documentos de pensamiento radical

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martes, 31 de marzo de 2026

3 poemas de MARINA AOIZ


 

Un libro

 

Marina Aoiz

 

La poesía es el eco de la melodía del universo

en el corazón de los humanos.

 

Rabindranath Tagore

 

 

Aniram tiene 11 años. Atardecer de verano.

Agarra al azar un libro de la biblioteca familiar

y los astros se conjugan

para que despierte a la palabra. El libro,

segunda edición de 1956, de Aguilar,

es la “Obra escojida” de Rabindranaz Tagore.

Un libro de 1.344 páginas, con cubierta

de plástico azul, lomo amarillo, azul y oro,

y una cintita de seda para señalar la página.

 

La foto con la firma del poeta, a la derecha,

en la sexta página. Una Advertencia al lector

señala que se trata de la versión castellana

de las obras de Rabindranaz Tagore, realizada

por Zenobia Camprubí en colaboración

con su esposo, Juan Ramón Jiménez.

La transcripción ortográfica de determinados sonidos,

dice la nota, se respeta por todos los editores de la obra

del escritor bengalí y sus herederos.             

 

Pero Aniram no presta atención a esos detalles.

Abre el libro de hojas de papel muy fino

y de manera arbitraria entra en un universo nuevo.

Las olas de la vida, las voces del viento y el agua…

Aniram lee y lee a lo largo de las vacaciones.

Anota en su cuaderno: “¡Sea hermosa la vida

como la flor del verano, hermosa la muerte

como la hoja del otoño!”. Aprende la sentencia

de memoria. Su corazón despierta a la palabra.

 

Aniram comprende que un viento poeta salió por el mar

y por el bosque en busca de su propia voz.

Afila la punta del lápiz y escribe su primer verso.

Aniram se inicia en la poesía alejándose paso a paso

de la rigidez del colegio, sin revelar su secreto.

Se jura a sí misma convertirse en poeta y viajar a India

para descubrir los lugares por donde transitó Tagore.

Aniram crece en la Shantiniketan de su propio corazón.

Inocente

 

 

Es verano y Tagore,

el poeta de agua,

muestra su alba vestidura

entre las luces del río. Es verano.

Las líquidas palabras

expanden sus rítmicos latidos

entre la avena silvestre y el esplendor

de las doradas espigas.

 

Es verano. Las hojas de los plátanos

cuchichean con las piedras del castillo.

El deseo abre sus labios de fragantes capullos.

 

Es verano y unas sombras

—oscuras, complejas, temibles—

pretenden que probemos

el agraz vino del pecado.

Ignoran, insidiosas,

que la poesía y el maestro

despiertan dulcemente

a las niñas ensimismadas.

 

Es verano. Una pareja de libélulas

se ama en los espejos del aire,

cabalgando sobre el temblor del agua.

 

Es verano y la luz tan inocente.

Remedios

 

 

Orgía de geranios y petunias

en los balcones de forja.

 

Y una larga fila

de mujeres reumáticas

en otro escenario de la tierra.

 

Riegan las macetas con agua clorada.

La que llega al pantano desde tributarios

de nombres ancestrales y de allí

hasta la turgencia de sus casas.

 

Anhelan remedios ayurvédicos:

tulasi, ben, rizoma de cúrcuma.

El fuego prenden con apenas dos ramitas.

Sobre la cabeza, en vasija de bronce,

el agua viaja desde el recóndito pozo.

Sientes su gravedad. Te pesa.

 

Hermosas

como geométricos cristales

estas mujeres esperan brebajes

mirando la vida desde sus negras perlas.

Elegantes, en sus cabellos

se refleja la noche serena. También

el miedo invocan sus espejos. Y la tristeza.

 

Las otras, bellas

a fuerza de peluquería, cirugía y cosmética,

viven al otro lado de la pantalla.

 

Te mueves de unas a otras.

Del corazón del bosque a la luz

de una estrella virtual, sin alma.

Ascética

tu alma busca el pétalo de la flor

más compasiva.

Para abrevar funámbula

en el tenso alambre de la luna,

abres tu corola sedienta.

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