clase, los  convierte automáticamente en un sujeto al que difícilmente podremos mostrarle nuestras simpatías, nuestra solidaridad y nuestro apoyo. La prensa burguesa tapa y ocluye al jornalero andaluz hasta el extremo que lo que sabemos de él en estos cien años es únicamente lo que la prensa burguesa nos ha contado sobre él. 

Antonio Orihuela. Palabras raptadas. Ed. Amargord, 2014

lunes, 8 de septiembre de 2014

EL LENGUAJE SECUESTRADO (III)



Igualmente, los derechos de autor se pueden ver como el instrumento legal que asegura los derechos patrimoniales de un creador sobre su obra, regulando la copia y difusión de la misma o bien como otro obstáculo más a la libre difusión si hacemos nuestra la tesis de que nada hay de original en la creación artística, ya que toda obra es remezcla, mestizaje, cruce, traducción, préstamo y puesta al día de obras creadas en el pasado y reinterpretadas cada vez en el presente.
No desvelamos nada. En los cuadros de Rembrandt, Frans Hals, Jan Brueghel, Rubens o Jacob van Ruisdael es difícil saber dónde termina la mano del maestro y empieza la de sus discípulos.

Sería absurdo pues otorgar a sus creadores, intérpretes y productores derechos de exclusividad sobre una creatividad que no solo surge de los saberes socialmente compartidos sino que más aún, solo es posible y comprensible en la medida que se inscribe en un imaginario común, forjado por experiencias compartidas que no vienen dadas ni por la naturaleza ni por lo biológico, sino que han sido fruto del constante adiestramiento en lo social y por tanto, forman parte del dominio público. Paradójicamente, en este debate tendríamos que reconocer a la corporación Disney entre las abanderadas en la lucha para que los derechos patrimoniales del autor, lejos de limitarse como ocurre en la actualidad, sean considerados a título de perpetuidad y no tengan una fecha de caducidad a partir de la cual pasen a dominio público. Algo chocante si tenemos en cuenta cómo se construyó esta maquinaria de colonización del imaginario infantil que ha llegado a ser la compañía de dibujos animados más poderosa del mundo. El mismo Walt Disney no sólo terminó apropiándose del ratón Mickey, que en realidad era obra de su compañero de estudio Ubbe Iwerks, al que le había robado la idea en 1928, fechoría a la que los Simpson dedicaron un rocambolesco homenaje en un capítulo absolutamente memorable protagonizado por el "autor" Roger Meyers Sr. y el indigente Chester Lampwick; sino que cualquiera que haya visto Fantasía puede descubrir en ella el influjo del arte japonés y la presencia insoslayable del arte expresionista alemán, con abundantes referencias al El Gabinete del doctor Caligari; igualmente ocurre con El Doctor Loco que es una copia en dibujos animados de Frankenstein o La tienda de los animales que lo es de King Kong. En La Bella Durmiente Disney saquea las salas de las pinacotecas europeas dedicadas al romanticismo, los prerrafaelistas y el gótico primitivo; y no mejor suerte corrieron las fábulas de Esopo o La Fontaine, los ilustradores del siglo XIX o los cuentos de Grimm (Blancanieves, Cenicienta, El gato con botas). Ni un duro pagó en derechos de autor este admirador de Hitler y amigo de Mussolini por Peter Pan, El libro de la selva, Alicia, Pinocho o 20.000 leguas de viaje submarino, y después de su muerte las cosas lejos de mejorar no han hecho más que sacar a la luz clamorosos refritos como el Aladdin de Las Mil y una noches, cuando no plagios puros y duros, en el caso de Atlantis que es un calco del comic nipón Nadia o el secreto del agua azul o El Rey León, en realidad un plagio del libro de Osamu Tezuka que treinta años antes había dado a la imprenta el cómic titulado Kimba el león blanco, que si apuramos también podría considerarse un refrito de El Rey Lear de Shakespeare al hoy se le discute la autoría de esta obra. 
Antonio Orihuela. Palabras raptadas. Ed. Amargord, 2014