Un libro
Marina Aoiz
La poesía es el eco de
la melodía del universo
en el corazón de los
humanos.
Rabindranath Tagore
Aniram tiene 11 años. Atardecer de verano.
Agarra al azar un libro de la biblioteca familiar
y los astros se conjugan
para que despierte a la palabra. El libro,
segunda edición de 1956, de Aguilar,
es la “Obra escojida” de Rabindranaz Tagore.
Un libro de 1.344 páginas, con cubierta
de plástico azul, lomo amarillo, azul y oro,
y una cintita de seda para señalar la página.
La foto con la firma del poeta, a la derecha,
en la sexta página. Una Advertencia
al lector
señala que se trata de la versión castellana
de las obras de Rabindranaz Tagore, realizada
por Zenobia Camprubí en colaboración
con su esposo, Juan Ramón Jiménez.
La transcripción ortográfica de determinados sonidos,
dice la nota, se respeta por todos los editores de la
obra
del escritor bengalí y
sus herederos.
Pero Aniram no presta atención a esos detalles.
Abre el libro de hojas de papel muy fino
y de manera arbitraria entra en un universo nuevo.
Las olas de la vida,
las voces del viento y el agua…
Aniram lee y lee a lo largo de las vacaciones.
Anota en su cuaderno: “¡Sea hermosa la vida
como la flor del verano, hermosa la muerte
como la hoja del otoño!”. Aprende la sentencia
de memoria. Su corazón despierta a la palabra.
Aniram comprende que un
viento poeta salió por el mar
y por el bosque en
busca de su propia voz.
Afila la punta del lápiz y escribe su primer verso.
Aniram se inicia en la poesía alejándose paso a paso
de la rigidez del colegio, sin revelar su secreto.
Se jura a sí misma convertirse en poeta y viajar a India
para descubrir los lugares por donde transitó Tagore.
Aniram crece en la Shantiniketan de su propio corazón.
Inocente
Es verano y Tagore,
el poeta de agua,
muestra su alba vestidura
entre las luces del río. Es verano.
Las líquidas palabras
expanden sus rítmicos latidos
entre la avena silvestre y el esplendor
de las doradas espigas.
Es verano. Las hojas de los plátanos
cuchichean con las piedras del castillo.
El deseo abre sus labios de fragantes capullos.
Es verano y unas sombras
—oscuras, complejas, temibles—
pretenden que probemos
el agraz vino del pecado.
Ignoran, insidiosas,
que la poesía y el maestro
despiertan dulcemente
a las niñas ensimismadas.
Es verano. Una pareja de libélulas
se ama en los espejos del aire,
cabalgando sobre el temblor del agua.
Es verano y la luz tan inocente.
Remedios
Orgía de geranios y petunias
en los balcones de forja.
Y una larga fila
de mujeres reumáticas
en otro escenario de la tierra.
Riegan las macetas con agua clorada.
La que llega al pantano desde tributarios
de nombres ancestrales y de allí
hasta la turgencia de sus casas.
Anhelan remedios ayurvédicos:
tulasi, ben, rizoma de cúrcuma.
El fuego prenden con apenas dos ramitas.
Sobre la cabeza, en vasija de bronce,
el agua viaja desde el recóndito pozo.
Sientes su gravedad. Te pesa.
Hermosas
como geométricos cristales
estas mujeres esperan brebajes
mirando la vida desde sus negras perlas.
Elegantes, en sus cabellos
se refleja la noche serena. También
el miedo invocan sus espejos. Y la tristeza.
Las otras, bellas
a fuerza de peluquería, cirugía y cosmética,
viven al otro lado de la pantalla.
Te mueves de unas a otras.
Del corazón del bosque a la luz
de una estrella virtual, sin alma.
Ascética
tu alma busca el pétalo de la flor
más compasiva.
Para abrevar funámbula
en el tenso alambre de la luna,
abres tu corola sedienta.

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