I
BENDITA la casa que acoge la tierra en que se alza la hura silente del TOPO.
La arena, el cimiento que alienta y aviva la horrible rutina y la huella de un tiempo culpable y voraz. La tristeza, el destierro insondable de la claridad herida y en ascuas. La parábola amarga de la sombra obsesiva. La angustia en su yermo doliente gota a gota servido. Su cruz.
Bendito lo oscuro alumbrando en su trémulo sol.
TOPOS, irremediablemente, TOPOS. Abnegados TOPOS.
Manuel Piosa Rosado, El Lirio o Quemachozas,
Miguelico, el Perdiz, el furtivo, Miguel Villarejo.
El TOPO no agrede, no araña es quietud aprendida, la-tencia; no tiene la mirada aviesa que siempre mantienen los grandes traidores a las causas nobles. Busca, necesita, proclama ser libre de nuevo, evitar los estragos de un des-tierro sombrío, de una desazón que ahoga y maniata. Mie-do y aliento que crece y se alivia en el sordo latido de esa herida continua que escribe en el aire.
Manuel Serrano Ruiz, El Anarquista Solitario.
Manuel Corral Ortiz, El Topo Azul.
Bendita la tierra, su esencia cómplice, austera y salvadora, El frío manso de la piedra que avienta y labra su agitada intemperie. La libélula de agua inscrita en el sílice. El abrazo
Luis Ramos de la Torre. Abrir la tierra. Ed. Lastura, 2025

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