documentos de pensamiento radical

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martes, 13 de octubre de 2026

EPÍLOGO



 

«—Papá ¿Por qué el agua está verde?

—Porque es fluorescente.

—¿Y qué es fluorescente?

—Que brilla desde el fondo […]

—Papá, ¿yo soy fluorescente?»

 

(Diálogo con el que comienza la película dirigida por Susanne Bier en 2007, Cosas que perdimos en el fuego)


 

Quien haya tenido la mala experiencia de ahogarse en un mar cualquiera y al fin salir a flote, sabrá de la pesadez de los cuerpos que luchan por emerger y de la inconsistencia del azar que aquí lo indultó sin juicio alguno. Instintivamente huyes de allí para sentirte a salvo, para creer que puedes escapar de ese remolino sin huellas que te señala, como lo hacen los abismos cuando los miras largo tiempo.

 

Aunque se esté acostumbrado a nadar entre dos aguas, es difícil reconstruir fielmente los hechos cuando se acude al lugar donde uno se ahogó. Sin testigos, sin pruebas y en un medio que no permite bañarse dos veces en un mismo mar, puede resultar impreciso verificar con claridad lo sucedido, hasta tal punto que consideremos más creíble lo inventado. Y si la fábula funciona, actuamos como si ésta ya se justificara a sí misma.

 

En medio de toda esta desorientación, aturdidos pero eufóricos, lanzamos la promesa de gozar de la buena fortuna, aunque sea sin poseer moneda alguna. Hemos regresado a casa y agradecidos tras el peligro, confiamos en que a partir de ahora sólo se tratará de recordar ese camino de vuelta seguro.

 

Como si esa dramática experiencia de fragilidad nos hubiera hecho mejores y transformado en seres iluminados, nos parece que hemos aprendido, de pronto, a distinguir lo importante, apreciar la belleza, aspirar a la bondad, a la verdad y a todo aquello que nos eleve para aportarnos sabiduría y, de paso, un poco de la anhelada estabilidad, aunque sea en el intangible mundo sublime…

 

Y sin embargo, dada nuestra dificultad para aprender y cambiar actitudes, lo más probable es que en poco tiempo sólo perduren nues-tros deseos y ambiciones al precio de olvidar ideales y promesas.

 

Cada mañana comprobamos en esa orilla el movimiento de las cosas que arrojadas por la marea va trazando con arena y espuma nuevas constelaciones, nuevas posibilidades de dibujar el porvenir que nos exigen volver la mirada atrás para admitir que la vida se construye en permanente mudanza. Es cierto que entonces intuimos que es exactamente aquí, cuando la presencia de los objetos, como únicos narradores fiables, hubiera dado testimonio, sentido e incluso legitimidad a nuestra existencia. Pero sólo lo intuimos porque aún estamos lejos de admitir cuán importantes son los objetos para explicar nuestras vidas. Algún día admitiremos que para construir una biografía creíble necesitamos renunciar a la simplicidad de un relato de identidad fija. Sólo entonces apreciaremos el poder rodearnos de objetos que nos aporten cordura y una relativa estabilidad al comprender que sólo ellos durarán más allá de nuestro olvido.

 

Entre otras cosas trato de explicar –con esta breve y húmeda historia de remolinos con final feliz– que considerar a los objetos que cada día nos acompañan puede ser un buen antídoto para paliar nuestra frágil y voluble memoria. Ellos documentan lo que realmente sucedió, dando consistencia a todo aquello que se confunde entre una ficción bien construida y una realidad nunca bien digerida.

 

Es posible que sólo sea el miedo ante la incertidumbre del vivir el que nos lleve a aferrarnos a las cosas a las que pretendemos otorgar el poder de testigos que garanticen que mañana también seré yo mismo, quien sujete el bastón, el libro… O quizás sólo sea un inten-to de escapar del propio hermetismo para hacer que con las cosas nos resulte más fácil expresar nuestras emociones.

 

¿Cómo no emocionarme al coger el bastón en el que mi padre se apoyaba? El cayado anticipaba su presencia o señalaba su ausencia en casa. Juntos recorrieron todos los paisajes que llegaron a descubrir. Ese bastón que ahora me sostiene sabe todos los caminos, hasta tal punto que si yo estuviese cegado, sé que él lograría conducirme a casa. Marchar junto a él me permite, además, sentirme acompañado por quienes ya antes buscaron los atajos para aliviar el viaje. Hoy me sorprendo abrazando al bastón como nunca antes abracé a mi padre.

 

Despreciar las cosas que no entran en nuestros esquemas y que por tanto no se comprenden, desatender todas aquellas que no se pueden explicar –porque poseen su propio lenguaje– o rechazar directamente las que no se ven –porque ni siquiera son miradas–, no puede justificar, en ningún caso, desposeerlas de su dignidad.

 

No se trata de forzar las palabras, pero éstas también se adaptan y con el tiempo van cambiando su significado. Hablar de la dignidad como de algo sólo inherente al ser humano, nos sigue alejando hoy de una visión más armónica, equilibrada y justa con todo aquello que nos acompaña y que debemos custodiar en un concepto más amplio de universo.

 

De la misma forma que no se puede explicar al hombre sin la técnica, no podríamos reconstruir nuestra genealogía si no fuese a través de los objetos en los que nos expresamos. Los objetos hablan de nosotros porque junto a ellos vamos construyendo y transformando nuestras biografías. A partir de ahora ponerse en el lugar del otro implicará también comprender por qué el objeto me humaniza.

 

 

  Juan Tormo A. & Miquel Mollá. La memoria de las cosas. Ed. Babilonia, 2022

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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