documentos de pensamiento radical

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viernes, 27 de marzo de 2026

4 poemas de ABRIR LA TIERRA de LUIS RAMOS DE LA TORRE

  


CUALQUIER muerte desconoce su identidad.

Cualquier asesinado es uno de nosotros.

De todos nosotros.

Campos López, Hortensio.

Campos Rodríguez, José.

Campos Teijeiro, Estrella…

“Mi querido papá:

-escribía alguien-

En los últimos momentos de la vida

le dirijo esta carta

para darle el último adiós…”



Cela Arias, Estrella.

Cela Gómez, Marcial.

Cela Míguez, Ramiro.



“No siento el morirme,

sólo siento dejar

a su hija, esposa ideal,

buena compañera, la mejor madre,

persona jamás de hacer daño alguno

a nadie…

Nunca creí que en este mundo

hubiese gente tan ruin,

porque le sacan la vida

a la gente que más vale, a la mejor…”

Díaz Díaz, Manuel.

Díaz Diéguez, Manuela.

Díaz Doval, Francisco.



La lista de reclusos es atroz,

inmensa,

y desde la caligrafía del recuerdo hoy llena

las paredes escritas de una celda.



Alonso González, Consuelo.

García Nuñez, Ramón…:

Fusilados.

Y como siempre ocurre,

como dicta natura, al tercer día,

allí nadie resucitó.





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Y A pesar de seguir abrazando la vida,

un nuevo día

era siempre un día triste.

La aurora seca y el agua caliente

teñida de malta y herida.

Teñida de dolor,

ya de mañana,

en aquel coro de pavor y de hambre.



Desayuno de rabia e impotencia.

La carencia adherida a un bollo oscuro,

único pan de pena hiriente

hasta las siete de la tarde.

Horas de espera cruel, de vacío.



Sed y miedo de vergüenza,

y hedor.

Y el tiempo sin alimento tenaz,

como una losa, siempre en contra.





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AÚN en los diarios

hay demasiados huecos por cerrar,

hilvanes sueltos,

rodelas enredadas adrede entre las palabras.



Decir asesinato a secas

es nombrar solo,

de manera puntual,

la muerte violenta,

la poda de la vida a manos de otro,

normalmente emboscado e intrigante.

Decir, sin más,

asesinato,

es definir de repente una opción

que utiliza el poder,

larva de espinos,

y esconde sus intenciones con estrategias

avaladas, pongamos,

por cierta superioridad.



La muerte

de aquellos inocentes “paseados”

en los años treinta, no fue

sólo eso que suena al nombrar

únicamente asesinato.

Al nombrar sólo asesinato,

sin ningún atributo,

se olvida el subterfugio,

se esconden los ardides

de quienes planificaron la acción.

Lo de entonces

fue un proceso pensado

y ejecutado,

contra aquellos tiempos de luz,

contra un posible espacio

para una cultura mejor.



Una encendida decisión,

un carámbano de odios planeado al detalle,

para acabar con la alegría,

para borrar un modo

de pensar y de vivir, al que aún,

a pesar nuestro,

le está costando mucho izarse.



Pongamos, claramente,

que nombrar asesinato, es hablar

más bien de asesinamiento,

o ejecución,

de fusilamiento brutal premeditado.



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COMO una niebla que caldea y sobrecoge,

y casi sin darnos cuenta,

los muertos

siguen en vigilia rondando

en las cenizas de esta vieja casa

que llamamos mundo.

Ya sea

entre los huecos blancos de un poema,

ya entre la greda de una frase por decir.



Considerar la fuerza de su entrega,

secreta luz de savia, es algo más

que un recuerdo crucial o una nostalgia.



Nunca sabremos por qué, pero siempre,

sobre todo en verano

en tiempo de vencejos,

–y así como sucede con las caracolas–

por las tardes parece que desde el campo llegan

extraños rumores sagrados

que siguen alegrándonos la vida.





 

Luis Ramos de la Torre. Abrir la tierra. Ed. Lastura, 2025

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