documentos de pensamiento radical

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martes, 14 de julio de 2026

VIRUS

 



 

Un virus

nos dice la ciencia

es un conjunto

pequeñito

de información genética

protegido por una membrana.

 

Es algo que no está vivo

ni muerto. Es apenas una nada

casi sin peso.

 

¿Está vivo un virus?

Como dice el astrobiólogo Charles S. Cockell,

quizá el concepto de vida sólo es una palabra.

Algo que no sabemos muy bien en qué consiste,

que vinculamos al carbono,

pero quién sabe.

 

Y si esto sabemos de la vida,

qué de la muerte.

 

Un virus es, ya ves, una casi nada, una ocurrencia

que se olvida casi a la vez que surge

pero que se cuela en una célula

y la pone a trabajar

y en ella se replica

y de ella se alimenta

y a través de ella se extiende

y a eso lo llamamos infección.

La infección crece a cuenta de y finalmente mata a su portador

si este no es capaz de adaptarse.

 

Un virus es una metáfora radiante

del capital: otra forma parasitaria de existencia

que se alimenta de los seres vivos.

 

Aunque habíamos quedado

en que «vida» puede ser solo sólo una palabra,

una convención para entendernos.

 

Si así fuese, en todo caso

el virus / el capital

elimina esa convención

mata —por tanto — el entendimiento.

La vida deja de existir hasta como palabra:

sólo queda un arrastrarse abyecto hasta esa muerte de la que nada sabemos.

 

Se busca el factor cero,

el importador de la miasma,

un culpable aceptable

bien consensuado,

se envenena el aire de sospechas.

 

Extiende el virus

su entramado invisible en las alas del miedo

y las mentiras venenosas.

Se rompe la célula,

se disuelven los lazos,

La gripe del año 1918

se extendió a lomos de la guerra,

un siglo más tarde,

del mezquino afán de lucro

al que bautizaron

con el noble nombre

de austeridad.

 

Austeridad es una palabra hermosa,

significa no malgastar, no despilfarrar,

significa ajustarse a recursos limitados,

respetar el equilibrio entre el deseo infinito

y la naturaleza finita.

 

Austeridad no significa sacrificar

personas en el ara de la deuda,

en nombre de la paz mental de los acreedores

y del pacífico disfrute de sus intereses.

 

Anteponer las necesidades del capital

a mera supervivencia de las de las personas

es otra cosa,

es dejar que la infección se extienda

y alimentar la matanza.

Entre virus nos entendemos y nos ayudamos:

 

Fuck you, portadores,

que te den, infectada,

no haber querido tanto,

no haber cuidado tanto,

no haberte acercado,

no haber envejecido,

que pareces tonta.

 

La plusvalía es sagrada

más que la vida de los imprescindibles trabajadores prescindibles:

que vayan al trabajo, que vayan, que vayan, que vayan.

A fin de cuentas, decíamos, no sabemos qué es eso de la vida

pero sí tenemos claro qué es el beneficio y como cómo se reparte.

 

Mientras discutimos

si los niños pueden salir a la calle

a jugar simplemente

porque pese a las décadas de entrenamiento

en entretenimiento solitario

y en onanismo social

-—pantallas, pantallitas, (inter)faces- —

el animalito humano sale y corre a buscar a otro

para saltar, gritar, fantasear, empujarse

juntos

se empuja a los trabajadores no esenciales

a la calle: con distancia, con máscaras,

con el gesto ausente y el miedo convertido

en buena educación.

 

Los holas se dicen en voz baja,

las miradas luchan por no cruzarse,

medimos las distancias,

cuesta un poco al principio

pero te vas haciendo

a este deshacerse

colectivo.

 

Con los ojos espantados miro

con los ojos abiertos a todo lo que dan

miro espantado

el virus fascista desfilando

bajo las banderas de colores

los vecinos vigilándose

haciendo de la delación

virtud.

 

Mis ojos que no se cierran

—que quisiera cerrar

pero que sólo el sueño vence—

miran espantados

la legión de embusteros

armados de la técnica que nos iba a hacer libres

y que alimenta ahora las peores pesadillas,

las fantasías calientes de los deportadores,

de los racistas que proclaman un modo de vida europeo

que hunde sus raíces en Dachau

y en la expulsión de Sefarad,

y mis ojos, sí, mis ojos, escuchan

cómo se ríen, risa de hienas,

al olor que brota de las morgues

saturadas.

 

Mis ojos escuchan porque mis oídos lloran

o se cierran anhelando un silencio real

sin mensajes ni basura

informacional

mientras el gobernador de Texas

-—un tipejo llamado Dan Patrick—-

llama al sacrificio humano en nombre de la economía,

perdón, de la patria,

porque hay cosas más importantes que vivir:

el aborto es un crimen

pero la muerte evitable de ancianos y pobres es salud pública.

Gracias, Sr. Gobernador,

que su pira funeraria ilumine el mundo

y cubra de cenizas a sus alegres seguidores.

 

¿Podríamos llenar de luz ultravioleta

una botella y bebernos la luz y así matar al virus?

pregunta el presidente.

¿podría un desinfectante

—un trago, por ejemplo, de lejía,—

limpiarnos por dentro?

 

Siempre quise estar limpio

por dentro y por fuera

como un vaso recién lavado

con esa transparencia que invita

a tragarse la vida, la luz, a grandes sorbos,

tragos sanadores que eliminan del todo

el inevitable virus de la muerte ahogado en el brillo verde del jabón,

vivir eterno en una burbuja majadera.

Es un poeta, el presidente, y no lo sabíamos.

 

Recibo un meme por la mañana temprano:

"«que todo fluya y nada te influya"»,

panta rei, nos enseñaban en el instituto,

panta rei al marisco

es la sensación

el ruido de fondo

que reverbera en todos los mensajes,

panta rei a tomar por culo,

al carajo,

a la mierda,

pero que no me influya

que resbale sin empapar

como algunas cremas corporales,

buen mensaje para empezar el día.

 

Empezando, como los caracoles, a asomar los cuernos,

alguien se asusta y vuelve a sus cuatro paredes

extendidas por la virtualidad que nos rodea:

encuentros virtuales, fiestas virtuales, cumpleaños

virtuales. Virtual: lo que tiene existencia aparente

y no real. ¿Es real nuestra vida aparente, no son virtuales

tantas cosas que dimos por cimientos,

no es nuestra vida sino un fruto de la casualidad

y la imaginación? Tal vez sólo el hambre sea real,

material presencia, y el deseo, qué es sino otra

forma de hambre. Lo demás se deshace al golpe

de un volandero virus cruzando nuestras calles

volviéndolas imaginarias como nuestros trabajos.

 

Paul Krugman en un artículo sobre la crisis

nos pide que recordemos tres normas:

La primera, que la Bolsa no es la economía.

La segunda, que la Bolsa no es la economía.

Y la tercera, que la Bolsa no es la economía.

 

Virtual: lo que tiene existencia aparente

y no real.

 

Pero lo virtual muerde, araña a lo real

y nos hace preguntas:

¿Cómo somos si nuestros actos no tienen consecuencias?

¿No tienen consecuencias nuestros actos virtuales?

¿De verdad que no?

¿No acabaremos siendo una nada en lo real,

ahí donde sangras sangre cuando te cortas,

donde duelen los golpes,

las lágrimas empapan las mejillas,

para ser apenas sombra de una fantasía virtual?

¿Piensas que no vas a morir

flotando en algún fluido posthumano?

 

Cuando se inició la cuarentena

nos lanzamos a hacer cosas:

conciertos, lecturas de poemas,

quedadas, eventos, brindis,

raves en los balcones,

todo menos aceptar la parada,

todo menos no hacernos oír,

todo menos ser un poquito invisibles,

todo menos aceptar un ritmo más pausado,

aceptar el silencio o al menos un silencio

por un rato.

 

El hambre por los otros se expresa inevitable

ya sea para la fiesta o la pelea,

todo menos aceptar una cierta quietud,

al menos por un rato nada más.

Tenemos un problema. 4

 

Pero no nos rindamos.

La pequeña burguesía,

motor de la historia,

despliega un horizonte

de nuevos y virales derechos virales:

 

derecho a bajar al apartamento en la costa /

derecho a subir al chalé en la sierra /

derecho al golf / derecho a una patria vernácula y limpia de extranjeros /

derecho a sufrir pesadillas

con el fantasma del comunismo que agita Slavoj Zizek /

derecho a la abolición factual

del salario mínimo interprofesional /

derecho a sostener mis mentiras

como verdades absolutas /

y, sobre todo,

consolidar dos viejos y principales:

derecho a dejar morir /

derecho a hacer cuentas con la muerte ajena.

 

Non debe el coronista dejar fascer su oficio,

clamaba Antonio de Herrera

pero todo ha de mirar

si quiere hacer justicia

no perderse en la sutil atracción de la catástrofe,

la atracción suprema de lo oscuro:

 

mira a la doctora, al enfermero

cuidando sin protección a los enfermos,

mira al soldado tratando de desinfectar

los sumideros de almas que son nuestros asilos

mientras lloran con él las cuidadoras su impotencia y su rabia,

al gris odiado funcionario picando datos en la noche

para que los parados (miles, cientos de miles de un día

para otro) puedan cobrar su paro cuanto antes

y hacer cola ante la cajera

del supermercado, de pie hace ya diez horas

ante la fila deslavazada -—mantengan las distancias-—

interminable.

 

Mira la infinita solidaridad de los barrios,

de los vecinos. Míralo y concluye que ya lo vimos antes:

igual que los mineros de Chernobyl,

que la cuadrilla de ingenieros en Fukushima.

Cuando la cosa se jode,

se jode bien jodida,

sólo queda el coraje de los trabajadores,

sólo queda la fuerza de las trabajadoras,

no otra cosa queda.

Recuérdalo y no olvides.

 

Desescalemos, pues.

Habíamos escalado

a una cumbre siniestra,

nos helaba el frío

y, alrededor, un mar infinito

de nubes nos aislaba.

 

Des-escalemos

con pasos inseguros

porque de poco valen las viejas certezas,

de poco lo aprendido

en aquel ascenso hacia la nada.

 

Titular de un medio digital: La poesía,

bálsamo de tinta contra la pandemia.

El tópico otra vez del poder curativo

del poema: refugio, consuelo, pócima sanadora,

perdonen que no pueda evitar una risa.

 

Mucha nostalgia de los sortilegios

y el tiempo de las palabras mágicas,

poetas buscando el manto del druida

o del gran hechicero, del sumo sacerdote

o al menos una beca.

Ya lo dije en otro sitio: no cura

la poesía, es sal sobre la herida abierta.

Si pica es que cura, decían nuestras madres

en su sabiduría mojando en alcohol las rozaduras.

 

No hay curación fuera de la justicia:

Puede

haber

consuelo,

tal vez

en un poema,

pero, honestamente: un abrazo,

ciertas formas de mirar, un beso,

a veces un beso soñado o intuido

-—ahora que toca mantener las distancias-—

pero presente como una cicatriz,

ganan.

 

El gesto silencioso,

el mero roce,

gana a la palabra

casi siempre.

 

Llega el calor, el tiempo

parece acomodarse

e ir más lento, largos

se hacen los días y podemos

pasear con mascarilla

siempre que corra el aire:

dos metros de distancia

es tu espacio seguro.

 

Va, despacio, bajando

el conteo diario de los muertos.

 

El virus puede menos

que el ansia de vivir

business as usual

y que los muertos

a los muertos entierren.

 

La prensa inglesa aplaude

que en julio se podrá

volver a Benidorm.

Benidorm or burst!

Magaluf, Playa de las Américas,

Ibiza, ansían frescas libras

esterlinas, o euros o dinares.

Hay que seguir viviendo.

 

Desciende en mi país

lentamente

el número de muertos

diario

por la pandemia,

-—compleja contabilidad la de muerte y sus causas- —

y crece el pánico

ante las incertidumbres

que desvelan otras cifras desvelan.

 

En otros lugares la ola crece

y sin poder respirar la gente

muere. No puedo respirar.

It's been too hard living, but I'm afraid to die

'Cause I don't know what's up there, beyond the sky.

Por favor, por favor, por favor

no me mate,

Oficial.

Tell me when destruction gonna be my fate

Gonna be your fate, gonna be our faith

Peace to the world, let it rotate

Sex, money, murder, our DNA

 

No.

Puedo.

Respirar.

Señor.

Finaliza en mi país el estado de alarma.

 

UN RESUMEN:

 

Nos hacemos al virus, ya es vida o muerte

cotidiana.

 

En la muy moderna capital

de un moderno país europeo

se declara el abandono de ancianos

una eficiente política de gasto

por su joven presidenta regional.

 

Desde oscuras esquinas oscuras se disparan teorías enloquecidas:

no puede haber epidemia sin su judío expiatorio

y hay alientos que huelen al ansia de progromo.

 

El mapa de las guerras civiles

se extiende por el mundo.

 

Un idiota declara la división

entre globalistas y patriotas

mientras cuida su jaula con mimo, la adorna

con banderas y retratos del amo.

 

Micro guerras civiles en pisos diminutos,

represión invisible, dictaduras domésticas,

gulag de bolsillo de apenas cuatro esquinas.

 

Investigamos murciélagos

buscando cepas de virus

pero somos portadores

de un mal que no se extingue.

 

Un mal que no se extingue porque vive en nosotros.

 

 

 

Islas Canarias, 21 de Junio de 2020

 

 

NOTAS:

Las referencias a acontecimientos y noticias surgidas durante el estado de alarma declarado en España por la pandemia de coronavirus Covid 19 son fácilmente localizables en la Red.

"«Non debe el coronistra dejar fascer su oficio", », deja dicho Antonio de Herrera en uno de los poe-mas de "El estrecho dudoso", de Ernesto Cardenal.

"«It's been too hard living..." ...» son versos de la mejor canción jamás escrita, "A change is gonna come", de Sam Cooke.

"«Tell me when destruction...»" son versos de la canción DNA, de Kendrick Lamarr.




 “La balada de los drones y otros poemas de la Gran Transición” de Daniel Bellón (ediciones El Transbordador, 2021)

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