CUALQUIER muerte desconoce su identidad.
Cualquier asesinado es uno de nosotros.
De todos nosotros.
Campos López, Hortensio.
Campos Rodríguez, José.
Campos Teijeiro, Estrella…
“Mi querido papá:
-escribía alguien-
En los últimos momentos de la vida
le dirijo esta carta
para darle el último adiós…”
Cela Arias, Estrella.
Cela Gómez, Marcial.
Cela Míguez, Ramiro.
“No siento el morirme,
sólo siento dejar
a su hija, esposa ideal,
buena compañera, la mejor madre,
persona jamás de hacer daño alguno
a nadie…
Nunca creí que en este mundo
hubiese gente tan ruin,
porque le sacan la vida
a la gente que más vale, a la mejor…”
Díaz Díaz, Manuel.
Díaz Diéguez, Manuela.
Díaz Doval, Francisco.
La lista de reclusos es atroz,
inmensa,
y desde la caligrafía del recuerdo hoy llena
las paredes escritas de una celda.
Alonso González, Consuelo.
García Nuñez, Ramón…:
Fusilados.
Y como siempre ocurre,
como dicta natura, al tercer día,
allí nadie resucitó.
………………………………………………………..
Y A pesar de seguir abrazando la vida,
un nuevo día
era siempre un día triste.
La aurora seca y el agua caliente
teñida de malta y herida.
Teñida de dolor,
ya de mañana,
en aquel coro de pavor y de hambre.
Desayuno de rabia e impotencia.
La carencia adherida a un bollo oscuro,
único pan de pena hiriente
hasta las siete de la tarde.
Horas de espera cruel, de vacío.
Sed y miedo de vergüenza,
y hedor.
Y el tiempo sin alimento tenaz,
como una losa, siempre en contra.
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AÚN en los diarios
hay demasiados huecos por cerrar,
hilvanes sueltos,
rodelas enredadas adrede entre las palabras.
Decir asesinato a secas
es nombrar solo,
de manera puntual,
la muerte violenta,
la poda de la vida a manos de otro,
normalmente emboscado e intrigante.
Decir, sin más,
asesinato,
es definir de repente una opción
que utiliza el poder,
larva de espinos,
y esconde sus intenciones con estrategias
avaladas, pongamos,
por cierta superioridad.
La muerte
de aquellos inocentes “paseados”
en los años treinta, no fue
sólo eso que suena al nombrar
únicamente asesinato.
Al nombrar sólo asesinato,
sin ningún atributo,
se olvida el subterfugio,
se esconden los ardides
de quienes planificaron la acción.
Lo de entonces
fue un proceso pensado
y ejecutado,
contra aquellos tiempos de luz,
contra un posible espacio
para una cultura mejor.
Una encendida decisión,
un carámbano de odios planeado al detalle,
para acabar con la alegría,
para borrar un modo
de pensar y de vivir, al que aún,
a pesar nuestro,
le está costando mucho izarse.
Pongamos, claramente,
que nombrar asesinato, es hablar
más bien de asesinamiento,
o ejecución,
de fusilamiento brutal premeditado.
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COMO una niebla que caldea y sobrecoge,
y casi sin darnos cuenta,
los muertos
siguen en vigilia rondando
en las cenizas de esta vieja casa
que llamamos mundo.
Ya sea
entre los huecos blancos de un poema,
ya entre la greda de una frase por decir.
Considerar la fuerza de su entrega,
secreta luz de savia, es algo más
que un recuerdo crucial o una nostalgia.
Nunca sabremos por qué, pero siempre,
sobre todo en verano
en tiempo de vencejos,
–y así como sucede con las caracolas–
por las tardes parece que desde el campo llegan
extraños rumores sagrados
que siguen alegrándonos la vida.
Luis Ramos de la Torre. Abrir la tierra. Ed. Lastura, 2025

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